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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo X

Así, pues, no podía abrigarse ya ninguna duda acerca de la intervención de Wilhelm Storitz en los acontecimientos ocurridos en la mansión de los Roderich.

Nos encontrábamos en posesión de una prueba material, y no nos veíamos ya reducidos a simples presunciones. Que el culpable fuese él mismo o que hubiese sido otro, lo cierto era que aquel extraño robo se había cometido en beneficio suyo, si bien no podíamos comprender el móvil ni explicarnos su desarrollo.

-¿Continuará usted dudando ahora, mi querido Vidal? -exclamó el capitán Haralan, cuya voz estaba trémula por la cólera.

El jefe de policía guardaba silencio. En aquel extraño asunto quedaba todavía mucho sin conocer. Aunque era cierto que la culpabilidad de Wilhelm Storitz resultaba evidente e incontestable, no era menos cierto que se desconocían los medios de que se había servido y no se sabía si podríamos llegar a conocerlos algún día.

Por lo que a mí hace, no supe qué contestar a la interpelación directa que el capitán Haralan me había dirigido. ¿Qué hubiera podido contestarle? ...

-¿No es ese miserable -continuó diciendo el capitán con nueva furia- el que fue a insultarnos, lanzándonos al rostro ese Canto del odio, como un ultraje al patriotismo magiar? ¡Usted no le vio, cierto, pero le oyó! Estaba allí, aun cuando escapándose a nuestras miradas... ¡En cuanto a esta corona, manchada con el contacto de su mano, no quiero que subsista de ella ni una sola hoja!

El señor Stepark le detuvo en el momento en que iba a destrozarla.

-No olvide usted que eso constituye una pieza de convicción y que puede servir si, como creo, el asunto tiene consecuencias.

El capitán Haralan le entregó la corona y todos bajamos la escalera, después de haber visitado por última vez, y sin ningún resultado, todas las habitaciones de la casa.

Se cerraron nuevamente con llave las puertas de la casa y de la verja, se colocaron los sellos, y la morada quedó sumida en el abandono en que la habíamos encontrado.

Sin embargo, y a todo evento, dos agentes permanecieron, por orden del jefe, vigilando en los alrededores.

Después de despedirnos del jefe de policía, que nos rogó guardásemos el mayor secreto acerca del resultado del registro, el capitán Haralan y yo nos dirigimos a su casa, siguiendo el bulevar.

Mi compañero no podía contenerse, y su cólera se desbordaba en frases y ademanes de extrema violencia, y en vano habría intentado yo calmarle. Esperaba, por lo demás, que Wilhelm Storitz hubiese abandonado o abandonara pronto la ciudad, cuando tuviera conocimiento de que su casa había sido registrada y que la policía poseía la prueba del papel que él había desempeñado en aquel asunto.

Así fue que me contenté con decirle:

-Mi querido Haralan, comprendo, y me explico, su cólera, y concibo perfectamente que no quiera usted dejar impunes esos insultos, pero no olvide que el señor Stepark nos ha encargado guardar el secreto.

-¿Y mi padre? ... ¿Y Marcos? ... ¿No vamos a informarles del resultado del registro?

-Indudablemente, pero creo que debemos limitarnos a indicarles sencillamente que no hemos podido encontrar a Wilhelm Storitz y que no debe hallarse en Raab, cosa que, entre paréntesis, me parece probable.

-¿Y no les diremos que la corona fue encontrada en su casa?

-Sí, es preferible que lo sepan; pero me parece inútil hablar de ello a su madre y a su hermana. Lo único que se conseguiría sería aumentar sus inquietudes. Yo, en su lugar, diría que la corona había sido encontrada en el jardín de su casa, y se la devolvería a su hermana.

Pese a su repugnancia, el capitán Haralan convino en que yo tenía razón, y me encargó que fuese a buscar la corona a casa del señor Stepark, que no se negaría seguramente a dármela según mis deseos.

Tenía, con todo, gran prisa por volver a ver a mi hermano, y sobre todo porque su boda se realizase lo antes posible.

Al llegar a casa de Roderich, el criado nos hizo pasar al despacho del doctor, donde éste nos aguardaba en compañía de Marcos.

La impaciencia de ambos era, naturalmente, grande, y nos abrumaron a preguntas antes de que hubiéramos franqueado la puerta.

¡Cuáles fueron su sorpresa y su indignación al escuchar el relato de lo que acababa de pasar en el bulevar Tekeli! Mi hermano no podía contenerse. Lo mismo que el capitán Haralan quería castigar a Wilhelm Storitz antes de que la Justicia hubiese intervenido. En vano le objetaba yo que su enemigo había, de fijo, dejado la ciudad.

-¡Si no está en Raab -decía- estará en Spremberg!

Mucho me costaba moderar sus arrebatos de ira, y fue preciso que el doctor Roderich uniese sus instancias a las mías.

-Mi querido Marcos -dijo-, atienda los consejos y advertencias de su hermano y dejemos extinguirse por sí mismo este asunto, tan molesto para mi familia. El silencio es lo mejor para que todo ello se olvide.

Mi hermano, con la cabeza entre las manos, causaba pena: ¡cuánto no habría dado yo porque Myra Roderich fuera ya Myra Vidal!

El doctor añadió que iría a ver al gobernador de Raab.

Wilhelm Storitz era extranjero y Su Excelencia no vacilaría en dictar un decreto de expulsión contra él. Lo que urgía era impedir que pudieran renovarse los hechos de que había sido teatro la casa de Roderich, aunque tuviésemos que renunciar a darnos de ellos una explicación satisfactoria.

En cuanto a creer que Wilhelm Storitz poseyese, como se había alabado de poseer, un poder sobrehumano, nadie podía admitirlo.

En lo que concernía a la señora Roderich y su hija, hice valer las razones que, a mi juicio, aconsejaban un silencio absoluto. No debían saber ni que hubiese intervenido la policía ni que se había desenmascarado a Wilhelm Storitz.

Mi proposición relativa a la corona fue aceptada. Fingíamos que Marcos la había encontrado por casualidad en el jardín de la casa, con lo cual quedaría demostrado que todo lo ocurrido se debía a un bromista de mal género, bromista a quien acabaríamos por descubrir, para castigarlo como se merecía.

Aquel mismo día fui al ayuntamiento, donde pedí la corona al señor Stepark, quien accedió a entregármela, regresando con ella a casa de Roderich.

Estábamos aquella tarde reunidos en el salón con la señora Roderich y su hija, cuando Marcos, después de haberse ausentado un instante, volvió gritando:

-¡Myra, mi querida Myra, fíjate en lo que te traigo!

-¡Mi corona! -exclamó Myra, lanzándose hacia mi hermano.

-Sí -respondió Marcos-. Allí..., en el jardín... la encontré tras un macizo, donde sin duda, fue a caer.

-Pero, ¿cómo... cómo? -repetía la señora Roderich.

-¿Cómo? -replicó el doctor-. Esto es obra de un intruso que se mezcló entre nuestros invitados. No hay que volver a hablar más de esa absurda aventura.

-¡Gracias, gracias, mi querido Marcos! -dijo Myra, mientras una lágrima se deslizaba por sus mejillas.

Los días que siguieron no trajeron consigo ningún nuevo incidente. La población recobraba su tranquilidad habitual. Nadie se había enterado del registro llevado a cabo en la casa del bulevar Tekeli, y nadie pronunciaba ya el nombre de Wilhelm Storitz. No quedaba otra cosa que hacer que esperar paciente o impacientemente, el día en que se celebrase la boda de Marcos y de Myra Roderich.

Consagraba yo el tiempo que me dejaba libre mi hermano a diferentes paseos por los alrededores de Raab, en los que me acompañaba muchas veces el capitán Haralan.

En otras ocasiones era raro que no siguiésemos por el bulevar Tekeli para salir de la ciudad. Era indudable que la casa misteriosa atraía a mi amigo. Esto, por otra parte, nos permitía ver que la casa continuaba desierta y custodiada siempre por dos agentes. Si Wilhelm Storitz hubiera aparecido, la policía, advertida inmediatamente de su regreso, le hubiera echado mano, arrestándole.

Pero muy pronto tuvimos una prueba evidente de su ausencia y la certidumbre de que, por entonces al menos, no podía encontrársele en las calles de Raab.

Llamado el día 29 de mayo por el señor Stepark, supe de sus labios que la ceremonia del aniversario de Otto Storitz había tenido lugar el día 25 en Spremberg.

La ceremonia atrajo un número considerable de espectadores, no tan sólo de la población de Spremberg, sino también millares de curiosos llegados de las ciudades próximas, y hasta de Berlín. La muchedumbre no cupo en el cementerio y de ahí una multitud de accidentes, personas asfixiadas y atropelladas, que al día siguiente, encontraron en el cementerio un sitio que no habían podido hallar la víspera.

No se habrá olvidado lo que ya dijimos que Otto Storitz había vivido y muerto en plena leyenda; así todos aquellos supersticiosos esperaban un prodigio póstumo, contando con que en aquel aniversario debían realizarse fenómenos fantásticos, el menor de los cuales sería ver salir de su tumba al sabio alemán, y nada tendría de extraño que al llegar tal momento se alterase el orden universal; la Tierra, modificando su movimiento habitual sobre su eje, se pondría a girar de Este a Oeste, rotación anormal en todo el sistema solar, cuyas consecuencias serían incalculables, etc., etc. Tales eran los rumores que circulaban entre la muchedumbre. Sin embargo, las cosas habían pasado de la manera más natural. La losa del sepulcro no se había levantado, el muerto no abandonó su morada, y la tierra siguió girando según las reglas establecidas desde el principio del mundo.

Pero lo que nos interesaba bastante más era que a aquella ceremonia había asistido personalmente el hijo de Otto. Esto constituía la prueba material de que efectivamente había abandonado Raab, y yo esperaba que lo hubiera hecho con la intención de no volver jamás.

Me apresuré a poner nuevas tan agradables en conocimiento de Marcos y del capitán Haralan.

No obstante, y aun cuando la emoción producida por los sucesos hubiese disminuido y se hubiera atenuado bastante, el gobernador de Raab no dejaba de inquietarse todavía. Que los prodigiosos fenómenos que nadie pudo hasta entonces explicar, fueron debidos a esta o aquella causa, no había eso dejado de perturbar la ciudad, y convenía impedir a todo trance que volvieran a producirse.

No debe causar ninguna sorpresa que digamos que Su Excelencia quedó vivamente impresionado cuando el jefe de policía le hizo conocer la situación de Wilhelm Storitz respecto de la familia Roderich, y de la clase de amenazas que había proferido.

Así, tan pronto como el gobernador tuvo conocimiento de los resultados del registro, decidió proceder contra aquel extranjero. Al fin y al cabo había habido allí un robo, cometido por Wilhelm Storitz o por algún cómplice en beneficio suyo. De no haber salido de Raab, se le habría detenido, y una vez entre las cuatro paredes de una celda no era probable que pudiera salir sin ser visto, como había penetrado en los salones de los Roderich.

A esto se debió que el día 30 de mayo se entablase la siguiente conversación entre Su Excelencia y el señor Stepark:

-¿No ha sabido nada de nuevo?

-Nada, Excelencia.

-¿No hay ningún motivo para creer que Wilhelm Storitz tenga intención de volver a esta ciudad?

-Ninguno.

-¿Continúa vigilada la casa?

-Día y noche.

-Escribí a Budapest, a propósito de este asunto, cuya resonancia ha sido tal vez más considerable de lo que merece, y se me ha autorizado para que adopte las medidas que crea convenientes.

-En tanto que Wilhelm Storitz no reaparezca por Raab nada habrá que temer de él -contestó el jefe de policía- y sabemos de cierto, y por buen conducto, que se encontraba en Spremberg el día veinticinco.

-En efecto, señor Stepark; pero puede sentir la tentación de volver por aquí, y eso es lo que se debe evitar a todo trance.

-Nada más fácil, Excelencia. Como se trata de un extranjero, bastará un decreto de expulsión...

-Un decreto -interrumpió el gobernador- que le prohíba, no tan sólo permanecer en la ciudad de Raab, sino en todo el territorio.

-En cuanto tenga en mi poder ese decreto, haré que se comunique a todos los puestos de la frontera.

Tal decreto fue firmado en el acto, y el territorio del reino quedó vedado al alemán Wilhelm Storitz. Estas medidas eran a propósito para tranquilizar al doctor, a su familia y a sus amigos. No obstante, todos nos hallábamos muy lejos de haber penetrado los secretos de aquel asunto, y más lejos aún de imaginar las peripecias que nos reservaba.

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