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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo IV
Vancouver

La ciudad de Vancouver no se halla en la gran isla de ese nombre, situada frente al litoral columbiano. Ocupa una punta de esa lengua de tierra que se destaca del continente y no es más que una metrópoli. Victoria, la capital de la Columbia británica, con una población de dieciséis mil habitantes, se yergue precisamente en la costa sudeste de la isla, donde se encuentra igualmente New Westminster, con seis mil almas.

Vancouver fue fundada en el extremo de una rada que se abre en el sinuoso estrecho de Juan de la Fuca, el cual se prolonga hacia el noroeste. Detrás de la rada se alza el campanario de una capilla, entre espesas frondosidades de pinos y cedros que bastarían para ocultar las torres de una catedral.

Después de continuar por el lado meridional de la isla, que llevó en un principio el nombre de sus dos primeros ocupantes, el español Cuadra y el inglés Vancouver, este estrecho bordea las costas orientales y septentrionales bajo las denominaciones de Georges al este y de Johnstone y Reina Carlota al norte. Ya se ve, el puerto de Vancouver es fácilmente accesible para los navíos que vienen del Pacífico, sea que desciendan a lo largo del litoral canadiense, sea que suban por el litoral de los Estados Unidos de América.

¿Los fundadores de la ciudad de Vancouver adivinaron el porvenir? No se puede responder a esta pregunta, aunque hoy el descubrimiento de los yacimientos auríferos de Klondike le dan a la ciudad una animación exuberante. Lo que es cierto es que Vancouver podría albergar una población de cien mil habitantes. La circulación sería fácil por sus calles, que se cortan en ángulo recto como los casilleros de un tablero de ajedrez. Vancouver posee iglesias, bancos, hoteles. Tiene luz eléctrica y de gas. Se provee de agua en las fuentes situadas al norte de Burardi Inlet. Está comunicada por puentes que atraviesan el estuario de False Bay, y posee un parque de trescientos ochenta hectáreas de superficie, acondicionado en la península del noroeste.

A la salida de la estación, Summy Skim y Ben Raddle, siguiendo los consejos de la guía que llevaban, se hicieron conducir al hotel Westminster, en el que se hospedarían hasta el día en que les fuera posible partir para Klondike.

Lo difícil fue precisamente encontrar habitación en ese hotel, que estaba a rebasar. Los viajeros afluían por esa época en que los trenes y los paquebotes desembarcaban doscientos emigrantes al día. Es fácil imaginar las ganancias que obtenía la ciudad, en especial los ciudadanos que se dedican a alojar y alimentar a los forasteros imponiéndoles precios inverosímiles. Estos, claro, permanecían en la ciudad el menor tiempo posible, tanta era la urgencia que tenían de llegar a los territorios a los que el oro los atraía como el imán al hierro. Pero no era fácil partir. Costaba encontrar lugar en los numerosos barcos que se dirigían al norte después de haber hecho escalas en diferentes puertos de México y Estados Unidos.

Muchos van a través del Pacífico en dirección de la desembocadura del Yukon, en Saint Michel, en la costa occidental de Alaska, y remontan el curso del río hasta Dawson City, la capital de Klondike. Sin embargo, la mayoría de los barcos tiene como destino Victoria y Vancouver, de donde llegan a Dyea o Skagway bordeando la costa americana. Cuál de estas dos rutas tomaría Ben Raddle, era un asunto que el ingeniero acababa de resolver. Pero, entre tanto, Summy Skim y él debieron instalarse en una de las habitaciones del hotel Vancouver, en el que por lo menos no tendrían motivo para quejarse ni del servicio ni de la comida.

Lo primero que preguntó Summy Skim en cuanto estuvieron instalados en su habitación, fue:

-¿Y cuánto tiempo estaremos en Vancouver, mi querido Ben?

-Unos cuatro días -respondió Ben Raddle-, el tiempo que falta para la llegada del Football.

-¿El Football? ¿Qué es eso de Football?

-Un barco del Canadian Pacific que nos llevará a Skagway, y en el cual voy a reservar pasaje hoy mismo.

-Así, pues, ¿entre las diferentes rutas que conducen a Klondike ya has elegido una?

-La elección estaba hecha, Summy, desde el momento en que no me decidí por la desembocadura del Yukon, una travesía de cuatro mil quinientos kilómetros. Tomaremos la ruta más frecuentada, y, siguiendo el litoral de la Columbia británica al abrigo de las islas, llegaremos a Skagway sin fatiga. En esta época del año, el lecho del Yukon está aún copado de hielo, y no es raro que los barcos zozobren, sin contar con que pueden demorarse en llegar hasta el mes de julio. Por el contrario, el Football no tardará más de una semana en llegar, sea a Skagway, sea hasta el mismo Dyea. Es verdad que después, una vez desembarcados, tendremos que franquear las pendientes del Chilkoot o de White Pass, que son bastante escarpadas, pero, una vez al otro lado, mitad por tierra, mitad por los lagos, alcanzaremos el Yukon, que nos conducirá a Dawson City. Pienso que llegaremos a nuestro destino a comienzos de junio, es decir en la época favorable. No tenemos más que hacemos de paciencia y esperar el Football.

-¿Y de dónde viene ese paquebote de nombre deportivo? -preguntó Summy Skim.

-Precisamente de Skagway, pues pertenece a un servicio regular entre Vancouver y esa ciudad. Se le espera para el 14 de este mes, a más tardar.

-Bueno, Ben, ya que eso te conviene, querría ya estar a bordo del Football.

-¿Apruebas mi proyecto?

-Enteramente, y ya que nuestro destino es ir a Klondike, yo confío en ti para llegar allá en las mejores condiciones.

Los dos primos no estarían muy ocupados durante su estancia en Vancouver. No tenían que completar su equipaje, y no había que adquirir el material necesario para la explotación de la parcela, ya que el del tío Josías quedaba a su disposición. Durante la travesía en el Football, volverían a encontrar las comodidades de que habían disfrutado durante el viaje en el tren del Transcontinental Pacific. Sería en Skagway donde Ben Raddle tendría que ocuparse especialmente en preparar los medios de transporte hasta Dawson City, conseguir una embarcación desmontable para la navegación de los lagos y un equipo de perros para tirar los trineos en las planicies heladas. Vería además si no convenía tratar con algún transportista de oficio que los condujera a Dawson City, llevando los víveres necesarios para un largo viaje por si resultaba difícil procurárselos en el camino. Evidentemente, todo ello era muy costoso, pero bastarían una o dos pepitas de oro para resarcirse de los gastos.

Habría también que resolver las cuestiones reglamentarias con la aduana canadiense, que es bastante exigente, por no decir desagradable, y siempre está dispuesta a crear dificultades.

Por lo demás, tal era la animación de la ciudad, tal la afluencia de viajeros, que Summy Skim no se aburrió un instante. Nada más curioso que la llegada de los trenes, tanto de los que venían del este del Dominion como de los que venían de los Estados de la Unión. Nada más interesante que el desembarco de esos miles de pasajeros que los vapores depositaban en Vancouver. Cuánta gente que esperaba su partida para Skagway o Saint Michel erraba por las calles, la mayoría reducidos a acurrucarse en los rincones del puerto o en los tablones de los muelles inundados de luz eléctrica.

Las ocupaciones -orden y vigilancia- no faltaban a la policía en medio de esta abrumadora muchedumbre compuesta por toda clase de aventureros sin Dios ni ley, que llegaban atraídos por la fama de Klondike. A cada paso se encontraban agentes vestidos con un uniforme color hoja seca, listos para intervenir en las muchas querellas que se producían y que no era raro terminaran con derramamiento de sangre, pues los mineros son buenos para el cuchillo.

Sin duda estos policías realizaban su tarea, a menudo peligrosa, a menudo difícil, con todo el celo y todo el coraje que se requería en ese mundo de emigrantes en que se enfrentan individuos de todas las clases sociales y, quizás más particularmente, de la de los sin clase. Pero podría ser también que estos policías pensaran que sería para ellos más provechoso y menos peligroso lavar el barro de los afluentes del Yukon. Cómo olvidar que cinco policías canadienses, casi al comienzo de la explotación del Klondike, habían vuelto con cien mil dólares de beneficio. Estos hombres debían tener una gran fuerza de voluntad para no contraer la fiebre del oro como tantos otros.

Varias veces, consultando su guía, Summy Skim quedó impresionado al leer que durante el invierno la temperatura descendía a cincuenta grados bajo cero. Parecía exagerado, aun considerando que Dawson City está casi atravesada por el círculo polar ártico. Sin embargo, lo que lo hizo reflexionar fue ver en una tienda de óptica, en una de las calles de Vancouver, varios termómetros que marcaban hasta noventa grados bajo cero.

"Es evidente que en esto hay una exageración", pensó. "La gente de Klondike está orgullosa de sus fríos y los luce casi con coquetería."

Summy Skim entró en la tienda del óptico y le pidió que le mostrara algunos termómetros, porque quería elegir uno.

El comerciante tomó diversos modelos de este instrumento de su vitrina y se los ofreció. Todos estaban graduados, no según la escala Fahrenheit, que es la que se usa en el Reino Unido, sino según la escala centígrada, la más corriente en el Dominion, todavía imbuido de las costumbres francesas.

-¿Estos termómetros están bien graduados? -preguntó Summy Skim.

-Desde luego, señor -respondió el óptico-. Estoy seguro de que usted quedará satisfecho.

-Pero por lo menos no habrá días en que marquen setenta u ochenta grados -declaró Summy Skim en el tono más serio.

-Bueno -replicó el comerciante-, lo esencial es que marquen lo justo.

-Desde luego, señor. ¿Y ocurre que la columna descienda a sesenta grados bajo cero?

-Frecuentemente, señor, e incluso más.

-Vamos -dijo Summy Skim-, es difícil de admitir, incluso en Klondike, que un termómetro pueda bajar tanto.

-¿Y por qué no? -respondió el comerciante con cierto orgullo-, y si el señor desea un instrumento que esté graduado hasta ahí...

-Gracias, gracias -respondió Summy Skim-. Me contentaría con el que sólo llegue hasta sesenta.

Y, después de todo, para qué esta adquisición, habría debido preguntarse. Cuando los ojos se agrietan bajo los párpados enrojecidos por el viento del norte, cuando el aliento se transforma en nieve en torno tuyo, cuando la sangre se hiela en las venas, cuando no se puede tocar un objeto de metal sin dejar en él la piel de los dedos, cuando sientes delante de las fogatas como si el fuego mismo hubiera perdido todo su calor, no se tiene mucho interés en saber si la temperatura es de sesenta o de ochenta grados bajo cero, y no hay necesidad de termómetro para comprobarlo.

Los días transcurrían y Ben Raddle, que ya había terminado los preparativos, no ocultaba su impaciencia mientras esperaba la llegada del Football. ¿Se habría retrasado en el mar? Se sabía que había partido de Skagway el 10 de abril. La travesía duraba cinco días, y ya debería haber estado a la vista de Vancouver.

En verdad, la escala que haría sería muy corta, la suficiente para recoger a las centenas de pasajeros que habían reservado pasaje. No había carga que embarcar ni que desembarcar. Este paquebote no se dedicaba al transporte de mercancías, sino sólo al de emigrantes. Sólo tendría que limpiar sus calderas, llenar sus bodegas de carbón y aprovisionarse de agua dulce. Sería un asunto de veinticuatro horas, treinta y seis a lo más, y no había que temer la lentitud de una travesía que se efectuaba junto al litoral y, lo más a menudo, bajo la protección de las islas.

En cuanto al aprovisionamiento de Dawson City, se hacía por medio de barcos de carga que transportaban harina, líquidos, carnes en conserva y legumbres secas, y llegaban hasta Skagway sin recoger pasajeros. Después del Football, se esperaban otros barcos, que embarcarían a varios miles de emigrantes con destino a Klondike. Los hoteles y albergues de Vancouver no daban abasto para recibirlos, y familias enteras dormían al sereno. Que se juzgue por sus miserias actuales las que les reservaba el porvenir, sin techo y con una temperatura aún más rigurosa.

La mayor parte de esa pobre gente no iba a encontrar más comodidad a bordo de los barcos que los transportaban de Vancouver a Skagway, y luego, ¡qué interminable, qué espantoso viaje de Skagway a Dawson City! A bordo, las cabinas de popa y de proa apenas bastaban para los pasajeros que querían pagarlas. El entrepuente daba asilo a familias que se amontonaban por esos seis o siete días de travesía debiendo bastarse para todas sus necesidades. Había incluso quienes aceptaban viajar encerrados en la cala, como animales. Por último, eso era preferible a estar expuesto en el puente a los rigores atmosféricos, a las ráfagas glaciales, a las tempestades de nieve, tan frecuentes en esos parajes que remontan hasta el círculo polar.

Por esa época, Vancouver no estaba invadida sólo por los emigrantes que acudían de las profundidades del Viejo y el Nuevo Mundo. Había que contar también las centenas de mineros que no querían pasar el invierno en los glaciares de Dawson City. Durante esos meses resulta imposible continuar la explotación de las parcelas. Todos los trabajos deben ser suspendidos por fuerza, ya que el suelo se cubre con unos diez a doce pies de nieve y esta capa, sometida a un frío de cuarenta y cincuenta grados, se endurece como el granito y quiebra las piquetas.

Los prospectores que pueden hacerlo, los que la suerte en cierto modo ha favorecido, prefieren regresar a las principales ciudades de la Columbia británica. Tienen oro y lo gastan con una prodigalidad de la que es difícil hacerse idea. Tienen la convicción de que la fortuna jamás los abandonará: la próxima estación será fructuosa... se han descubierto nuevos yacimientos en los afluentes de Yukon y del Klondike... se llenarán las manos con un cúmulo de pepitas. A fines de abril o principios de mayo llegará el momento de volver a sus terrenos y recomenzar la campaña. Estos hombres ocupan la mejores habitaciones de los hoteles para pasar los seis o siete meses de invierno, como tendrán las mejores cabinas en los paquebotes para regresar a Skagway y retomar las rutas del norte.

Pronto Summy Skim pudo comprobar que era entre estos hombres, los mineros afortunados, donde se encontraban los tipos más violentos, más groseros, más alborotadores, los que se abandonaban a todos los excesos en las casas de juego, en los casinos, donde, con el dinero en la mano, se sentían los amos.

En tales circunstancias, Summy Skim conoció a uno de estos prospectores de reputación deplorable, la que por desgracia se confirmaría en el futuro.

El 15 de abril, por la mañana, Summy Skim y Ben Raddle se paseaban por el muelle cuando se escucharon los pitazos de un barco.

-Por fin el Football -dijo el más impaciente de los dos primos.

-No creo -respondió el otro-. Esos pitazos vienen del sur, y el Football debe venir del norte.

En efecto, se trataba de un vapor que llegaba al puerto de Vancouver después de remontar el estrecho de Juan de la Fuca, y por lo tanto no podía proceder de Skagway.

Sin embargo, Ben Raddle y Summy Skim se dirigieron hacia el extremo de la escollera en medio del numeroso público que se reúne cada vez que llega un barco. Además, varias centenas de pasajeros iban a desembarcar en espera de poder tomar otro barco que los condujera al norte.

El paquebote que se acercaba era el Smyth, un navío de dos mil quinientas toneladas que hacía todas las escalas de la costa americana desde el puerto mexicano de Acapulco. Después de haber desembarcado a sus pasajeros en Vancouver, el Smyth debía regresar a su punto de partida, pues sólo se encargaba del servicio del litoral. Sus pasajeros llegaban a engrosar la muchedumbre de los que debían elegir en Vancouver entre la ruta de Skagway o la ruta de Saint Michel para ir a Klondike. Sin duda el Football no bastaría para transportar a toda esa gente, y la mayoría tendría que esperar otros barcos para llegar a Dawson City.

Ben Raddle y Summy Skim hubieran preferido que la sirena, cuyo silbido se acentuaba a medida que el barco entraba en la rada, anunciara el Football. Pero, aunque fuera el Smyth, les pareció curioso asistir al desembarco.

Cuando el paquebote atracó, se vio a uno de los pasajeros empujar furiosamente para ser de los primeros en desembarcar. Sin duda tenía prisa por reservar pasaje en el Football. Era un hombre corpulento, brutal y vigoroso, de barba negra y tupida, la tez bronceada de los hombres del sur, mirada dura y cara de malvado, antipática a primera vista. Lo acompañaba otro pasajero, de la misma procedencia a juzgar por el aspecto, y que no parecía más paciente ni más sociable que él.

Había otros pasajeros que tenían tanta prisa como él por desembarcar. Pero hubiera sido difícil adelantársele, ya que se abría paso a codazos, indiferente a las órdenes de los oficiales y del capitán, rechazando a los que tenía a su lado, insultándolos con una voz ronca que acentuaba la dureza de sus injurias, proferidas mitad en inglés, mitad en español.

-Allí tenemos lo que se puede llamar un agradable compañero de ruta -dijo Summy Skim-, si llega a conseguir pasaje en el Football.

-Sólo será por unos días -respondió Ben Raddle-, y ya nos arreglaremos para mantenerlo apartado.

En ese momento, uno de los curiosos que se encontraban junto a los dos primos exclamó:

-Pero, ¿no es ese condenado de Hunter? ¡Tendremos ruido esta tarde en las casas de juego, si es que no se va hoy mismo de Vancouver!

Summy Skim comprendió que el tal Hunter era muy conocido, aunque no por sus cualidades. Debía ser uno de esos aventureros que regresaban de su país en espera de la época favorable para recomenzar una nueva campaña.

En efecto, Hunter, uno de esos tipos violentos, de sangre americana mezclada con sangre española, regresaba de Texas, su país de origen. Este mundo revuelto de los buscadores de oro le proporcionaba justamente el medio que convenía a sus bajos instintos, a sus costumbres repugnantes, a sus pasiones brutales, a su gusto por la existencia irregular, donde sólo reina el azar. Efectivamente, llegaba ese día a Vancouver con su compañero para esperar allí el Football. Cuando supo que el paquebote no llegaría antes de treinta y seis o cuarenta y ocho horas, se hizo conducir al hotel Westminster, donde Ben Raddle y Summy Skim estaban alojados desde hacía seis días1.

Sin duda, no era para felicitarse de que se les hubiera impuesto la compañía de un tipo así. Pero ya sabrían evitarlo, tanto durante la estancia en el hotel como en la travesía de Vancouver a Skagway.

A Summy Skim se le ocurrió informarse de quién era este tal Hunter.

-¡Quién no lo conoce en Vancouver y en Dawson City! -le respondieron.

-¿Es un propietario de parcela?

-Sí, una parcela que explota él mismo.

-¿Y dónde está situada esa parcela?

-En el Forty Miles.

-¿Tiene número?

-Ciento veinte y siete.

-¡Vaya! -exclamó Summy Skim-, nosotros tenemos el 129. Seremos vecinos de ese abominable texano...

Al día subsiguiente, la llegada del Football fue señalada a la salida del estrecho de la Reina Carlota, y veinticuatro horas después, en la mañana del 17 de abril, se hacía a la mar.

Línea divisoria

1. Julio Verne olvida que los dos primos estaban alojados en el hotel Vancouver. (N del T)

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