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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo VI

Dos días más transcurrieron, durante los cuales consagré todas mis horas libres a recorrer la ciudad. Hacía también largas paradas en el puente que une las dos orillas del Danubio con la isla Svendor, y no me cansaba de admirar el magnífico río.

Tendré que confesarlo: el nombre de Wilhelm Storitz, muy a mi pesar, asaltaba frecuentemente mi espíritu.

Era, pues, en Raab, donde ese individuo residía habitualmente, y según pude saber pronto, con un solo sirviente, conocido por el nombre de Hermann, ni más simpático ni más abierto, ni más comunicativo que su amo. Hasta se me figuró que el tal Hermann recordaba por su tipo y figura y por su manera de andar al hombre que el día de mi llegada a Raab había parecido seguirnos a mi hermano y a mí, mientras paseábamos a lo largo del muelle.

Había creído conveniente no mencionar a Marcos el encuentro que el capitán Haralan y yo tuvimos en el bulevar Tekeli; tal vez habría experimentado alguna inquietud al saber que Wilhelm Storitz había regresado a Raab; ¿por qué nublar y entenebrecer su ventura con la más ligera sombra de inquietud?

Me pesaba que aquel rival rechazado no estuviera ausente de la ciudad, por lo menos hasta el día, ya próximo, en que el matrimonio de Marcos Vidal y Myra Roderich fuera un hecho consumado.

En la mañana del 16 me disponía para mi paseo habitual, que contaba prolongar ese día por la campiña de Raab, cuando mi hermano penetró en mi habitación.

-Tengo mucho que hacer -me dijo-, y espero que no te enfadarás si te dejo solo.

-Puedes marcharte, querido Marcos, y no te preocupes por mí.

-¿No ha de venir Haralan a buscarte?

-No, hoy no está libre; pero eso importa poco; iré a almorzar a cualquier fonda de la otra orilla del Danubio.

-Sobre todo, regresa antes de las siete.

-La mesa del doctor Roderich es demasiado buena para que pueda olvidarla.

-¡Glotón! Espero que no te olvidarás tampoco de la velada que se celebrará pasado mañana en la casa de Roderich; podrás aprovecharla para estudiar la aristocracia de Raab.

-Una velada de esponsales, Marcos.

-Sí, si así lo prefieres, pero más bien puede llamarse de contrato; hace mucho tiempo que mi querida Myra y yo somos prometidos. Hay momentos en que creo que lo hemos sido siempre.

-¡Sí, de nacimiento!

-¡Tal vez!

-Entonces, ¡adiós, al más dichoso de los hombres!

-Te apresuras demasiado al calificarme así; espera para ello a que mi novia se convierta en mi mujer.

Retiróse Marcos después de estrecharme afectuosamente la mano, y estaba yo a punto de partir cuanto llegó el capitán Haralan, cosa que me sorprendió bastante, pues habíamos quedado en que no podíamos vernos aquel día.

-¡Usted! -exclamé-. Me causa usted una agradable sorpresa.

Me pareció que el capitán Haralan estaba algo preocupado y se limitó a responder:

-Mi padre desea hablarle y le aguarda en casa.

-Voy con usted -respondí, bastante sorprendido y hasta inquieto, sin saber por qué.

Mientras avanzábamos, uno al lado de otro, por el muelle Batthyani, el capitán Haralan no pronunció una sola palabra; ¿qué ocurría y qué clase de comunicación tendría que hacerme el señor Roderich? ¿Se trataría del matrimonio de Marcos?

Así que llegamos, el criado nos introdujo en el despacho del doctor. La señora Roderich y su hija habían ya salido y mi hermano debería reunirse, sin duda, con ellas.

El doctor se encontraba solo en su despacho, sentado ante la mesa, y al volverse, me pareció tan preocupado como su hijo.

«Algo ocurre -pensé-, y seguramente Marcos nada sabía cuando nos separamos esta mañana.»

En tanto que el capitán Haralan permanecía en pie, apoyado en la chimenea, tomé asiento en un sillón frente al doctor, y esperé, no sin alguna inquietud, que el doctor tomase la palabra y me hablara del objeto de su llamada.

-En primer lugar -me dijo-, le doy las gracias por haber atendido mi llamada y haber acudido a esta casa.

-Estoy por completo a sus órdenes, señor Roderich -respondí.

-He deseado conversar con usted en presencia de Haralan.

-¿ Se trata de la boda de mi hermano y la señorita Myra?

-En efecto.

-¿Es algo grave lo que tiene que decirme?

-Sí y no, pero en cualquier caso, ni mi mujer, ni mi hija, ni su hermano Marcos están enterados del asunto; he preferido que ignoraran lo que voy a decirle, y usted me dirá si he obrado bien al hacerlo así.

Instintivamente asocié en mi espíritu lo que el doctor iba a manifestarme y el encuentro que el capitán Haralan y yo tuvimos ante la misteriosa casa del bulevar Tekeli.

-Ayer por la tarde -prosiguió el doctor- cuando mi esposa y mi hija habían ya salido, a la hora de consulta el criado me anunció un visitante que hubiera preferido no recibir; este visitante era Wilhelm Storitz. Pero acaso ignore usted que ese alemán...

-Estoy enterado -respondí.

-Sabrá, pues, que hará unos seis meses, antes de que su hermano hiciera la petición que tan bien acogimos, Wilhelm Storitz solicitó la mano de mi hija. Después de consultar a mi mujer y a mi hijo, que compartieron mi repugnancia por semejante matrimonio, respondí a Wilhelm Storitz que no podíamos aceptar su proposición. En vez de inclinarse ante esa negativa, renovó su demanda, y yo le repetí la respuesta anterior, de modo que no le quedase la menor esperanza de un cambio de parecer.

Mientras el doctor estaba hablando, el capitán Haralan iba y venía por la habitación deteniéndose muchas veces junto a una de las ventanas para mirar en dirección al bulevar Tekeli.

-Señor Roderich -repliqué-, tenía conocimiento de esa petición, y sé también que fue hecha antes que la de mi hermano.

-Tres meses antes aproximadamente.

-De modo -proseguí- que no fue porque hubiese sido aceptado ya, por lo que se negó a Wilhelm Storitz la mano de Myra, sino única y exclusivamente porque semejante matrimonio no entraba en los cálculos de ustedes, ¿verdad?

-Justamente; jamás hubiéramos consentido esa unión, que no podía convenirnos desde ningún punto de vista, y a la que Myra habría opuesto la negativa más rotunda y categórica, si de ello hubiera tenido noticia.

-¿Y fue la persona o la situación de Wilhelm Storitz lo que dictó la resolución de ustedes?

-Su situación monetaria es, probablemente, bastante buena -respondió el doctor-; créese que su padre le legó una fortuna considerable, debida a fructuosos descubrimientos; en cuanto a su persona...

-Le conozco, señor Roderich.

-¡Ah! ¿Le conoce usted?

Le expliqué en qué condiciones había encontrado a Wilhelm Storitz en la Dorotea, sin sospechar ni remotamente quién pudiera ser. Durante más de cuatro días, aquel alemán fue mi compañero de viaje entre Budapest y Vukovar, donde creía yo que había desembarcado, ya que no se hallaba a bordo a mi llegada a Raab.

-Y por fin -añadí-, durante uno de nuestros paseos, el capitán Haralan y yo pasamos ante su casa, y pude reconocer a Wilhelm Storitz en el momento en que salía.

-Pues por Raab corrió el rumor de que estaba fuera desde hacía varias semanas -dijo el doctor Roderich.

-Eso se creía, y así debía de ser, puesto que Vidal lo vio en Budapest -intervino el capitán Haralan-; pero lo cierto es que ha regresado.

La voz del capitán Haralan denotaba una profunda irritación.

El doctor prosiguió en estos términos:

-Le he contestado a usted, señor Vidal, acerca de la situación de Wilhelm Storitz. En cuanto a su modo de vivir, ¿quién podría alabarse de conocerlo? Es un ser enigmático. No parece sino que ese hombre viva fuera de la humanidad.

-¿No habrá en ello alguna exageración? -observé.

-Sin duda se exagerará algo; pertenece, no obstante, a una familia bastante sospechosa, y antes que él, la vida de su padre se prestaba a las más singulares leyendas.

-Que le han sobrevivido, doctor, a juzgar por lo que leí en un periódico de Budapest, a propósito del aniversario que se celebra todos los años en Spremberg, en el cementerio de la ciudad. De creer a ese periódico, el tiempo no ha debilitado ni hecho desaparecer las supersticiosas leyendas a que se ha referido usted; era un hechicero, según aseguran, que poseía secretos del otro mundo y disponía de un poder sobrenatural; todos los años se espera, al parecer, que se produzca algún fenómeno extraordinario y sorprendente en su tumba.

-No se extrañará usted, pues, señor Vidal -continuó el doctor Roderich- en vista de lo que se cuenta de Spremberg, que en Raab ese Wilhelm Storitz sea considerado como un personaje extraño. Tal es el hombre que pidió la mano de mi hija, y que ayer tuvo la audacia de renovar su demanda.

-¡Ayer! -exclamé.

-Ayer mismo.

-Y aunque no fuese quien es -dijo el capitán Haralan-, siempre sería un prusiano, y esto hubiera bastado para rechazar semejante alianza.

Toda la antipatía que experimenta la raza magiar por la germánica se traslucía en aquellas palabras.

-He aquí -prosiguió el doctor- cómo han ocurrido las cosas; bueno será que ustedes lo sepan. Cuando me anunciaron la visita de Wilhelm Storitz, vacilé un momento. ¿Debería recibirle u ordenarle que le dijeran que no podía atenderle?

-Tal vez habría sido preferible esto, padre -dijo el capitán Haralan- porque después del fracaso de su primera tentativa, ese hombre debiera haber comprendido que le estaba vedado poner aquí los pies bajo cualquier pretexto.

-Sí, tal vez -asintió el doctor-; pero temí que promoviese algún escándalo.

-¡Al que yo habría puesto fin inmediatamente!

-Y precisamente porque te conozco -dijo el doctor, estrechando la mano de su hijo-, fue por lo que preferí obrar con prudencia. Y a propósito, suceda lo que suceda, apelo a tu afecto, por tu madre, por mí y por tu hermana, cuya situación sería sumamente enojosa si su nombre sonara unido a un escándalo provocado por Wilhelm Storitz.

A pesar de hacer poco tiempo que conocía al capitán Haralan, juzgábale de un carácter vivo, y celoso en extremo de cuanto se refiriera a su familia; así es que consideraba verdaderamente deplorable que el rival de Marcos hubiese vuelto a Raab, y sobre todo, que hubiera renovado sus tentativas.

El doctor acabó de contarnos en pormenores aquella visita.

Tuvo lugar en el mismo despacho donde nos encontrábamos en aquel instante. Wilhelm Storitz había empezado a hablar en un tono que revelaba una tenacidad muy poco corriente. Según él, no podía extrañarse el doctor Roderich de que fuera a verle e hiciese una segunda tentativa, después de su regreso a Raab, regreso que, según él, tuvo lugar cuarenta y ocho horas antes.

En vano fue que el doctor insistiera muy formal y seriamente en su negativa; Wilhelm Storitz no quiso darse por vencido, y llegando hasta a encolerizarse, declaró que los esponsales de mi hermano y de Myra no le harían renunciar a sus pretensiones, pues amaba a la joven, y que si no era de él, tampoco sería de nadie.

-¡Insolente! ¡Miserable! -repetía el capitán Haralan-. Se ha atrevido a hablar de esa manera, y yo no estaba aquí para tirarle por la ventana.

«Decididamente -pensé- si estos dos hombres llegan a encontrarse frente a frente será difícil impedir el escándalo que tanto teme el doctor.»

-Dichas esas palabras -prosiguió el doctor-, me levanté diciéndole que daba por terminada nuestra entrevista; el matrimonio de Myra estaba decidido y se celebraría dentro de muy pocos días... «Ni dentro de pocos días, ni dentro de muchos», respondió Wilhelm Storitz. «Caballero -le dije, mostrándole la puerta- tenga la bondad de salir.» Cualquier otro habría comprendido que su visita no podía prolongarse; pues bien, él permaneció aquí; cambió de tono, intentó obtener por las buenas lo que no logró por la violencia. Por lo menos, me pidió que se aplazase el matrimonio. Dirigíme entonces hacia la chimenea para llamar al criado, pero me agarró del brazo y, presa nuevamente de la cólera, elevó la voz hasta el punto de que debía de oírsele desde fuera; afortunadamente, ni mi mujer ni mi hija habían vuelto aún a casa; Wilhelm Storitz accedió por fin a retirarse, no sin proferir antes insensatas amenazas: Myra no se casaría con Marcos, pues surgirían tales obstáculos que la boda sería imposible; los Storitz disponían de medios que desafiaban todo poder humano, y no vacilaría en servirse de ellos contra la imprudente familia que así le rechazaba. Y diciendo esto, abrió violentamente la puerta del despacho y salió furioso, cruzándose con algunas personas que esperaban turno en la galería y dejándome muy impresionado por sus enigmáticas palabras.

Ni una sola frase de toda esta escena había sido referida a la señora Roderich, ni a su hija, ni a mi hermano; era preferible evitarles esa inquietud; por otra parte, conocía yo lo bastante a Marcos para temer que quisiese, como el capitán Haralan, añadir a la escena una segunda parte.

Sin embargo, este último se rindió ante las razones de su padre.

-¡Sea! -dijo-. No iré a castigar a ese miserable; pero, ¿y si es él quien viene a mí? ¿Si es él quien se mete con Marcos? ¿Si es él quien nos provoca?

El doctor Roderich no supo qué replicar.

Nuestra conversación terminó con el acuerdo de mantenernos a la expectativa; el incidente permanecería ignorado de todos si Wilhelm Storitz no pasaba de las palabras a los hechos.

Y por otra parte, ¿qué podría hacer él? ¿Qué medios podía emplear para impedir la celebración de la boda?

¿Sería, acaso, obligando a Marcos por un insulto público a tener un desafío con él?

¿No sería más bien ejerciendo alguna violencia contra Myra Roderich? Pero, ¿cómo iba a penetrar en la casa, donde no sería recibido? No estaría en su poder forzar las puertas; el doctor Roderich, además, no vacilaría, si fuera preciso, en prevenir a las autoridades, que sabrían volver a la razón a aquel loco.

Antes de separarnos, el doctor suplicó de nuevo a su hijo para que no provocase a aquel insolente personaje, y sólo violentándose mucho, accedió a ello el capitán Haralan.

Nuestra plática se había prolongado lo bastante para que la señora Roderich, su hija y mi hermano hubiesen tenido tiempo de regresar a la casa; tuve que quedarme a almorzar, viéndome precisado a dejar para la tarde mi excursión a los alrededores de Raab.

No hay que decir que tuve que inventar una razón plausible para justificar mi presencia en el despacho del doctor. Marcos no sospechó nada y el almuerzo terminó en medio de la mayor alegría.

Cuando nos hubimos levantado de la mesa, Myra me dijo:

-Señor Vidal, ya que hemos tenido el gusto de encontrarle hoy aquí, no se separará ya de nosotros en todo el día.

-¿Y mi paseo? -objeté.

-Lo daremos juntos.

-Es que yo había contado con que fuera largo.

-Pues largo será.

-A pie.

-Pues a pie... Pero, ¿es necesario ir lejos? Estoy segura de que aún no ha admirado usted en toda su belleza la isla Svendor.

-Debía hacerlo mañana.

-Pues bien, lo haremos hoy.

En compañía, pues, de las damas y de Marcos, visité la isla Svendor, transformada en jardín público, una especie de parque con bosquecillos, villas y atracciones de toda clase.

Sin embargo, mi espíritu no estaba por entero en el paseo. Marcos advirtió mi distracción, y a sus preguntas tuve que darle una respuesta evasiva.

¿Era acaso que abrigaba el temor de que tropezásemos con Wilhelm Storitz? No, pensaba más bien en lo que él había dicho al doctor Roderich: «Surgirán tales obstáculos, que la boda será imposible... Los Storitz disponen de medios que desafían todo poder humano.»

¿Qué significaban esas palabras? ¿Debían tomarse en serio? Me prometí tener una explicación con el doctor en cuanto estuviéramos solos.

Aquella jornada y la del día siguiente transcurrieron sin novedad; comenzaba a tranquilizarme; no había vuelto a verse a Wilhelm Storitz, quien, no obstante, no había abandonado la ciudad; la casa del bulevar Tekeli continuaba habitada; al pasar por delante de ella vi salir a Hermann, el criado; una de las veces el propio Wilhelm Storitz apareció en una de las ventanas, con la mirada fija en dirección del hotel Roderich.

En este estado de cosas, llegó la noche del 17 al 18 de mayo y ocurrió lo siguiente:

Cerradas las puertas de la catedral, y sin que nadie hubiese podido entrar sin ser visto, la notificación del matrimonio de Marcos Vidal y Mira Roderich fue arrancada del cuadro, y por la mañana se hallaron los trozos desgarrados y arrugados; se substituyó la amonestación; pero una hora más tarde, esta vez en pleno día, el nuevo anuncio corrió la misma suerte que el anterior, y así hasta tres veces en el transcurso del día, sin que fuera posible echar mano al culpable; cansados de ello, tuvieron los encargados que proteger con una tela metálica, el cuadro de amonestaciones, fuera de costumbre.

Este estúpido atentado dio bastante que hablar, al principio, pero luego nadie volvió a pensar en ello. Sin embargo, el doctor Roderich, Haralan y yo le concedimos más seria atención; ni por un instante dudamos que aquello constituía el primer acto de las hostilidades anunciadas, especie de escaramuza inicial de la guerra que en cierto modo nos había declarado el insensato de Wilhelm Storitz.

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