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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo VI
Skagway

Skagway, como todos esos paraderos perdidos en medio de una región en la que escasean los caminos, donde faltan medios de transporte, al principio era sólo un campamento en el que se detuvieron los primeros buscadores de oro. A una confusión de casuchas le sucedió un conjunto de cabañas, luego casitas, construidas en forma más ordenada en esos terrenos cuyo precio no cesaba de aumentar. Y quién sabe si en el futuro, cuando los yacimientos se hayan agotado, estas ciudades creadas para las necesidades del momento no serán abandonadas, si esta región no quedará desierta.

No se pueden comparar estos territorios con los de Australia, California o el Transvaal. En esos países, incluso después de la explotación de las vetas, los pueblos se transformaron en ciudades, incluso en metrópolis. En torno de ellas la región era habitable, el suelo productivo, las empresas comerciales o industriales podían adquirir real importancia y, después de haber entregado sus tesoros metálicos, la tierra bastaba para remunerar el trabajo.

Pero aquí, en esta parte del Dominion, en esta frontera de Alaska, casi en el límite del círculo polar, con este clima glacial, durante esta estación de invierno que dura ocho meses, ¿qué esperar, e incluso qué hacer cuando se hayan extraído las últimas pepitas, en esta región sin recursos, medio agotada ya por los traficantes de pieles?

Es muy posible que Skagway, Dyea, Dawson City, donde no faltan actualmente la animación de los negocios ni el movimiento de los viajeros, perezcan poco a poco cuando las minas de Klondike queden vacías, aunque se formen sociedades financieras para establecer comunicaciones más fáciles entre ellas y se hable de construir un ferrocarril de Wrangel a Dawson City.

En ese momento, Skagway rebosaba de emigrantes: los que desembarcaban de los paquebotes del océano Pacífico y los que dejaban allí los trenes canadienses o de Estados Unidos, todos con destino a los territorios de Klondike.

Algunos de estos viajeros se hacían transportar con todo su material hasta Dyea, situada en el extremo del canal de Lynn. Pero no por barco, pues la profundidad del canal no permitía navegar más arriba de Skagway. Los viajeros tomaban pasaje en gabarras construidas de modo que pudieran cubrir las cinco millas que separan las dos ciudades, lo que abreviaba la penosa ruta por tierra.

Era en Skagway, por lo demás, donde comenzaban las verdaderas dificultades del viaje, después de este transporte relativamente (...)1 a bordo de los paquebotes que hacen el servicio del litoral.

Para empezar, había que contar con la vejaciones que impone la aduana americana. En efecto, más allá de Skagway, que pertenece al Dominion, hay una larga banda de treinta y dos kilómetros que es posesión americana. Los americanos, con el fin de impedir el tráfico durante la travesía de esta banda, obligan a los viajeros a aceptar una escolta que los acompaña hasta la frontera y que deben pagar muy cara.

Los dos primos ya habían elegido un hotel entre los varios de que dispone Skagway. Ocupaban una habitación por un precio que sobrepasaba los de Vancouver, por lo que harían todo lo posible para dejarla cuanto antes.

Innecesario es decir que los viajeros hacían nata en este hotel, esperando su partida para Klondike. Todas las nacionalidades se codeaban en el comedor. La comida era tan sólo pasable, pero, ¿tenían derecho a mostrarse difíciles esos emigrantes que por varios meses estarían expuestos a tantas privaciones?

Durante su estancia en Skagway, Summy Skim y Ben Raddle no tuvieron ocasión de encontrarse con los dos texanos cuya compañía habían rehuido a bordo del Football. Hunter y Malone partieron a Klondike de inmediato. Como regresaban al lugar de donde habían salido hacía seis meses, sus medios de transporte estaban asegurados con anticipación, y no habían tenido más que ponerse en camino con sus guías, sin el impedimento de un material que ya se encontraba en la explotación de Forty Miles Creek.

-Qué suerte que ya no tengamos como compañeros a esos brutos -dijo Summy Skim-, y compadezco a los que van con ellos... a menos que sean tal para cual, lo que es muy probable en este bonito mundo de los buscadores de oro.

-Sin duda -respondió Ben Raddle-, pero esos brutos tienen la suerte de no atrasarse aquí en Skagway, mientras nosotros tendremos que esperar varios días.

-Pero llegaremos, Ben, llegaremos -exclamó Summy Skim-, y, cuando lleguemos, tendremos la oportunidad de reencontrar a esos dos bandidos en la parcela 127, vecina de la 129. Agradable circunstancia. Nos apresuraremos a vender nuestra parcela al mejor precio y tomaremos el camino de regreso.

Si Summy Skim no se preocupó más de los dos texanos, no le ocurrió lo mismo con las dos religiosas que desembarcaron del Football. Ben Raddle y él no podían dejar de pensar con impresión en los peligros y en las fatigas a los que iban a exponerse esas santas mujeres. ¿Y qué apoyo, qué ayuda podrían esperar ellas, si alguna vez la necesitaban, de ese tumulto de emigrantes entre los cuales la envidia, la ambición, la pasión del oro extinguía todo sentimiento de justicia y honor? Habían tomado sin vacilar el largo camino de Klondike, ya cubierto de cadáveres por cientos, y no retrocedían ante los peligros que hubieran amedrentado con razón al hombre más resuelto.

Al día siguiente, Summy Skim y Ben Raddle tuvieron la ocasión de encontrar a estas hermanas de la Misericordia; las monjas hacían gestiones para unirse a una caravana cuyos preparativos para la partida se resolverían dentro de algunos días. Esta caravana no comprendía más que a gente miserable, inculta y grosera. ¡Qué compañía para las dos religiosas, durante ese larguísimo viaje entre Skagway y Dawson City, a través de la región de los lagos!

En cuanto las divisaron, los dos primos se dirigieron a ellas con la esperanza de poder ser útiles. Las dos monjas habían pasado la noche en una casita religiosa de Skagway.

Summy Skim se aproximó y muy respetuosamente les preguntó si, después de las fatigas del viaje, no pensaban reposar un poco.

-No podemos -respondió la hermana Marta, la mayor de las dos.

-¿Ustedes van a Klondike? -preguntó Summy Skim.

-Sí, señor -respondió sor Marta-. Los enfermos son muy numerosos en Dawson City. La superiora del hospital nos espera, y desgraciadamente aún estamos lejos.

-Ustedes vienen de... -dijo Ben Raddle.

-De Quebec -respondió la más joven, sor Magdalena.

-Adonde regresarán, sin duda, cuando sus servicios ya no sean necesarios.

-Lo ignoramos, señor -respondió la hermana Marta-. Partimos porque nuestra superiora nos ordenó partir, y regresaremos cuando Dios lo quiera.

Estas palabras manifestaban tanta resignación, o más bien tanta confianza en la bondad divina, que Summy Skim y Ben Raddle se sintieron profundamente emocionados. Luego hablaron de esa lejana Dawson City, de las largas jornadas de viaje a través de la región lacustre y de los territorios de Yukon, de las dificultades del transporte, de la penosa marcha en trineo sobre la nieve endurecida de las planicies, sobre la superficie helada de los lagos. Cuando las religiosas llegaran a su destino, todas las dificultades habrían desaparecido. Que las epidemias fueran temibles, que las hermanas debieran exponerse día y noche a las enfermedades más peligrosas, era su deber. Tendrían la satisfacción que proporciona el deber cumplido. Su vida pertenecía a los desventurados, a los afligidos, a todos los que sufren... Por esta razón sor Marta y sor Magdalena buscaban asegurarse los medios de transporte compatibles con los escasos recursos de que disponían.

-¿Ustedes son canadienses, hermanas? -preguntó Summy Skim.

-Francocanadienses -respondió sor Marta-, pero no tenemos familia, o mejor dicho no tenemos más que la gran familia de los desdichados.

-Nosotros conocemos a las hermanas de la Misericordia -declaró Raddle-, y sabemos cuántos servicios han prestado y siguen prestando en todo el mundo.

-Nuestras compatriotas pueden disponer de nosotros -añadió Summy Skim-, si somos tan felices de poder hacerles algún servicio.

-Se lo agradecemos, señores -respondió la hermana Magdalena-, pero tengo la esperanza de que podremos unirnos a esta caravana que se dispone a partir a Klondike.

-¿Ustedes van a Dawson City, señores? -preguntó la hermana Marta.

-En efecto -respondió Summy Skim-. ¿Con qué fin venir a Skagway si no para subir hasta Dawson City?

-¿Y piensan permanecer allí toda la estación? -dijo la hermana Magdalena.

-Oh, no -exclamó Summy Skim-, solamente el tiempo de liquidar el asunto que nos lleva hasta allí, y eso puede hacerse en unos días. Pero, en fin, ya que vamos a tomar el camino de Klondike, mis hermanas, en el caso de que ustedes no pudieran arreglarse con esa caravana, estamos a vuestra disposición.

-Se lo agradecemos, señores -respondió sor Marta-. De todos modos nos encontraremos en Dawson City, donde nuestra superiora estará feliz de volver a ver compatriotas.

Desde que llegó a Skagway, Ben Raddle se ocupaba de asegurarse el transporte a la capital de Klondike. Siguiendo el consejo que le habían dado en Montreal, se había informado de un tal Bill Stell, con el cual proyectaba ponerse en contacto.

Bill Stell se encontraba precisamente en ese momento en Skagway. Era un antiguo explorador de las praderas, de origen canadiense. Durante algunos años, y con gran satisfacción de sus jefes, había cumplido las funciones de scout en las tropas del Dominion, y participó en las largas luchas que éstas sostuvieron contra los indios. Se le tenía por hombre de gran coraje, de mucha sangre fría y muy enérgico.

Stell ejercía actualmente el oficio de escolta de los emigrantes que el regreso del buen tiempo llama a Klondike. Pero él no era solamente un guía; era el jefe de los hombres que servían en los barcos durante la travesía de los lagos, y el propietario del material exigido para el viaje y de los perros que tiraban los trineos en las llanuras heladas que se extienden más allá de los pasos del Chilkoot. También aseguraba la comida para la caravana, que él mismo organizaba.

Precisamente porque contaba con utilizar los servicios de Bill Stell, Ben Raddle no se había cargado de equipaje. Sabía que el scout le proporcionaría todo lo necesario para llegar a Klondike, y no dudaba de que se iban a entender sobre un precio conveniente para la ida y el regreso.

Al día siguiente de su llegada a Skagway, Ben Raddle fue a la casa de Bill Stell y se enteró de que estaba ausente. Había ido a conducir una caravana por el Paso Blanco hasta el extremo del lago Benett, pero su partida se remontaba ya a más de una semana y no debía tardar en regresar. Si no había tenido contratiempos en la ruta, o si no había sido requerido de nuevo por otros viajeros, podía estar de vuelta en Skagway a partir de las próximas horas. Fue lo que ocurrió, y al día siguiente Raddle pudo ponerse en contacto con él.

El explorador era un hombre de cincuenta años, de talla mediana, cuerpo de hierro, barba que empezaba a platearse, pelo corto, duro y grueso, mirada firme y penetrante. Una perfecta honestidad se leía en su fisonomía simpática. En su oficio de explorador del ejército canadiense había adquirido las más extraordinarias cualidades de circunspección, de vigilancia y prudencia. No hubiera sido fácil engañarlo. Era un hombre reflexivo, metódico, lleno de recursos. Filósofo a su manera, tomaba la vida por el lado bueno. ¿No es verdad que existe siempre un lado bueno en la vida? Muy contento con su oficio, jamás había experimentado la ambición de aquellos a quienes conducía a los territorios auríferos. ¿No sabía acaso él que la mayoría sucumbía a los sacrificios o regresaba de esas duras campañas más miserables que antes?

Ben Raddle dio a conocer al scout su proyecto de partir para Dawson City lo antes posible. Se dirigía a él porque le habían dicho en Montreal que no podría encontrar un guía mejor en Skagway.

-Bien, señor -respondió Stell-, usted me pide que lo transporte a Dawson City. Es mi oficio guiar a los viajeros, y tengo el personal y el material indispensables para este viaje.

-Lo sé -dijo Ben Raddle-, y sé también que se puede confiar en usted.

-¿No piensan quedarse más que algunas semanas en Dawson City? -preguntó Bill Stell.

-Es lo más probable.

-¿No se trata entonces de explotar una parcela?

-No, ésta que poseemos, mi primo y yo, nos viene por herencia. Nos han hecho una proposición de compra, pero antes de aceptarla hemos querido apreciar su valor.

-Ha actuado usted con prudencia, señor Raddle, pues en este tipo de asuntos abundan las astucias que se emplean para engañar a todo el mundo, y se debe desconfiar.

-Es lo que nos ha decidido a emprender este viaje a Klondike.

-Y cuando hayan vendido su parcela, ¿regresarán a Montreal?

-Es nuestra intención, y después que nos haya conducido a la ida, le pediremos que nos conduzca de regreso.

-Podremos entendernos a este respecto -respondió Bill Stell-, y como yo no tengo el hábito de cobrar caro, he aquí mis condiciones, señor Raddle.

Se trataba de un viaje de unos treinta y cinco días de duración, para el cual el scout proporcionaría los caballos o mulas, los perros, los trineos, los barcos y las tiendas de campaña. Summy Skim y Ben Raddle no transportaban todo ese material del que tienen que proveerse los prospectores para la explotación de las parcelas. Bill Stell se encargaría asimismo del mantenimiento de su caravana, y se podía confiar en él para eso, pues conocía mejor que nadie las necesidades y las exigencias de esa larga marcha a través de territorios privados de recursos, sobre todo durante la estación invernal.

El precio del viaje se fijó en mil trescientos francos de Skagway a Dawson City, y una suma igual para el regreso.

Ben Raddle sabía con quién tenía que tratar, y hubiera sido inoportuno discutir las condiciones con un hombre tan concienzudo y honesto.

Por lo demás, en esta época los precios del transporte, sólo por atravesar los pasos hasta la región de los lagos, eran bastante elevados, a causa de las dificultades de las dos rutas. Lo que pedía Bill Stell era perfectamente aceptable.

-Convenido -dijo Ben Raddle-, y no olvide que queremos partir lo más pronto posible.

-Cuarenta y ocho horas es todo lo que necesito -respondió el explorador.

-¿Es necesario que vayamos a Dyea en barco? -preguntó Ben Raddle.

-Es inútil, ya que ustedes no traen material. Me parece preferible que permanezcan en Skagway hasta el momento de partir, y evitamos ese desplazamiento de cinco a seis millas.

Quedaba por decidir qué camino seguiría la caravana a través de esa zona montañosa que precede la región de los lagos, donde se acumulan las mayores dificultades.

A las preguntas que le hizo Ben Raddle a este respecto, Bill Stell respondió:

-Hay dos caminos, o más bien dos huellas: el Paso Blanco y el paso de Chilkoot. Una vez atravesados ambos, las caravanas sólo tienen que bajar al lago Benett o al lago Lindeman.

-¿Y cuál de esos dos caminos piensa tomar?

-El del Chilkoot, que me permite llegar directamente al extremo del lago Lindeman después de haber hecho alto en el Sheep Camp, donde podemos albergarnos y aprovisionarnos. En el lago Lindeman me espera mi material, y así me evito traerlo a Skagway y me ahorro el paso de la montaña.

-Le repito -dijo Ben Raddle- que confiamos en su experiencia, y lo que usted haga estará bien hecho. En cuanto a nosotros, estamos listos para partir en cuanto usted lo decida.

-Dentro de dos días, como le he dicho -contestó Bill Stell-. Necesito ese tiempo para mis últimos preparativos, señor Raddle. Partiendo muy de mañana, no es imposible recorrer las cuatro leguas que separan Skagway de la cumbre del Chilkoot.

-¿A qué altura está esa cumbre?

-A tres mil pies, más o menos -respondió el scout-, pero el paso es estrecho, sinuoso, y lo que lo hace más difícil es que por esta época está atestado de mineros, vehículos y perros, sin hablar de la nieve que los obstruye a veces.

-Y sin embargo usted lo prefiere al otro -observó Ben Raddle.

-Sí, y por esta otra razón: porque, llegando a la vertiente norte del Chilkoot, sólo tengo que bajar para encontrarme en el lago Lindeman.

Una vez que estuvo todo arreglado con Bill Stell, a Ben Raddle sólo le restaba decirle a Summy Skim que estuviera preparado para dejar Skagway en cuarenta y ocho horas.

Lo hizo ese mismo día, declarando que habían tenido suerte al tratar con el explorador, que le inspiraba entera confianza y se encargaba de todo lo que exigía un viaje tan penoso. En cuanto al precio pedido y aceptado, no había nada de excesivo, teniendo en cuenta que la distancia entre Skagway y Dawson City no podía cubrirse en menos de cinco semanas.

Summy Skim aprobó lo que había hecho su primo y se contentó con decir:

-Veo que las cosas marcharán del mejor modo, mi querido Ben. Pero se me ocurre una idea que tú encontrarás excelente, espero, y que no puede causarnos ningún inconveniente.

-¿Cuál, Summy?

-Se trata de las dos religiosas que desembarcaron al mismo tiempo que nosotros en Skagway. Las he vuelto a ver y me dan pena. No han podido arreglarse con esa caravana, que además no les convenía, y no saben cómo ir a Klondike. ¿Por qué no proponerles que vengan con nosotros?

-Excelente idea -respondió sin vacilar Ben Raddle.

-Sin duda, Ben, habrá algunos gastos suplementarios de transporte y comida...

-Nos haremos cargo de eso, Summy. Sobra decirlo. Solamente, ¿has pensado si esas monjas aceptarán...?

-¿Cómo? Son canadienses y viajarán con canadienses. ¿No es suficiente?

-Entendido. Anda a ver a la hermana Marta y a la hermana Magdalena y diles que estén...

-En una hora estarán listas para partir.

Era lo mejor que les podía ocurrir a las dos monjas: viajar protegidas por sus compatriotas. No estarían expuestas a la promiscuidad de las caravanas formadas por gente sin principios, venida de todos los rincones del mundo. Ninguna consideración les faltaría, ninguna ayuda si algo necesitaran por el camino.

El mismo día Summy Skim y Ben Raddle fueron donde las dos monjas, que trataban en vano de procurarse un medio de transporte para Klondike. Con profunda emoción aceptaron la proposición que se les hacía, y expresaron su agradecimiento.

-No son ustedes las que tienen que agradecernos, hermanas -dijo Summy Skim-, sino los pobres enfermos que las esperan allá y que necesitan de sus cuidados.

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1. Espacio en blanco en el manuscrito de Julio Verne.

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