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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XII

Nos hallábamos en el día primero de junio. Aquella fecha, tan impacientemente esperada, había parecido que no iba a llegar jamás.

Por fin estábamos en ella. Algunas horas más, y el matrimonio iba a tener lugar en la catedral de Raab.

La aprensión que había podido dejar en nuestro espíritu el recuerdo de los inexplicables incidentes que se remontaban entonces a unos doce días antes, se había desvanecido por completo después de la audiencia del gobernador.

Me levanté muy temprano; pero por mucha prisa que yo tuviese, Marcos tenía más y se me había adelantado; aún no había acabado de vestirme cuando ya estaba él en mi habitación.

Estaba ya en traje de ceremonia; se hallaba radiante de dicha y ninguna sombra venía a oscurecerla; me abrazó con gran efusión, y yo le estreché entre mis brazos.

-Myra me recomendó que te recordase...

-Que es para hoy -respondí riendo-; pues bien, dile que si no falté a la hora de la audiencia del gobernador, tampoco faltaré a la de la Catedral. Procura no ser tú quien se haga esperar, mi querido Marcos. Tu presencia es indispensable y la fiesta no se podría celebrar sin ti.

Me dejó, y yo me apresuré a terminar mi tocado, aun cuando apenas eran las nueve de la mañana.
Nos habíamos citado en casa de Roderich, pues de allí debían partir los carruajes. Aunque no fuese más que para poner de relieve mi exactitud, llegué más pronto de lo necesario, lo cual me valió una tierna sonrisa de la desposada, y me instalé en el salón.

Una tras otra fueron presentándose las personas que habían figurado la víspera en la ceremonia del palacio. Como en el día anterior, todos vestían de etiqueta; los dos oficiales llevaban cruces y condecoraciones sobre sus espléndidos uniformes del regimiento de los Confines Militares.

Myra Roderich -¿y por qué no decir Myra Vidal, ya que los dos prometidos estaban ligados, en realidad, por la orden del gobernador?-, Myra vestida de blanco y llevando al costado el ramo de desposada, ostentaba sobre sus rubios cabellos la corona nupcial, de la que se desprendía, formando largos pliegues, su gran velo de tul blanco. Aquella corona era la que le había llevado mi hermano. No quiso otra.

Al penetrar en el salón, con su madre, corrió hacia mí y me estrechó las manos; yo, por mi parte, correspondí a su apretón fraternalmente.

-Ah, hermano -exclamó con los ojos radiantes de alegría-, ¡qué feliz soy!

Ninguna huella quedaba de los malos días pasados, de las tristes pruebas a que se había visto sometida aquella honrada familia. Hasta el capitán Haralan me pareció que lo había olvidado todo; la prueba fue que me dijo, estrechándome la mano:

-¡No... no pensemos más en ello!

He aquí cuál era el programa para aquel día, programa que había recibido la aprobación general.

A las diez menos cuarto, partida para la Catedral, donde el gobernador de Raab, las autoridades y las personas notables de la ciudad se encontrarían cuando llegasen los jóvenes esposos.

Presentaciones y felicitaciones después de la misa, en el momento de firmar las actas en la sacristía de San Miguel.

Regreso para el almuerzo, al que asistirían unos cincuenta convidados.

Por la noche, en los salones del hotel, gran fiesta, para la que habían sido enviadas unas doscientas invitaciones.

Las carrozas fueron ocupadas de la misma manera que el día anterior: la primera por la desposada, el doctor, la señora Roderich y el señor Neuman; la segunda por Marcos y los otros tres testigos. Al volver de la Catedral, Marcos y Myra, unidos para siempre, tomarían asiento en el mismo carruaje; otros coches habían ido a buscar a las personas que debían componer el cortejo nupcial.

A las diez menos cuarto dejaron los carruajes la casa de Roderich, y siguieron por el muelle, atravesaron en toda su longitud la plaza Magiar y subieron al hermoso barrio de Raab, por la calle del Príncipe Miloch.

El tiempo era magnífico y el cielo resplandecía a los rayos del sol; por las aceras los transeúntes, en gran número, se dirigían hacia la Catedral; todas las miradas se detenían sobre el primer coche, miradas de simpatía y de admiración para la joven desposada, y debo hacer constar que mi querido Marcos tuvo también su parte; y por las ventanas asomaban rostros sonrientes, y de todas partes llegaban saludos, a los que era difícil contestar debidamente.

-¡A fe mía -dije-, me llevaré de esta ciudad muy agradables recuerdos!

-Los húngaros honran en ustedes a Francia, a la que aman -me respondió el teniente Armgard-, y se sienten dichosos de que esta unión haga entrar un francés en la familia Roderich.

Al acercarnos a la plaza fue preciso avanzar al paso de los caballos, tan difícil resultaba entonces la circulación.

De las torres de la Catedral brotaba el alegre tañido de las campanas, que el viento del Este extendía por toda la población, y un poco antes de las diez, el carillón del reloj del ayuntamiento mezcló sus agudas notas a las voces sonoras de San Miquel.

Eran exactamente las diez y cinco cuando nuestras dos carrozas fueron a detenerse al pie de las gradas, ante la puerta central, abierta de par en par.

El doctor Roderich bajó el primero, ofreciendo el brazo a su hija, que descendió tras él. El señor Neuman ofreció el suyo a la señora Roderich. Nosotros saltamos enseguida a tierra, y avanzamos detrás de Marcos, entre las dos filas de espectadores, que se escalonaban a lo largo del atrio.

En aquel momento resonaron en el interior las notas del órgano, y a los sones de sus acordes penetró el cortejo en la iglesia.

Marcos y Myra se dirigieron hacia los dos sillones, colocados uno al lado del otro ante el altar mayor; tras ellos, los padres y los testigos ocuparon los asientos que les estaban reservados.

Todas las sillas y bancos del coro estaban ya ocupados por una numerosa reunión: el gobernador de Raab, los magistrados, los oficiales de la guarnición, y los síndicos, los principales funcionarios de la administración, los amigos de la familia y los notables de la industria y del comercio.

Para las señoras, todas elegantemente ataviadas, habíanse reservado sitios especiales a lo largo de los bancos, y ningún puesto quedaba libre.

Detrás de la verja del coro, una obra maestra de cerrajería del siglo XIII, se apretaba la muchedumbre de los curiosos, y por lo que hace a las personas que no habían podido aproximarse, habíanse esparcido por las naves.

Si alguno de los asistentes conservaba en aquel momento el recuerdo de los fenómenos que habían conmovido la población, ¿podía venírseles a la mente el pensamiento de que podrían reproducirse en la Catedral?

Seguramente no, por poco que los hubiesen atribuido a una intervención diabólica, ya que no era una iglesia donde esa intervención podía fácilmente ejercerse: ¿no se detiene, en efecto, el poder del diablo en los umbrales del santuario?

Un movimiento se produjo a la derecha del coro, y la muchedumbre tuvo que replegarse para dejar paso al preste, al diácono, al subdiácono, a los sacristanes y a los monaguillos.

El preste se detuvo ante las gradas del altar, inclinóse y pronunció las primeras frases del Introito, en tanto que los cantores entonaban los versículos del Confíteor.

Myra habíase arrodillado sobre el cojín de su reclinatorio, con la cabeza inclinada y los ojos bajos, en una actitud de recogimiento y devoción. Marcos permanecía de pie a su lado, y volviendo de cuando en cuando los ojos hacia ella.

La misa se celebraba con toda la pompa y el esplendor de que la Iglesia Católica ha querido rodear sus ceremonias solemnes; el órgano alternaba con el canto de los Kiries y las estrofas del Gloria, que repercutían en las altas bóvedas.

Producíase a veces ese vago rumor de muchedumbre inquieta, de sillas arrastradas, de asientos derribados, y de tiempo en tiempo los pasos rítmicos de los pertigueros, que velaban por que el tránsito de la nave central permaneciese libre en toda su extensión.

De ordinario, el interior de la Catedral está sumido en una penumbra, en la que el alma se entrega con mayor abandono a las impresiones religiosas. A través de las antiguas vidrieras, en las que con colores suntuosos se dibuja la silueta de los personajes bíblicos, por las estrechas ventanas de estilo ojival de la primera época, y por las vidrieras laterales sólo penetra una luz incierta.

Por poco nublado que hubiese estado el día, la nave central, los rincones alejados y el ábside quedarían oscuros y su mística oscuridad sólo estaría interrumpida por pequeños círculos de luz proyectados por las lámparas y las velas del altar.

Pero aquel día, bajo el sol espléndido, las ventanas orientadas al Este, y el rosetón del transepto, parecían ascuas de oro. Un haz de rayos que atravesaba una de las vidrieras del ábside caía sobre el pulpito, suspendido de uno de los pilares de la nave, y parecía animar por un momento la figura atormentada por la angustia, que lo sostiene sobre sus enormes espaldas.

Cuando se dejó oír el sonido de la campanilla, los presentes se pusieron en pie, y a dos mil diversos ruidos que de ello resultaron sucedió el silencio, en tanto que el diácono entonó el Evangelio de San Mateo.

Luego, el celebrante, volviéndose hacia el pueblo, dirigió a los desposados una alocución. Hablaba con voz un poco débil, la voz de un anciano coronado de cabellos blancos.

Expuso doctrinas y cosas muy sencillas que debían ir directas al corazón de Myra; hizo un elogio de las virtudes familiares y de la santidad del matrimonio; habló de las disposiciones con que debía ser recibido tan gran Sacramento, y terminó impetrando las bendiciones del cielo sobre los nuevos esposos.

Terminada la alocución, el venerable sacerdote se volvió hacia el altar para elevar hacia el cielo, en medio del diácono y el subdiácono, las preces del Ofertorio.

Si hago tan meticulosa mención de los detalles de aquella misa nupcial, es sencillamente porque quedaron profundamente grabados en mi espíritu; es porque su recuerdo no debía borrarse jamás de mi memoria.

Desde la tribuna del órgano se alzó una voz magnífica, acompañada por un cuarteto de instrumentos de cuerda. Un tenor muy renombrado en el mundo magiar cantaba la ofrenda.

Marcos y Myra dejaron sus sillones y fueron a colocarse ante las gradas del altar, y allí, después que el subdiácono hubo recibido su rica ofrenda, apoyaron sus labios sobre la patena que les presentaba el celebrante; luego volvieron a su sitio, marchando el uno al lado del otro; ¡jamás había aparecido Myra más radiante de belleza, más sonriente, ni más aureolada de felicidad!

Por fin, el preste, acompañado de sus dos asistentes, se dirigió hacia los desposados.

Detúvose delante de ellos.

-Marcos Vidal -interrogó su voz vacilante, que sin embargo, fue oída por todos; tan profundo era a la sazón el silencio-, ¿acepta a Myra Roderich por esposa?

-Sí -fue la contestación de mi hermano, claramente percibida por todos.

-Myra Roderich, ¿acepta a Marcos Vidal por esposo?

-Sí -respondió Myra con un suspiro.

Antes de pronunciar las palabras sacramentales, el celebrante recibió las alianzas que le entregara mi hermano, y las bendijo.

Luego se dispuso a colocar una de ellas en el dedo de la joven esposa.

En aquel momento resonó un grito, un grito de angustia y de horror.

Y he aquí lo que vi con mis propios ojos, y conmigo todos los asistentes:

El diácono y el subdiácono retrocedieron bruscamente, como impulsados por una fuerza superior... El celebrante, con los labios temblorosos, descompuesto el rostro, la mirada extraviada, pareciendo luchar contra su fantasma invisible cayó finalmente de rodillas.

Después, los acontecimientos se desarrollaron con la rapidez del rayo y nadie tuvo tiempo de intervenir, ni aún de comprender; mi hermano y Myra cayeron también sobre las gradas, como derribados.

Luego, las alianzas volaron a través de la nave, y una de ellas me dio con fuerza en el rostro.

Y en semejante momento, he aquí lo que yo oí y lo que mil personas oyeron como yo; estas palabras, pronunciadas con una voz terrible, la voz que tan bien reconocíamos, la voz de Wilhelm Storitz:

-¡Maldición sobre los esposos! ¡Maldición!

Al oír esa maldición, que parecía llegar del otro mundo, un terrible espanto invadió la muchedumbre; de todos los pechos brotó un sordo clamor, y Myra, que entonces se enderezaba, volvió a caer desvanecida entre los brazos de Marcos, aterrado.

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