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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo V

Desde la mañana siguiente comencé a recorrer Raab en compañía del capitán Haralan.

Mientras tanto, Marcos habría de ocuparse de dar los pasos necesarios para la celebración de su boda, cuya fecha había sido, por fin, señalada para el primero de junio, o sea pasados unos veinte días.

El capitán Haralan tenía que hacerme los honores de su ciudad natal, mostrándomela en todos sus detalles y pormenores; no me hubiera sido posible encontrar un guía más concienzudo, más erudito y conocedor del país, y de más acabada cortesía.

Aun cuando la idea se me ocurrió una infinidad de veces y con una obstinación que no dejaba de asombrarme a mí mismo, no le hablé una sola palabra de aquel Wilhelm Storitz; por su parte, el capitán Haralan permaneció mudo a este respecto, siendo, por consiguiente muy probable que jamás se hablara entre nosotros acerca de tal personaje.

Como acontece con la mayor parte de las ciudades de Hungría la de Raab ha tenido sucesivamente diversos nombres. Estas ciudades pueden exhibir una fe de bautismo en cuatro o cinco idiomas: latín, alemán, eslavo, magiar; una fe de bautismo tan complicada casi como la de sus príncipes, grandes duques y archiduques.

-Nuestra ciudad no tiene la importancia de Budapest -me dijo el capitán Haralan-; su población, sin embargo, es de más de cuarenta mil almas, y, merced a su industria y a su comercio, ocupa un lugar prominente en el reino de Hungría.

-Es una ciudad bien magiar -observé yo.

-Indudablemente, tanto por sus hábitos y costumbres como por los trajes de sus moradores. Si puede decirse con algún asomo de verdad que en Hungría son los magiares los que han fundado el Estado y los alemanes los que levantaron las ciudades, semejante afirmación tiene muy poco de exacta en lo que se refiere a Raab. Sin duda hallará usted en la clase mercantil individuos de raza germana, pero constituyen una ínfima minoría.

-Ya lo sabía, como sabía asimismo que los naturales de Raab están muy orgullosos de su ciudad, pura de toda mezcla extraña.

-Los magiares, por lo demás, a los que no hay que confundir con los hunos como se ha hecho con demasiada frecuencia -añadió el capitán Haralan- forman la cohesión política más fuerte y poderosa, y desde este punto de vista Hungría es superior a Austria.

-¿Y los eslavos? -pregunté.

-Los eslavos son aún menos numerosos que los alemanes.

-Y ¿cómo son, en suma, considerados estos últimos en el reino húngaro?

-Bastante mal; por la población magiar sobre todo, porque es manifiesto que las personas de origen teutón viven entre nosotros como desterrados de su verdadera patria.

Me pareció que el capitán Haralan no experimentaba un gran afecto hacia los austríacos. En cuanto a los alemanes, es de fecha muy remota que data su antipatía de raza entre ellos y los magiares; esta antipatía se traduce bajo mil formas y hasta los refranes la expresan de una manera bastante brutal a veces:

Eb a nemet kutya nelkul, dice uno de esos refranes.

Lo cual significa: «Dondequiera que hay un alemán, hay un perro.»

Despojados de la gran parte de exageración que encierran esos proverbios, demuestran por lo menos, que no reina muy buena inteligencia entre los individuos de ambas razas.

La ciudad de Raab se halla edificada con bastante regularidad, salvo en su parte baja, a orillas del río; los barrios afectan una rectitud casi geométrica.

Por el muelle y la calle de Esteban I, el capitán Haralan me condujo al mercado Colomán a la hora en que se encuentra más concurrido y animado.

Dejando el mercado, en el que abundan los diversos productos del país y donde pude observar con toda comodidad y a mi gusto el campesino en su traje tradicional, el capitán Haralan me hizo atravesar un dédalo de calles estrechas con tiendas a uno y otro lado, con sus curiosas muestras colgantes. Luego, el barrio se ensancha hasta llegar a la plaza Kurtz, una de las mayores de la ciudad.

En medio de esta plaza aparece una lindísima fuente de mármol y bronce, sobre la cual se destaca la estatua de Matías Corvino, héroe del siglo XV, rey a los quince años, que supo resistir los ataques de los austríacos, de los bohemios y de los polacos, y salvó a la cristiandad europea de la barbarie otomana.

Era esta plaza verdaderamente hermosa; a un lado se alza el Palacio del Gobernador, con sus elevados muros, que han conservado el carácter de las antiguas construcciones del Renacimiento. En el cuerpo principal hay una escalera de hierro y una galería con estatuas de mármol. La fachada cuenta con numerosas ventanas con vidrios antiguos. En el centro se eleva una especie de torrecilla, en la que ondea la bandera nacional.

Habíamos hecho alto en la plaza Kurtz.

-He aquí el Palacio -me dijo el capitán Haralan-. Dentro de unos veinte días acudirán a él Marcos y Myra para comparecer ante el gobernador, y solicitar su permiso, antes de trasladarse a la catedral.

-¿Cómo ha dicho usted?

-Digo que, antes de celebrar el matrimonio religioso, tendrán nuestros hermanos que venir aquí y solicitar la venia del Gobernador.

-¿Su venia, para qué? -pregunté sorprendido.

-Para poder casarse.

-¿Y qué tiene que ver con eso el Gobernador, una autoridad civil?

-Se trata de una costumbre local muy antigua. No puede celebrarse ningún matrimonio sin que previamente se haya obtenido el permiso de la más alta autoridad de la ciudad. Esta autorización, por lo demás, constituye por sí sola un lazo bastante estrecho entre aquellos a quienes se otorga. No puede decirse que sean desde ese momento verdaderos esposos, pero no son ya meramente novios o prometidos, y en el caso en que un obstáculo inesperado se opusiera a su matrimonio, les sería imposible casarse con otro.

-Es bastante raro todo eso, y le confieso que no tenía de ello la menor sospecha y nada tampoco me había dicho Marcos sobre el particular.

-Pues es de creer que esté enterado.

-Es curioso, muy curioso.

-Cada pueblo tiene sus costumbres y sus tradiciones, que, en mi concepto, son muy respetables, aun cuando las nuevas condiciones de la vida y de los tiempos las hagan innecesarias y hasta tal vez un tanto anacrónicas.

-Exacto; es un punto en el que me hallo de completo acuerdo con usted.

Mientras me explicaba esta singular costumbre, el capitán Haralan me llevaba por la calle Ladislao.
Esta calle va a terminar en la catedral de San Miguel, un monumento del siglo XIII en el que aparece mezclado y confundido lo románico y lo gótico, y cuyo estilo arquitectónico carece de pureza. Tiene, no obstante, esta catedral, cosas muy hermosas y dignas, seguramente, de llamar la atención de los inteligentes: su fachada flanqueada de dos torres, su cúpula, el retablo, el gran rosetón que atraviesan los rayos del sol poniente, y su ábside, en fin, con sus múltiples arbotantes.

-Más adelante tendremos ocasión de visitar el interior todo lo detenidamente que sea menester -observó el capitán Haralan.

-Como usted guste y disponga -repliqué-. Usted es mi guía, y estoy dispuesto a seguirle donde crea conveniente llevarme.

-Pues entonces subamos hasta el Castillo; luego daremos la vuelta a la población por los bulevares y llegaremos a casa a la hora del almuerzo.

-¿No hay peligro de que nos retrasemos?

-Ya procuraremos que no sea así.

-Bien, en usted confío, y suya será la responsabilidad si nos hacemos esperar más de lo debido en el hotel Roderich.

-Y yo acepto esa responsabilidad.

Posee Raab algunos templos de los ritos luterano y griego, sin ningún valor arquitectónico, y muchas otras iglesias, porque los católicos se encuentran en mayoría considerable. El reino de Hungría pertenece principalmente a la religión apostólica romana, aun cuando Budapest, su capital, sea, después de Cracovia, la ciudad que encierra mayor número de judíos. Allí, lo mismo que sucede, por otra parte, en muchos sitios, la fortuna de los magnates ha pasado casi por entero a manos de los judíos.

Al dirigirnos hacia el Castillo tuvimos que atravesar un arrabal bastante animado a la sazón en el que pululaban y se oprimían vendedores y compradores.

En el instante preciso en que llegábamos a una plazuela, ocurría allí un pequeño tumulto, cuyo alboroto no podía explicarse suficientemente por el barullo de las transacciones.

Algunas mujeres que habían abandonado sus puestos respectivos rodeaban a un hombre, un campesino, que acababa de rodar por tierra y se levantaba con gran esfuerzo.

El hombre parecía presa de la más viva cólera:

-Les digo que me han golpeado. Que alguien me ha empujado, haciéndome caer.

-¿Y quién iba a golpearte? -replicó una de aquellas mujeres-. Te hallabas solo en el momento. Yo te estaba viendo perfectamente. No había nadie en este sitio.

-Sí -afirmaba el hombre-, recibí un empujón aquí en pleno pecho. ¡Yo lo he notado perfectamente, qué demonio!

-¡ No es posible, hombre, te digo que no había nadie!

-Posible o no, yo digo lo que me ha pasado.

El capitán Haralan, que interrogó al campesino, obtuvo de él la siguiente explicación del caso:

«Avanzaba tranquilamente, cuando de pronto experimentó una violenta sacudida, como si un hombre vigoroso hubiera chocado rudamente contra él, sacudida tan sumamente violenta, que se había visto derribado sin poderlo remediar. En cuanto a decir quién había sido el agresor, érale de todo punto imposible, porque al levantarse no había visto a nadie a su lado. »

¿Qué parte de verdad contenía este relato? ¿Había recibido realmente el campesino un choque tan brutal como imprevisto?

Un empujón no se produce así como así, sin que haya nadie que empuje, aunque no fuese más que el viento; y la atmósfera estaba perfectamente tranquila.

Una sola cosa resultaba cierta, y era que se había producido una caída, y una caída, de verdad; bastante inexplicable.

De ahí el alboroto que a nuestra llegada a la plazuela hubimos de escuchar.

Decididamente, era preciso que el individuo que había figurado como víctima hubiera padecido una alucinación, o que estuviera borracho. Un borracho se cae por sí solo nada más que en virtud de las leyes de la caída de los cuerpos.

Tal fue, indudablemente, la opinión general, aun sabiendo que el campesino aseguraba que no había probado una gota de vino; mas, a pesar de sus protestas, nadie le dio crédito, y la policía hubo de invitarle con alguna rudeza a que prosiguiese su camino.

Terminado el incidente, seguimos por una de las calles ascendentes que se dirigen hacia el Este de la ciudad. Hay allí un intrincado cruzamiento de calles y callejuelas, verdadero laberinto del que un extranjero no podría salir.

Llegamos, por fin, ante el Castillo, sólidamente edificado sobre una de las cimas de la colina de Wolkang.

Era realmente la fortaleza de las ciudades húngaras, la acrópolis, el "Var", para servirnos de la denominación magiar, la ciudadela de la época feudal, tan amenazadora para los enemigos de fuera, hunos o turcos, como temida por los vasallos del señor. Altas murallas, almenadas, con barbacanas y saeteras, flanqueadas de macizas torres, la más elevada de las cuales dominaba toda la región circundante.

El puente levadizo, tendido sobre el foso cubierto de millares de arbustos silvestres, nos condujo a la poterna y nos permitió el acceso a la fortaleza.

El grado del capitán Haralan nos abrió, naturalmente, las puertas del viejo castillo, cuyo valor e importancia militares no son, en verdad, muy grandes. Los pocos soldados que lo guarnecían hicieron a mi amigo los honores militares que le correspondían, y una vez en la plaza de armas, el capitán Haralan me propuso subir a la torre, que ocupa uno de sus ángulos.

Nada menos que doscientos cuarenta peldaños tiene la escalera de caracol que lleva a la plataforma superior; dando la vuelta en torno del parapeto, mis miradas pudieron abarcar un horizonte más extenso que el de la torrecilla del hotel Roderich. Calculé en unas siete leguas la parte visible del Danubio, cuyo curso oblicuaba entonces hacia el Este en la dirección de Neusatz.

-Ahora, mi querido Vidal -díjome el capitán Haralan-, que ya conoce usted la ciudad, puede ver cómo se extiende por entero a nuestros pies.

-Y lo que he visto -respondí -me ha parecido sumamente interesante, aun comparándolo con Budapest y Presburgo.

-Me satisface en gran manera esa opinión suya, y cuando haya terminado usted de visitar a Raab y se haya familiarizado con sus hábitos, con sus costumbres y con sus originalidades, no me cabe la menor duda de que conservará de ella un excelente recuerdo.

-Seguro estoy, aunque no sea más que juzgando por lo que yo he podido ver y admirar en su ciudad natal.

-Nosotros, los magiares, amamos mucho nuestras ciudades, y las amamos con un amor verdaderamente filial. Aquí, por otra parte, las relaciones entre las diversas clases sociales revelan una perfecta armonía y buena inteligencia. La clase acomodada socorre y atiende mucho a los humildes y desheredados, cuya cifra va decreciendo de año en año gracias a las instituciones de caridad. A decir verdad, encontrará usted aquí muy pocos pobres, y en todo caso la miseria es socorrida en cuanto se la conoce.

-Lo sé, como sé, asimismo, que el doctor Roderich no desdeña acudir frecuentemente en ayuda de los pobres, y sé también que la señora Roderich y la señorita Myra están al frente de varias instituciones de beneficencia.

-Mi madre y mi hermana no hacen sino lo que deben hacer las personas de su clase y situación. En mi concepto, la caridad es el más imperioso de los deberes.

-Sin duda -dije-; ¡pero hay tantas maneras de entender su cumplimiento!

-Ese es el secreto de las mujeres y una de sus misiones aquí en la tierra.

-Sí, la más noble, seguramente.

-En fin, nosotros residimos en una población tranquila, en una ciudad pacífica, turbada apenas, o nada, por las pasiones políticas, aun cuando sea, sin embargo, muy celosa de sus derechos y de sus privilegios; privilegios y derechos que defendería tenazmente contra toda intromisión del poder central. No reconozco a mis conciudadanos más que un defecto...

-¿Y es ?...

-El de sentirse un poco inclinados a la superstición, y creer demasiado en la intervención de lo sobrenatural. Las leyendas en que andan mezclados aparecidos y fantasmas, evocaciones y brujerías les agradan y complacen mucho.

-Así, pues, aparte del doctor Roderich, pues un médico debe por naturaleza y definición, tener la cabeza firme, su madre de usted y su hermana...

- Sí, y todo el mundo con ellas. Contra semejante debilidad, porque es una debilidad, no he conseguido ningún éxito en mis empeños. Tal vez Marcos me ayude.

- ¡A menos que la señorita Myra no le pervierta!

- ¡Quién sabe!

- Tratándose de artistas no hay mucho que fiar.

- Ahora mi querido Vidal, tenga la bondad de asomarse al parapeto. Dirija sus miradas hacia el Suroeste. Allí, a la extremidad de la población, podrá ver la terraza de una azotea.

- Sí, en efecto, y me figura que debe ser la del hotel Roderich.

- No se equivoca usted; ahora bien, en ese hotel hay un comedor y en ese comedor va a servirse inmediatamente un almuerzo, y como usted es uno de los comensales...

- A sus órdenes, mi querido capitán.

- Pues bien, dejemos al "Var" en su soledad feudal, que hemos interrumpido durante un momento, y regresemos siguiendo la línea de los bulevares, con lo cual atravesará usted el norte de la ciudad.

Instantes después habíamos cruzado la poterna.

Más allá de un hermoso barrio que se extiende hasta las afueras de Raab, los bulevares, cuyo nombre cambia a cada una de las grandes calles que lo cortan, describen, en una longitud de más de una legua, tres cuartos de círculo que cierra el Danubio; se hallan adornados por cuatro filas de árboles en la fuerza de la edad. De un lado hay jardines y arboledas, más allá de las cuales se descubre la campiña, y por el otro lado se suceden las casas lujosas, precedidas la mayor parte de un patio, en el que se advierten grupos de flores y cuya fachada posterior da a frescos jardines.

A aquella hora circulaban ya por el centro de los bulevares lujosos coches y por los paseos laterales grupos de jinetes y de amazonas elegantemente vestidos.

Al dar la última vuelta, tomamos por la izquierda a fin de descender por el bulevar Tekeli, en dirección del muelle Batthyani.

Pocos pasos más adelante advertí una casa aislada en el centro de los jardines. De aspecto triste, como si hubiera estado desalquilada, con sus ventanas cerradas por persianas que no debían abrirse casi nunca, invadida la parte baja de los muros por el musgo y la hiedra, contrastaba de una manera extraña con los demás hoteles del bulevar, todos alegres y animados, llenos de vida.

No parecía que la casa estuviera habitada, en el caso, que se antojaba dudoso, de que fuera verdaderamente habitable.

-¡Qué cosa más extraña! -murmuré entre dientes. El capitán Haralan notó mi sorpresa, aunque sin oír mis palabras.

-¿Decía usted?

-Mostraba mi extrañeza a la vista de esa casa de tan triste y desolado aspecto y que seguramente debe de estar hace tiempo deshabitada.

-Pues se equivoca usted, mi querido Vidal.

-¡Cómo! ¿Quiere decir que no hace mucho tiempo alguien residió ahí?

-Sí. Y no sólo no hace mucho tiempo, sino que debe de estar ocupada en la actualidad.

-¿Y a quién pertenece esa morada?

-A un ente original.

-Pues afea bastante el bulevar, y desentona lamentablemente en él. Creo que la ciudad debería comprarla y demolerla.

-Y tanto más, mi querido Vidal, cuanto que una vez la casa demolida, su propietario abandonaría indudablemente la ciudad y se iría al diablo, su muy próximo pariente, si hemos de dar crédito a las buenas comadres de Raab.

-¡Hombre! ... ¿Y quién es ese notable personaje?

-Un alemán.

-¿Un alemán?

-Sí; un prusiano.

-¿Cómo se llama?

En el momento en que el capitán iba a responder a esta pregunta, abrióse la puerta de la casa y dos hombres salieron. El de más edad, que parecía tener unos sesenta años, permaneció en la escalinata, en tanto que el otro atravesaba el patio y franqueaba la verja de la calle.

-¡Toma -murmuró mi compañero- está aquí! Le creía ausente.

El individuo al cual me refiero, al dar la vuelta, nos descubrió. ¿Conocía al capitán Haralan? No pudo caberme duda sobre el particular, pues ambos cambiaron una mirada de mutua antipatía, que era bastante elocuente.

Pero también yo le había reconocido, y en cuanto se alejó algunos pasos de nosotros exclamé:

-Es él.

-¿Conocía usted ya a ese hombre? -me preguntó el capitán, no sin dejar transparentar cierta sorpresa.

-Sin género alguno de duda -respondí-, he viajado con él desde Budapest a Vukovar a bordo de la Dorotea. No esperaba, lo confieso, encontrármelo en Raab.

-¡Y preferible sería que no estuviese!

-No parece que se encuentre usted en la mejor armonía con ese alemán.

-¿Y quién podría estar en buenas relaciones con semejante tipo? Yo, además, tengo razones especiales para estar peor dispuesto que los demás hacia él; bastará que le diga a usted que ese individuo tuvo la osadía de pedir la mano de mi hermana. Pero tanto mi padre como yo, se la rehusamos de la manera más terminante, para que no le quedasen ganas de renovar sus pretensiones.

-¡Cómo! ¿Es ese hombre?

-¿Tenía usted, pues, ya noticia? ...

-Sí, y no ignoro que acabo de ver a Wilhelm Storitz, hijo de Otto Storitz, el ilustre químico de Spremberg.

Haralan me contestó afirmativamente.

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