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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XIV

Así pues, nuestros temores se realizaban: Wilhelm Storitz no había salido de Raab y había penetrado sin dificultad en la casa de Roderich por aquellos días.

Cierto que había errado el golpe, pero esto no constituía una garantía para el porvenir. Lo que una vez le había fallado querría volverlo a realizar, y acaso lo consiguiera con mejor éxito. Importaba, pues, mucho adoptar un plan de conducta que nos garantizase contra los ulteriores ataques de aquel miserable.

No me fue difícil combinar este plan de conducta. Resolví, en primer término, reunir a las diversas personas amenazadas por cualquier motivo, y organizar un sistema de defensa tal, que fue imposible para todo el mundo el acercarse a ellos; estudié cuidadosamente los medios de alcanzar este ideal, y tan pronto como los encontré los puse en ejecución sin dilaciones.

En la mañana del 5 de junio, menos de cuarenta y ocho horas después del atentado, mi hermano, cuya herida, completamente superficial, comenzaba ya a cicatrizar, fue transportado a casa de Roderich y acostado en una habitación próxima a la de Myra.

Hecho esto, expuse mi plan al doctor, quien, habiéndolo aprobado por entero, me dio carta blanca y declaró considerarme, a partir de aquel instante, en cierta suerte como el comandante en jefe de una guarnición sitiada.

Comencé a ejercer mi autoridad. Dejando un solo criado para la custodia de Marcos y de Myra (¡no tuve más remedio que correr este riesgo!) empecé a hacer una visita metódica y minuciosa a la casa, con la ayuda de todos sus habitantes, incluso el capitán Haralan, y la propia señora Roderich, que, por indicación mía, dejó la cabecera de su hija.

Dimos comienzo por los tejados y desvanes, recorriéndolos, codo con codo, de un extremo a otro; visitamos luego una por una todas las piezas, sin dejar el más pequeño rincón y sin que entre nosotros hubiese el menor espacio por el que hubiese sido posible deslizarse una criatura humana.

Al pasar, alzamos todos los cortinajes y cortinas, cambiamos de lugar las sillas, inspeccionamos las camas y los armarios, todo sin que ni por un segundo perdiéramos el contacto.

Inmediatamente de visitada de esta suerte una habitación, cerrábase la puerta y se me entregaba la llave.

En este trabajo empleamos más de dos horas, pero al fin fue terminado, y llegamos a la puerta exterior seguros de que ningún extraño podía hallarse oculto en la casa.

Cerróse bien esta puerta exterior, corriendo los cerrojos, y yo metí la llave en mi bolsillo; en lo sucesivo, nadie podría entrar sin mi permiso, y yo me prometía hacer las cosas de manera que ningún intruso, aunque fuese cien veces invisible, lograra internarse de incógnito al propio tiempo que el visitante por mí recibido y reconocido.

Y de hecho, a partir de aquel instante, yo sólo fui quien respondía a las llamadas. Para cumplir mi oficio de portero me hacía acompañar por el capitán Haralan o, en su ausencia, por un criado de confianza. La puerta era tan sólo entreabierta, y luego, mientras mi compañero la sujetaba por el interior, deslizábame por el hueco que yo mismo obstruía al exterior. ¿Se admitía al visitante? Retrocedíamos un poco los tres, apretados uno contra otro, en tanto que la puerta iba cerrándose poco a poco.

Estábamos evidentemente en perfecta seguridad en aquella casa, transformada en fortaleza.

Reconozco que puede hacerse una objeción a lo que acabo de decir. Es cierto que más que el nombre de la fortaleza, hubiera merecido nuestra casa el de cárcel, pero un encarcelamiento es soportable cuando no debe eternizarse. ¿Sería el nuestro de larga duración? Yo no lo creía así.

No cesaba, en efecto, de reflexionar en tan singular situación, y, sin abrigar la pretensión de haber penetrado el indescifrable misterio de Wilhelm Storitz, no dejaba de haber realizado bastantes progresos en aquel camino. Algunas frases por vía de explicación, un poco áridas tal vez, me parecen aquí indispensables para la mejor inteligencia.

Cuando se hace caer sobre un prisma un haz de rayos solares, éste se descompone, como todo el mundo sabe, en siete colores, cuyo conjunto constituye la luz blanca; esos colores (violeta, añil, azul, verde, amarillo, anaranjado y rojo) constituyen el "espectro solar".

Pero tal vez esta gama visible no sea más que una parte del espectro completo; pueden muy bien existir aún otros colores que no sean perceptibles para nuestros sentidos. ¿Por qué esos rayos, desconocidos todavía no habían de tener propiedades enteramente distintas de las de aquellos que conocemos? En tanto que éstos no son capaces de atravesar más que un corto número de cuerpos sólidos, como el cristal, por ejemplo, ¿por qué los otros no habrían de atravesar indistintamente todos los cuerpos materiales?

Si las cosas pasaban realmente así, nada nos advertía de ello, puesto que nuestros sentidos no son sensibles a esos rayos, caso de que existan. Podía, por consiguiente, ocurrir que Otto Storitz hubiese descubierto rayos que gozasen de ese poder, y que hubiese encontrado la fórmula de una sustancia que, introducida en el organismo, tuviese la facultad doble de extender hasta la periferia y de modificar la naturaleza de los diversos rayos contenidos en el espectro solar.

Admitido esto, todo se explicaba.

Al llegar a la superficie del cuerpo opaco, impregnado de esta sustancia, la luz se descompone, y los rayos que la constituyen se transforman todos indistintamente en esas radiaciones desconocidas cuya existencia imaginaba yo. Esas radiaciones atravesaban, pues, libremente ese cuerpo, y luego, sufriendo, en el momento de salir, una transformación en sentido contrario, volvían a adquirir sus diferentes formas primeras, e impresionaban nuestros ojos como si el cuerpo opaco no hubiera existido.

Es indudable que muchos puntos quedaban todavía oscuros. ¿Cómo explicar, en efecto, que no fuesen vistos los vestidos que llevaba Wilhelm Storitz, y no obstante, los objetos que tenía en las manos permaneciesen visibles?

Por otra parte, ¿cuál era la sustancia capaz de producir efectos tan maravillosos?

Esto era una cosa que yo no sabía, y era en verdad muy de lamentar, toda vez que si lo hubiera sabido habría podido hacer uso de tal sustancia y luchar con armas iguales.

Pero, ¿acaso, después de todo, era imposible vencerle sin poseer esa ventaja?

Planteaba yo, en efecto, el siguiente dilema: cualquiera que fuese aquella desconocida sustancia, o su acción era transitoria o era perpetua. En el primer caso, Wilhelm Storitz se vería obligado a absorber nuevas dosis, a intervalos más o menos largos. En el segundo, érale absolutamente preciso destruir, de cuando en cuando, el efecto de su droga con otra droga contraria, un contraveneno en cierta suerte, pues hay circunstancias en que la invisibilidad sería, no una superioridad, sino una verdadera inferioridad.

En uno y otro caso, pues, Wilhelm Storitz estaba obligado ya a fabricar, ya a tomar, en una reserva preexistente, la sustancia que deseaba emplear, ya que era indudable que no podía ser ilimitada la cantidad que llevaba su persona.

Puesto ya este jalón, preguntábame qué significado tendría, a qué respondería aquel doblar de campanas, aquellas luces agitadas frenéticamente. Aquello no conducía a nada, era del todo incoherente, según ya hice observar.

¿Cómo explicar esto sino atribuyéndolo a que Wilhelm Storitz, orgulloso de la casi omnipotencia que se atribuía, llegaba a hechos y actos de demente, que estaba abocado a la locura? Esto constituía una eventualidad favorable, y que el examen desapasionado y sereno de los hechos tendía a hacer plausible.

En vista de todos estos razonamientos, fui a ver al señor Stepark y se lo expliqué todo.

Dile cuenta de mis reflexiones, y de común acuerdo quedó decidido que la casa del bulevar Tekeli fuese guardada día y noche por un cordón de agentes de policía o de soldados, de manera que fuera materialmente imposible a su propietario el introducirse en ella, viéndose así privado de su laboratorio y de su reserva secreta, si era que esta reserva existía.

Veríase, por consiguiente, condenado por la fuerza de las cosas, ya a volver a tomar la apariencia humana en un plazo más o menos largo, ya a permanecer eternamente invisible, lo cual no podía ser una ventaja para Storitz.

No cabía duda, además, de que si era cierta la hipótesis del principio de locura, se sobreexcitaría más ante los obstáculos que se le oponían, y acabaría cometiendo alguna imprudencia que viniera a ponerle en nuestras manos.

El jefe de policía no puso el menor obstáculo para atender mis indicaciones. Él mismo pensaba, por su parte, aislar la casa de Wilhelm Storitz, con objeto de calmar en lo posible la excitación de la muchedumbre, tan tranquila de ordinario, y que en la actualidad podía comparársela a la de una nación invadida, y temiendo que de un momento a otro comenzase el bombardeo, preguntándose cada uno de los habitantes si la primera bomba caería sobre su casa o la del vecino.

¿Qué no podía, en efecto, temerse de aquel Wilhelm Storitz, cuya presencia en la ciudad atestiguaban elocuentemente los últimos sucesos, y que podría escoger la víctima que mejor le pareciera para satisfacer sus instintos o su odio?

En casa de Roderich la situación era todavía más grave. Myra no había recobrado la razón. Sus labios se abrían sólo para pronunciar palabras incoherentes; sus ojos lanzaban miradas vagas, que no se fijaban sobre nadie; no nos oía; ni reconocía a su madre ni a Marcos, que pronto se halló en situación de acompañar a la señora Roderich a la cabecera de la enferma. ¿Era un delirio pasajero? ¿Era una locura incurable? ¿Quién habría podido decirlo en aquellas circunstancias?

Su debilidad era también extrema, como si se hubiese roto los resortes de la vida.

La señora Roderich se sostenía merced a una extraordinaria fuerza moral; apenas si se concedía algunas horas de reposo, cuando su marido la obligaba a ello.

¡Y qué sueño tan agitado el suyo! A pesar de las precauciones adoptadas, aseguraba que el enemigo invisible estaba allí, que había penetrado en la casa, que rondaba en torno de su hija. Se levantaba llena de terror y no recuperaba la tranquilidad hasta haber visto al doctor o a Marcos velando a la cabecera de Myra. Si semejante situación se prolongaba por algún tiempo, le sería imposible resistirla.

Los colegas del doctor Roderich celebraban consulta sobre consulta, sin que hasta entonces hubiera sido posible formular un diagnóstico fundado.

Tan pronto como pudo tenerse en pie, cosa que sucedió al cabo de tres días, mi hermano no abandonó la habitación de Myra.

Por mi parte, apenas me ausentaba de la casa, y cuando lo hacía era para encaminarme al ayuntamiento. El señor Stepark me tenía al corriente de todo lo que se decía en Raab. Por él sabía que la población entera estaba llena de mil aprensiones. En la imaginación popular no era sólo Wilhelm Storitz, sino una banda de individuos, invisibles como él, quienes habían invadido la ciudad, entregada sin defensa a sus infernales maquinaciones.

El capitán Haralan, por el contrario, se hallaba con mucha frecuencia fuera de nuestra fortaleza. Bajo la obsesión de una idea fija, recorría incesantemente las calles sin pedirme que le acompañase. ¿Acariciaba algún proyecto y temía que yo tratase de disuadirle de él? ¿Contaba con la más inverosímil de las casualidades para tropezarse con Wilhelm Storitz? ¿Aguardaba que éste fuese señalado en Spremberg o en otra parte cualquiera para correr en su busca? Seguramente, yo no habría tratado de retenerle, sino que por el contrario, le hubiera acompañado, ayudándole a desembarazarnos de aquel malvado.

Pero, ¿era probable que se produjera aquella eventualidad? No, ni en Raab ni en otra parte cualquiera.

A la caída de la tarde del 11 de junio, sostuve una larga conversación con mi hermano, que me parecía más abatido que nunca y temía que fuera a caer seriamente enfermo.

Habría sido menester sacarle de aquella ciudad y llevarle a Francia, pero nunca hubiera consentido en separarse de Myra. ¿Era, con todo, imposible que la familia Roderich se alejase por algún tiempo de Raab? ¿No merecía ser estudiada la cuestión? Me propuse hablar de ella al doctor.

Aquel día, al poner fin a nuestra plática, dije a Marcos:

-Mi querido hermano, te veo a punto de perder toda esperanza; la vida de Myra no está ya en peligro, según el dictamen de los médicos, todos de acuerdo sobre este punto. Si su razón la ha abandonado es sólo momentáneamente, créelo; no dejará de volver a encontrarse buena y sana, para tu alegría y la de todos.

-Tú quieres que no me desespere -respondió Marcos con voz ahogada por los sollozos-; pero aun en el caso de que mi pobre Myra recobrase la razón, ¿no continuará hallándose a merced de ese monstruo? ¿Crees tú que su odio se haya satisfecho con lo hecho hasta aquí? ¿Y si quiere llevar más adelante su venganza? Ya me comprendes, Enrique. Él lo puede todo, y nosotros estamos indefensos ante él.

-No -exclamé-; no es imposible combatirle, Marcos.

-¿Y cómo? ¿Cómo? -repuso Marcos, animándose-. No, Enrique, no dices lo que piensas. Estamos desarmados contra ese miserable; no podemos librarnos de él más que encerrándonos como en una cárcel. Y nada nos asegura que, a pesar de todo, no consiga penetrar en la casa.

La exaltación de Marcos no me dejaba contestarle, no se escuchaba más que a sí mismo, y añadió, apretando los puños:

-¿Quién te dice que nosotros estamos solos en este instante? No me traslado de una habitación a otra sin decirme que tal vez él me sigue. Se me antoja que alguien anda detrás de mí... que alguien se aparta... que retrocede a medida que yo avanzo... y que desaparece cuanto quiero asirle.

Sin dejar de hablar, Marcos se acompañaba con los movimientos y gestos de que hacía mención, y avanzaba o retrocedía como un ser invisible.

No sabía qué hacer para calmarle; lo mejor hubiera sido arrastrarle fuera de allí, llevarle lejos, muy lejos.

-¿Quién sabe -prosiguió diciendo -si nos ha sorprendido cuanto acabamos de hablar? Nosotros le creemos lejos, y tal vez está aquí... ¡Mira!... ¡Tras esa puerta!... Sí... oigo pasos... ¡Está ahí!... Se acerca... ¡Golpeemos!... ¡Matemos!... Pero ¿es posible? ¿Puede morir ese monstruo?

He aquí en qué estado se hallaba mi hermano. ¿No tenía yo motivos sobrados para temer que en una de esas crisis su razón se escapase como la de Myra?

¿Qué falta hacía que Otto Storitz lograra aquel descubrimiento maldito? ¿Por qué había de haber dejado semejante secreto en manos de un hombre demasiado armado ya para el mal?

En la ciudad la situación no mejoraba; aun cuando ningún otro incidente se hubiese producido desde que Wilhelm Storitz había proclamado su presencia en lo alto de la torrecilla del reloj, el espanto había invadido toda la población. No había casa que no se creyese visitada por el invisible. Ni aun las iglesias ofrecían ya un asilo en que poderse refugiar, después de lo que había pasado en la catedral.

En vano intentaban las autoridades producir y provocar una reacción; nada consiguieron, porque no hay poder contra el terror.

He aquí, entre otros mil, un hecho que pone de manifiesto a qué grado de excitación habían llegado los espíritus.

En la mañana del día 12 había yo salido de la casa para ir a ver al jefe de policía, cuando al desembocar en la calle del Príncipe Miloch, doscientos pasos antes de la plaza San Miguel, vi al capitán Haralan.

Cuando nos reunimos, le dije:

-Voy a casa del señor Stepark; ¿quiere usted acompañarme, capitán?

Sin contestarme, maquinalmente, tomó la misma dirección que yo. Nos acercábamos ya a la plaza Kurtz, cuando oímos muchos gritos de espanto.

Un carricoche, tirado por dos caballos, bajaba la calle a una velocidad excesiva; los transeúntes se separaban a derecha e izquierda para evitar el ser atropellados; sin duda el conductor había sido arrojado a tierra, y los caballos, abandonados a sí propios, se habían desbocado.

Pues bien; se les ocurrió a algunos transeúntes, no menos enloquecidos que los caballos, que un ser invisible guiaba aquel carruaje y que Wilhelm Storitz se hallaba dentro del mismo. A nuestros oídos llegó este grito:

-¡Él... él! ... ¡Es él!...

No había tenido tiempo de volverme hacia el capitán Haralan cuando ya éste no estaba a mi lado; le vi precipitarse al encuentro del carricoche, con la evidente intención de detenerle cuando cruzase por su lado.

La calle hallábase muy concurrida a la sazón. El nombre de Wilhelm Storitz se oía por doquier. Multitud de piedras comenzaron a caer sobre los caballos desbocados. Tal era la sobreexcitación pública, que algunos tiros de mosquete partieron del almacén situado en el ángulo de la calle del Príncipe Miloch.

Uno de los caballos cayó herido por una bala en la pierna, y el carruaje, al tropezar con su cuerpo, volcó.

En seguida la muchedumbre se lanzó, abrió las portezuelas y tendió las manos con ánimo de apresar a Wilhelm Storitz; sólo encontraron el vacío.

El conductor invisible debió, sin duda, saltar del carricoche antes de volcar.

No era así, sin embargo, y presto hubo de reconocerse.

Pronto se acercó un campesino, el dueño del carruaje, cuyos caballos, detenidos en el mercado Coloman, se habían desbocado en su ausencia. ¡Cuál no fue su cólera al ver a uno de ellos tendido en tierra! No quería dar oídos a nada y llegué a temer que la muchedumbre fuera a ensañarse y maltratar a aquel pobre hombre inocente del suceso.

Arrastré tras de mí al capitán Haralan, quien me siguió sin decir una palabra al ayuntamiento.

El jefe de policía estaba informado ya de lo que había ocurrido en la calle del Príncipe Miloch.

-La ciudad -dijo- está alborotada, y no es posible prever hasta dónde llegará.

Le hice mis preguntas habituales.

-¿Ha sabido usted algo nuevo?

-Sí -respondió-, se me ha informado de la presencia de Wilhelm Storitz en Spremberg.

-¿En Spremberg? -gritó el capitán Haralan volviéndose hacia mí-. ¡Marchemos! Tengo su promesa.

No sabía yo qué contestar, porque estaba seguro de la inutilidad de semejante viaje.

-Aguarde usted, capitán -intervino el señor Stepark-; he pedido a Spremberg la confirmación de la noticia, y un correo debe llegar de un instante a otro.

No había transcurrido media hora cuando el esperado correo llegó. La noticia no reposaba sobre ningún fundamento serio. No tan sólo no se había visto a Wilhelm Storitz en Spremberg, sino que se creía que no debía haber salido de Raab.

Dos nuevos días pasaron sin que se produjera cambio alguno en el estado de Myra Roderich.

En cuanto a mi hermano, me pareció un poco más tranquilo. Yo esperaba la ocasión de hablar al doctor de un proyecto en marcha.

La jornada del 14 de junio fue menos tranquila que las precedentes. Esta vez, las autoridades experimentaron su impotencia para contener a una muchedumbre llegada a tan extraordinario grado de exaltación.

Hacia las once, mientras me paseaba por el muelle Batthyani, vinieron a herir mis oídos las siguientes frases:

-¡Ha vuelto! ¡Ha vuelto!

No había necesidad de decir quién era el que había vuelto; se adivinaba fácilmente.

Dos o tres transeúntes a quienes me dirigí, me dijeron:

-¡Acaba de percibirse humo en la chimenea de su casa!

-¡Se le ha visto -afirmó otro-; se ha visto su semblante tras los cristales de la terraza!

Sin conceder ni negar crédito a aquellos rumores, me dirigí inmediatamente al bulevar Tekeli, donde, sin duda, iban a desarrollarse importantes acontecimientos.

¿Qué probabilidades había, sin embargo, para presumir que Wilhelm Storitz hubiese regresado a su morada? No podía ignorar que sobre ella se ejercía una activa vigilancia, y que se tenían vivísimos deseos de echarle mano; ¿cómo, pues, iba a correr semejante riesgo?

Verdadera o falsa, la noticia había producido su efecto. Cuando yo llegué, muchos millares de personas, que el cordón de agentes de policía se esforzaba inútilmente en contener, rodeaban ya la casa por el bulevar y por el camino de ronda. Por todas partes acudían masas enormes de hombres y de mujeres sobreexcitados hasta un extremo inconcebible, y lanzando gritos de muerte.

¿Qué podían los argumentos de cualquier clase contra la convicción infundada, pero arraigadísima, de que "él" estaba allí, y con él tal vez la banda de sus invisibles cómplices? ¿Qué podía la policía contra aquella muchedumbre innumerable, que sitiaba la casa maldita tan de cerca, que si Storitz estaba allí encerrado no conseguiría librarse y escapar?

A pesar de la resistencia de los agentes, a pesar de los esfuerzos del jefe de policía, la verja fue asaltada, la casa invadida, descerrajadas las puertas, arrancadas las ventanas, arrojados los muebles al jardín y al patio, y deshechos los instrumentos del laboratorio.

Después, las llamas brotaron de la planta baja, ganaron el piso superior, invadieron la techumbre y pronto la terraza se hundió.

En cuanto a Wilhelm Storitz, en vano se le había buscado; no estaba, o por lo menos, fue imposible encontrarle.

Una hora después, de la casa no quedaba sino las cuatro paredes.

Acaso fue preferible que se hubiese destruido. ¿Quién sabe si ese hecho traería la paz a los espíritus, llegando la población a creer que Wilhelm Storitz, por invisible que fuese, había perecido en el incendio?

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