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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Segunda parte
(click encima para ver el contenido del volumen)
Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo V
Un héroe

¡Cortar la cabeza del gobernador...! Dick, olvidándose de su papel de león, no pensó más que en huir. Había que correr hasta Liberia..., contar lo que acababa de oír...

Desgraciadamente para él, el exceso de su precipitación le impidió calcular sus movimientos con la suficiente prudencia. Se desprendió una piedra y cayó rodando ruidosamente. Enseguida alguien apareció a la salida de la caverna, lanzando sospechosas miradas hacia todos los lugares. Dick, espantado, reconoció a Fred Moore.

Aquél vio al niño.

-¡Ay! ¡Eres tú, piojo...! -dijo-. ¿Qué haces aquí?

Dick, paralizado por el terror, no respondió.

-¿Has perdido la lengua hoy...? -continuó la grosera voz de Fred Moore. Y sin embargo no tiene pelos... Espera un poco. Yo te ayudaré a encontrarla...

El miedo devolvió a Dick la utilidad de sus piernas. Emprendió la carrera y se lanzó por la pendiente. Pero en pocas zancadas, su enemigo le alcanzó. Cogiéndole con su robusta mano por la cintura, lo levantó como una pluma.

-¡Hay que ver...! -rugió Fred Moore, levantando hasta la altura de su cara al niño aterrorizado-. ¡Ya te enseñaré yo a espiar, pequeña víbora!

En un instante, Dick fue transportado a la gruta y tirado como un fardo a los pies de Lewis Dorick.

-¡Mirad esto -dijo Fred Moore-, lo he encontrado fuera escuchándonos!

Dorick hizo levantar al niño de una bofetada.

-¿Qué hacías aquí? -preguntó severamente.

Dick tenía mucho miedo. Para ser franco, temblaba como una hoja. No obstante, su orgullo eras más fuerte. Se enderezó sobre sus pequeñas piernas, como un gallo de combate sobre sus espolones.

-Eso no le importa -replicó con arrogancia-... Tengo derecho de jugar al león en la gruta... La gruta no es suya.

-Trata de responder con educación, mocoso -dijo Fred Moore, dando otra bofetada a su cautivo.

Pero los golpes no eran argumentos para emplear con Dick. Ya le habrían podido despedazar como carne de picadillo, que no le habrían hecho ceder. En lugar de doblar la columna, aumentó, por el contrarío, todo lo que pudo su pequeña estatura, apretó los puños y luego, mirando a su adversario a la cara:

-¡Cobarde...! -dijo.

No pareció que a Fred Moore le afectara mucho aquella injuria.

-¿Qué es lo que has oído? -preguntó-. ¡Nos lo vas a decir, porque si no...!

Fred Moore alzó la mano para dejarla caer varias veces con una fuerza cada vez mayor. Dick se obstinó en un feroz silencio.

Dorick intervino.

-Dejad al niño -dijo-. No sacaréis nada... Además, es igual. Haya oído algo o no, no creo que seamos tan bestias como para dejar que se largue...

-¿No le irás a matar? -interrumpió Sirdey, que decididamente parecía poco inclinado a las soluciones violentas.

-No hace falta -respondió Dorick encogiéndose de hombros-. Simplemente lo vamos a encerrar...

-¿Alguien tiene aquí un trozo de cuerda?

-Toma -dijo Fred Moore, sacando de su bolsillo el objeto requerido.

-Y toma -añadió su hermano William, ofreciéndole su cinturón de cuero.

En un abrir y cerrar de ojos, Dick estuvo fuertemente amarrado. No podía hacer movimiento alguno con los tobillos apretados uno contra otro y las manos atadas detrás de la espalda. Luego Fred Moore lo llevó a la segunda gruta donde lo tiró al suelo como un fardo.

-Trata de estar quieto -recomendó a su prisionero, antes de alejarse-. ¡Si no, te las tendrás que ver conmigo, muchacho!

Después de aquella recomendación, volvió junto a sus compañeros y se inició de nuevo la eterna conversación. En cualquier caso, aquélla llegaba a su fin y la hora de acción iba de nuevo a sonar. Mientras se hablaba en derredor de Dorick, éste había colocado el alquitrán en el fuego y pronto, con meticulosos cuidados, comenzó la fabricación de su ingenio asesino.

Mientras los cinco miserables se preparaban así para su crimen, sus destinos se forjaban a sus espaldas. La captura de Dick había tenido un testigo. Al ir Sand a encontrarle donde, según lo convenido, debía ser víctima de la ferocidad del león, asistió a toda la escena. Había visto cómo capturaban a su compañero, cómo se lo llevaban, ataban y finalmente tiraban en la segunda gruta.

Sand se hundió en una terrible desesperación. ¿Por qué se habían apoderado de Dick...? ¿Por qué le habían pegado...? ¿Por qué Fred Moore se lo había llevado...? ¿Qué habían hecho de él...? ¿Y si lo habían matado...? Quizás sólo estaba herido y esperaba que alguien acudiera en su ayuda.

En ese caso, Sand acudiría. Se lanzó al asalto de la montaña, trepó como una gamuza hasta la grupa superior, y descendió por la estrecha galería que unía ambos sistemas. En menos de un cuarto de hora, llegaba a la parte inferior de la pendiente, al lugar donde la galería se ensanchaba para formar el tenebroso vacío horadado en pleno macizo, en cual Dick había sido encarcelado.

Algo de luz se filtraba por el pasaje que comunicaba aquel vacío con la caverna exterior. Hasta allí llegaban igualmente las voces sordas y apagadas de Lewis Dorick y de sus cuatro cómplices. Sand, comprendiendo la necesidad de prudencia, aminoró la marcha y se acercó a su amigo con paso de lobo.

Los grumetes, en su calidad de aprendices marinos, llevan siempre un cuchillo en el bolsillo. Sand se apresuró a sacar el suyo y a cortar las ataduras del prisionero. Apenas pudo moverse, éste, sin decir palabra, corrió hacia la galería por donde había llegado el salvador. Aquello no era una broma. Sólo él sabía, gracias a haber cogido algunas palabras, hasta qué punto resultaba grave la situación y lo importante que era actuar rápido. Por ello y sin perder tiempo en vanos agradecimientos, se lanzó hacia la galería escalando la pendiente a toda prisa, mientras que dejaba al pobre Sand pisándole los talones sin aliento.

La doble evasión habría resultado fácilmente un éxito, si la mala suerte no hubiera querido que a Fred Moore, en aquel preciso instante, se le hubiera ocurrido ir a echar una ojeada a su prisionero. En la débil luz que llegaba de la primera galería, creyó ver una forma vaga que se movía. Por si acaso, se lanzó en su búsqueda y así descubrió la galería ascendente de la que hasta el momento no había sospechado su existencia. Comprendiendo pronto que se la habían jugado y que su prisionero escapaba, lanzó un furioso juramento y se puso, el tercero, a escalar la pendiente.

Si los niños llevaban una ventaja de unos quince metros, Fred Moore poseía, por su parte, largas piernas, y nada se oponía a que aprovechara tal ventaja, ya que el pasaje, al menos en su parte inferior, era relativamente amplio. Es cierto que la profunda oscuridad que le rodeaba constituía un serio obstáculo para su marcha en aquella galería desconocida que, por el contrario, Dick y Sand conocían perfectamente. Pero Fred Moore estaba encolerizado y cuando uno está encolerizado, no escucha consejos de la prudencia. Así, corría a cuerpo descubierto entre las tinieblas, con las manos extendidas hacia delante, y arriesgando romperse la cabeza con un saliente de la bóveda.

Fred Moore no sabía que tenía a dos fugitivos delante suyo. No veía absolutamente nada y los niños se guardaban de hablar. Tan sólo el ruido de las piedras que rodaban por la pendiente le indicaba que se encontraba en buen camino y como aquel ruido cada vez se acercara más, deducía que iba ganando terreno.

Los niños hacían lo que podían. Se sabían perseguidos y comprendían que se les iba alcanzando progresivamente. No obstante, no desesperaban. Todos sus esfuerzos se dirigían a alcanzar aquel estrechamiento de la galería donde el techo sólo lo sostenía una roca que el menor choque hubiera hecho tambalear. Más allá, la galería se hacía más baja y estrecha, lo cual iría muy bien para su estatura. Podrían continuar corriendo, mientras que su enemigo se vería en la obligación de agacharse.

Finalmente alcanzaron aquel estrechamiento, objeto de sus esperanzas. Doblado en dos, Dick lo franqueó felizmente el primero. Sand se deslizaba detrás suyo, de rodillas y apoyándose con las manos, cuando de pronto se sintió inmovilizado por una mano brutal que agarraba su tobillo.

-¡Ya te tengo, bandido...! -decía al mismo tiempo una voz furiosa detrás suyo. Fred Moore estaba realmente enfurecido. Poco le había faltado para romperse la cabeza, ya que nada le había advertido que la galería bajaba bruscamente de nivel y se estrechaba en un punto de su recorrido. Su frente había chocado tan fuertemente contra la bóveda, que el golpe le había hecho caer medio atontado. El éxito de su persecución se debió precisamente a aquella caída; la mano que instintivamente extendió, fue a dar por suerte en la pierna del fugitivo.

Sand se vio perdido... Se desembarazarían de él y reemprenderían la persecución de Dick que sería a su vez alcanzado... ¿Qué harían de Dick entonces...? Lo encerrarían... ¡Quizás incluso lo matarían...! ¡Había que impedirlo, impedirlo a toda costa...!

¿Hizo realmente Sand todos aquellos razonamientos? Aún más, ¿fue deliberadamente que adoptó el desesperado medio al que recurrió? No es muy probable, pues le faltó tiempo para reflexionar, todo el drama, desde su comienzo hasta su fin no duró más de un segundo.

Parece como si en nosotros existiera otro ser que, en ciertas ocasiones, actuara en nuestro lugar. Debe ser el subconsciente de los filósofos que, de pronto nos permite encontrar, cuando ya no pensamos más en ello, la solución a un problema que durante mucho tiempo hemos buscado en vano. Debe ser él quien gobierna nuestros reflejos y la causa de los gestos instintivos que pueden provocar las excitaciones exteriores. Finalmente, debe ser él también quien a veces nos decide de improviso a realizar unos actos cuyo origen profundo se encuentra en nosotros mismos, pero que nuestra voluntad no ha decidido aún formalmente.

Sand sólo tenía una idea clara: la necesidad de salvar a Dick y de detener la persecución. El subconsciente hizo lo demás. Sus brazos se extendieron y se colgaron del inestable bloque que sostenía el techo de la galería, mientras que Fred Moore, ignorando el peligro, le estiraba violentamente para atrás.

El bloque se deslizó. La bóveda se derrumbó, produciendo un sordo ruido.

Al oír aquel ruido, Dick, apresado por una inquieta sensación, se detuvo en seco aguzando el oído. No oyó nada más. Todo estaba silencioso de nuevo, profundo como las tinieblas en las que se había sumergido. Llamó a Sand, primero en voz baja, luego más alto, y después más alto aún... Finalmente, como no obtenía respuesta alguna, volvió sobre sus pasos y chocó contra un montón de rocas que no dejaban entre ellas salida alguna. Pronto lo comprendió. La galería se había derrumbado, Sand estaba allí debajo...

Durante un instante, Dick permaneció inmóvil; atontado, luego reemprendió su marcha bruscamente y a toda prisa, y cuando estuvo a la luz del día, se lanzó por la bajada como un loco.

El Kaw-djer estaba leyendo tranquilamente antes de meterse en la cama, cuando la puerta de la Gobernación se abrió con violencia. Una especie de bola de la que salían gritos y palabras sin articular fue a rodar a sus pies. Pasada la primera sorpresa reconoció a Dick.

-¡Sand..., gobernador..., Sand...! -gemía aquél.

El Kaw-djer adoptó una voz severa.

-¿Qué significa esto...? ¿Qué pasa?

Pero Dick no pareció comprender. Tenía la mirada extraviada, las lágrimas chorreaban por su rostro y de su pecho jadeante se escapaban palabras incoherentes.

-¡Sand..., gobernador!... Sand... -decía, estirando al Kaw-djer de la mano como si lo quisiera arrastrar-. La gruta... Dorick... Moore... Sirdey..., la bomba, cortar la cabeza... ¡Y Sand... aplastado...! Sand... ¡Gobernador...! ¡Sand...!

A pesar de su incoherencia, las palabras eran claras. Algo insólito había debido suceder en las grutas, algo en lo que, de un modo u otro, estaban mezclados Dorick, Moore y Sirdey y cuya víctima había sido Sand. No había que pensar en sacar de Dick una información más precisa. El niño, en el paroxismo del espanto, continuaba pronunciando las mismas palabras qué repetía interminablemente y parecía haber perdido la razón.

El Kaw-djer se levantó y, llamando a Hartlepool, le dijo rápidamente:

-Algo ocurre en las grutas... Coja cinco hombres, provéanse de antorchas y vengan a reunirse conmigo. Dense prisa.

Luego, sin esperar respuesta, obedeció a la llamada de la pequeña mano cuya solicitación se hacía cada vez más acuciante y partió corriendo en la dirección del cabo. Dos minutos más tarde, Hartlepool, a la cabeza de cinco hombres armados, se ponía a su vez en marcha.

Desgraciadamente, en aquella casi completa oscuridad, el Kaw-djer estaba ya fuera del alcance de su vista. «A las grutas», había dicho. Y Hartlepool se dirigió hacia las grutas, es decir, hacia la que él mejor conocía y en la que había escondido los fusiles hacía tiempo, mientras que el Kaw-djer, guiado por Dick, se dirigía más hacia el norte, para rodear la extremidad de la punta y alcanzar, por la otra vertiente, la de las dos grutas inferiores en donde Dorick había instalado su cuartel general.

Este había interrumpido su trabajo cuando oyó la exclamación lanzada por Fred Moore al descubrir la huida del prisionero y, seguido de sus tres compañeros, se encaminó hasta la segunda gruta, dispuesto a ayudar a su camarada que acababa de entrar allí. De todos modos, como Fred Moore sólo se tenía que ocupar de un niño, no se retrasó mucho allí y, después de una rápida ojeada que resultó inútil por la oscuridad, volvió a reanudar su trabajo.

Pero cuando el trabajo estuvo terminado y como Fred Moore no había regresado todavía, todos comenzaron a extrañarse de su prolongada ausencia, iluminándose con una antorcha, penetraron de nuevo en la gruta, interior, William Moore a la cabeza, Dorick y detrás de él, Kennedy. Sirdey siguió a sus camaradas, pero fue para cambiar dé opinión y dar media vuelta casi al instante: Luego, mientras sus amigos se aventuraban en la segunda gruta, él salió de la primera y aprovechando que estaba cayendo la noche, se escondió en las rocas del exterior. Nada bueno le anunciaba aquella desaparición de Fred Moore. Preveía desagradables complicaciones. Además Sirdey estaba muy lejos de ser un genio de la guerra. La astucia, el engaño, los medios cautelosos y solapados, ¡perfecto!, pero los golpes no eran asunto suyo. Preservaba así su preciosa persona muy decidido a no comprometerse más que a tiro hecho y según el giro que fueran tomando los acontecimientos.

Mientras tanto, Dorick y sus dos compañeros descendían por la galería en la que Fred Moore se había introducido en persecución de Dick y Sand. No había error posible, ya que la gruta no tenía otra salida. El que buscaban, tenía que haber salido necesariamente por allí. Se introdujeron en ella a su vez, pero después de un centenar de metros, tuvieron que detenerse. Una masa de rocas, amontonadas unas sobre otras, les impedía el paso. La galería era un callejón sin salida y ya habían alcanzado el fondo.

Se miraron ante aquel inesperado obstáculo, literalmente estupefactos. ¿Dónde diablos debía estar Fred Moore? Incapaces de responder a aquella pregunta, volvieron a bajar la pendiente, sin sospechar que su camarada había sido sepultado bajo aquel montón de escombros.

Llegaron en silencio a la primera gruta, profundamente turbados por aquel indescifrable misterio. Una desagradable sorpresa les esperaba allí. En el mismo momento en que ponían allí el pie, dos formas humanas, las de un hombre y un niño, aparecieron de pronto en la entrada.

El fuego ardía alegremente y su clara llama disipaba las tinieblas. Los miserables reconocieron al hombre y reconocieron al niño.

-¡Dick...! -dijeron los tres a un mismo tiempo, estupefactos de ver llegar por aquel lado al grumete que, menos de una media hora antes, había sido encerrado y fuertemente agarrotado.

-¡El Kaw-djer...! -rugieron después, con una mezcla de cólera y escalofrío.

Vacilaron durante un instante, luego se impuso la rabia y William Moore y Kennedy se abalanzaron sobre él con un mismo movimiento.

El Kaw-djer esperó a sus adversarios a pie firme, inmóvil a la entrada con su alta silueta vivamente iluminada por la llama. Aquéllos habían sacado sus cuchillos. No les dejó tiempo para utilizarlos. Agarrados por la garganta por unas manos de hierro, el cráneo de uno chocó fuertemente contra la cabeza del otro. Cayeron juntos sin sentido.

Kennedy había recibido su merecido. Permaneció extendido, inerte, mientras que William Moore se levantaba tambaleándose.

Sin fijarse en él, el Kaw-djer dio un primer pasó hacia Dorick...

Este, enloquecido por la trepidante rapidez de los acontecimientos, había asistido a la batalla sin tomar parte. Se había quedado detrás, sosteniendo en la mano su bomba de la que colgaban algunos centímetros de mecha. Paralizado por la sorpresa, no había tenido tiempo de intervenir y el resultado de la lucha le demostraba ahora lo inútil que resultaría una mayor resistencia. Por el movimiento que hizo el Kaw-djer comprendió que todo estaba perdido...

Entonces, enloqueció... Una oleada de sangre subió hasta su cerebro: según la enérgica expresión popular, se lo llevaron los demonios... Vencería, al menos una vez en su vida... ¡Si tenía que morir, el otro también moriría...!

Saltó hasta el fuego y cogió un tizón que acercó a la mecha, luego, llevando su brazo hacia atrás, se distendió para lanzar el terrible proyectil...

Le faltó tiempo para su gesto asesino. ¿Se debió a una torpeza, a un defecto de la mecha o a alguna otra causa? La bomba estalló en sus manos. De pronto, resonó una violenta detonación... El suelo tembló. Las fauces de la gruta vomitaron un haz de fuego...

Después de la explosión, un grito de angustia respondió fuera. Hartlepool y sus hombres, habiéndose dado cuenta de su error, llegaban corriendo, justo a tiempo para asistir al drama. Vieron surgir la llama, dividida en dos lenguas ardientes por una y otra parte del Kaw-djer a quien el pequeño Dick aterrorizado tenía agarrado por las rodillas. Aquél permanecía de pie, inmóvil como el mármol, en medio de aquel círculo de fuego. Se lanzaron en ayuda de su jefe.

Pero éste no necesitaba ayuda alguna. La explosión le había evitado milagrosamente. El aire desplazado se había separado en dos corrientes que le habían rozado sin alcanzarle. Pasado el peligro, lo encontraron inmóvil y en pie como cuando lo habían visto en el momento de peligro. Detuvo con la mano a los que acudieron en su ayuda.

-Vigile la entrada, Hartlepool -ordenó con su voz habitual.

Estupefactos por aquella increíble sangre fría, Hartlepool y sus hombres obedecieron y una barrera humana se dispuso a través de la abertura de la gruta. La humareda se disipaba poco a poco, pero la oscuridad era absoluta, pues el fuego se había apagado con la explosión.

-Luz, Hartlepool -dijo el Kaw-djer.

Se encendió una antorcha. Penetraron en la caverna.

En seguida, aprovechando la soledad y la oscuridad, una sombra se separó de las rocas de la entrada. Ahora Sirdey ya lo sabia todo. Muerto o apresado Dorick, creía oportuno, en cualquier caso, ponerse a resguardo. Se alejó lentamente al principio. Luego, cuando consideró suficiente la distancia, aceleró su huida. Desapareció en la oscuridad.

Mientras tanto, el Kaw-djer y sus hombres exploraban el teatro del drama. Allí, el espectáculo era terrible. Sobre el suelo, manchado de sangre, había por doquier espantosos restos. Trabajo costó identificar a Dorick cuyos brazos y cabeza se los había llevado la explosión. Algunos pasos más allá yacía William Moore con el vientre abierto. Más lejos, Kennedy, aparentemente sin heridas, parecía dormir. El Kaw-djer se acercó a este último.

-Vive -dijo.

Era obvio que el antiguo marinero, medio estrangulado por el Kaw-djer e incapaz por ello de levantarse, debía su salvación a aquella circunstancia.

-No veo a Sirdey -observó el Kaw-djer mirando en derredor suyo-. No obstante, al parecer estaba aquí.

Examinaron meticulosamente en vano la gruta. No encontraron ningún rastro del cocinero del Jonathan. Pero bajo el montón de ramas que lo disimulaban, Hartlepool descubrió el barril de pólvora del que Dorick sólo había sacado una pequeña parte.

-¡Aquí está el otro barril...! -exclamó triunfalmente-. Esta es nuestra gente de la vez anterior.

En aquel momento, una mano cogió la del Kaw­djer, mientras que una débil voz gemía dulcemente.

-¡Sand...! ¡Gobernador...! ¡Sand...!

Dick tenía razón. No había acabado todo. Faltaba aún encontrar a Sand, ya que, según su amigo, estaba mezclado en aquel asunto.

-Guíanos, hijo mío -dijo el Kaw-djer.

Dick se introdujo en el pasaje interior y, a excepción de un hombre que se quedó para vigilar a Kennedy, todo el mundo se introdujo detrás de él. Atravesaron siguiéndole la segunda gruta, luego subieron la galería hasta el lugar donde se había producido el derrumbamiento.

-¡Aquí...! -dijo Dick, señalando con la mano el amontonamiento de rocas.

Parecía presa de un terrible dolor y su aspecto extraviado produjo compasión a aquellos hombres fuertes a los que él imploraba ayuda. Ya no lloraba, pero sus ojos secos ardían de fiebre y sus labios apenas podían pronunciar las palabras.

-¿Aquí...? -respondió el Kaw-djer con dulzura-. Pero hijo mío, ya ves que no podemos avanzar más.

-¡Sand! -repitió Dick con obstinación, extendiendo su temblorosa mano en la misma dirección,

-¿Qué quieres decir, hijo mío? -insistió el Kaw­djer-. Supongo que no pretenderás decirnos que tu amigo Sand está aquí debajo.

-¡Sí...! -articuló con esfuerzo Dick-. Antes, se pasaba... Esta tarde... Dorick me cogió... Me salvé... Dick iba detrás mío... Fred Moore nos iba a coger... Entonces Sand... hizo que cayera todo... y todo se vino abajo... encima de él..., ¡para salvarme...!

Dick se detuvo y se echó a los pies del Kaw­djer.

-¡Oh...! Gobernador... -imploró-. ¡Sand...!

El Kaw-djer, vivamente emocionado, se esforzó en apaciguar al niño.

-Cálmate, hijo mío -dijo bondadosamente-. ¡Cálmate...! Sacaremos a tu amigo de aquí, estate tranquilo ¡Vamos!, ¡nosotros manos a la obra...! -ordeno girándose hacia Hartlepool y sus hombres.

Se pusieron a trabajar febrilmente. Las rocas fueron arrancadas una a una y echadas a un lado. Felizmente, los bloques no eran demasiado grandes y sus robustos brazos pudieron moverlos.

Dick, obedeciendo las instrucciones del Kaw-djer, se había retirado dócilmente a la primera gruta, donde Kennedy, vigilado por su guardián, iba recobrando la conciencia. Allí, se sentó sobre una piedra, cerca de la entrada y con la mirada fija, sin hacer ningún movimiento, esperaba que la promesa del Kaw-djer fuera cumplida.

Mientras tanto, a la luz de las antorchas, los hombres trabajaban encarnizadamente en la galería. Dick no había mentido. Allí debajo había unos cuerpos. Apenas hubieron levantado las primeras rocas, vieron un pie. No era el pie de un niño y no podía pertenecer a Sand. Era el pie de un hombre y de un hombre de alta estatura.

Se apresuraron. Después del pie apareció una pierna, luego un torso y finalmente el cuerpo de un hombre estirado boca abajo. Pero cuando quisieron sacar al hombre a la luz, encontraron una resistencia. Sin duda, su brazo, extendido hacia delante y hundido entre las piedras, estaba agarrado a algo. Así fue en efecto, y cuando lograron dejar libre el brazo, vieron que la mano estrechaba el tobillo de un niño.

Desprendida la mano del tobillo, pusieron al hombre boca arriba. Reconocieron a Fred Moore. Tenía la cara hecha papilla y el pecho aplastado; estaba muerto.

Entonces, se pusieron a trabajar aún con mayor febrilidad. Aquel pie que Fred Moore tenía entre sus crispados dedos, sólo podía ser de Sand.

Los descubrimientos se sucedieron más rápidamente, pues la segunda víctima no era tan grande como la primera.

¿Mantendría el Kaw-djer la promesa que le había hecho a Dick de devolverle su amigo? Parecía poco probable, a juzgar por lo que ya habían visto del desgraciado niño. Sus piernas, contusionadas, aplastadas, con los huesos rotos, no eran más que deformados colgajos y ello permitía prever en qué estado iban a encontrar el resto del cuerpo.

A pesar de sus grandes prisas, los trabajadores tuvieron que detenerse y tomarse tiempo para reflexionar en el momento de ocuparse de un bloque mayor que los precedentes que con su enorme masa aplastaba las rodillas del pobre Sand. Aquel bloque sostenía a los demás que lo rodeaban, y había que actuar con prudencia a fin de evitar un nuevo derrumbamiento.

Aumentó la duración del trabajo por aquella complicación pero, finalmente, centímetro a centímetro, el bloque fue a su vez retirado...

Los salvadores lanzaron una exclamación de sorpresa. Había un vacío detrás y Sand yacía en aquel vacío como en una tumba. Al igual que Fred Moore descansaba boca abajo, pero las rocas, haciendo un arbotante las unas contra las otras, habían protegido su pecho. La parte superior del pecho parecía intacta y si no hubiera sido por el lamentable estado de sus piernas, habría salido ileso de aquella terrible aventura.

Lo sacaron con mil precauciones y lo colocaron a la luz de la antorcha. Sus ojos estaban cerrados, sus labios blancos y fuertemente apretados, su rostro con una lívida palidez. El Kaw-djer se inclinó sobre el niño...

Estuvo escuchando durante un largo rato. Si quedaba un soplo de vida en aquel pecho, éste apenas era perceptible...

-¡Respira...! -dijo finalmente.

Dos hombres levantaron el ligero fardo y descendieron por la galería en silencio. ¡Siniestro descenso por aquel camino subterráneo en el que la antorcha fuliginosa parecía hacer tangibles las tinieblas profundas! La cabeza inerte se tambaleaba lamentablemente y más lamentablemente aún las piernas trituradas de las que brotaban gruesas gotas de sangre.

Cuando el triste cortejo apareció en la gruta exterior, Dick se levantó sobresaltado y miró ávidamente. Vio las piernas muertas, el rostro exangüe...

Entonces, por sus ojos desorbitados pasó una mirada de agonía y, lanzando un ronco grito, se desplomó en el suelo.

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