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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo VII

¿Quién podía ser el autor de aquel acto incalificable, sino el único que tenía interés en cometerlo? ¿Iría aquel primer ataque seguido de otros actos más graves? ¿No significaba el comienzo de las represalias contra la familia Roderich?

A primera hora, el doctor Roderich fue informado del incidente por su hijo, quien inmediatamente después vino al hotel Temesvar.

Fácil es imaginar el estado de irritación en que se encontraría el capitán Haralan ante aquellos acontecimientos.

-¡Ese bribón es el que ha dado el golpe! -decía-. No sé cómo se las ha compuesto, y no se contentará con eso indudablemente, pero no le dejaré seguir adelante.

-Conserve su sangre fría -dije-, y no vaya a cometer alguna imprudencia, que pudiese complicar la situación.

-Mi querido Vidal; si mi padre me hubiese prevenido antes de que ese hombre hubiera salido del hotel, o si después me hubiese dejado obrar, a estas fechas nos habríamos desembarazado ya de él.

-Sigo creyendo, mi querido Haralan, que ha sido mejor que no se haya puesto en evidencia.

-¿Y si continúa?

-Será cuestión de reclamar la intervención de la policía. Piense usted en su madre y en su hermana.

-¿No van a saber lo que acontece?

-No se les dirá nada ni a ellas ni a Marcos. Después de la boda veremos qué actitud es conveniente adoptar.

-¿Después? ¿Y si entonces es demasiado tarde?

Aquel día, en la casa, y cualesquiera que fuesen las preocupaciones del doctor Roderich, su mujer y su hija no se ocupaban más que de la velada que iba a darse esa misma noche; habían querido hacer bien las cosas, como suele decirse. El doctor, que era amigo de la mejor sociedad de Raab, había hecho un gran número de invitaciones; como en terreno neutral se encontrarían en su casa la aristocracia y el ejército, la magistratura y los funcionarios; el gobernador de Raab había aceptado la invitación del doctor, con quien le unía antigua amistad personal.

Los salones de la casa bastarían para contener los ciento cincuenta invitados que debían reunirse aquella noche; en cuanto a la cena, sería servida en la galería al final de la velada.

Nadie pensará en admirarse de que la cuestión del traje hubiese preocupado a Myra Roderich, ni que Marcos hubiera querido aportar a ella su buen gusto de artista. Por otra parte, Myra era magiar y el magiar, cualquiera que sea su sexo, se preocupa mucho de la vestimenta; lo lleva en sí, lo mismo que el amor a la danza, amor que llega hasta la pasión; aplicándose, pues, lo que he dicho de Myra a todas las damas y todos los caballeros, podía presumirse que aquella velada iba a ser muy brillante.

Por la tarde habían terminado los preparativos; yo permanecí todo aquel día en casa del doctor, esperando la hora de proceder a mi tocado, como un verdadero magiar.

En un instante en que estaba asomado a una de las ventanas que dan al muelle Batthyani, tuve el gran disgusto de ver a Wilhelm Storitz; ¿era la casualidad lo que allí le llevaba? Indudablemente, no; paseaba lentamente por el muelle, con la cabeza inclinada, pero cuando se halló frente a la casa, se enderezó, y ¡qué mirada brotó de sus ojos! Pasó varias veces, y la señora Roderich no dejó de advertirlo; lo señaló al doctor, que limitóse a tranquilizarla sin decir nada de la reciente visita del enigmático personaje.

Añadiré que cuando Marcos y yo salimos para dirigirnos al hotel Temesvar, nos cruzamos con Wilhelm Storitz en la plaza Magiar; tan pronto como vio a mi hermano se detuvo con un movimiento brusco y pareció vacilar, como si hubiese querido acercarse a nosotros; mas permaneció inmóvil, pálido el rostro y los brazos con una rigidez cataléptica... ¿Iría a caer al suelo? Sus fulgurantes ojos lanzaban a Marcos miradas terribles, que Marcos afectaba no ver.

-¿Te has fijado en ese individuo? -me preguntó mi hermano en cuanto le hubimos dejado atrás.

-Sí, Marcos.

-Es el Wilhelm Storitz de quien te he hablado.

-Ya lo sé

-¿Le conocías?

-El capitán Haralan me lo ha mostrado una o dos veces.

-Creía que estaba fuera de Raab.

-Parece que no, o por lo menos si se fue, ha vuelto.

-¡Poco importa, después de todo!

-Sí, poco importa -respondí.

Pero, a mi juicio, la ausencia de Wilhelm Storitz hubiera sido mucho más tranquilizadora para todos nosotros.

Serían las nueve de la noche cuando los primeros carruajes se detenían ante la casa de Roderich y comenzaban a llenarse los salones.

El doctor, su esposa y su hija recibían a los invitados a la entrada de la galería, resplandeciente de luces. No tardó en ser anunciado el gobernador de Raab. Con grandes muestras de simpatía, Su Excelencia presentó sus respetos a la familia; Myra fue particularmente el objeto de sus cumplidos, así como mi hermano. De todas partes llegaban las felicitaciones a los prometidos.

Entre nueve y diez llegaron las autoridades de la ciudad, los oficiales, los compañeros del capitán Haralan, quien, a pesar de reflejar en su rostro alguna preocupación, se esforzaba por acoger amablemente a los invitados.

Los tocados de las señoras resplandecían en medio de los uniformes y de los trajes de etiqueta; todas aquellas personas iban y venían por los salones y la galería; se admiraban los regalos expuestos en el despacho del doctor, las alhajas y los bibelots, entre los cuales los de mi hermano revelaban un gusto exquisito pocas veces visto.

Sobre una de las consolas del salón grande hallábase depositado el contrato, que había de ser firmado en el transcurso de la velada; y sobre otra consola estaba colocado un magnífico ramo de rosas y flores de azahar, el ramo de los esponsales, y según la costumbre magiar, cerca del ramo, y sobre un almohadón de terciopelo, reposaba la corona nupcial que debía llevar Myra el día de la boda, al dirigirse a la catedral.

La velada comprendía tres partes: un concierto y un baile, separados por la firma solemne del contrato; el baile no debía comenzar hasta después de medianoche, y tal vez la mayor parte de los invitados lamentasen que empezara tan tarde, pues, como he dicho, no hay diversión a la que con mayor placer y ardor se entreguen los húngaros.

La parte musical había sido encomendada a una notable orquesta de cíngaros; esta orquesta, de gran fama en el país magiar, no se había dejado oír aún en Raab; los músicos y el director entraron a la hora señalada en la sala.

No ignoraba yo que los húngaros son muy entusiastas de la música, pero, según una observación muy acertada, existe entre ellos y los alemanes una diferencia muy marcada en la manera de apreciar su encanto; el magiar es un diletante, no un actor; no canta, o canta poco; escucha, y cuando se trata de la música nacional, escuchar es para él una cosa seria y a la vez un placer de extraordinaria intensidad.

La orquesta se componía de una docena de artistas, bajo la dirección de un jefe, e iban a ejecutar sus más hermosas creaciones, esas czardas que son cantos guerreros, marchas militares, que el magiar, hombre de acción, prefiere a las baladas alemanas, románticas y soñadoras.

Tal vez cause extrañeza que para una velada de esponsales no se hubiese escogido una música más apropiada a esa clase de ceremonias, pero la tradición no es ésa, y Hungría es el país de las tradiciones y permanece fiel a sus melodías populares; lo que necesita son aires animados; esas marchas rítmicas que evocan el recuerdo de los campos de batalla y celebran las hazañas de su historia.

Los cíngaros vestían sus típicos trajes; no me cansaba de observar aquellos tipos tan curiosos, sus ojos brillantes bajo espesas y pobladas cejas, sus pómulos salientes, su blanca dentadura, que deja al descubierto los labios; sus cabellos negros, ondulando sobre la frente.

El repertorio de la orquesta produjo un gran efecto; los invitados escuchaban con religiosa atención, rompiendo luego en frenéticos aplausos; de esta manera fueron acogidas las piezas más populares, que los cíngaros ejecutaron con una maestría capaz de despertar los ecos más completos de la puszta.

El tiempo destinado a esta audición había transcurrido. Por mi parte, había experimentado un placer de los más vivos en aquel ambiente magiar, y llegando a mis oídos, en los silencios de la orquesta, el lejano murmullo del Danubio.

No me atrevería a afirmar que Marcos hubiese gozado del encanto de aquella extraña música; había otra más dulce, más suave y tierna, más íntima, que embriagaba por completo su alma; sentado al lado de Myra Roderich, se hablaban con los ojos, cantando esas romanzas sin palabras que hechizan el corazón de los novios.

Tras los últimos aplausos, el director de la orquesta se levantó, imitándole sus compañeros, y después de recibir las felicitaciones del doctor Roderich y del capitán Haralan, felicitaciones que parecieron alegrarles mucho, se retiraron.

Procedióse entonces, sin tardanza, a la firma del contrato, lo que se hizo con toda solemnidad; hubo después lo que yo denominaría un entreacto, durante el cual los invitados abandonaron sus asientos, se buscaron, formando grupos según las simpatías de cada uno, dispersándose algunos por el jardín, brillantemente iluminado, en tanto que circulaban las bandejas cargadas de bebidas refrescantes.

Hasta aquel momento nada había venido a turbar el orden de la fiesta, y habiendo comenzado bien, ninguna razón había para pensar que no terminase lo mismo. En verdad, si yo hubiera podido abrigar algún temor, si algunas inquietudes habían brotado en mi espíritu, debía haber recobrado toda mi tranquilidad.

Así fue que no escatimé mis felicitaciones a la señora Roderich.

-Le doy las gracias, señor Vidal -me respondió-, y me encuentro muy satisfecha de que mis invitados hayan pasado unas horas agradables; pero en medio de todas esas gentes dichosas y alegres, yo no veo más que a mi querida hija y a su hermano Marcos; ¡son tan felices!

-Es una felicidad que le deben a usted; ¿no es la felicidad de sus hijos la mayor gloria que pueden soñar un padre y una madre?

¿Por qué extraña asociación de ideas esta frase tan común trajo a mi mente el recuerdo de Wilhelm Storitz?

Por su parte, el capitán Haralan no parecía pensar ni acordarse lo más mínimo de él; ¿su tranquilidad y despreocupación era real o aparente, natural o simulada? No lo sé, pero lo cierto es que él iba de un grupo a otro animando aquella fiesta con su contagiosa alegría y era indudable que más de una joven húngara le miraría con cierto interés, pues hay que tener en cuenta que el capitán. Haralan gozaba de las simpatías de todos; simpatías que en aquella circunstancia la ciudad había querido demostrar a la familia Roderich.

-Mi querido capitán -le dije una de las veces que pasó por mi lado-, si el final de la velada no desmerece de su principio...

-No lo dude -contestó-; la música es una cosa buena, pero el baile es mucho mejor aún.

-¡Pardiez! -repuse-. Un francés no retrocederá ante un magiar; sepa usted que su hermana me ha concedido el segundo vals.

-¿Y por qué no el primero?

-¿El primero? ...

-¡Sí, debía ser usted el preferido!

-Se olvida usted de Marcos. A él le corresponde, por derecho y por tradición, el primer vals, ¿quiere usted que tenga yo un disgusto con mi hermano?

-Es verdad, mi querido Vidal; a los novios corresponde abrir el baile.

Reapareció la orquesta de los cíngaros, instalándose en el fondo de la galería; algunas mesas se habían dispuesto en el despacho del doctor, con objeto de que las personas serias, a quienes no conviniesen los valses y las mazurkas, pudieran entregarse a los placeres del juego.

Ahora bien, la orquesta se hallaba presta a preludiar, esperando que el capitán Haralan diese la señal, cuando del lado de la galería, cuya puerta se abría al jardín, se oyó una voz, lejana todavía, de una sonoridad potente y ruda; era un canto extraño, de un ritmo raro, al que faltaba la tonalidad: eran frases no ligadas por ningún lazo melódico.

Las parejas, formadas ya para el primer vals, se habían detenido. Se escuchaba. ¿No se trataría de una sorpresa añadida a la velada?

El capitán Haralan se había acercado a mi lado.

-¿Qué es eso? -le pregunté.

-No lo sé -respondió, en un tono en el que se percibía cierta inquietud.

-¿De dónde procede ese canto? ¿De la, calle?

-No... No lo creo.

En efecto, el sitio desde donde la voz llegaba a nosotros debía de ser el jardín, cerca de la galería hasta parecía que el que cantaba estaba a punto de entrar en ella.

El capitán Haralan me cogió del brazo y me condujo cerca de la puerta del jardín.

No había entonces en la galería más de unas doce personas, sin contar la orquesta, instalada en el fondo. Los demás invitados permanecían en los salones.

El capitán Haralan fue a colocarse en la escalinata. Le seguí, y nuestras miradas pudieron recorrer el jardín, iluminado en toda su extensión. No descubrimos a nadie.

Los esposos Roderich se unieron a nosotros en aquel momento, y el doctor dijo a su hijo algunas palabras, a las que éste respondió con un gesto negativo.

La voz, sin embargo, continuaba dejándose oír más acentuada, más imperiosa, y cada vez más próxima.

Marcos, conduciendo a Myra del brazo, reunióse con nosotros en la galería, en tanto que la señora Roderich permanecía junto a otras señoras, que la interrogaban, y a las que no sabía qué contestar.

-¡Yo sabré lo que es! -dijo el capitán Haralan, descendiendo por la escalinata.

El doctor Roderich, varios criados y yo le seguimos.

De pronto, y cuando el cantor parecía hallarse a muy pocos pasos de la galería, cesó la voz.

El jardín fue recorrido de extremo a extremo y explorados todos los macizos. Como las iluminaciones no dejaban ningún rincón en la sombra, la investigación pudo ser minuciosa, y sin embargo no se encontró a nadie.

¿Era posible que aquella voz fuera la de un transeúnte retrasado que pasara por el bulevar Tekeli? Parecía esto poco verosímil, sobre todo al comprobarse que el bulevar se hallaba completamente desierto.

Una sola luz brillaba, visible apenas a quinientos pasos hacia la izquierda, la que se filtraba por la terraza de la casa Storitz.

Cuando regresamos a la galería no pudimos responder a las preguntas que se nos dirigían de todos lados.

El capitán Haralan cortó las preguntas dando la señal para el principio del vals.

-Y bien -me preguntó Myra, riendo-, ¿no ha elegido usted su pareja para el vals?

-Mi pareja es usted, señorita; pero sólo para el segundo vals.

-Entonces, mi querido Enrique -dijo Marcos-, no vamos a hacerte esperar mucho.

Marcos se engañaba; mucho más tiempo del que él entonces creía, debía esperar yo el vals que Myra me había prometido; en realidad, sigo aún esperándolo.

Acababa la orquesta el preludio, cuando, sin que se viese al cantor, resonó nuevamente la voz esta vez en medio del salón.

Al susto y azoramiento de los invitados unióse una viva indignación; la voz lanzaba a plenos pulmones el Canto del odio, de Federico Margrade; ese himno alemán que debe a su violencia, abominable celebridad. ¡Había allí una provocación palmaria al patriotismo magiar, un insulto directo y buscado!

¡Y a todo esto sin que se viera a aquel cuya voz sonaba en medio del salón! Estaba allí y no obstante nadie podía descubrirle.

Las parejas se habían dispersado, retirándose a la sala y a la galería dominaba el pánico a todo el mundo, especialmente a las señoras.

El capitán Haralan andaba por medio del salón con los ojos encendidos y extendidas las manos, como para coger al ser que escapaba a nuestras miradas.

En aquel momento cesó la voz con la última estrofa del Canto del odio.

Y entonces yo vi..., sí, y cien personas vieron como yo, lo que ellas mismas se negarían a creer si se lo hubiesen contado.

El ramo depositado sobre la consola, el ramo de esponsales, fue bruscamente arrancado, destrozado, y sus flores parecieron ser pisoteadas. ¡Y no fue solo esto, sino que el contrato se rasgó en el aire y sus pedazos cayeron al suelo!

El espanto dominó a todo el mundo; todos querían escapar del teatro de tan extraños y sorprendentes fenómenos. Por mi parte me preguntaba si estaba en mi sano juicio y si debía dar crédito a aquellos inexplicables y absurdos sucesos.

El capitán Haralan acababa de reunirse conmigo, diciéndome, pálido de cólera:

-¡Ése es Wilhelm Storitz!

¿Wilhelm Storitz? ¿Estaba loco?

Si no lo estaba él, yo iba camino de serlo.

Estaba bien despierto, no soñaba, y sin embargo, vi, sí, vi, con mis propios ojos, cómo en aquel instante la corona nupcial se alzaba del almohadón sobre el que estaba colocada, sin que fuera posible descubrir la mano que la sostenía, y atravesaba el salón y la galería yendo a desaparecer entre los macizos del jardín.

-¡Esto es demasiado! -gritó el capitán Haralan, que salió rápidamente del salón, atravesó como una tromba el vestíbulo y se lanzó por el bulevar Tekeli.

Yo me precipité en su seguimiento. Corrimos hacia la casa de Wilhelm Storitz, una de cuyas ventanas continuaba brillando débilmente en medio de la noche; el capitán, asiendo la puerta de la verja, la sacudió rudamente. Sin darme perfecta cuenta de lo que hacía, uní a los suyos mis esfuerzos pero la puerta era sólida y nuestras fuerzas aunadas fueron estériles.

Pasados algunos minutos sin lograr nada, nuestra rabia fue aumentando en proporciones considerables, quitándonos el poco juicio que nos quedaba.

De súbito, la puerta giró sordamente sobre sus goznes.

El capitán Haralan se había equivocado al acusar a Wilhelm Storitz. Éste no había dejado su morada, puesto que era él mismo quien nos abría la puerta.

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