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Los náufragos del “Jonathan”
Editado
© Juan Suárez
30 de julio del 2003
Primera parte
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Segunda parte
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Tercera parte
Indicador Primeras medidas
Indicador La ciudad naciente
Indicador El atentado
Indicador En las cuevas
Indicador Un héroe
Indicador Durante dieciocho meses
Indicador La invasión
Indicador Un traidor
Indicador La Patria Hosteliana
Indicador Cinco años después
Indicador La fiebre del oro
Indicador El saqueo de la isla
Indicador Una jornada triste
Indicador La abdicación
Indicador ¡Solo!

Los náufragos del “Jonathan”
Tercera parte - Capítulo VII
La invasión

Aquellos rumores estaban justificados, aunque la gente los había exagerado. Como de costumbre, la verdad se aumenta al pasar de boca en boca. La horda de patagones, formada por unos setecientos hombres aproximadamente, que veinticuatro horas antes había desembarcado en la orilla norte de la isla, no merecía en modo alguno la designación de ejército.

Bajo el nombre de patagones se entiende en el lenguaje corriente, el conjunto de tribus en realidad muy diferentes unas de otras desde un punto de vista etnológico, que viven en las pampas de América del sur. Las más septentrionales de estas tribus, es decir, las más próximas a la República Argentina, son relativamente pacíficas. Dedicadas a la agricultura, han formado numerosas aldeas y su país no se encuentra desprovisto de ciudades de una importancia más o menos grande. Pero tienden a cambiar de carácter, a medida que se desciende hacia el sur. Las más australes son a la vez menos sedentarias e infinitamente más temibles. Los indígenas que las componen, los patagones propiamente dichos, viven sobre todo del producto de la caza y son en general hábiles tiradores e incomparables jinetes. Practican todavía la esclavitud que alimentan con constantes pillajes. Las guerras tribales no cesan entre ellos y no perdonan a los raros extranjeros que se aventuran en aquellas regiones casi inexploradas. Son salvajes.

La ausencia de todo gobierno regular, y una completa anarquía mantenida hasta los últimos años por la rivalidad de los estados civilizados limítrofes, han permitido la perpetuación de aquel salvajismo y bandidaje demasiado tiempo. No hay duda de que la República Argentina y Chile, finalmente de acuerdo, sepan poner fin a ello, pero no hay que disimular que la obra será larga y laboriosa, en una región inmensa, con una población diseminada, sin medios de comunicación y que, desde el origen del mundo, ha gozado de una independencia ilimitada.

Los invasores de la isla Hoste pertenecían a aquella categoría de indios. Como ya se ha visto al principio de este relato, los patagones están acostumbrados a las incursiones en territorios vecinos y con mucha frecuencia, franquean el estrecho de Magallanes para hacer razzias con una crueldad despiadada en esa gran isla de Magallanes a la que se suele designar con el nombre de Tierra del Fuego. Pero hasta el momento jamás se habían aventurado a llegar tan lejos.

Para llegar a la isla Hoste habían tenido que atravesar la Tierra del Fuego de parte a parte y después el canal de Beagle, o bien seguir desde el litoral americano los sinuosos canales del archipiélago. En cualquier caso, sólo habían podido realizar semejante éxodo a costa de las mayores dificultades, tanto por tenerse que abastecer durante su camino por tierra, como por tener que navegar por los canales del mar arriesgándose a ver volcar sus ligeras piraguas bajo el peso de los caballos.

Cabalgando a la cabeza de sus veinticinco compañeros, el Kaw-djer se preguntaba el motivo que habría impulsado a los patagones a una empresa tan ajena a sus costumbres seculares. Sin duda, la fundación de Liberia podía explicar en cierta medida aquel hecho anormal. Podía pensarse que la reputación de la ciudad nueva se había expandido por las regiones de los alrededores y que la fama le había atribuido maravillosas riquezas. La imaginación salvaje las habría exagerado aún más, y era natural que hubiera excitado la codicia.

Sí, realmente las cosas se podían explicar así: Pero a pesar de todo, la audacia de los invasores seguía siendo sorprendente y fuera cual fuese su tan conocida rapacidad, resultaba difícil concebir que se hubieran arriesgado a afrontar una aglomeración tan numerosa de hombres blancos. Para lanzarse a semejante aventura, debían tener indudablemente sus razones, que el Kaw-djer buscaba sin encontrar.

Ignoraba en qué punto de la isla se encontraría con los enemigos. Posiblemente ya estuvieran en marcha. O quizá no hubieran abandonado el lugar de su desembarco. En ese caso y según las informaciones proporcionadas por el portador de la noticia, se trataba de un recorrido de ciento veinte a ciento veinticinco kilómetros. Las grandes velocidades no resultaban posibles en las carreteras hostelianas que dejaban aún mucho que desear desde el punto de vista de sus posibilidades de tránsito; así, el viaje exigiría al menos dos días. Habiendo partido de buena mañana el 10 de diciembre, el Kaw-djer no llegaría a su destino hasta el 11 al atardecer.

A cierta distancia de Liberia, la carretera, después de haber atravesado a lo ancho la península Hardy, se orientaba hacia el noroeste para seguir primero durante unos treinta kilómetros la orilla oeste azotada por las olas del Pacífico, y remontar luego hacia el norte; después, atravesando por segunda vez la isla en sentido contrario según el capricho de los valles, iba a rozar, treinta y cinco kilómetros más lejos, el fondo del Tekinika Sound, profunda escotadura del Atlántico que delimita al sur con la península Parteur separada del norte de la península Dumas por otro golfo aún más profundo, el Ponsounby Sound. Más allá, la carretera, haciendo numerosas curvas, se convertía en el paso elegido de la importante cadena de montañas que desde el oeste se prolonga hasta el extremo oriental de la península Dumas; luego se desviaba de nuevo hacia el oeste a la altura del istmo que une dicha península con el conjunto de la isla Hoste. Finalmente, después de haber dejado atrás el fondo del Ponsounby Sound, doblaba hacia el este y franqueando a noventa y cinco kilómetros de Liberia el estrecho istmo de la península Dumas, costeaba seguidamente la orilla norte bañada por las aguas del canal de Beagle.

Así era la carretera que debía seguir el Kaw-djer. En su marcha, la tropa que mandaba se aumentaba con algunas unidades. Los colonos que poseían un caballo se unían a ella. En cuanto a los demás, el Kaw-djer les iba dando instrucciones a su paso. Tenían que tocar llamada y reunir el mayor número posible de combatientes. Los que tenían un fusil se situarían a una y otra parte de la calzada, escogiendo los lugares más inaccesibles, de modo que los jinetes no les pudieran perseguir. Desde allí llenarían de plomo a los invasores cuando éstos aparecieran y enseguida se batirían en retirada hacia un punto más elevado de la montaña. La consigna era apuntar preferentemente a los caballos, pues un patagón desmontado dejaba de ser temible. En cuanto a los colonos que no contaban más que con sus brazos, interceptarían la carretera por medio de zanjas, situadas lo más cerca posible unas de otras, y se retirarían dejando tras ellos un desierto. En una extensión de un kilómetro por una y otra parte del camino, los campos deberían ser saqueados en veinticuatro horas y las granjas vaciadas de sus utensilios y provisiones. Así resultaría mucho más difícil el abastecimiento de los invasores. Todo el mundo iría después a encerrarse en el cercado de los Riviére, tanto quienes podían hacer hablar a la pólvora como quienes no tenían otras armas más que el hacha y la guadaña. Aquel cercado, rodeado por una sólida empalizada y defendido por aquella numerosa guarnición, se convertiría en una auténtica plaza fuerte que no correría ningún peligro de ser asaltada.

Conforme a sus previsiones, el Kaw-djer llegó al istmo de la península Dumas el 11 de diciembre hacia las seis de la tarde. Todavía no habían visto ni rastro de los patagones. Pero a partir de ese punto se aproximarían al lugar de su desembarco, y se imponía una extrema prudencia. Se había entrado en el período de los días largos y hasta muy tarde no se tendría la protección de la oscuridad. Tardaron casi cinco horas en llegar a ver el campamento enemigo. Era entonces cerca de medianoche y una relativa oscuridad cubría la tierra. Se podía ver con nitidez el resplandor de los fuegos. Los patagones no se habían movido del sitio. Se habían quedado en el mismo lugar donde habían atracado, sin duda por la necesidad de dejar descansar a los caballos.

El pequeño ejército del Kaw-djer contaba ahora con treinta y dos fusiles, incluido el suyo. Pero detrás, centenares de brazos se ocupaban en llenar de baches la carretera, acumulando troncos de árboles y elevando barricadas, para complicar al máximo posible la marcha de los invasores.

Después de reconocer el campamento, retrocedieron y se detuvieron a cinco o seis kilómetros más allá del istmo de la península Dumas. Algunos colonos hicieron retroceder a los caballos al otro lado del istmo para guardarlos en reserva en las montañas; luego, los jinetes convertidos en hombres a pie, esperaron al enemigo, disimulados en las pendientes abruptas que bordeaban el sur de la carretera.

E1 Kaw-djer no tenía intención de entablar una batalla abierta, lo que habría resultado insensato por la desproporción de fuerzas. Lo más indicado era una táctica de guerrillas. Desde sus elevados puestos, los defensores de la isla dispararían sin dificultad sobre sus adversarios, luego, mientras aquéllos perdían el tiempo librándose de los obstáculos acumulados delante suyo, se replegarían de cresta en cresta por escalones que asegurarían sucesivamente una mutua protección. No se corría ningún serio peligro mientras los patagones no se resolvieran a abandonar sus monturas para lanzarse a la persecución de los tiradores. Pero no había había que temer aquella eventualidad. Evidentemente los patagones no renunciarían a su veterana costumbre de no combatir más que a caballo, para aventurarse en un terreno caótico, donde cada roca podía disimular una emboscada.

Eran las nueve de la mañana cuando al día siguiente, el 12 de diciembre, aparecieron los primeros de ellos. Habiendo partido a las seis de la mañana, habían empleado tres horas para recorrer veinticinco kilómetros. Inquietos por verse tan lejos de su país y en una región totalmente desconocida, seguían con circunspección aquella carretera bordeada de un lado por el mar, y del otro por las abruptas montañas. Marchaban muy cerca unos de otros, en una apretada formación que facilitaría la tarea de los tiradores.

A su izquierda estallaron tres detonaciones que sembraron la confusión. La cabeza de la columna retrocedió llevando al desorden a las filas siguientes. Pero como no siguieran otras detonaciones a las tres primeras, volvieron a adquirir confianza y comenzaron de nuevo a moverse. Todos los disparos habían dado. Un hombre se retorcía en el borde del camino con convulsiones de agonía. Dos caballos yacían en el suelo, uno con el pecho agujereado y el otro con una pierna rota.

Ciento cincuenta metros más lejos, los patagones tropezaban con una barricada de troncos de árboles amontonados. Mientras se ocupaban en destruirla, volvieron a sonar disparos de fusil. Una de las balas surtió efecto y dejó a un tercer caballo fuera de servicio.

Ya habían realizado diez veces la maniobra con éxito, cuando la cabeza de columna llegó al istmo de la península Dumas. En aquel lugar, donde la carretera encajonada no tenía otra salida que una garganta estrecha, la defensa se había hecho más fuerte. Ante una barricada más amplia y más alta que las precedentes, una ancha y honda excavación interceptaba la carretera. En el momento en que los pátagones intentaban abordar aquella obra, un tiroteo crepitó en su flanco izquierdo. Después de un movimiento de retroceso, volvieron a la carga y se detuvieron para atacar al azar, mientras que un centenar de los suyos hacían lo que podían para restablecer el paso.

Al punto, el tiroteo dobló su intensidad. Una verdadera lluvia de balas silbó a través del camino, haciendo imposible la permanencia en él. Los primeros que se aventuraron en la zona peligrosa habían sido alcanzados sin piedad, lo que dio que pensar a sus compañeros, y toda la horda pareció vacilar en proseguir más adelante.

Los tiradores hostelianos la descubrieron de punta a punta. Ocupaba más de seiscientos metros de carretera. Recorrida por violentas agitaciones, se tambaleaba en masa, mientras que unos jinetes galopaban de un extremo a otro, como si fueran portadores de las órdenes de un jefe.

Cada vez que uno de los jinetes llegaba a la cabeza de la columna, había tenido lugar una nueva tentativa contra la barricada, a la que en seguida sucedía un nuevo retroceso cuando un hombre o un caballo, herido o muerto, demostraba al caer lo peligroso que resultaba el lugar.

Así transcurrieron las horas. Finalmente la barricada fue derribada cerca del atardecer. Ahora, sólo la lluvia de balas interceptaba la carretera. Los patagones tomaron entonces una resolución desesperada. De pronto, reunieron todos sus caballos y saliendo a galope de carga se abalanzaron en tromba en la abertura. Tres hombres y doce caballos se quedaron allí, pero la horda pasó.

Cinco kilómetros más lejos, aprovechando un lugar descubierto, donde no podía temer sorpresa alguna, se detuvo y tomó sus disposiciones para la noche. Los hostelianos, sin concederse un instante de reposo, continuaron por el contrario su prudente retirada y fueron a tomar posición para el día siguiente. La jornada había salido bien. A los invasores les había costado treinta caballos y cinco hombres fuera de combate contra uno solo de ellos ligeramente herido. No había que preocuparse por los hombres desmontados. Eran malos caminantes, se quedarían atrás y fácilmente se podría reducir a aquellos rezagados.

Al día siguiente se adoptó la misma maniobra. Hacia las dos de la tarde, los patagones, que habían recorrido un total de unos sesenta kilómetros desde que se habían puesto en marcha, alcanzaron la cima del paso de la carretera para franquear la cadena central de la isla. Montaban sin descanso desde hacía casi tres horas. Hombres y bestias parecían igualmente extenuados. Se detuvieron antes de introducirse en el desfiladero que comenzaba en aquel lugar. El Kaw-djer aprovechó para apostarse a cierta distancia más allá.

Su tropa, engrosada con tiradores incorporados durante la retirada y con los que se encontraban ya en la cima, contaba entonces con cerca de sesenta fusiles. Dispuso a aquellos hombres en una extensión de un centenar de metros, en el lugar más profundo de la zanja y todos en el mismo lado de la carretera. Bien protegidos detrás de las enormes rocas que la dominaban, los hostelianos se podrían reír de los proyectiles enemigos. Dispararían casi a quemarropa, como al acecho.

En cuanto los patagones se pusieron en marcha, el plomo saltó de la cresta y arrasó a sus primeras filas. Retrocedieron en desorden para volver a la carga sin mayor éxito. Durante dos horas estuvieron renovando aquella alternativa. Si los patagones eran valientes, no brillaban precisamente por su inteligencia. Fue sólo cuando vieron caer a un gran número de los suyos que recordaron la maniobra que tan bien les había salido el día anterior. Tocaron a llamada. Los caballos se acercaron los unos a los otros. La horda se convirtió en un bloque con los hocicos contra las grupas. Luego, dispuesta finalmente para la carga, se puso toda ella en marcha y se lanzó a galope furioso. Los cascos golpeaban el suelo haciendo un ruido atronador; la tierra temblaba. En seguida los fuegos hostelianos escupieron más apresuradamente la muerte.

Era un espectáculo admirable. Nada detenía a aquellos jinetes transformados en meteoros. ¿Caía uno de ellos del caballo? Los que venían detrás le pisoteaban sin piedad. ¿Caía un caballo herido o muerto? Los otros saltaban por encima el obstáculo y continuaban sin detener su furiosa carrera.

Los hostelianos no se detenian en admirar aquellas proezas. Para ellos era cuestión de vida o muerte. No pensaban más que en cargar, apuntar, disparar, luego, cargar, apuntar y disparar y así todo el rato, sin un instante de interrupción. Los cañones quemaban sus manos; continuaban disparando. En la locura de la batalla, olvidaban toda prudencia. Se separaban de sus refugios y se ofrecían a los disparos de los enemigos. Estos habrían llevado las de ganar si les hubiera sido posible detenerse para atacar.

Pero a la velocidad que iban los patagones no podían hacer uso de las armas. Y además, ¿para qué? La mediocre extensión del frente de batalla revelaba el reducido número de adversarios y su único objetivo consistía en franquear la zona peligrosa, dispuestos a hacer los sacrificios que fueran necesarios para ello.

Y efectivamente, la franquearon. Muy pronto las balas dejaron de silbar. Aminoraron la marcha y siguieron a trote largo la carretera que, después de dejar atrás el punto culminante del paso, descendía haciendo curvas. Todo estaba tranquilo en derredor suyo. De vez en cuando un disparo resonaba a su izquierda o a su derecha, en el momento en que las rocas dominaban la calzada. Pero por lo general aquel disparo efectuado por uno de los colonos de las guerrillas no daba en el blanco. De todas formas, los patagones se detenían para resguardarse de las balas disparadas al azar y aquella vez no cometieron la equivocación de detenerse a una distancia demasiado reducida del lugar del último combate. Hasta una hora avanzada de la noche estuvieron bajando rápidamente la pendiente y no se detuvieron para acampar más que cuando llegaron a un terreno plano.

Había sido para ellos una ruda jornada. Habían recorrido sesenta y cinco kilómetros, treinta y cinco de ellos desde la cima del paso. A su derecha, veían las olas del Pacífico azotando una orilla arenosa. A su izquierda, se extendía la llanura, donde ya no había que temer sorpresas. Al día siguiente habrían llegado de buena mañana a su destino, a Liberia, que se encontraba a una distancia de menos de treinta kilómetros.

Desde aquel momento, el Kaw-djer ya no podría adelantarse a los invasores. Además de que la naturaleza de la región ya no se prestaba a la maniobra que tan bien le había salido hasta el momento, la distancia que le separaba de ellos era demasiado grande. Así, a sus órdenes, no se obstinaron en una persecución inútil y, echados sobre la tierra desnuda a la luz de las estrellas, se tomaron algunas horas de reposo que la fatiga soportada durante tres noches consecutivas hacía necesario.

El Kaw-djer no tenía motivos para estar descontento del resultado de su táctica. En el curso de aquella última jornada, los enemigos habían perdido al menos cincuenta caballos y una quincena de hombres. Así pues, su tropa llegaría a Liberia con un centenar de jinetes menos y moralmente quebrantada. Contrariamente a sus esperanzas, no lograría entrar allí sin esfuerzo.

Al día siguiente por la mañana hicieron venir a los caballos, pero no los pudieron tener reunidos hasta avanzado el día. Era cerca de mediodía cuando los tiradores convertidos en jinetes, y reducidos por consiguiente a treinta y dos, pudieron a su vez comenzar la bajada.

Nada se oponía a que avanzaran rápidamente. Ya no era necesaria la prudencia. A su paso les informaban los colonos que, emboscados en las cunetas de la carretera, los habían saludado al pasar. Sabían que los patagones habían continuado su marcha hacia adelante y que no corrían el riesgo de tropezar de pronto con la cola de su columna.

Hacia las tres alcanzaron el lugar donde la horda había acampado. Numerosos eran sus vestigios y no había lugar a confusión. Pero desde las primeras horas de la mañana se había vuelto a poner en marcha y con toda probabilidad ahora debía estar ya ante Liberia.

Dos horas más tarde comenzaron a costear la empalizada que delimitaba el cercado de los Riviére, cuando vieron en la carretera una gran partida de hombres a pie. Ciertamente su número excedía el centenar. Cuando estuvieron más cerca, vieron que se trataba de patagones desmontados en el curso de los anteriores encuentros.

De pronto, hubo disparos desde el cercado. Cayeron una decena de patagones. De entre los supervivientes, unos se detuvieron y enviaron contra la empalizada balas inofensivas y los otros intentaron un movimiento de huida. Entonces descubrieron a treinta y dos jinetes que les interceptaban la retirada y cuyos rifles les replicaban a su vez.

Con el ruido de las detonaciones, más de doscientos hombres armados de horcas, hachas y guadañas irrumpieron fuera del cercado, interceptando la carretera hacia Liberia. Cercados por todas partes, por infranqueables rocas a su derecha, por los campesinos que su número hacía temibles al frente, por los fusiles cuyos cañones relucían por encima de la empalizada a la izquierda y finalmente por el Kaw-djer y sus jinetes por detrás, los patagones perdieron el coraje y tiraron sus armas al suelo. Se les capturó sin mayor pérdida de sangre. Atados de pies y manos fueron encerrados en una granja delante de la cual se dispusieron centinelas.

Había sido una magnífica operación. Los invasores habían perdido no sólo un centenar de jinetes, sino también un centenar de fusiles, y aquellos fusiles, aunque de mediocre valor, aumentarían por el contrario la fuerza de las hostelianos. Estos podrían disponer de trescientas cincuenta armas de fuego contra unas seiscientas que se les oponía. La partida casi se igualaba ahora.

La guarnición reunida en el cercado de los Riviére pudo informar al Kaw-djer acerca de la marcha de los patagones. Al pasar aquella mañana ante la empalizada, no habían hecho más que tímidas tentativas para franquearla. Habían renunciado a ello desde los primeros disparos y se habían contentado con disparar algunas balas sin entregarse a un ataque más serio. Decididamente, quizás aquéllos fueran salvajes guerreros, pero con toda seguridad no eran hombres de guerra. Como su otro objetivo fuera Liberia, ellos se dirigían hacia allí en línea recta, sin inquietarse por los enemigos que iban dejando detrás suyo.

Puesto que habían tenido la oportunidad de coger a tantos prisioneros, el Kaw-djer no quiso alejarse sin intentar interrogarles. Así pues se encaminó hacia ellos.

Reinaba un profundo silencio en la granja donde se les había encerrado. Aquel centenar de hombres, en cuclillas a lo largo de las murallas, esperaban con feroz inmovilidad a que se decidiera sobre su suerte. Vencedores habrían hecho esclavos a los vencidos. Vencidos, consideraban natural que les fuera infligido tal tratamiento. Ni uno solo entre ellos se dignó a notar la presencia del Kaw-djer.

-¿Alguno de vosotros entiende el español? -preguntó éste en voz alta.

-Yo -dijo uno de los prisioneros alzando la cabeza-. Athlinata.

-¿Qué has venido a hacer a este país?

El indio respondió sin hacer gesto alguno:

-La guerra.

-¿Por qué queréis hacernos la guerra? -objetó el Kaw-djer-. Nosotros no somos tus enemigos.

El patagón guardó silencio.

El Kaw-djer continuó:

-Tus hermanos jamás han llegado hasta aquí. ¿Por qué se han ido esta vez tan lejos de su país?

-El jefe lo ha ordenado -dijo el indio con ardor-. Los guerreros han obedecido.

-Pero bueno -insistió el Kaw-djer-, ¿cuál es vuestro objetivo?

-La gran ciudad del sur -respondió el prisionero-. Allí hay riquezas y los indios son pobres.

-Pero esas riquezas hay que cogerlas -replicó el Kaw-djer-, y los habitantes de esa ciudad se defenderán.

El patagón sonrió irónicamente.

-La prueba es que ahora tú y tus hermanos sois prisioneros -añadió el Kaw-djer a modo de argumento ad hominem.

-Los guerreros patagones son numerosos -respondió el indio sin dejarse impresionar-. Los otros entrarán a su patria arrastrando a tus hermanos en la cola de sus caballos.

El Kaw-djer se encogió de hombros.

-Sueñas, hijo mío -le dijo-. Ni uno de vosotros entrará en Liberia.

El patagón sonrió de nuevo con aire incrédulo.

-¿No me crees? -le interrogó el Kaw-djer.

-El hombre blanco ha prometido -replicó el indio con seguridad-. Dará la gran ciudad a los patagones.

-¿El hombre blanco...? -repitió el Kaw-djer estupefacto-. ¿Así que hay un hombre blanco entre vosotros?

Pero todas sus preguntas fueron vanas. Evidentemente, el indio había dicho todo lo que sabía y fue imposible obtener más detalles.

El Kaw-djer se retiró preocupado. ¿Quién era aquel hombre blanco, traidor a su raza que se aliaba con una banda de salvajes contra otros blancos?

En todo caso, era una nueva razón para apresurarse. Aun cuando Hartlepool hubiera adoptado las medidas más urgentes con toda seguridad y conforme a las órdenes recibidas, era necesario aportar refuerzos a la guarnición de Liberia.

Partieron hacia las ocho de la tarde. La tropa mandada por el Kaw-djer contaba ahora con ciento cincuenta y seis hombres, de los cuales ciento veinte estaban armados a expensas de los patagones. Se componían exclusivamente de hombres a pie, pues se habían dejado los caballos en el cercado de los Riviére. Para introducirse en Liberia y franquear la línea de los enemigos, el Kaw-djer no tenía intención de aplicar el método, muy valiente pero insensato, que aquéllos habían puesto en práctica cuando se trató de forzar los pasos difíciles. Como su plan consistía en emplear la astucia mucho mas que la fuerza, los caballos habrían resultado más molestos que útiles.

Después de tres horas de marcha, vislumbraron la ciudad. En la noche, que ya había caído completamente, una línea de fuegos señalaba el campamento de los patagones, establecido en un vasto semicírculo que a la derecha terminaba en el principio de la ciénaga y a la izquierda limitaba con el río. Formaban un cerco completo. Resultaba posible deslizarse de modo inadvertido entre los postes espaciados de cien en cien metros.

El Kaw-djer hizo detener a su gente. Antes de avanzar más lejos, había que decidir la táctica que convenía adoptar.

Pero no todos los invasores estaban en la orilla derecha del río. Al menos algunos debían de haber atravesado el agua del río arriba de la ciudad. Mientras el Kaw-djer reflexionaba, una brillante luz estalló de pronto en el noroeste. Las casas del Bourg Neuf estaban ardiendo.

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