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Una invernada entre los hielos
Editado
© Ariel Pérez
11 de diciembre del 2002
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Una invernada entre los hielos
Capítulo II
El proyecto de Juan Cornbutte

Cuando la joven confiada a los cuidados de caritativos amigos hubo abandonado el brick, el segundo, André Vasling, informó a Juan Cornbutte del horrible suceso que le privaba de ver nuevamente a su hijo, y que el diario de a bordo refería en estos términos:

«A la altura del Maelström1, el 20 de abril, habiéndose puesto a la capa debido a una gran tempestad y a los vientos del suroeste, divisó señales de socorro que le hacía una goleta bajo el viento. La goleta, que había perdido la mesana, corría hacia el abismo con las velas plegadas. El capitán Luis Cornbutte, viendo al navío encaminarse a una catástrofe inminente, resolvió ir a bordo. A pesar de los ruegos de su tripulación, hizo descender al mar la chalupa y bajó a ella con el marinero Cortrois y el timonel Pierre Nouquet. La tripulación los siguió con la vista hasta el momento en que desaparecieron en medio de la bruma. Llegó la noche. El mar se puso cada vez peor. La joven audaz, atraída por las corrientes que rondan por esos parajes, corría el riesgo de ser engullida por el Maelström. Se vio obligada a huir contra el viento. En vano cruzó durante varios días el lugar del siniestro; la chalupa del brick, la goleta, el capitán Luis y los dos marineros no volvieron a aparecer. André Vasling reunió entonces a la tripulación, tomó el mando del navío y puso vela hacia Dunkerque»

Después de haber leído este relato, seco como un simple hecho de abordo, Juan Cornbutte lloró largo tiempo y, si tuvo algún consuelo, vino del pensamiento de que su hijo había muerto por querer socorrer a sus semejantes. Luego, el pobre padre abandonó aquel brick cuya vista le hacía daño y volvió desolado a su casa.

La triste noticia se difundió inmediatamente por todo Dunkerque. Los numerosos amigos del viejo marino fueron a ofrecerle sus vivas y sinceras condolencias. Luego, los marineros de La joven audaz dieron detalles más completos sobre el suceso, y André Vasling hubo de contar a María, en todos sus detalles, la abnegación de su prometido.

Juan Cornbutte reflexionó después de haber llorado, y al día siguiente mismo del fondeo, al ver entrar a André Vasling en su casa, le dijo:

-¿Está completamente seguro, André, de que mi hijo ha perecido?

-Sí, por desgracia, señor – respondió André Vasling.

-¿Hizo usted todas las búsquedas necesarias para encontrarle?

-¡Todas, sin que faltara ninguna, señor Cornbutte! Pero, por desgracia, es demasiado cierto que los dos marineros y él fueron engullidos por el abismo del Maelström.

-¿Le gustaría, André, seguir en el mando como segundo del navío?

-Eso dependerá del capitán, señor Cornbutte.

-El capitán seré yo, André – respondió el viejo marino –. Voy a descargar rápidamente mi navío, a preparar mi tripulación y a correr en busca de mi hijo.

-¡Su hijo ha muerto! – respondió André Vasling insistiendo.

-Es posible, André – replicó con viveza Juan Cornbutte –, pero también es posible que se haya salvado. Quiero registrar todos los puertos de Noruega adonde pudiera haber sido empujado, y cuando tenga la certeza de no volver a verle jamás, sólo entonces regresaré para morir aquí.

Comprendiendo que esta decisión sería inquebrantable, André Vasling no insistió más y se retiró.

Juan Cornbutte participó inmediatamente a su sobrina su proyecto, y vio brillar alguna luz de esperanza a través de sus lágrimas. Al espíritu de la joven no había llegado aún la idea de que la muerte de su prometido pudiera ser problemática; pero apenas fue lanzada esta nueva esperanza a su corazón, se entregó a ella sin reserva.

El viejo marino decidió que La joven audaz se haría al punto a la mar. Aquel brick, sólidamente construido, no tenía avería ninguna que reparar. Juan Cornbutte hizo anunciar que si los marineros querían embarcar nuevamente, la composición de la tripulación no se alteraría. Sólo él sustituiría a su hijo en el mando del navío.

Ninguno de los compañeros de Luis Cornbutte faltó a la llamada, y allí había marineros audaces: Alain Turquiette, el carpintero Fidele Misonne, el bretón Penellan, que sustituía a Pierre Nouquet como timonel de La joven audaz, y luego Gradlin, Aupic, Gervique, marineros valientes y experimentados.

Juan Cornbutte propuso de nuevo a André Vasling que ocupara su puesto a bordo. El segundo del brick era un hábil maniobrista, que había pasado su prueba llevando a La joven audaz a buen puerto. Sin embargo, no se sabe por qué motivo, André Vasling puso algunas dificultades y pidió tiempo para reflexionar.

-Como usted quiera, André Vasling – respondió Cornbutte –. Recuerde únicamente que si acepta será bienvenido entre nosotros.

Juan Cornbutte tenía un hombre adicto en el bretón Penellan, que durante mucho tiempo había sido compañero de viaje suyo. La pequeña María pasaba, en otro tiempo, las largas veladas de invierno en los brazos del timonel, mientras éste estaba en tierra. Por eso había conservado una amistad de padre hacia ella, que la joven le devolvía con amor filial. Penellan aceleró cuanto pudo el armamento del brick, con tanto mayor motivo cuanto que, en su opinión, André Vasling tal vez no había hecha todas las búsquedas posibles para dar con los náufragos, aunque le excusaba por la responsabilidad que sobre él pesaba como capitán.

No habían transcurrido ocho días cuando La joven audaz se encontraba presta para hacerse a la mar. En lugar de mercancías, fue completamente aprovisionada de carnes saladas, de galletas, de barriles de harina, de patatas, de cerdo, de vino, de aguardiente, de café, de té, de tabaco.

Se fijó la partida para el 22 de mayo. La noche de la víspera, André Vasling, que aún no había contestado a Juan Cornbutte, se dirigió a su casa. Estaba todavía indeciso y no sabía qué partido tomar.

Juan Cornbutte no se hallaba en casa, aunque la puerta se encontraba abierta. André Vasling penetró en la sala común, que daba al cuarto de la joven, y allí el rumor de una animada conversación sorprendió su oído. Escuchó atentamente y reconoció las voces de Penellan y de María.

Sin duda, la discusión duraba hacía algún tiempo, porque la joven parecía oponer una inquebrantable firmeza a las observaciones del marino bretón.

-¿Qué edad tiene mi tío Cornbutte? – decía María.

-Unos sesenta años – respondía Penellan.

-¡Y bien!, ¿no va a afrontar él peligros para recuperar a su hijo?

-Nuestro capitán es todavía un hombre robusto – replicaba el marino –. Tiene un cuerpo de roble y músculos duros como un timón de recambio.¡Por eso no me preocupa nada ver que se hace a la mar!

-Mi buen Penellan – continuó María –, una persona es fuerte cuando ama. Además, tengo plena confianza en el apoyo del cielo. Usted me comprende y me ayudará.

-No – decía Penellan –. Es imposible, María. ¡Quién sabe adonde llegaremos y qué males tendremos que sufrir! ¡Cuántos hombres vigorosos he visto dejar su vida en esos mares!

-Penellan – continuó la joven –, no pasará nada, y si usted me rechaza, pensaré que ya no me quiere.

 

André Vasling había comprendido la resolución de la joven. Reflexionó un instante y decidió.

-Juan Cornbutte – dijo avanzando hacia el viejo marino que entraba en ese momento –, iré con ustedes. Las causas que me impedían embarcar han desaparecido y puede usted contar con mi dedicación.

-Nunca había dudado de usted, André Vasling – respondió Juan Cornbutte estrechándole la mano –. ¡María, hija! – llamó en voz alta.

María y Penellan aparecieron al punto.

-Aparejamos mañana al alba con la marea baja – dijo el viejo marino –. Mi pobre María, ésta será la ultima noche que pasemos juntos.

-¡Tío! – exclamó María cayendo en brazos de Juan Cornbutte.

-María, con la ayuda de Dios, te traeré a tu prometido.

-Sí, nosotros encontraremos a Luis – añadió André Vasling.

-¿Es usted entonces de los nuestros? – preguntó vivamente Penellan.

-Si, Penellan, André Vasling será mi segundo – respondió Juan Cornbutte.

-¡Oh, oh! – exclamó el bretón con un aire singular.

-Y sus consejos nos serán útiles, porque es hábil y emprendedor.

-Pero usted nos da cien vueltas, capitán – respondió André Vasling –, porque todavía conserva tanto vigor como saber.

-Bueno, amigos míos, hasta mañana. Vayan a bordo y tomen las ultimas disposiciones. ¡Hasta luego, André! ¡Hasta luego, Penellan!

El segundo y el marinero salieron juntos. Juan Cornbutte y María permanecieron juntos. Muchas lágrimas se vertieron durante esa triste velada. Juan Cornbutte, viendo a María tan desolada, decidió adelantar la separación abandonando la casa al día siguiente sin avisarla. Por eso aquella misma noche le dio su último beso, y a las tres de la mañana se levantó.

La partida había atraído a la estacada a todos los amigos del viejo marino. El cura, que debía bendecir la unión de María y de Luis, fue a dar una ultima bendición al navío. Rudos apretones de mano se intercambiaron en silencio, y Juan Cornbutte subió a bordo.

La tripulación estaba completa. André Vasling dio las últimas ordenes. Se largaron velas y el brick se alejo rápidamente con una brisa de noroeste, mientras el cura, de pie en medio de los espectadores arrodillados, ponía el navío entre las manos de Dios.

 

¿A dónde va ese navío? ¡Sigue la ruta peligrosa por la que se han perdido tantos náufragos! ¡No tiene destino cierto! ¡Debe esperar todos los peligros y saber enfrentarse a ellos sin vacilar! ¡Sólo Dios sabe donde podrá atracar! ¡Que Dios le guíe!

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1. Remolino de la costa noruega.

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