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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo XIII
La parcela 129

En el lugar, el Forty Miles Creek se curvaba ligeramente y presentaba su lado convexo hacia el este. En esta curva, que comprendía alrededor de cuatrocientos metros, se sucedían unas cuantas parcelas delimitadas por postes, de acuerdo con las reglas de la ley minera del distrito, que dice así:

"Toda persona mayor de dieciocho años que posea un permiso especial de caza, pesca y mina, válido por un año, obtenido mediante el pago de diez dólares, tiene derecho de ocupar una parcela de doscientos cincuenta pies a lo largo del arroyo, no pudiendo la anchura del paralelogramo sobrepasar mil pies de una ribera a otra, si se traza una línea horizontal a tres pies por encima del nivel de las aguas".

Conforme a esta ley se estableció la parcela 129, que era la última del Forty Miles Creek sobre el territorio de Klondike. Limitaba con la frontera alasko-canadiense, entre los dos postes, de los cuales uno indicaba su número y el otro la fecha de la concesión.

El lote se extendía sólo en la orilla derecha del estero, así que era de las que se denominan parcelas de río.

Como se ve, el límite occidental de la parcela 129 era la frontera, y si los comisionados decidían trasladarse hacia el este ya no pertenecería al territorio del Dominion. Era importante, pues, que el trabajo de rectificación finalizara de una vez y fijara de manera definitiva la situación del meridiano ciento cuarenta y uno. No era sólo el interés de la parcela de Josías Lacoste, sino de todas las otras parcelas que limitaban con la frontera en esa parte de Klondike.

Más allá de la parcela 129, hacia el norte, entre colinas bastante elevadas, se extendía una verde pradera bordeada por todos lados por macizos de abedules y álamos. El Forty Miles Creek paseaba sus rápidas aguas, de un nivel todavía mediano, a través de un valle enmarcado por cerros. A la derecha se veían casitas, cabañas o chozas de prospectores, y sobre un espacio de dos a tres kilómetros se contaban varios centenares de trabajadores.

Del otro lado de la frontera, en territorio americano, se encontraban parecidas instalaciones, sólo que el valle se ensanchaba río arriba. Aparte de las parcelas de río, se veían también numerosas parcelas de montaña, cuya concesión implica una extensión que puede sobrepasar los doscientos cincuenta pies sin llegar más allá de mil.

Como ya sabían Ben Raddle y Summy Skim, la parcela 129 confinaba con la 127. Su propietario, el texano Hunter, la explotaba desde hacía un año y acababa de empezar su segunda campaña. Que Hunter hubiera tenido problemas con su vecino Josías Lacoste era algo de lo que los dos primos estaban seguros. Ya sabían de qué clase de tipo se trataba.

En cuanto a la propiedad de la parcela 129, es innecesario decir que había sido regularmente establecida. Josías Lacoste había recibido la concesión conforme a las reglas en uso. Se hizo declaración del descubrimiento, el Estado la aceptó y se registró dentro de los plazos legales en la oficina del comisario de minas del Dominion, tras el pago de setenta y cinco francos anuales. El propietario debía pagar además el diez por ciento del oro que extrajera, y se exponía a la pena de confiscación en caso de fraude. Josías Lacoste jamás había quebrantado la ley según la cual toda parcela que permanezca inactiva durante setenta y dos horas en la buena estación retorna al dominio público. No había habido interrupción de los trabajos sino después de su muerte, en espera de que sus herederos tomaran posesión de la herencia.

La explotación emprendida por Josías Lacoste había durado dieciocho meses y se había realizado sin grandes beneficios. Los gastos de instalación, de enrolamiento de personal, transporte, etc., fueron bastante elevados. Sobrevino incluso una repentina inundación del Forty Miles Creek, que ocasionó grandes daños al trastornar los trabajos. En conclusión, el propietario de la parcela 129 apenas había comenzado a cubrir los gastos cuando lo sorprendió la muerte.

Pero, ya se sabe, en estos negocios tan azarosos, ¿qué prospector pierde alguna vez la esperanza?; ¿no se cree siempre en vísperas de encontrar una rica vena, de descubrir algunas pepitas de gran valor, de lavar escudillas de mil a cuatro mil francos?

Josías Lacoste habría tenido éxito quizás, aunque sólo disponía de un equipo limitado. No empleaba el sistema de los rockers y se limitaba a cavar pozos de quince a veinte pies de profundidad, en una capa aurífera que podía medir entre cinco y seis pies de espesor medio.

El contramaestre que estaba al servicio de Josías Lacoste proporcionó todas las informaciones relativas a la explotación de la parcela. Desde el cese de los trabajos y el despido del personal, había quedado como guardián, en espera de que la explotación se reanudase por cuenta de los herederos o del nuevo propietario.

El contramaestre se llamaba Lorique. Era un canadiense de origen francés, de unos cuarenta años. Muy entendido en el oficio de prospector, durante varios años había trabajado en los yacimientos auríferos de California y de la Columbia británica antes de trasladarse al territorio del Yukon. Nadie hubiera podido dar a Ben Raddle datos más exactos sobre el estado actual de la propiedad, sobre las ganancias efectuadas y por efectuar y sobre su valor real.

En primer lugar se ocupó de alojar lo mejor posible a Ben Raddle y a Summy Skim, que, ya se veía, deberían pasar varios días en Forty Miles Creek. En lugar de acampar bajo la tienda, aceptaron un cuarto de los más modestos, pero limpio por lo menos, en la casita que Josías Lacoste había hecho construir para él y su contramaestre. Levantada a la entrada del barranco, en medio de un macizo de abedules y álamos, proporcionaba un albergue adecuado para esa época del año en que no había que temer por el tiempo. Durante el invierno, es decir, durante siete y ocho meses, permanecía cerrada. Cuando se licenciaba al personal, Josías Lacoste y Lorique regresaban a Dawson City, a esperar la reanudación de los trabajos.

Mientras los prospectores y los obreros no descansaban ni de día ni de noche en las otras parcelas, la 129 estaba abandonada desde hacía cuatro meses, fecha a la que se remontaba la muerte de su propietario.

En cuanto a la comida, el contramaestre no tendría ninguna dificultad para alimentar a sus huéspedes. Existían en esa región, como en todo el Klondike, sociedades de aprovisionamiento. Se organizaban en Dawson City, donde recibían las vituallas de los yukoneros del gran río, y extendían su servicio a todos los territorios en explotación; obtenían grandes ganancias, por los elevados precios de los diversos artículos de consumo y la cantidad de trabajadores empleados en el distrito.

Al día siguiente de su llegada al Forty Miles Creek, Ben Raddle y Summy Skim, guiados por Lorique, visitaron el emplazamiento de la parcela, deteniéndose ante los pozos ya despejados de los hielos del invierno, al fondo de los cuales se amasaba el precioso barro.

Lorique les relató entonces los comienzos de la explotación, después de que su tío, una vez cumplidas las formalidades y pagados los derechos, tomó posesión del lote 129.

-El señor Lacoste -dijo- no empleó al principio a su personal, compuesto por unos cincuenta obreros, en abrir pozos en la orilla del estero. Se limitó a realizar la raspadura superficial que exige la ley. Solamente hacia el fin de la primera campaña los pozos penetraron hasta la capa metálica.

-¿Y cuántos pozos abrieron en esa época?

-Catorce -respondió el contramaestre-. Cada uno tenía un orificio de nueve pies cuadrados, como ustedes pueden ver. Han permanecido en el estado en que estaban, y bastaría seguir escarbando para reiniciar la explotación.

-Pero -preguntó a su vez Summy Skim-, antes de cavar los pozos, ¿qué ganancias dio la raspadura del suelo? ¿El rendimiento cubría los gastos?

-Sin duda que no, señor -respondió Lorique-, y lo mismo ocurre en casi todos los yacimientos cuando uno no hace más que lavar la arena y los guijarros auríferos.

-Ustedes trabajan solamente con plato y escudilla -observó Ben Raddle.

-Únicamente, señores, y es raro que hayamos llegado a platos de quince francos.

-Mientras que en las parcelas del Bonanza se hacen dos o tres mil por plato -exclamó Summy Skim.

-Crean ustedes que es la excepción -declaró el contramaestre-, y, si se obtiene un promedio de cien francos, ya es como para sentirse satisfecho. En cuanto a la parcela 129, no ha sobrepasado jamás los seis o los siete francos, y como los salarios de los obreros llegan hasta siete francos cincuenta la hora...

-¡Triste resultado! -dijo Summy Skim.

Ben Raddle preguntó entonces:

-¿Por qué se esperó tanto tiempo antes de horadar los pozos?

-Porque es necesario que el agua, de la que se van llenando poco a poco, se congele -respondió Lorique-. De este modo forma una especie de blindaje sólido que mantiene las paredes y permite cavar otros pozos sin provocar derrumbes.

-Así que -dijo Ben Raddle-, ha sido necesario dejar pasar el invierno para utilizarlos.

-Es lo que hemos hecho, señor Raddle -respondió el contramaestre.

¿Y qué profundidad tienen?

-De diez a quince pies, es decir, hasta la capa donde se encuentran generalmente los depósitos auríferos.

-¿Y cuál es, lo más a menudo, el espesor de esa capa?

-Alrededor de seis pies.

-¿Y cuántos platos da un pie cúbico de la materia que se extrae?

-Más o menos diez, y un buen obrero es capaz de lavar una centena por día.

-Así, pues, ¿estos pozos todavía no han dado nada? -preguntó Ben Raddle.

-Todo estaba listo para que empezaran a funcionar cuando sobrevino la muerte del señor Josías y el trabajo tuvo que suspenderse.

Estas informaciones interesaban mucho a Ben Raddle, y era evidente que provocaban también un cierto interés en su primo. Lo que le interesaba era saber lo más exactamente posible el valor de la parcela. Para ello era preciso poseer un conocimiento exacto de lo que había rendido en la primera campaña. Le hizo la pregunta al contramaestre.

-Extrajimos unos treinta mil francos de oro, y los gastos han absorbido más o menos dicha suma. Pero a mí no me cabe duda de que la vena del Forty Miles Creek es buena. En las parcelas vecinas, cuando los pozos han funcionado, el rendimiento ha sido considerable.

-Y bien, Lorique, seguramente usted sabe que un sindicato de Chicago nos ha hecho una oferta de compra.

-Lo sé, señor. Sus agentes vinieron a visitar el terreno hace tres meses.

-Yo le preguntaría, pues -dijo Ben Raddle-, ¿cuál puede ser, a su juicio, el valor de esta parcela?

-Basándome en el rendimiento obtenido en las otras parcelas del Forty Miles Creek, no lo calculo en menos de doscientos mil francos.

-¿Y se pagó por ella...?

-El señor Lacoste pagó cincuenta mil.

-Doscientos mil francos -dijo Summy Skim- es una bonita cifra, y no tendríamos que lamentar nuestro viaje si recibimos ese precio. Pero el sindicato no quiere mantener su ofrecimiento mientras el problema fronterizo no esté definitivamente resuelto.

-Y qué importa -respondió el contramaestre­ que la 129 esté en territorio canadiense o de Alaska. No tiene menos valor por eso.

-Nada más exacto -declaró Ben Raddle-, pero no es menos cierto que las proposiciones de compra han sido retiradas, aunque esto no tenga una explicación clara.

-Lorique -preguntó Summy Skim al contramaestre-, ¿cree usted que esta rectificación de la frontera se hará pronto?

-No puedo responder más que una cosa, señores -declaró Lorique-1, y es que la comisión ya comenzó sus trabajos. ¿Cuándo terminarán? Pienso que ninguno de los comisarios puede decirlo. Están asesorados por uno de los más notables expertos en catastros de Klondike, el señor Ogilvie, que ha levantado con precisión el catastro del distrito.

-¿Y qué piensa usted del resultado de la operación? -preguntó Ben Raddle.

-Que va a llenar de confusión a los americanos -respondió el contramaestre-. Si la frontera no está donde debe estar, quiere decir que habrá que trasladarla al oeste.

-Y en ese caso, la 129 estará siempre segura de figurar en el territorio del Dominion -concluyó Summy Skim.

-Tal como usted dice -afirmó Lorique.

Ben Raddle preguntó entonces al contramaestre cómo habían sido las relaciones de su tío con el propietario de la parcela vecina, la 127.

-¿Ese texano y su compañero, Hunter y Malone?

-Exactamente.

-Han sido muy desagradables, lo digo con absoluta claridad. Son dos pillos esos americanos. A propósito de cualquier cosa nos han buscado querella y enseguida sacan el puñal. En el último tiempo hemos tenido que trabajar con el revólver en el bolsillo. Muchas veces los agentes han debido intervenir para hacerlos entrar en razón.

-Es lo que nos dijo el jefe de la policía montada que encontramos en Fort Cudahy -declaró Ben Raddle.

-Y -añadió Lorique- pienso que tendrá que intervenir todavía. La verdad, señores, es que no habrá paz mientras no hayan expulsado a esos dos bandidos.

-¿Y cómo podrían hacerlo? -preguntó Summy Skim.

-Nada más fácil, y crean ustedes, señores, que se hará si la frontera se traslada más al oeste. La parcela 127 quedará entonces en territorio canadiense, y Hunter deberá someterse a las exigencias de nuestra administración.

-Y naturalmente -observó Summy Skim-, Hunter es de los que pretenden que el meridiano ciento cuarenta y uno debe ser trasladado hacia el este.

-Por supuesto -respondió el contramaestre-, y ha amotinado a todos los americanos de la frontera, tanto a los del Forty Miles Creek como a los del río Sixty Miles. Más de una vez han amenazado con invadir nuestro territorio y apoderarse de nuestras parcelas. Hunter y Malone los empujan a estos excesos. Las autoridades de Ottawa han hecho llegar sus quejas a Washington, pero no parece que el gobierno de la Unión tenga mucha prisa en ocuparse de ellas.

-Espera, sin duda -dijo Ben Raddle-, que la cuestión de la frontera se haya arreglado.

-Es probable, señor Raddle, y mientras ustedes no hayan cedido a otro la parcela 129, tengan cuidado, manténganse alerta. Cuando Hunter sepa que los nuevos propietarios llegaron al Forty Miles Creek, no sería nada de raro que intente alguna bribonada.

-Estamos prevenidos -respondió Summy Skim-, y sabremos tratar a esos facinerosos como se lo merecen.

Recorriendo la extensión de la parcela después de haber subido hasta su límite norte, los primos y el contramaestre bajaron hasta la orilla izquierda del estero. Se detuvieron cerca del poste que indicaba la separación de las dos propiedades. La 127 se mostraba en plena actividad. El personal de Hunter trabajaba en los pozos cavados río arriba. Después de haber sido lavado, el barro arrastrado por el agua de las acequias iba a perderse en la corriente del Forty Miles Creek. Se veían también algunas embarcaciones que descendían el río, no sin haber pagado antes las tarifas correspondientes en la frontera, donde la aduana ejercía una severísima vigilancia.

Ben Raddle y Summy Skim trataron vanamente de reconocer entre los obreros a Hunter y Malone. No los divisaron. Lorique pensaba que, después de haber pasado algunos días en el lugar, habían ido hacia el oeste, a esa parte de Alaska en la que se señalaban nuevas regiones auríferas.

Cuando terminaron la visita de la parcela, los dos primos y el contramaestre regresaron a la casita, donde les esperaba la comida. No tenían que ocuparse de Neluto. Al indio le bastaba con el carro, y el caballo tenía asegurada su mantención.

Cuando terminaron de comer, Summy Skim preguntó a Ben Raddle lo que pensaba hacer y si su intención era prolongar su estancia allí.

-Ya conoces la propiedad -dijo-, sabes en qué estado está y cuál es su valor. No creo que puedas saber más quedándote.

-No es lo que pienso -respondió Ben Raddle-. Quiero conversar más con el contramaestre, examinar las cuentas de nuestro tío Josías, y no pienso que sea demasiado permanecer aquí otras cuarenta y ocho horas.

-Vaya por las cuarenta y ocho horas -dijo Summy Skim-, pero, mientras tú verificas la contabilidad, yo me permitiré cazar en los alrededores.

-Sí, a condición de no extraviarte y de no exponerte a algún mal encuentro.

-Puedes estar tranquilo, Ben. Me haré acompañar por el buen Neluto, que conoce el país.

-Haz lo que te parezca, pues, te lo repito, me parece indispensable acampar aquí algunos días.

-Vaya -sonrió Summy Skim-, he aquí que las cuarenta y ocho horas de las que hablabas se han transformado en algunos días...

-Sin duda -respondió Ben Raddle-, y si yo hubiera podido ver a los obreros lavar algunos platos en mi presencia...

-Eh, cuidado, Ben -exclamó Summy Skim-. No hemos venido como prospectores a la parcela 129, sino solamente para saber cuánto vale.

-Entendido, Summy, entendido. Pero no olvides que no podemos tratar de la venta de nuestra parcela en este momento. Es necesario que la comisión de rectificación acabe sus trabajos, que el experto en catastros entregue su informe... Y durante ese tiempo, no veo por qué Lorique no podría reiniciar la explotación.

-Entonces -dijo Summy Skim-, estamos condenados a echar raíces aquí hasta que coloquen a ese maldito meridiano en su verdadero lugar.

-¿Dónde más pasaríamos ese tiempo, Summy?

-En Dawson City.

-¿Y estaríamos mejor allí?

Summy Skim no respondió. Ya veía que su primo ardía en ganas de meter las manos en la masa... o más bien en el barro. Y una vez que le hubiera tomado el gusto, ¿no sentiría la tentación de continuar la obra del tío Josías?

"No, no", se dijo Summy Skim. "De buen grado o por la fuerza, tengo que impedírselo."

Tomó su fusil, llamó a Neluto y ambos dejaron la casa y remontaron el barranco hacia el norte.

Summy Skim no se equivocaba. Ya que se le había presentado la ocasión, Ben Raddle estaba decidido a estudiar la explotación de un terreno, y sobre todo de un terreno que se había convertido en su propiedad. Sin duda, cuando partió de Montreal, el ingeniero no tenía otra idea que ceder el lote 129 después de haber conocido su valor. Pero he aquí que una circunstancia inesperada lo obligaba a prolongar su estancia en Forty Miles Creek tal vez durante algunas semanas. ¿Cómo resistir la tentación de utilizar los pozos ya abiertos, de verificar su rendimiento? Además, ¿había hecho el tío Josías todo lo necesario para obtener buenos rendimientos? ¿No se había contentado con seguir los viejos métodos de los buscadores de oro, evidentemente muy rudimentarios? Él, como ingeniero, sería capaz de encontrar un procedimiento más rápido, más productivo... En fin, de las entrañas de ese suelo que le pertenecía se podían extraer cientos de miles de francos. ¿Era razonable entregarlos a un sindicato por un precio ridículo?

Tales eran las ideas que se agitaban en el espíritu de Ben Raddle. Por ello no lo contrariaba que la cuestión de la frontera y el aplazamiento de las proposiciones de la sociedad Anglo American Transportation and Trading Company lo obligaran a esperar. Haría que Summy Skim aprendiera a tener paciencia. Pensaba que su primo llegaría a tomarle el gusto a la empresa.

Así, pues, cuando el contramaestre le proporcionó todos los documentos y se sumió en el estudio de las cuentas del tío Josías, dijo:

-Si usted tuviera que contratar personal, ¿podría hacerlo todavía?

-No lo dudo -respondió el contramaestre-. Miles de emigrantes repartidos por el distrito buscan trabajo y no lo encuentran. Llegan todos los días a los yacimientos del Forty Miles Creek. Pienso incluso que, en vista de la afluencia, estos hombres no podrían pretender salarios muy elevados.

-¿Serían necesarios unos cincuenta mineros?

-Unos cincuenta. El señor Lacoste no empleaba más.

-¿En cuánto tiempo podría usted reunir ese personal? -preguntó Ben Raddle.

-En veinticuatro horas -respondió el contramaestre.

Luego añadió:

-¿Acaso tiene usted la intención de hacer prospección por su cuenta, señor Raddle?

-Tal vez, mientras no entreguemos la parcela a un precio justo.

-En efecto, y eso le permitirá a usted apreciar mejor el valor de la parcela y ser más exigente con los sindicatos que le propongan comprarla.

-Por lo demás, ¿qué vamos a hacer aquí hasta el día en que la cuestión de la frontera quede solucionada de una manera o de otra?

-Exacto -respondió el contramaestre-, y, finalmente, ya sea la parcela americana o canadiense, no valdrá nunca menos de lo que vale, y yo siempre he tenido la idea de que las parcelas de los afluentes que están a la izquierda del Yukon no son en absoluto inferiores a las que están en la orilla derecha. Tenga la seguridad, señor Raddle: se hará fortuna tan rápidamente en el Sixty Miles o en el Forty Miles Creek que en el Bonanza o en el Eldorado.

-No lo olvidaré, Lorique -respondió Ben Raddle, satisfecho de estas respuestas, que tan bien concordaban con sus propios deseos.

Y, como si comprendiera que una última eventualidad podía presentarse todavía en la mente del ingeniero, el contramaestre añadió:

-Sí, señor Raddle. Cualquiera que sea el resultado obtenido por la comisión de rectificación, la parcela 129 no será menos de lo que es. Usted no debe abrigar la menor inquietud. Su parcela es canadiense, lo más canadiense que se pueda concebir, y seguirá siéndolo.

-Deseo que así sea -respondió Ben Raddle-. Consultaré con mi primo Skim y le propondré la reanudación del trabajo de nuestro tío.

Lo que Ben Raddle entendía por consultar a su primo era tan sólo ponerlo al corriente de sus proyectos, sin dejarlo discutir mucho, según su costumbre. Cuando Summy Skim regresó de la caza con unas perdices y unas becadas, se contentó con decirle:

-He reflexionado, Summy, y ya que estaremos retenidos aquí por algunos meses, lo mejor que podemos hacer es reiniciar la explotación.

-¿Nosotros, prospectores? -exclamó Summy Skim.

-Sí, en espera de que se venda nuestra parcela.

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1. A partir de aquí, Verne llama al contramaestre "Lorrique".

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