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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo III

Como suponía, Marcos me aguardaba en el desembarcadero y nos abrazamos con efusión.

-¡Enrique, mi querido Enrique! -repetía, trémula la voz, los ojos húmedos, sin que por eso dejara de expresar su fisonomía la mayor dicha.

-¡Mi querido Marcos! -decía yo por mi parte-. Deja que te abrace de nuevo.

Luego, tras las primeras efusiones, exclamé de pronto:

-¡Vamos, en marcha! ¿Supongo que me llevarás a tu casa?

-Sí, al hotel Temesvar, a diez minutos de aquí, en la calle del Príncipe Miloch... pero no sin haberte presentado antes a mi futuro cuñado.

No me había fijado hasta entonces en un oficial que se mantenía detrás de Marcos; era un capitán y llevaba el uniforme de la Infantería de los Confines Militares; de estatura algo más que mediana, hermosa presencia, bigote y barba de color castaño, con el aspecto altivo y aristocrático del magiar, pero con una mirada benévola y sonriente, lo que le hacía simpático.

-El capitán Haralan Roderich -dijo Marcos. Estreché la mano que me tendía el capitán.

-Señor Vidal -me dijo-, me considero sumamente feliz de verle y no puede usted imaginarse cuánto placer ha de causar a toda mi familia su llegada, que ha sido esperada con tanta impaciencia.

-¿Incluso a la señorita Myra? -pregunté.

-¡Ya lo creo! -exclamó mi hermano-. Y no es culpa tuya, mi querido Enrique, si la Dorotea no ha hecho sus diez leguas por hora desde su partida de Viena.

Debo advertir que el capitán Haralan hablaba correctamente el francés, lo mismo que su padre, su madre y su hermana, que habían viajado por Francia; por otra parte, tanto mi hermano como yo conocíamos perfectamente el alemán y teníamos algunas nociones de la lengua húngara, por lo cual, lo mismo ese día que los sucesivos, pudimos conversar indiferentemente en esos tres idiomas, que muchas veces se mezclaban en nuestra conversación. Un coche cargó mi equipaje, el capitán Haralan y Marcos subieron conmigo y pocos minutos después nos deteníamos ante el hotel Temesvar.

Después de señalar la mañana del día siguiente para mi primera visita a la familia Roderich, quedé sólo con mi hermano, en una habitación bastante confortable, al lado de la que Marcos ocupaba desde su instalación en Raab.

Nuestra charla continuó hasta la hora de comer.

Mi querido Marcos, henos aquí, por fin, reunidos ambos en excelente estado de salud -dije-. ¿No es verdad? Si no me equivoco, nuestra separación ha durado un año largo.

-Sí, Enrique, y el tiempo me ha parecido largo, aun cuando la presencia de mi querida Myra haya contribuido poderosamente a hacer más breves para mí los últimos meses... Pero estás ya aquí, y la ausencia no me ha hecho olvidar que eres mi hermano mayor.

-Tu mejor amigo, Marcos.

-Por eso, como comprenderás perfectamente, mi matrimonio no podía celebrarse sin que tú estuvieses presente, a mi lado... ¿No tenía yo, por otra parte, el deber de pedirte tu consentimiento?

-¿Mi consentimiento?

-Sí, como se lo habría pedido a mi padre, si viviese... Pero, lo mismo que él, tú no me lo negarás cuando la conozcas.

-La conozco ya por tus cartas y sé que eres feliz.

-Más de lo que pudiera decirte; tú la verás, la juzgarás y la querrás, estoy seguro de ello; es la mejor de las hermanas la que te doy.

-Y que yo acepto, mi querido Marcos, sabiendo de antemano que tú no puedes hacer más que una elección excelente; pero, ¿por qué no visitar al doctor Roderich esta tarde?

-No podrá ser hasta mañana. No creíamos que el barco llegase tan temprano y no te esperábamos hasta la tarde; sólo por un exceso de prudencia nos encontramos Haralan y yo en el muelle. ¡Ah, si mi querida Myra lo hubiera sabido! ¡Cómo lo va a sentir! Pero vuelvo a decírtelo, no eres esperado hasta mañana; la señora Roderich y su hija han dispuesto de la tarde, y mañana te presentarán todas sus excusas.

-Convenido, Marcos -respondí-, y toda vez que por unas cuantas horas nos pertenecemos hoy uno al otro, empleémoslas en charlar del pasado y del porvenir; en hacer un intercambio de los recuerdos que dos hermanos pueden haber almacenado en un año de separación.

Marcos me hizo entonces el relato de su viaje desde que había salido de París, habiendo visto marcadas por el éxito más lisonjero todas sus etapas, su estancia en Viena y en Presburgo, donde las puertas del mundo artístico se habían abierto de par en par ante él.

Al fin y al cabo, no me dijo nada que yo ignorara o no presumiera; un retrato firmado por Marcos Vidal no podía menos de ser muy solicitado, disputado con ardor por los ricos magiares.

-No podía dar abasto, mi querido Enrique. ¡Encargos y hasta recomendaciones por todas partes! No me extrañaría -agregó mi hermano, riendo- que el día menos pensado me raptasen para ir a retratar a toda la Corte de Viena.

-¡Ojo, Marcos, ojo! Sería para ti un grave compromiso el tener que dejar Raab para trasladarte a la Corte.

-Declinaría la invitación lo más respetuosamente posible. Por ahora no puedo preocuparme de retratos, o más bien, acabo de terminar el último.

-¿El suyo, no es verdad?

-Sí, el suyo; y creo que no es el peor que ha salido de mis manos.

-¿Quién sabe? -dije-. Cuando un pintor se preocupa más del modelo que del retrato...

-En fin, Enrique, ya lo verás. Es cierto que, mientras pintaba, mi mirada no podía separarse de mi querida Myra; pero ella no lo tomaba a broma; no era al novio, sino al pintor, al que consagraba aquellas horas. Y mi pincel corría sobre el lienzo... ¡Y, con qué pasión! A veces me parecía que el retrato iba a animarse, a tomar vida, como la estatua de Galatea.

-Calma, Pigmalión, calma. Prefiero que me cuentes cómo fue que entraras en relación con la familia Roderich.

-Estaba escrito.

-No lo dudo, pero...

-Desde mi llegada, muchos salones de Raab me hicieron el honor de admitirme; nada podía serme más agradable, aunque no fuese más que para pasar las noches, siempre largas en una ciudad extraña; frecuentaba con bastante asiduidad esos salones, donde hallaba muy buena acogida, y en uno de ellos fue donde renové mi amistad con el capitán Haralan.

-¡Cómo!

-Sí, Enrique, porque le había encontrado ya muchas veces en Pest. Un oficial del mayor mérito, destinado a un brillante porvenir, y al propio tiempo el más amable de los hombres, y a quien, para ser un héroe en tiempo de las guerras de Matías Corvino, no le ha faltado más que...

-¡Que haber nacido en aquella época! -repliqué, riendo.

-Justo -repuso Marcos en igual tono-. En resumen, al volvernos a encontrar aquí, nos veíamos todos los días, y nuestras relaciones, vagas al principio, no tardaron en estrecharse, trocándose en una franca y cordial amistad. Quiso presentarme a su familia, y yo acepté, tanto más gustoso cuanto que ya había encontrado a Myra en algunas reuniones y...

-Y no siendo la hermana menos encantadora que el hermano, tus visitas a casa de Roderich se multiplicaron -proseguí yo.

-Sí, Enrique, desde hace tres meses no he dejado de pasar una noche sin acudir a su casa. En vista de esto, si te hablo de mi querida Myra vas a creer que exagero.

-No, no exageras; cierto estoy de que no será posible exagerar hablando de ella; y hasta si quieres conocer mi opinión sincera, te confesaré que te hallo moderado.

-¡Ah, querido Enrique, cuánto la amo!

-Eso se advierte claramente; me satisface, por lo demás, el pensamiento de que vas a entrar en la más respetable de las familias.

-Y la más respetada -respondió Marcos-. El doctor Roderich es un médico muy estimado y sus colegas le aprecian realmente; es al propio tiempo el mejor de los padres, y digno, sin disputa, de ser el padre...

-De su hija -interrumpí-; así como la señora Roderich es, sin duda, no menos digna de ser su madre.

-¡Ella! ¡Excelente señora! Adorada de todos los suyos, piadosa, caritativa, ocupándose siempre en buenas obras.

-¡Una perfección, vaya! Y que será una suegra como no se encuentra en Francia, ¿no es eso, Marcos?

-¡Tú siempre burlándote! En primer lugar, Enrique, aquí no estamos en Francia, sino en Hungría, en este país magiar, donde las costumbres han conservado algo de la severidad de otros tiempos, donde la familia es todavía patriarcal.

-Vamos, futuro patriarca..., porque tú lo serás a tu vez.

-Es una situación social como cualquier otra.

-Sí, ¡émulo de Matusalén, de Noé, de Abraham, de Isaac y de Jacob! En resumen, tu historia, a lo que me figuro, no tiene nada de extraordinario. Merced al capitán Haralan, pudiste tratar a su familia, que te dispensó la mayor acogida, lo cual no tiene por qué sorprenderme, conociéndote como te conozco; no pudiste ver a la señorita Myra sin quedar seducido por sus prendas físicas y morales.

-¡Justo!

-Las cualidades morales, para el novio; las dotes físicas para el pintor y éstas no se borrarán del lienzo, como aquéllas no se borrarán de tu corazón..,; ¿qué te parece esta frase?

-Hermosa y exacta, querido Enrique.

-También es exacta tu apreciación; y para acabar, del mismo modo que Marcos Vidal no pudo ver a Myra Roderich sin prendarse de ella, por su parte, Myra Roderich no pudo ver a Marcos Vidal sin enamorarse de...

-¡Yo no digo eso, Enrique!

-Pero lo digo yo, aunque no fuera más que por el debido respeto a la verdad. Y el señor y la señora Roderich, aunque advirtiendo lo que pasaba, no pusieron el menor reparo; y Marcos no tardó en franquearse con el capitán Haralan; y a éste, que no le pareció mal la cosa, habló del asunto a sus padres, que a su vez, hablaron a su hija; luego, Marcos Vidal hizo oficialmente su petición, que fue favorablemente acogida, y la novela va a terminar como terminan tantas otras novelas del mismo género...

-Lo que tú, querido Enrique, llamas el fin -interrumpió Marcos-, es, a mi juicio, el real y verdadero comienzo.

-Tienes razón, Marcos, y yo me doy cuenta exacta del valor de las palabras... ¿Cuándo va a ser la boda?

-Se esperaba tu llegada para fijar definitivamente la fecha.

-Pues bien, cuando gustes... Dentro de seis semanas, o de seis meses, o de seis años.

-Mi querido Enrique, ya me harás, supongo, el favor de decir al doctor que el tiempo de un ingeniero es oro y que si prolongases demasiado tu estancia en Raab, el funcionamiento del sistema solar, dejando de hallarse sometido a tus sabios cálculos, correría graves riesgos de verse interrumpido.

-En una palabra, que sería yo responsable de los temblores de tierra, inundaciones y otros cataclismos análogos.

-Eso es. Y por consiguiente, la ceremonia no puede retrasarse más allá de...

-De pasado mañana, o hasta mañana mismo, ¿no es así? Estáte tranquilo, mi querido Marcos; diré todo lo que sea preciso y conveniente, aun cuando en realidad mis cálculos no sean tan necesarios como supones para el buen orden del Universo, lo cual me permitirá pasar un mes con tu mujer y contigo.

-¡Magnífico!

-Pero, ¿cuáles son tus proyectos? ¿Tienes intención de dejar Raab en cuanto te cases?

-He aquí una cosa que aún no está decidida, y tiempo tenemos de resolverla; no me ocupo más que del presente; en cuanto al porvenir se limita para mí a mi matrimonio; nada existe más allá.

-¡El pasado no existe ya; el porvenir no existe aún; sólo cuenta el presente!

La conversación prosiguió en este tono hasta la hora de comer; luego, Marcos y yo, fumando un cigarro, nos fuimos de paseo por el muelle de la orilla izquierda del Danubio.

No era este primer paseo nocturno el que podía darme una idea de la ciudad; pero al día siguiente y los sucesivos tendría tiempo sobrado para visitarla más detenidamente y en compañía del capitán Haralan, más probablemente que en la de mi querido hermano.

Inútil es decir que no había cambiado el tema de nuestra conversación y que Myra Roderich siguió siendo el objeto de ella.

Una frase, no recuerdo cuál, trajo a mi memoria lo que en París, la víspera de mi partida, me había contado el subjefe de policía. Nada en las palabras de mi hermano indicaba que su idilio hubiese sido turbado, aunque no fuera más que un día; y esto no obstante, si Marcos no tenía a la sazón rival, este rival había existido, ya que Myra Roderich se vio solicitada por el hijo de Otto Storitz; nada de extraño, por lo demás, había en que se hubiera pedido la mano de una muchacha linda y acomodada.

Como es natural, surgieron nuevamente ante mi espíritu las palabras que me había figurado oír al desembarcar; persistí yo en creer que había sido objeto de una ilusión; y además, aun admitiendo que semejantes palabras hubieran sido realmente pronunciadas, ¿qué conclusión podía sacar de ellas, ya que no sabía ni me era dado saber a quién atribuirlas? Me inclinaría a culpar de ello al antipático alemán que embarcara en Pest, pero tenía que renunciar a él, toda vez que aquel impertinente había dejado el barco en Vukovar; quedaba, pues, tan sólo en ese caso la hipótesis de un bromista de mal género.

Sin dar a conocer a mi hermano ese incidente, creí deber informarle de lo que había sabido últimamente acerca de Wilhelm Storitz.

Marcos respondió al principio con un gesto de desdén de los más característicos; luego, me dijo:

-Haralan me habló, en efecto, de ese individuo; hijo único, según parece, de ese Otto Storitz, que en Alemania tiene reputación de hechicero, reputación injustificada, por lo demás, ya que ocupó realmente un lugar notable en las ciencias naturales e hizo importantes descubrimientos en física y química; pero la petición de su hijo fue rechazada por la familia Roderich.

-¿Antes, por supuesto, de que hubiera sido admitida la tuya?

-Cuatro o cinco meses antes, si no me engaño.

-¿Uno y otro hecho no tiene, pues, relación alguna?

-Desde luego.

-¿Supo Myra que Wilhelm Storitz había aspirado al honor de ser su marido, como dice en la canción?

-No lo creo.

-Y, ¿no ha hecho después nuevas gestiones?

-Nunca; debió comprender que no tenía ninguna probabilidad de éxito.

-¿Por qué? ¿Es que su reputación...?

-No; Wilhelm Storitz es un ser original cuya existencia es bastante misteriosa, y que vive muy retirado.

-¿En Raab?

-Sí, en Raab, en una casa aislada del bulevar Tekeli, donde no entra nadie; se le tiene por un muchacho extraño, he ahí todo; pero es un alemán y esto habría bastado para motivar la negativa del doctor Roderich, porque los húngaros no sienten simpatía por los representantes de la raza teutona. Es una antipatía ya muy vieja...

-¿Te has encontrado con él?

-Algunas veces; y un día el capitán Haralan, en el Museo, me lo enseñó, sin que él pareciera advertirlo.

-¿Se encuentra actualmente en Raab?

-No puedo decírtelo con seguridad, pero creo que hace dos o tres semanas que no se le ha visto aquí.

-Sería preferible que hubiera dejado la ciudad.

-¡Bah! -dijo Marcos, encogiéndose de hombros-. Dejemos a ese individuo donde esté, y si alguna vez llega a haber alguna señora de Wilhelm Storitz, puedes estar seguro de que esa señora no será Myra Roderich, toda vez que...

-Sí -le interrumpí-, toda vez que será la señora de Marcos Vidal.

Siguió nuestro paseo por el muelle hasta llegar al puente de barcas que une la orilla húngara con la servia; tenía yo un propósito al prolongar así nuestro paseo. Desde hacía unos instantes me parecía que éramos seguidos por un individuo que iba detrás de nosotros como si tratara de escuchar nuestra conversación. Quería saber a qué atenerme.

Hicimos un alto de algunos minutos en el puente, admirando el gran río que aquella noche tan pura reflejaba por millares los astros del cielo, asemejándolos a peces de escamas brillantes y luminosas.
Me aproveché de aquel alto para inspeccionar el muelle de donde veníamos. A alguna distancia distinguí un hombre de mediana estatura y, a juzgar por su marcha pesada, de cierta edad ya.

Pronto dejé de pensar en ello. Abrumado a preguntas por Marcos tuve que darle informes acerca de mis propios asuntos y noticias de nuestros comunes amigos, del mundo artístico con el que mantenía yo frecuentes relaciones; hablamos mucho de París, donde contaba él establecerse después de su matrimonio. Myra, al parecer, pensaba con alegría en volver a ver aquel París que ya conocía y en volverlo a ver en compañía de su esposo.

Informé a Marcos de que había llevado conmigo los papeles y documentos que me había pedido en su última carta. Podía estar tranquilo, no le faltaría ninguno de los pasaportes exigidos para el gran viaje matrimonial.

La conversación, en suma, recaía sin cesar acerca de aquella estrella de primera magnitud, la resplandeciente Myra, como la aguja imantada se vuelve hacia el Norte. Marcos no se cansaba de hablarme de ella y yo no me cansaba de oírle. ¡Hacía tanto tiempo que deseaba poder decirme todas aquellas cosas! A mí, no obstante, me correspondía ser razonable, si no quería que nuestra charla durase hasta el amanecer.

Emprendimos el camino de vuelta al hotel. Al llegar a él lancé una última mirada hacia atrás. El muelle estaba desierto. Si realmente había existido en otra parte que en mi imaginación, el que nos perseguía había desaparecido.

A las diez y media, nos encontrábamos Marcos y yo en nuestras respectivas habitaciones del hotel Temesvar.

Me metí en la cama y comenzaba a dormirme, cuando incorpóreme de pronto como por una brusca sacudida. ¿Ensueño...? ¿Burla? ¿Obsesión? Las palabras que había creído oír a bordo de la Dorotea me pareció volverlas a oír en mi somnolencia; sí, ¡aquellas palabras que contenían una amenaza para Marcos y Myra Roderich!

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