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Una invernada entre los hielos
Editado
© Ariel Pérez
11 de diciembre del 2002
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Una invernada entre los hielos
Capítulo XVI
Conclusión

Herming, mortalmente herido, fue transportado a una cama por Misonne y Turquiette, que habían conseguido romper sus ataduras. Aquel miserable agonizaba, y los dos marineros se ocuparon de Pierre Nouquet, cuya herida por suerte no ofrecía ninguna gravedad.

Pero una desgracia mayor debía afectar a Luis Cornbutte. Su padre no daba ninguna señal de vida. ¿Había muerto con la ansiedad de ver a su hijo entregado a sus enemigos? ¿Había sucumbido al presenciar aquella terrible escena? Nadie lo sabría ya nunca. El pobre y viejo marino, quebrantado por la enfermedad, había cesado de vivir.

Ante aquel golpe inesperado, Luis Cornbutte y María quedaron sumidos en una desesperación profunda, luego se arrodillaron junto al lecho y lloraron rezando por el alma de Juan Cornbutte.

Penellan, Misonne y Turquiette los dejaron solos en aquel cuarto y subieron al puente. Los cadáveres de los tres osos fueron arrojados por la proa. Penellan decidió conservar su piel, que debía ser de gran utilidad, pero ni un solo momento se le ocurrió comer su carne. Además, el número de hombres que alimentar había disminuido mucho ahora. A los cadáveres de André Vasling, de Aupic y de Jocki, sepultados en una fosa cavada en la costa, se les unió pronto el de Herming. El noruego murió durante la noche sin arrepentirse y sin remordimientos, con la espuma de la rabia en la boca.

Los tres marinos repararon la tienda que, agujereada en varios puntos, permitía que la nieve cayese sobre el puente. La temperatura era excesivamente fría, y duró así hasta el retorno del sol, que no reapareció sobre el horizonte hasta el 2 de enero.

Juan Cornbutte fue sepultado en aquella costa. Había dejado su país para buscar a su hijo, y había ido a morir bajo aquel clima horrible. Su tumba fue excavada sobre una altura, y los marinos plantaron sobre ella una simple cruz de madera.

Desde aquel día, Luis Cornbutte y sus compañeros pasaron aun por terribles pruebas; pero los limones, que habían recuperado, les devolvieron la salud.

Gervique, Gradlin y Pierre Nouquet pudieron levantarse quince días después de estos terribles acontecimientos y realizar un poco de ejercicio.

Pronto la caza se hizo más fácil y más abundante. Los pájaros acuáticos volvían en abundancia. Con frecuencia mataban una especie de pato salvaje que proporcionaba una carne excelente. Los cazadores no tuvieron que deplorar más pérdida que la de dos de sus perros, que desaparecieron durante una expedición para reconocer, a veinticinco millas al sur, el estado de la llanura de hielos.

El mes de febrero estuvo marcado por violentas tempestades y nieves abundantes. La temperatura media fue aun de veinticinco grados bajo cero, pero los hombres no sufrieron demasiado por ello. Por otra parte la vista del sol, que cada vez se alzaba más en el horizonte, los alegraba anunciándoles el fin de sus tormentos. También hay que creer que el cielo se apiadó de ellos, porque el calor aquel año llegó antes. Desde el mes de marzo fueron divisados algunos cuervos revoloteando alrededor del navío. Luis Cornbutte capturó grullas que habían llevado hasta allí sus peregrinaciones septentrionales. Bandadas de patos salvajes se dejaron también vislumbrar en el sur.

Esta vuelta de los pájaros indicaba una disminución del frío. Sin embargo no había que fiarse demasiado porque, con un cambio de viento, o con el plenilunio, la temperatura descendía súbitamente y los marinos se veían forzados a recurrir a todo tipo de precauciones para prevenirse contra ella. Ya habían quemado todos los empalletados del navío para calentarse, los tabiques de la camareta alta que no habitaban y una gran parte del sollado. Era, pues, tiempo de que aquella invernada terminase. Por suerte, a mediados de marzo no pasaron de los dieciséis grados bajo cero. María se ocupó de preparar nuevas ropas para aquella precoz estación del verano.

Desde el equinoccio, el sol se mantuvo de modo constante sobre el horizonte. Los ocho meses de luz habían comenzado. Aquella claridad perpetua y aquel calor incesante, aunque excesivamente débiles, no tardaron en obrar sobre los hielos.

Había que tomar grandes precauciones para lanzar La joven audaz desde su alto lecho de témpanos que la rodeaban. El navío, por consiguiente, fue apuntalado con solidez, y les pareció conveniente esperar a que los hielos se rompieran por el deshielo; pero los témpanos inferiores, que descansaban sobre una capa de agua ya más caliente, se fueron disolviendo poco a poco, y el brick bajo sensiblemente. Hacia los primeros días de abril, había recuperado su nivel natural.

Con el mes de abril vinieron lluvias torrenciales, que, difundidas a oleadas sobre la llanura de hielos, apresuraron todavía más su descomposición, El termómetro subió a diez grados bajo cero. Algunos hombres se quitaron sus vestimentas de pieles de foca y ya no fue necesario mantener encendida la estufa día y noche en el alojamiento. La provisión de alcohol, que no se había agotado, sólo se empleó para la cocción de los alimentos.

Pronto los hielos empezaron a romperse con sordos crujidos. Las grietas se formaban con gran rapidez y se volvía imprudente avanzar por la llanura sin un bastón para sondear los pasos, porque las fisuras serpenteaban por aquí y por allá. Más de una vez ocurrió que varios marineros cayeron en el agua, pero se libraron del percance sólo con un baño algo frío.

Las focas volvieron en esa época, y frecuentemente las cazaron parque su grasa debía ser utilizada. La salud de todos seguía siendo excelente. El tiempo se ocupaba con los preparativos de partida y con la caza. Luis Cornbutte iba frecuentemente a estudiar los pasos, y, según la configuración de la costa meridional, decidió intentar el paso más al sur. Ya se había producido el deshielo en diferentes lugares, y algunos témpanos flotantes se dirigían hacia alta mar. El 25 de abril, el navío estaba en situación de navegar. Las velas, sacadas de sus fundas se hallaban en perfecto estado de conservación, y fue una auténtica alegría para los marinos verlas balancearse al soplo del viento. El navío se estremecía porque había vuelto a encontrar su línea de flotación, y aunque aun no pudiera moverse, descansaba sin embargo en su elemento natural.

En el mes de mayo el deshielo se efectuó rápidamente. La nieve que cubría la orilla se fundía por todos lados y formaba un barro espeso, que hacia casi inabordable la costa. Pequeños matorrales, de color rosáceo pálido, se mostraban tímidamente entre los restos del hielo y parecían sonreír al escaso calor. El termómetro subió al fin por encima de cero.

A veinte millas del navío, en dirección sur, los témpanos completamente sueltos, bogaban hacia el océano Atlántico. Aunque la mar todavía no estuviera del todo libre en torno al navío, se formaban pasos que Luis Cornbutte quiso aprovechar.

El 21 de mayo, después de una última visita a la tumba de su padre, Luis Cornbutte abandono por fin la bahía de invernada. El corazón de aquellos valientes marinos se llenó al mismo tiempo de alegría y de tristeza, porque no se dejan sin pena los lugares en que se ha visto morir a un amigo. El viento soplaba del norte y favorecía la partida del brick. Frecuentemente se vio detenido por bancos de hielo, que tuvieron que cortar con la sierra; frecuentemente ante él se levantaron témpanos, y había que emplear barrenos para hacerlos saltar. Durante un mes todavía la navegación estuvo llena de peligros, que a menudo pusieron al navío a dos dedos de su perdición; pero la tripulación era audaz y estaba acostumbrada a aquellas peligrosas maniobras. Penellan, Pierre Nouquet, Turquiette, Fidele Misonne, hacían ellos solos el trabajo de diez marineros, y María tenía sonrisas de agradecimiento para todos.

La joven audaz se vio libre de los hielos a la altura de la isla Juan-Mayer. Hacia el 25 de junio, el brick encontró navíos que se dirigían al norte para la pesca de focas y ballenas. Había tardado cerca de un mes en salir del mar polar.

El 10 de agosto, La Joven Audaz se encontraba a la vista de Dunkerque. Había sido avistada por el vigía y toda la población del puerto acudió a la escollera. Los marinos del brick cayeron pronto en brazos de sus amigos. El viejo cura recibió a Luis Cornbutte y a María estrechándolos contra su corazón, y de las dos misas que dijo en los dos días siguientes la primera fue por el reposo del alma de Juan Cornbutte y la segunda para bendecir a los dos prometidos, unidos desde hacía tanto tiempo por la desgracia.

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