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El volcán de oro
Editado
© René Contreras
20 de julio del 2003
Tomado de Logo de Librodot.com
Primera parte
Indicador El legado de un tío
Indicador Los dos primos
Indicador De Montreal a Vancouver
Indicador Vancouver
Indicador A bordo del Football
Indicador Skagway
Indicador El Chilkoot
Indicador Al lago Lindeman
Indicador Del lago Benett a...
Indicador Klondike
Indicador En Dawson City
Indicador De Dawson City a la...
Indicador La parcela 129
Indicador La explotación
Indicador La noche del 5 al 6 de...
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)

El volcán de oro (versión original)
Primera parte - Capítulo V
A bordo del Football

El Football desplazaba mil doscientas toneladas, y si no contaba más pasajeros que toneladas era porque el inspector de navegación no había autorizado el embarque de un número mayor. Por lo demás, la línea de flotación, indicada por el cero atravesado por una barra pintado en el casco, ya se encontraba bajo el nivel normal. En veinticuatro horas las grúas del muelle habían depositado a bordo una pesada carga, una centena de bueyes, caballos y asnos, una cincuentena de renos y varios cientos de perros destinados a tirar los trineos en el hielo.

Cabe destacar, de pasada, que estos perros eran San Bernardo y esquimales, comprados en su mayoría en las ciudades canadienses, donde los precios son menos elevados, incluso contado el costo del transporte.

En cuanto a los pasajeros del Football, había de todas las nacionalidades: ingleses, canadienses, franceses, noruegos, suecos, alemanes, australianos, americanos del sur y del norte, unos con familia, otros sin ella. Se comprende que, si la separación en dos clases era posible en las cabinas de primera y de segunda, no había medio de evitar la promiscuidad en el puente. Incluso en las cabinas se había doblado el número de literas: cuatro en lugar de dos. El entrepuente presentaba el aspecto de un largo dormitorio con una serie de caballetes entre los cuales se tendían hamacas. En cuanto al puente, ya se puede imaginar lo que era. Apenas se podía circular. Los pobres, que no podían pagar los treinta y cinco dólares que costaba una cabina, se amontonaban en la borda. Es verdad que, si tenían con qué abrigarse, las ráfagas de frío resultaban soportables y, por la protección de las islas, los temibles mares no eran demasiado peligrosos desde Vancouver a Skagway.

Ben Raddle había podido reservar dos lugares en una de las cabinas de popa. Un tercer hombre ocupaba la misma cabina, un noruego llamado Boyen, que poseía una parcela en el Bonanza, uno de los afluentes del Klondike. Era un hombre apacible y suave, audaz y prudente a la vez, de esa raza escandinava que ha dado a los Audrec y los Nansen. Originario de Christiania, regresaba a Dawson City después de haber visitado su ciudad natal durante el invierno. En suma, era un compañero de viaje poco molesto, poco comunicativo, con el cual Summy Skim no pudo intercambiar más que unas cuantas palabras de cortesía.

Era una suerte que los dos primos no tuvieran que compartir la cabina del texano. Hunter y su compañero habían reservado una cabina de cuatro plazas, aunque ellos sólo fueran dos. Varios pasajeros que no habían podido conseguir cabina les habían rogado en vano a estos groseros personajes que les cedieran los dos lugares vacantes. Perdieron su tiempo, sin hablar del brutal rechazo que recibió su petición.

Ya se ve, este Hunter y este Malone -así se llamaba el otro- no se hacían problemas con los precios. Ganaban mucho con la explotación de su parcela. Gastaban sin medida y derrochaban dinero en el juego. Como el Football tenía un salón de (...) y de póquer, se pasarían allí horas enteras. Los demás pasajeros no experimentaban ningún deseo de frecuentarlos, y ellos no manifestaban deseos de frecuentar a nadie.

En cuanto hubo salido, a las seis de la mañana, del puerto y de la bahía de Vancouver, el Football enfiló por el canal para llegar al extremo septentrional de la isla. A partir de ese punto, a menudo protegido por las islas Reina Carlota y Príncipe de Gales, no tendría más que remontar una corta distancia a lo largo de la costa americana.

Los pasajeros de popa no debían abandonar el toldillo que les estaba reservado. El puente estaba atestado de corrales con animales encerrados: bueyes, caballos, asnos, renos a los que no se podía dejar impunemente en libertad. No ocurría lo mismo con la turba de perros, que circulaban aullando en medio de los grupos de segunda clase, hombres todavía jóvenes pero en los que ya eran visibles los signos de la miseria, mujeres de aspecto agotado rodeadas de niños enfermizos. Esta gente emigraba, no para explotar algún yacimiento por su cuenta, sino para ponerse al servicio de los sindicatos, de los cuales se disputaban los salarios.

-Bueno -dijo Summy Skim-, tú lo has querido, Ben, y aquí estamos, en camino hacia Eldorado. Después de todo, ya que ha sido preciso hacer este viaje, lo que he visto hasta aquí y lo que veré más adelante es sin duda curioso. Tendré ocasión de estudiar allí este mundo de los buscadores de oro, que no parece precisamente de los más recomendables.

-Sería difícil que fuera diferente, mi querido Summy -respondió Ben Raddle-, y hay que tomarlo como es.

A condición de no pertenecer a él, y nosotros no somos de ese mundo ni lo seremos jamás. Tú eres un caballero, y yo soy otro caballero, y hemos heredado una parcela llena de pepitas, quiero creerlo, pero no nos quedaremos ni con la menor parte de ella.

-Eso se entiende -respondió Ben Raddle, con un imperceptible movimiento de hombros que no tranquilizó demasiado a Summy Skim.

-Vamos a Klondike a vender la parcela de nuestro tío Josías -continuó Skim-, aunque hubiera sido fácil efectuar esta venta sin hacer el viaje. ¡Señor Dios! De sólo pensar que yo hubiera podido compartir los instintos, las pasiones, las envidias de esta turbamulta de aventureros...

-Me vas a citar el auri sacra fames, Summy...

-Y con razón, Ben -respondió Summy Skim-. Esta execrable sed de oro, por la que siento horror, este deseo desenfrenado de riquezas que hace sufrir tantas miserias, no es un trabajo; es un juego. Es la competencia por el primer premio, por la gran pepita. Y cuando pienso que, en lugar de navegar en este barco a países inimaginables, podía estar en Montreal, preparándome para ir a pasar la bella estación en las delicias de Green Valley...

-Prometiste no recriminarme, Summy.

-Terminado, Ben. Es la última vez, y no pienso más que en...

-¿En llegar a Dawson City? -preguntó Ben Raddle, no sin cierta ironía.

-En regresar, Ben, en regresar -respondió con franqueza Summy Skim.

Mientras el Football evolucionaba en el estrecho de la Reina Carlota sin alcanzar mucha velocidad, los pasajeros no sufrieron con el mar; apenas se hacía sentir el balanceo. Pero cuando el paquebote hubo pasado la punta extrema de la isla de Vancouver, quedó expuesto al oleaje del mar abierto. El recorrido era el más largo que tendría que hacer en esas condiciones, hasta la altura de la isla de la Reina Carlota, esto es, a una distancia de (...) millas más o menos. Encontraría de nuevo la alta mar entre esta isla y la del Príncipe de Gales, al atravesar la Dixon Entrance, pero durante (...) millas solamente. Más allá navegaría protegido hasta el puerto de Skagway.

El tiempo era frío, la brisa áspera, el cielo nuboso a causa del viento del oeste. Un fuerte oleaje azotaba las arenas del litoral columbiano. Ráfagas de lluvia y nieve caían con violencia. Podemos imaginar lo que debían sufrir los emigrantes que no podían encontrar refugio ni bajo los toldos instalados en la cubierta ni en el entrepuente. La mayoría estaban abrumados por el mareo, pues al balanceo se unían las sacudidas del barco y resultaba imposible transitar sin asirse de las jarcias. Los animales no padecían menos. A través de los silbidos de las ráfagas se escuchaban mugidos, relinchos, rebuznos, un concierto espantoso del que es difícil hacerse idea. Los perros corrían de un lado para otro, rodaban, ya que era imposible mantenerlos atados o encerrados. Algunos de estos animales se volvían furiosos. Se echaban sobre los pasajeros, les saltaban a la garganta tratando de morderlos. Fue necesario matar a tiros a algunos de ellos. Esto provocó un desorden que el capitán y sus oficiales lograron controlar sólo después de grandes esfuerzos.

Obviamente, Summy Skim, convertido en un observador decidido, desafiaba el mal tiempo y sólo regresaba a su camarote a las horas de reposo.

Ni él ni su primo se marearon, y tampoco su compañero de viaje, el impasible noruego Boyen, al cual nada de lo que ocurría parecía impresionar.

Lo mismo sucedió con el texano Hunter y su camarada Malone. Desde el primer día lograron reunir una banda de jugadores y se instalaron alrededor de una mesa a jugar al monte y al faro. Día y noche se escuchaban sus provocaciones y sus brutales vociferaciones.

Entre las pasajeras que el último tren de Montreal había conducido a Vancouver, dos habían llamado la atención de Summy Skim. Eran dos religiosas que habían llegado a Vancouver en la víspera de la partida y que tenían plaza reservada a bordo del Football. Una tenía treinta y dos años, y la otra, veinte. Francocanadienses de nacimiento, pertenecían a la congregación de las hermanas de la Misericordia, que las enviaba al hospital de Dawson City porque su superiora había solicitado un aumento del personal.

Summy Skim no pudo reprimir su emoción ante estas dos hermanas que, obedeciendo la orden de su convento de Montreal, se habían puesto en camino inmediatamente, sin duda sin una réplica, sin la menor vacilación. Y a qué peligroso viaje se exponían, con qué mundo de aventureros y desgraciados de toda especie iban a mezclarse. Qué sufrimientos tendrían que soportar durante ese largo viaje, y qué miserias les esperaban en Klondike, de donde quizás jamás regresarían... Pero el espíritu de caridad las sostenía y el espíritu de devoción las inundaba. Su misión era socorrer a los desventurados, y ellas no fallarían.

Ya a bordo de ese paquebote que las llevaba tan lejos, se dedicaron a aliviar a los pobres sin distinción, prodigando sus cuidados a las mujeres, a los niños, privándose ellas mismas para procurar algún bienestar a los otros.

Sólo al cuarto día el Football se encontró de nuevo al abrigo de la isla de la Princesa Carlota1.

La navegación se efectuó entonces en condiciones menos duras, en un mar ya no perturbado por un oleaje furioso. En la orilla se sucedían fiordos comparables a los de Noruega, que debían evocar muchos recuerdos de su país al compañero de cabina de Summy Skim y de Ben Raddle. Junto a esos fiordos se levantaban altos acantilados, boscosos en su mayoría, entre los cuales aparecían, si no aldeas, al menos caseríos de pescadores y, lo más frecuente, alguna casucha aislada cuyos habitantes de origen indio vivían de la caza y de la pesca. Al paso del Football se acercaban a vender sus productos, para los que encontraban fácilmente compradores.

Si detrás de los acantilados, a bastante distancia, las montañas perfilaban sus crestas nevadas a través de la niebla, del lado de la isla de la Princesa Carlota la mirada abarcaba extensas llanuras o espesos bosques completamente blancos de escarcha. Aquí y allá se veían también algunas aglomeraciones de casitas junto a las estrechas caletas donde los barcos de pesca esperaban un viento favorable.

Después de haber traspasado la punta septentrional de esta isla, el Football quedó otra vez expuesto a la alta mar durante la travesía de la Dixon Entrance, que cierra el norte de la isla del Príncipe de Gales. Esta travesía duró veinticuatro horas. Sin embargo, el balanceo y los bandazos fueron menos violentos. Por lo demás, a partir de Príncipe de Gales el paquebote navegaría protegido por una serie de islas y por la península de Sitka hasta su llegada al puerto de Skagway. La navegación marítima se convertiría en navegación fluvial.

Este nombre de Príncipe de Gales se aplica a todo un archipiélago bastante complicado, cuyo último extremo en el norte se pierde en una maraña de islotes. La isla principal tiene por capital el puerto de Shakan, situado en la costa oeste, en el que los navíos se refugian cuando hay tempestad.

Más allá se prolonga la isla Baranof, donde los rusos fundaron el fuerte de Nuevo Arcángel, y cuya principal ciudad, Sitka, es también la capital de toda la provincia de Alaska. Cuando Alaska fue cedida por el imperio moscovita a los Estados Unidos, Sitka no volvió al Dominion ni a la Columbia británica, sino que, de acuerdo con el tratado de 1867, permaneció bajo el dominio americano.

El Football pasó a la vista de Port Simpson, primer puerto canadiense en el litoral columbiano, al fondo de la Dixon Entrance, pero no hizo escala allí ni en el puerto de Jackson, en la isla más meridional del grupo de Príncipe de Gales.

Si el paralelo 49 constituye el límite de las dos posesiones un poco más abajo de Vancouver, se comprende que la longitud que debe separar Alaska del Dominion tiene que estar claramente determinada a través de esos terrenos auríferos del Norte. Quién sabe si, en un futuro más o menos lejano, no habrá una disputa entre el pabellón de Gran Bretaña y el pabellón de las cincuenta y una estrellas de los Estados Unidos de América...

El 24 de abril por la mañana, el Football hizo escala en el puerto de Wrangel, en la desembocadura del Stikeen. La ciudad sólo contaba entonces con unas cuarenta casas y algunos aserraderos en actividad, un hotel, un casino y casas de juego, que nunca están inactivas durante la estación.

En Wrangel desembarcaron los mineros que deseaban ir a Klondike por la ruta de Telegraph Creek en lugar de seguir la de los lagos, al otro lado de Skagway. Esta ruta alcanza los cuatrocientos treinta kilómetros, que hay que recorrer en las peores condiciones. Es menos costosa, sin embargo. Una cincuentena de emigrantes dejaron el barco, resueltos a desafiar los peligros y las fatigas a través de esas interminables planicies de la Columbia septentrional.

A partir de Wrangel los pasos se hicieron más estrechos, los recovecos más caprichosos, en un laberinto de islotes entre los cuales se deslizaba el paquebote. Un holandés hubiera podido creer que se hallaba en medio de los dédalos de Zelanda, pero pronto se habría dado cuenta de la realidad, al oír como silban los vientos glaciales venidos de las regiones polares, al contemplar todo ese archipiélago todavía sumergido bajo la espesa capa de nieve, al escuchar el tronar de las avalanchas que se precipitan en los fiordos desde lo alto de los acantilados del litoral. Un ruso hubiera estado menos sometido a los efectos de la ilusión, pues se hubiera encontrado en el paralelo de San Petersburgo.

En Mary's Island, en las proximidades de Fort Simpson, el Football dejó atrás el último puesto de aduana americano. En Wrangel el paquebote se encontraba ya en aguas canadienses. Si algunos pasajeros hubieran desembarcado, no hubiera sido por no estar informados de que la ruta de los trineos seguía impracticable.

El paquebote remontó hacia Skagway a través de pasos cada vez más cerrados, bordeando el continente, cuyo relieve se acentuaba. Después de atravesar la desembocadura del río Taker, hizo escala durante unas horas en Juneau. Esta era todavía una aldea, que andando el tiempo se convertiría en ciudad.

Al nombre de Juneau, su fundador hacia 1882, conviene agregar el de Richard Harris, ya que dos años antes ambos descubrieron los yacimientos de la cuenca de Silver Bow, de donde extrajeron sesenta mil francos de oro en pepitas unos meses después.

De esta época data la primera invasión de mineros, atraídos por la resonancia que obtuvo este descubrimiento y la explotación de los terrenos auríferos en el norte de Telegraph Creek, anterior a la explotación de Klondike. Desde entonces, la mina de Treadwille, trabajada por doscientos cuarenta pilones, tritura hasta mil quinientas toneladas de cuarzo al día y produce dos millones y medio de francos; esta mina, después de cien años de explotación, no se agotaría todavía.

Ben Raddle puso a Summy Skim al corriente de los éxitos obtenidos en estos territorios.

-Bueno -respondió éste-, es una lástima que la parcela de nuestro tío Josías, en lugar de estar en el Forty Miles Creek, no esté en el río Taku.

-¿Por qué?

-Porque no tendríamos necesidad de ir hasta Skagway.

Conviene decir que en ese momento no había razón para lamentarse. El Football llegaría a Skagway al día siguiente. Pero entonces empezarían las verdaderas dificultades y muy probablemente las excesivas miserias, cuando se tratara de atravesar los pasos del Chilkoot y de alcanzar la orilla izquierda del Yukon por la ruta de los lagos.

Sin embargo, todos estaban ansiosos por abandonar el Football para aventurarse en la región regada por la gran arteria de Alaska. Sólo pensaban en el porvenir, y no para ver en él las fatigas, las contrariedades, los peligros, las decepciones, sino el espejismo con que los deslumbraba.

En fin, después de Juneau el paquebote remontó el canal de Lynn, que termina en Skagway para los barcos de cierto tonelaje, y que las gabarras pueden sobrepasar por dos leguas hasta el pueblo de Dyea. Al oeste resplandecía el glaciar de Muir, de doscientos cuarenta pies de altura, y del cual el Pacífico recibe incesantemente ruidosas avalanchas. Barcas tripuladas por indígenas escoltaban el Football, que incluso remolcó algunas.

La última tarde a bordo tuvo lugar un formidable partido de cartas en la sala de juego, en el que participaron muchos de los que la habían frecuentado durante la travesía y habían perdido en ella hasta su último dólar. Los dos texanos, Hunter y Malone, habían sido de los más asiduos y, sobre todo, de los más violentos. El resto era de la misma categoría de aventureros que se encontraban habitualmente en las casas de juego de Vancouver, Wrangel, Skagway y Dawson City.

No parecía que hasta ahora la fortuna les hubiera sido desfavorable a los dos texanos. Desde que se habían embarcado en Acapulco, varios miles de dólares habían llegado a sus manos gracias a su suerte con las cartas. Y sin duda esperaban que la suerte no los abandonara esa última tarde que pasarían a bordo.

Pero no fue así y, por el ruido que salía de la sala de juego, estaba claro que ésta era el teatro de escenas deplorables. Se escuchaban gritos estridentes, groseras invectivas, y quizás el capitán hubiera debido intervenir para restablecer el orden; pero, como hombre prudente, no lo haría sino en caso de extrema necesidad. Si era preciso, a la llegada acudiría a la policía de Skagway, la que se haría cargo de los alborotadores.

Eran las nueve cuando Summy Skim y Ben Raddle se dispusieron a volver a su cabina. Al descender, se encontraron cerca de la sala de juego, que se hallaba sobre la sala de máquinas. De pronto, la puerta de la sala se abrió con estrépito y una docena de pasajeros se precipitó sobre el puente. Entre ellos se encontraba Hunter, en el último grado de la cólera. Se pegaba con uno de los jugadores, vomitando un torrente de injurias. Una discusión surgida durante el juego había conducido a esta escena abominable, en la que todos esos locos furiosos se disponían a intervenir.

No parecía que Hunter tuviera a la mayoría de su parte, porque se le abrumaba de amenazas, a las que respondía con las más horribles invectivas. Podía ser que la detonación de los revólveres se mezclara con los furiosos bramidos de los contendientes.

En ese momento, Hunter se liberó con un golpe vigoroso del grupo que lo rodeaba y dio un salto adelante. Las dos religiosas, que volvían al toldillo de cubierta, se encontraron delante de él, que derribó sobre el puente a una de ellas, la mayor.

Summy Skim, indignado, se precipitó sobre Hunter, mientras Ben Raddle levantaba a la hermana.

-¡Miserable! -gritó Summy Skim-, usted merecería...

Hunter se detuvo y ya se llevaba la mano a la cintura para sacar un cuchillo que portaba en una vaina cuando, cambiando de opinión, dijo a Summy Skim:

-¡Ah, usted es el canadiense! Nos encontraremos allí. No perderá nada con esperar.

Mientras regresaba a su cabina con su compañero Malone, la religiosa se acercó a Summy Skim.

-Señor -le dijo-, le agradezco su gesto... Pero este hombre no sabía lo que hacía. Hay que perdonarlo, como yo lo perdono.

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1. La "Reina" se convierte en "Princesa"...

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