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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo IV
En las cuevas

Cuando el Kaw-djer salió de la Gobernación, la tormenta se había apaciguado ya. Ya no llovía. Las nubes se disipaban ante el sol que surgía del mar, dorando Liberia con sus rayos oblicuos.

El Kaw-djer miró alrededor suyo. No vio a nadie. Como cada día, él era el primero en abandonar el sueño.

Aspirando profundamente el aire matinal, avanzó algunos pasos por la plaza, transformada por la tormenta en un lago de lodo. La puerta entreabierta del Tribunal atrajo enseguida su atención. Sin conceder demasiada importancia a aquella negligencia, se acercó a la puerta con la intención de cerrarla. Entonces vio que había sido forzada y aquello le sorprendió en gran manera. ¿Cuál era el sentido de aquel forzamiento? ¿Había gente tan desprovista de todo que el miserable contenido de aquella sala hubiera sido capaz de tentarle?

El Kaw-djer empujó la puerta y ya desde la entrada, vio el tonel. Al principio no lo comprendió muy bien, pero pronto un rápido examen le informó. Aquella pólvora esparcida..., aquella mecha -tres cuartos de ella consumidos- que corría por el suelo de madera... Nada podía llevarle a error: habían querido hacerle saltar, y con él, la Gobernación.

Aquel descubrimiento le sumió en la estupefacción. ¡Vaya! ¡Existían colonos que le odiaban hasta aquel punto...! Luego reflexionó, pensó quiénes podían ser los autores de semejante atentado. Ciertamente, no se encontraba en situación de acusar a nadie. Pero sin embargo, conocía demasiado bien a la población de la ciudad, para que las sospechas se pudieran extraviar fuera de círculo bastante restringido. ¿Ferdinand Beauval a pesar de sus nuevas funciones...? Acaso fuera posible. ¿Lewis Dorick...? Más probablemente, en todo caso, alguien que siguiera sus mismos pasos.

El Kaw-djer dio la vuelta a la sala con la mirada y apreció el agujero practicado en el tabique. La aventura se presentaba con nitidez. Habían robado aquel tonel del almacén, lo habían llevada hasta donde se encontraba ahora y luego el culpable había huido después de haber encendido la mecha que debía provocar la deflagración de la pólvora... Pero, contrariamente a los deseos del criminal, la explosión no se había producido. La mecha, después de haber ardido dos tercios de su longitud, se había apagado por el contacto con un charco de agua que recubría su último tercio.

¿De dónde procedía aquella agua? El Kaw-djer no tuvo más que levantar la cabeza para saberlo. Procedía del cielo, por una fisura del tejado, a través del techo hecho de planchas apenas unidas. Se podían apreciar rastros de humedad entre dos láminas de metal separadas. El agua había caída desde allí gota a gota, hasta formar aquel charco que había opuesto al fuego una barrera infranqueable.

El Kaw-djer no pudo reprimir un escalofrió no tanto por él, como por quienes también habitaban en la Gobernación, es decir, por Hartlepool que había elegido allí su domicilio con los dos niños adoptivos, y por los hombres de guardia de la noche precedente. Sus vidas no habían dependido más que de una circunstancia fortuita: la tormenta que había estallado en los primeros resplandores del alba. Todos estarían ya muertos en aquel momento.

Después de aquellas reflexiones, el Kaw-djer juzgo oportuno mantener en secreto aquella tentativa abortada. No tenía ninguna necesidad de aumentar su popularidad y, examinándolo bien, más valía no turbar la paz de la población.

Cerrando la puerta tras él, fue a despertar a Hartlepool, a quien condujo al Tribunal y puso al corriente de los acontecimientos. Hartlepool se quedó aterrado. Al igual que su jefe, tampoco él podía designar a los culpables, pero, al igual que él, tampoco dudaba de los nombres de quienes era lógico sospechar.

Habiendo resuelto no divulgar aquel asunto, el Kaw-djer tenía que tapar la abertura del tabique sin ayuda de nadie. Hartlepool fue a buscar los materiales necesarios, mientras que el Kaw-djer transportaba el barril de pólvora al lugar que ocupara anteriormente en el almacén.

Pudo así comprobar que había desaparecido otro de los toneles. Contando el que había encontrado en la sala del Tribunal, no quedaban más que cuatro, en lugar de cinco. ¿Qué querrían hacer con aquella pólvora? Nada bueno, sin duda. No obstante, ésta no podía ser utilizada por la carencia de todo tipo de arma de fuego y los ladrones debían pensar que sería imposible llevar a cabo otra tentativa semejante a la que un azar favorable acababa de hacer fracasar.

Cuando Hartlepool estuvo de regreso, los dos albañiles improvisados volvieron a colocar en su sitio el trozo de madero cortado por Kennedy, luego llenaron el vacío tal y como estaba anteriormente, con gravas mezcladas en argamasa. Pronto no quedó rastro alguno del atentado. Sólo entonces el Kaw-djer se retiró a su casa, haciéndose seguir de Hartlepool a quien informó de la desaparición de un segundo barril de pólvora.

El asunto merecía ser tenido en consideración. Si los culpables se habían apoderado de aquella pólvora, es que pensaban repetir su tentativa y, por tanto, convenía reflexionar acerca de los medios para protegerse contra ellos.

Después de que la cuestión hubiera sido examinada bajo todos sus aspectos, se convino definitivamente que el atentado no sería divulgado y que se actuaría con prudencia para no llamar la atención. En primer lugar, resolvieron aumentar las fuerzas de policía, de cuarenta hombres a sesenta, en espera de hacer algo mejor si había necesidad de ello ulteriormente. Por el momento, habría qué contentarse con ocho guardias suplementarios, ya que sólo se poseían en reserva ese número de armas de fuego; pero se llegó al acuerdo de que el Kaw-djer mandaría traer doscientos fusiles nuevos, para prevenirse en el futuro contra toda eventualidad. En Liberia se habían creado ya intereses considerables que aumentaban día tras día. Se imponía estar en situación de defenderlos en caso de necesidad.

Se convino además que los hombres montarían en lo sucesivo sus guardias al aire libre y no en el puesto de policía. Se relevarían de dos en dos y durante su guardia harían la ronda alrededor de la Gobernación, que así se encontraría a cubierto de cualquier sorpresa.

El Kaw-djer no creyó oportuno adoptar por el momento otras medidas, pero Hartlepool se prometió in petto completarlas, rodeando a su jefe de una protección tan vigilante como discreta.

No había que contar con descubrir a los culpables, sin poner a la ciudad en ebullición. No habían dejado rastro alguno y sólo les hubiera desenmascarado el descubrimiento del barril de pólvora robado. Pero para encontrar aquel barril se habrían impuesto innumerables indagaciones y éstas habrían, causado una conmoción que el Kaw-djer quería evitar a toda costa.

Arregladas así las cosas, la vida volvió a tomar su rumbo normal. Transcurrieron los días uno tras otro, borrando el recuerdo de un incidente al que el tiempo restaba la importancia del principio y que la nueva organización hacía imposible repetir.

Al menos, el Kaw-djer dejó muy pronto de pensar en ello. Tenía otras preocupaciones en la cabeza. Arrastrado por su obra como por una tormenta, gozaba de la sublime embriaguez de los creadores. Su cerebro sobrecargado elaboraba sin cesar nuevas empresas y aún no había terminado con la ejecución de un proyecto que ya pasaba al siguiente.

Ni siquiera había esperado que la estacada del futuro muelle estuviera terminada, para concebir otros sueños. Uno de ellos, con posibilidades seguras de realización, consistía en utilizar una caída del río situada a algunos kilómetros en su parte superior, para establecer allí una estación eléctrica que distribuyera por todos sitios luz y fuerza. ¡Liberia iluminada por la electricidad...! ¿Quién hubiera podido prever aquello dos años antes?

Sin embargo, aquél no era el proyecto que más apasionaba al Kaw-djer. Soñaba con otro aún más grandioso. Ciertamente, resultaba de gran utilidad iluminar Liberia, pero era tan sólo útil a una fracción muy restringida de la humanidad y, por otro lato, la empresa presentaba tan pocas dificultades qué se la podía considerar como una simple distracción. La obra que realmente le apasionaba era más general y de grandes magnitudes. Era de inte­rés para toda la humanidad.

Fue en lo primero en que pensó cuando naufragó el Jonathan. El Kaw-djer recordaba que cuando se oyeron en la noche los primeros cañonazos, había encendido un fuego en la cima del cabo de Hornos. Pero aquello no fue más que un recurso provisional, y después al igual que antes, nada advertía del peligro a los navíos. En efecto, la agonía del Jonathan no había sido más que una de las innumerables escenas del drama que constantemente tiene lunar en aquellos parajes. Centenares de buques, doblan, en medio de tormentas, la punta extrema de América. Menos afortunados que el Jonathan carecen del fuego que les guíe y, muy a menudo, cubren con sus restos los arrecifes del archipiélago. Muy distintas serían las cosas si cada tarde al ponerse el sol se encendiera un faro. Los buques, prevenidos a tiempo, se harían mar adentro y así se evitarían multitud de naufragios.

Desde que el Kaw-dler había pisado el cabo Hornos, no había transcurrido un solo día en que no le tentara aquella gran obra En todo caso, desconocía las dificultades, y durante mucho tiempo había pensado en ello como en una quimera. irrealizable. Pero en el presente las cosas eran distintas. Gobernador de un Estado en vías de rápida ascensión, podía emplear a un número casi ilimitado de trabajadores. La quimera dejaba de ser irrealizable.

Por otro lado, la cuestión del dinero, planteada antaño como un grave problema, estaba ya resuelta. En efecto, no había ninguna duda de que el Kaw-djer tenía a su disposición considerables recursos puesto que él había podido dar al Estado hosteliano los adelantos que habían permitido su desarrollo. Durante mucho tiempo había rehusado sacar algo de todas aquellas riquezas cuya existencia había voluntariamente olvidado, pero ahora que, por primera vez, las había utilizado, sus repugnancias, no tenían ya razón de ser. El sacrificio estaba hecho; no había motivo alguno para no seguir haciendo lo que ya había hecho.

Por lo demás, la creciente prosperidad permitiría muy pronto al Estado hosteliano comenzar con la devolución de los adelantos que el creador le había concedido. Pero no iba a utilizar aquel capital a la manera de un burgués. No iba a atesorarlo, él, que profesaba por el dinero tal desdeñoso desprecio. ¿Qué mejor uso podía hacer de él que utilizarlo para la construcción de un faro en la cima del trágico promontorio sobre la ruda corteza contra la que tantos navíos se aplastaban?

No obstante, quedaba una grave dificultad. Si la isla Hoste era libre, la isla Hornos continuaba siendo chilena. Pero quizás aquella dificultad no fuera insuperable. Posiblemente Chile consintiere en abandonar sus derechos sobre aquel peñasco incultivable, teniendo en cuenta el uso que el nuevo posesor se comprometía a hacer de él. Como mínimo, convenía intentar aquella negociación. Y fue ello; por lo que el primer navío que partió, se llevó consigo una nota oficial sobre este asunto dirigida por el gobernador del Estado hosteliano a la República de Chile.

Mientras el Kaw-djer se absorbía así en su obra, él peligro que él ya olvidara, continuaba suspendido sobre su cabeza. Los autores del atentado habían permanecido en la sombra. Impunes y teniendo todavía en su posesión el barril de pólvora que entre sus manos constituía la más terrible de las amenazas, vivían libremente confundidos entre la multitud de colonos.

Si el Kaw-djer no se hubiera prohibido, desde el principio, proceder a una investigación, quizás habría cogido a los culpables; pero justificó con el miedo a provocar disturbios en la población de Liberia, su repugnancia ante toda medida policial que subsistía en el fondo de su corazón como un viejo resto de sus antiguas ideas libertarias. El barril de pólvora no estaba lejos, en efecto; la mañana misma del atentado, Dorick y Kennedy lo habían transportado a una de las grutas de la punta del Este que el Kaw-djer tenía que conocer, puesto que fue en una de ellas donde Hartlepool había depositado antaño la reserva de fusiles.

Quizá no se haya olvidado que había tres grutas: dos en la parte inferior de las cuales una, abriéndose hacia la vertiente sur, comunicaba con la segunda que penetraba en pleno corazón de la montaña, y otra, en la parte superior, situada unos cincuenta metros más arriba, que se abría por el contrario hacia la vertiente norte y, por consiguiente, dominaba toda Liberia. Una estrecha fisura unía los dos sistemas. Aquella fisura, practicable a pesar de su fuerte inclinación, presentaba hacia el centro de su recorrido un estrechamiento que obligaba a trepar durante algunos metros, si cuidadosamente se evitaba tocar e incluso rozar un inestable bloque que en aquel punto era el único soporte de la bóveda, y cuya caída habría podido provocar una catástrofe.

Antaño, Hartlepool había colocado los fusiles en la gruta superior. Dorick y Kennedy habian transportado la pólvora a una de las dos grutas inferiores.

Ni siquiera habían estimado conveniente disimularla en la primera, horadada en pleno macizo un capricho de la naturaleza. Después de haber examinado rápidamente aquélla sin apreciar la suya que se proyectaba hasta la otra vertiente una altura superior, se contentaron con esconder el barril bajo un montón de ramas, dejándolo en la primera gruta, donde, por una alta y ancha arcada, el aire y la luz penetraban a raudales.

Grande había sido su sorpresa, cuando, al volver de su expedición la mañana del 27 de febrero habían comprobado que la Gobernación seguía todavía en pie. Mientras se alejaban de la ciudad para desembarazarse del barril, y luego cuando volvían, habían esperado la explosión segundo tras segundo. Como sabemos, aquella explosión no iba a producirse, y los dos malhechores llegaron. a sus domicilios respectivos sin que nada insólito hubiera sucedido.

Resultaba incomprensible.

Fuera cual fuese su curiosidad, los culpables no se apresuraron a satisfacerla. El fracaso de su tentativa justificaba todos los temores y su único objetivo, al principio, consistió en pasar inadvertidos. Se mezclaron con los demás trabajadores, se esforzaron por evitar todo lo que hubiera sido susceptible de atraer la atención sobre ellos.

Sólo por la tarde se atrevió Lewis Dorick a pasar por delante de la Gobernación. Lanzó de lejos una rápida ojeada hacia el Tribunal y vio al cerrajero Lawson reparando la puerta forzada. Lawson no parecía conceder a su trabajo una importancia particular. Le habían dicho que pusiera una cerradura nueva y él la ponía; eso era todo.

La tranquilidad de Lawson no calmó en absoluto a Dorick. Si reparaban la puerta, es que se habían dado cuenta de que había sido forzada. Por, consiguiente, necesariamente tenían que haber descubierto el barril de pólvora y la mecha consumida. ¿Quién había hecho el descubrimiento? Dorick no lo sabía. Pero no cabía ninguna duda de que un acontecimiento tan grave habría sido dado a conocer de inmediato al gobernador, de lo que con razón concluía que se tomarían medidas, que se ejercería una rigurosa vigilancia y, sabiéndose culpable, se estimo en gran peligro.

Una noción más justa de las cosas le devolvió sangre fría. Después de todo, nada podía probar su culpabilidad. Como mucho, se sospecharía de él, pero las sospechas no permiten detener a la gente, ni meterla en la cárcel y menos aún condenarla. Para todo eso se necesitan pruebas. Y no existiría ninguna prueba contra él mientras sus cómplices guardaran silencio.

Aquellas tranquilizantes reflexiones no le impidieron experimentar una violenta emoción cuando, al acabar el día, se encontró de imprevisto cara a con el Kaw-djer que, como de costumbre, iba a vigilar los trabajos del puerto. Este ofrecía su aspecto habitual y, al verle, ¡nadie habría adivinado que algo insólito hubiera sucedido! Aquella calmó resultó para Dorick más espantosa que la cólera. Se dijo que, para estar tan pacífico, el gobernador debía tener la certeza de echar mano a los culpables. Temblando, fingió absorberse en su trabajo, evitó alzar los ojos hacia el Kaw-djer, cuya mirada no habría podido soportar. Si éste le hubiera hablado, el miserable se habría traicionado.

Pero volvió a adquirir confianza al comprobar que el Kaw-dier no le dirigía la palabra. Aquella confianza no hizo más que crecer a medida que transcurrieron los días. Sin llegar a comprenderlo, comprobaba que nada había cambiado en la ciudad aun cuando era seguro que se habían enterado del atentado tal y como demostraban las modificaciones realizadas en la guardia de noche.

De todos modos, predominó el miedo durante mucho tiempo. Durante quince días, los cinco cómplices se evitaron y llevaron una vida ejemplar que habría sido suficiente para hacerles sospechosos a observadores más atentos. Transcurridas aquellas dos semanas, empezaron a envalentonarse. Al principio intercambiaron algunas palabras de paso, finalmente, persistiendo la seguridad que les daba coraje, reemprendieron sus paseos del atardecer y sus antiguos conciliábulos.

Como su tranquilidad aumentara día a día, no tardaron en aventurarse a ir a la gruta donde el barril de pólvora se hallaba escondido. Lo encontraron tal y como lo habían dejado y eso acabó por tranquilizarles.

Poco a poco, la caverna se convirtió en el objetivo cotidiano de sus paseos. Un mes después de su tentativa abortada, se reunían allí todas las tardes.

Siempre trataban el mismo tema. Las causas de su descontento no habían cambiado lo más mínimo. Sus vidas permanecían igual que antes del atentado. Como todo el mundo, continuaban sometidos a la ley del trabajo y, en el fondo, era eso lo que les exasperaba a pesar de sus grandilocuentes diatribas.

Se excitaban recíprocamente con incesantes recriminaciones, y así fueron olvidando gradualmente su fracaso, para comenzar la búsqueda de los medios que lo reparasen. Finalmente, aumentando sin cesar su rabia impotente, llegó el día en que estuvieron maduros para un nuevo acto de revuelta.

Aquel día, el 30 de marzo, los cinco compañeros habían abandonado Liberia por separado, y, como de costumbre, se habían reunido a cierta distancia de la ciudad. Estaba ya todo el grupo reunido, cuando llegaron al lugar habitual de sus sesiones.

Habían recorrido el camino en silencio. Dorick, sin haber abierto la boca, parecía perdido entre sus meditaciones; los otros imitaban su mutismo. Y al igual que los labios, sus caras también estaban contraídas. La tormenta estaba en el ambiente. Pensamientos de odio hinchaban sus almas resentidas.

Dorick hizo un gesto de escalofrío al penetrar el primero en la gruta. Un fuego ardía cerca de la entrada. Alguien había estado allí y la llama, aún clara demostraba que había transcurrido muy poco tiempo desde la salida del intruso.

¡Un fuego...! Dorick pensó de inmediato en la pólvora. Si se hubiera hecho el fuego algunos metros más lejos, el imprudente que la había encendido, habría saltado irremediablemente. ¡Qué peligro le había rozado, sin saberlo!

Dorick corrió hacia el barril... No, no lo habían descubierto... Seguía debajo del montón de ramaje del que sólo habían cogido unas cuantas ramas para hacer el fuego que chisporroteaba alegremente.

Mientras tanto, Kennedy fue a ver la segunda gruta iluminándose con una de las ramas que ardían. Pronto volvió a salir tranquilizado. No había nadie. Decididamente, el visitante desconocido se había marchado.

Transmitida la noticia a sus compañeros, esparció con el pie el fuego que, a pesar de encontrarse lejos de la pólvora, no dejaba de constituir un peligro. Pero Dorick le detuvo y reuniendo los tizones dispersados, reconstituyó el fuego avivándolo con nuevas ramas, mientras sus compañeros lo miraban con sorpresa.

-Camaradas -dijo levantándose-, ya no puedo más... Ahora mismo me acabo de decidir por la acción... Lo que hemos visto, me confirma en mi proyecto... Ha venido alguien aquí... Es una razón para darse prisa, porque pueden volver y lo que ayer no encontraron, lo pueden encontrar mañana.

La voz de Dorick era febril, sus palabras, jadeantes, sus gestos, violentos. Era evidente que ya no podía más, tal y como estaba diciendo.

A excepción de Sirdey que permaneció impasible, los demás dieron muestras ruidosas de aprobación.

-¿Y cuándo haremos la operación? -preguntó Fred Moore.

-Esta misma noche... respondió Dorick.

Haciendo resaltar cada palabra, como un hombre dominado por sus nervios, añadió:

-Lo he pensado mucho... Ya que no tenemos armas, me fabricaré una... Una bomba... Esta misma tarde... Comprimiendo en capas sucesivas pólvora y entre telas mojadas en alquitrán... Por eso necesito fuego..., para fundir el alquitrán... cierto que mi bomba no será como los ingenios perfeccionados de relojería o de inversión... Pero se hará lo que se pueda... Yo no soy un químico... Pero salga como salga, producirá un efecto... Una mecha la atravesará de parte a parte... La mecha durará treinta segundos... Ya he hecho la prueba; Justo el tiempo para encenderla y lanzarla.

A pesar suyo, el extraño aspecto de Dorick les impresionó. Su mirada era ardiente y, en cierta medida, extraviada. ¿Se había vuelto loco Lewis Dorick?

No, no estaba loco, o al menos no lo estaba en el sentido patológico de la palabra. Si en aquel momento ascendía a sus labios toda su vida amargura y de envidia, que proporcionaba a su actitud aquella febrilidad, tenía sin embargo la lucidez que un hombre, convertido en presa del furor, puede conservar.

-¿Quién lanzará la bomba? -preguntó Sirdey con frialdad.

-Yo -respondió Dorick.

-¿Cuándo?

-Esta noche... Hacia las dos, iré a llamar á la Gobernación... El Kaw-djer vendrá a abrir... En cuanto lo oiga, encenderé la mecha... Ya estaré preparado... Cuando la puerta esté abierta, lanzaré la bomba en el interior...

-¿Y tú?

-Tendré tiempo para salvarme... De todas formas, si hay que saltar, saltaré, y todo habrá terminado.

Todo el grupo guardó silencio. Se miraban con estupor, espantados con el proyecto de Dorick.

-En ese caso -dijo Sirdey con calma-, no nos necesitas.

-No necesito a nadie -replicó violentamente Dorick-. Los cobardes pueden marcharse si quieren.

Aquella palabra fustigó el amor propio.

-Yo me quedo -dijo Kennedy.

-Yo también -dijo William Moore.

-Yo también -dijo Fred Moore.

Sólo Sirdey no dijo nada.

Las voces habían subido de tono poco a poco. Sin darse apenas cuenta, se había llegado a un tono de disputa. A pesar de la advertencia del fuego que habían encontrado encendido, nadie había sospechado que pudiera haber en las proximidades personas a la escucha que recogieran aquellas palabras imprudentes.

Y realmente había allí gente, aunque sólo una y de tamaño demasiado reducido para inspirar temor, incluso conociendo su presencia. Quien estaba a la escucha, de modo por lo demás completamente involuntario, no era otro que Dick y, en efecto, cinco robustos hombres no tenían nada que temer de un niño.

El 30 de marzo, día de permiso, Dick y Sand habían abandonado la ciudad de buena mañana, teniendo por objetivo las grutas que tan frecuentemente habían hecho resonar con sus juegos tiempo atrás. La infancia es caprichosa. Las diversiones que ama con la mayor pasión, las abandona súbitamente un buen día para, pasado el cansancio, volverlas a practicar de repente, cuando otras distracciones han dejado ya a su vez de complacerle. Las grutas habían sido abandonadas después de tener su éxito. Ahora volvían a estar de moda.

Andando con paso ligero, Dick y Sand trataban la importante cuestión del juego al que se iban a dedicar aquel día. Más exactamente y como era ya costumbre, era Dick quien lo formulaba con la autoridad de los ucases, mientras que Sand lo iba grabando en su mente con aire sumiso.

-Amigo mío -pronunció Dick, cuando hubieron pasado de largo las últimas casas-, te voy a proponer algo bueno.

Sand, seducido, afinó los oídos.

-Vamos a jugar al restaurante.

Sand aprobó con la cabeza. Pero, en realidad, hay que confesar que no comprendía.

-¡Anda, mira esto! -anunció triunfalmente Dick

-¡Cerillas...! -exclamó Sand maravillado por tan prodigioso juguete.

-¡Y esto...! -prosiguió Dick sacando con fuerzo de su bolsillo la media docena de patata que había metido a la fuerza antes de partir.

Sand aplaudió.

-Así pues -decretó Dick, dominante-, tú serás el patrón del restaurante. Yo seré el cliente.

-¿Por qué...? -preguntó Sand con inocencia

-¡Porque sí...! -respondió Dick.

Ante tal perentorio argumento, a Sand no le quedaba más que aceptar. Por ello, cuando estuvieron los dos en la gruta, las cosas sucedieron tal y como las había dispuesto su tiránico compañero. En un rincón había un montón de ramas cuya procedencia se ignoraba. Algunas de aquellas ramas se transformaron pronto en un magnífico fuego y las patatas comenzaron a cocerse.

Cuando estuvieron cocidas, empezó realmente el juego. Sand desempeñaba magníficamente el papel de patrón de restaurante y Dick no lo hizo peor en el de cliente de paso. Se tendría que haber visto con qué desenvoltura entró en la gruta, -pues, claro está, había vuelto a salir para aumentar la verosimilitud-, con qué distinción se sentó en el suelo ante la ilusión de una mesa, con qué autoridad pidió todos los manjares que le venían a la cabeza. Pidió huevos, jamón, pollo, corned beef, arroz, pudding y muchas otras cosas más. Gracias a Dios, el cliente podía mostrarse exigente impunemente. Jamás se había visto restaurante tan bien guarnecido. El dueño del restaurante tenía de todo. Fuera cual fuera el pedido, respondía sin vacilar con «¡Aquí está, señor!», presentando al punto los manjares indicados que eran, en efecto, no cabía duda alguna, huevos, jamón o pollo, aun cuando un observador superficial las hubiera podido confundir con simples patatas.

Desgraciadamente, no existe cocina alguna tan maravillosamente guarnecida que no se agote, como no existe apetito tan grande que no acabe por ser saciado. Por una sorprendente coincidencia, aquellos se produjeron a un mismo tiempo y un fenómeno no menos maravilloso fue el que se produjo en el preciso momento en que ya no quedaba ni una sola patata más.

Sand experimentó una gran pena al hacer aquella desoladora comprobación.

-¡Te las has comido todas...! -suspiró con aire decepcionado.

Dick se dignó a explicarle.

-Pues claro, el cliente soy yo... -respondió como si la cosa estuviera clara por sí sola-. ¡No se va a comer el patrón su mercancía!

Pero esta vez, Sand no pareció convencido.

-Mientras tanto, no ha habido nada para mí -hizo notar todo confuso.

Dick se lo tomó muy mal.

-¡Bueno, ahora sólo tienes que decir que soy un glotón! Y luego ¡porras!, no juego más ¡y ya está!

-¡Dick...! -imploró Sand, aterrado por aquella amenaza.

No hizo falta nada más. Dick renunció de inmediato a sus proyectos de venganza.

-Bueno -dijo con aire magnánimo-, yo seré el patrón... Ahora te toca a ti hacer de cliente.

El juego se organizó según aquel nuevo programa. Fue Sand quien salió de la gruta y volvió a entrar, sentándose en el suelo delante de la mesa imaginaria. Terminada la presentación Dick se acercó a su cliente extasiado, presentándole una piedra.

Pero Sand, cuya inteligencia era menos viva, no comprendió de momento y miró la piedra con aire atontado.

-¡Animal...! -explicó Dick-. Es la nota.

-Yo no he comido nada -objetó Sand, indignado

-Puesto que no hay nada más..., no queda más que pagar la cena... ¡En un restaurante hay que pagar...! Tú me dirás: «Camarero, tráigame la nota por favor». Yo te diré: « ¡Aquí está, señor!» Tú dirás: «Muy bien, camarero, un centavo por la cena y un centavo para usted. Yo diré: «Gracias, señor». Y tú me darás dos centavos.

Todo sucedió conforme a aquel lógico plan. Sand puso el tono necesario para decir: «Camarero, déme la nota, por favor» y Dick exclamó con tanta perfección«¡Aquí está, señor!», que se le habría tomado por un auténtico camarero. Era como para confundirse. Sand, encantado, le dio los dos centavos.

De todos modos, una reflexión vino a estropear sus deleites.

-¡Eres tú el que se ha comido las patatas, y yo quien las paga! -dijo un poco melancólicamente

Dick no hizo ademán de haberle oído. No obstante, le había oído perfectamente. Prueba de ello es que enrojeció hasta las orejas.

-Compraremos un regaliz en el bazar Rhodes -prometió para tranquilizar su conciencia.

Luego, con mucha política y con el fin de cortar rápidamente con el incidente:

-Vamos a jugar a otra cosa -declaró.

-¿A qué? -preguntó Sand.

-Al león -decidió Dick, quien, sin vacilar, concedió el mejor papel. Tú serás un viajero. Yo soy un león. Ahora sales fuera y luego entras en la gruta para descansar y yo saltaré sobre ti para comerte. Entonces gritas: «¡Socorro...!» Entonces, yo me iré y volveré corriendo. Seré un cazador y matare al león.

-¡Pero si tú eres el león! -objetó Sand no sin una cierta lógica.

-No, seré un cazador.

-Entonces, ¿quién me comerá?

-¡Bestia...! Yo, cuando sea león.

Sand se sumergió en profundas reflexiones, mirando a su compañero con aire ensoñador. Este interrumpió sus pensamientos.

-No hace falta que lo entiendas -dijo-. Vete, luego vuelves. El león te espiará en las rocas... Tienes tiempo... Por lo menos media hora... El león soy yo, ya sabes... Así que estaré al acecho... Un león no está dos minutos al acecho... Sube por la galería hasta la gruta de arriba y vuelves por fuera..

Pero no desconfíes, entiendes, no temas nada... Sólo cuando oigas el rugido del león...

Dick lanzó un rugido aterrador.

Sand ya se había marchado. Subió por la galería y enseguida descendería dócilmente para hacerse devorar por el león.

-Mientras se alejaba su compañero, Dick se agazapo entre las rocas. Tenía que esperar media hora, o no le pareció mucho tiempo. Era el león. Así pues, tal y como había observado con detalle, un león debe saber estar al acecho con paciencia. Por nada del mundo habría dejado ver la punta de su carita y, concienzudamente, lanzaba de vez en cuando, aunque estuviera solo, pequeños rugidos, preludio del grande, del terrible, que estallaría cuando el león devorara al desgraciado viajero.

Fue interrumpido en sus ejercicios preparatorios. Varias personas escalaban la pendiente de la montaña. Dick, absolutamente convencido de que era un auténtico león, permaneció oculto, pero su transformación en el rey del desierto no le impidió reconocer al pasar a Lewis Dorick, a los hermanos Moore, a Kennedy y a Sirdey. Dick hizo una mueca. No le gustaba nada toda aquella gente y, particularmente Fred Moore que él consideraba como su enemigo personal.

Los cinco hombres desaparecieron en la gruta, gran cólera de Dick que oyó sus exclamaciones de sorpresa cuando descubrieron el fuego.

«La gruta no es suya», murmuró entre dientes. Pero otras palabras llegaron hasta él y le hicieron agudizar los oídos. Hablaban de la pólvora, de la bomba y esta última palabra que no entendía bien, la mezclaban con los nombres del gobernador y de Hartlepool.

Quizás estaba demasiado lejos y oía mal... Se aproximó con precaución a la entrada de la gruta, hasta un lugar donde podía oír con nitidez todo lo que se estaba diciendo allí.

Alguien estaba hablando en aquel preciso momento. Dick reconoció la voz de Sirdey.

-¿Y luego...? -preguntó el antiguo cocinero, que seguía desempeñando el papel de crítico de Dorick

-¿Luego...? -repitió Dorick en tono interrogativo.

-Sí... -prosiguió Sirdey-. Tu bomba no será como el barril. No tendrás la pretensión de matarlos a todos... Cuando hayas hecho saltar al Kaw-djer, quedarán Hartlepool y los hombres de guardia.

-¡Qué importa...! -respondió Dorick con violencia. No les tengo ningún miedo... Con la cabeza cortada, el cuerpo no sirve para nada.

¡Matar...! ¡Cortar la cabeza del gobernador...! Dick, que de pronto se había puesto serio, escuchaba temblando aquellas terribles palabras.

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