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El secreto de Wilhelm Storitz
Editado
© Miguel Gómez
26 de julio del 2002
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El secreto de Wilhelm Storitz
Capítulo XIII

Los fenómenos a que habíamos asistido en la Catedral de Raab y aquellos otros de que había sido teatro la casa de Roderich, tendían al mismo objetivo.

Su origen era el mismo.

Wilhelm Storitz era el único autor.

¿Resultaba admisible que semejantes fenómenos fuesen debidos a un juego de magia e ilusionismo?
Me veía forzado a responderme negativamente.

No, ni el escándalo de la iglesia ni el robo de la corona nupcial podían atribuirse a un escamoteo. Yo llegaba a suponer seriamente que aquel alemán había heredado de su padre algún secreto científico, el de un descubrimiento ignorado que le diera el poder de permanecer invisible.

¿Por qué no, después de todo?

¿Por qué ciertos y determinados rayos luminosos no habrían de tener la propiedad de atravesar los cuerpos opacos, como si esos cuerpos fuesen translúcidos?

Pero ¿dónde iba yo a parar? Todas ellas no eran sino conjeturas ridículas y nada más, y yo me guardaría mucho de exponerlas a nadie.

Habíamos recogido a Myra sin que hubiese recobrado el conocimiento. Se la transportó a su habitación, depositándola sobre el lecho. Pero los cuidados que se le prodigaron no consiguieron volverla en sí; permanecía inerte, insensible, a pesar de los esfuerzos del impotente doctor.

Sin embargo, respiraba, vivía; preguntábame yo cómo había podido sobrevivir a tantas pruebas, cómo no había muerto tras aquella última emoción.

Muchos de los colegas del doctor Roderich corrieron al hotel. Rodearon el lecho de Myra, extendida, sin movimiento, cerrados los ojos, el rostro con una palidez de cera, el pecho levantado por los irregulares latidos del corazón, la respiración reducida a un suspiro, que podía extinguirse de un momento a otro.

Marcos tenía entre las suyas sus manos; lloraba... la llamaba:

-¡Myra! ¡Mi querida Myra!

Con voz entrecortada por los sollozos, la señora Roderich repetía en vano:

-¡Myra, hija mía! ¡Estoy aquí, a tu lado! ¡Soy tu madre!

La joven no abría los ojos, y seguramente no la oía.

Los médicos, sin embargo, habían ensayado los más enérgicos remedios. Llegó un momento en que pareció que la enferma iba a recobrar el conocimiento. Sus labios comenzaron a balbucear palabras vagas, cuyo sentido fue imposible adivinar. Sus dedos se agitaron entre las manos de Marcos, y sus ojos se entreabrieron, pero ¡qué mirada tan incierta la que se percibió a través de los semicerrados párpados!

¿Qué mirada aquélla, en la que se veía la ausencia de la inteligencia!...

Marcos hubo de comprenderlo enseguida:

De pronto retrocedió lanzando este grito:

-¡Loca!... ¡Loca!...

Me precipité hacia él y le sostuve, con ayuda del capitán Haralan, preguntándome mentalmente si también él iba a perder la razón; menester fue arrastrarle a otra habitación, donde los médicos lucharon contra aquella crisis, cuyo resultado podía ser fatal.

¿Cuál sería el desenlace de aquel drama? ¿Podía esperarse que Myra llegase con el tiempo a recobrar la inteligencia; que los cuidados que se le prodigaran lograsen triunfar del extravío de su espíritu; que aquella locura, en fin, fuese sólo pasajera?

Cuando el capitán Haralan se encontró conmigo a solas, me dijo:

-¡Es preciso acabar!

-¿Acabar ? ¿Y cómo?

Imposible dudar un punto de que Wilhelm Storitz hubiese regresado a Raab y fuese el autor de aquella profanación; pero ¿dónde encontrarle y cómo hacer presa en aquel ser invisible?

¿Cuál, por otra parte, sería la impresión que producirían los hechos en la ciudad? ¿Se resignarían a aceptar una explicación natural de tan sorprendentes y extraños fenómenos?

Ya he tenido ocasión de hacer notar que los magiares tienen una tendencia natural a lo maravilloso, y la superstición es imposible de desarraigar entre las clases ignorantes. Claro que para las personas instruidas aquellos extraños fenómenos no podían ser efecto sino de algún descubrimiento físico o químico. Mas cuando se trata de espíritus poco cultivados, nada puede explicarse sin la intervención del diablo, y Wilhelm Storitz iba a pasar por ser el diablo en persona.

No era, en efecto, posible pensar en ocultar las circunstancias en que aquel extranjero, contra quien había expedido el gobernador de Raab un decreto de expulsión, había intervenido. Lo que hasta entonces habíamos mantenido en secreto no podía continuar en la sombra después del escándalo de San Miquel.

Al día siguiente la ciudad se hallaba en plena ebullición; se relacionaban los acontecimientos de casa Roderich con los de la catedral, conociéndose por fin el lazo que unía entre sí los diversos incidentes.

En todas las familias, en todos los hogares no se pronunció aquel nombre de Wilhelm Storitz sin que evocase el recuerdo, el fantasma podríamos decir, de un personaje extraño cuya vida se deslizaba entre las silenciosas paredes y las cerradas ventanas de la morada del bulevar Tekeli.

No debe, por consiguiente, causar admiración el que digamos que tan pronto como se conoció la noticia, la población en masa se dirigió hacia ese bulevar, arrastrada por una fuerza irresistible, de la que tal vez no se daba cuenta.

Del mismo modo se había congregado la muchedumbre en el cementerio de Spremberg; pero allí los compatriotas del sabio esperaban asistir a algún prodigio, y ningún sentimiento de animosidad les impulsaba; mientras que, por el contrario, allí había una explosión de odio, una necesidad de venganza, justificada por los actos de semejante malvado.

No se olvide, por otra parte, para formar juicio acertado del estado de los ánimos, el horror que necesariamente debía inspirar a aquella ciudad tan religiosa el escándalo de que acababa de ser teatro la Catedral.

Semejante sobreexcitación no podía dejar de ir en aumento; la mayor parte se resistía a aceptar una explicación natural de aquellos fenómenos, en verdad incomprensibles en absoluto.

El gobernador de Raab, que no pudo menos de preocuparse de la exaltación en que la población se encontraba, hubo de encarecer al jefe de policía la necesidad de adoptar urgentemente todas las medidas que la situación reclamaba.

Era menester hallarse dispuestos a defenderse contra los efectos de un pánico que podría llevar aparejadas las más graves consecuencias.

Preciso era, además, puesto que había de revelarse el nombre y la intervención de Wilhelm Storitz, proteger la casa del bulevar Tekeli, ante la que se congregarían centenares de obreros, de campesinos y de toda clase de gentes, y defenderla contra la invasión, el saqueo y la destrucción. Mis pensamientos, sin embargo, iban evolucionando insensiblemente, y llegaba hasta a discutir muy en serio una hipótesis, que en los primeros momentos había rechazado de plano.

Si tal hipótesis era fundada, si existía realmente un hombre dotado del poder de hacerse invisible, lo que tal vez fuese increíble, pero que no creía yo debiera rechazarse en absoluto; si la leyenda del anillo de Giges, en la Corte del rey de Cándale, había llegado a convertirse en realidad, la tranquilidad pública se hallaba totalmente comprometida, y no habría en lo sucesivo seguridad personal.

Toda vez que Wilhelm había regresado a Raab sin que nadie le hubiera podido ver, nada se oponía a que continuase en Raab, sin que hubiera medio de asegurarse de ello y de echarle mano para satisfacer la indignación pública.

Otro objeto de temor: ¿habría guardado para él solo el secreto de aquel descubrimiento que le había legado seguramente su padre? ¿No lo utilizaría también su criado Hermann? ¿No habría asimismo otros que se aprovechasen de él? ¿Quién, desde aquel momento, podría impedirles que se introdujesen en los domicilios cómo y cuándo les pluguiese y mezclarse a la existencia de sus habitantes? Aun estando uno encerrado en su propia habitación, ¿podría tener la seguridad de estar solo, de no ser oído y de no ser visto, a menos de sumirse en una oscuridad completa?

Por otra parte, en las calles, el temor constante de ser seguido sin saberlo por algún ser invisible que no le pierde a uno de vista y que puede hacer de uno lo que se le antoje... ¿Qué medio podía emplearse para sustraerse a los atentados de toda clase, de que se podía ser víctima a la hora menos pensada? ¿No venía esto a constituir en un plazo más o menos largo, la anulación de la vida social?

Recordamos entonces lo que había acontecido en la plaza del mercado y que el capitán Haralan y yo presenciamos. Un hombre había sido violentamente derribado, y según sus afirmaciones, por un agresor invisible. Todo inducía a creer por lo tanto que aquel hombre había dicho la verdad. Sin duda fue derribado por Wilhelm Storitz, por su criado Hermann o por cualquier otro individuo. Todo el mundo comenzó a pensar, naturalmente, en lo que a sí mismo podía ocurrirle. Cuando más tranquilo y descuidado se estuviera, podía verse uno expuesto a análogos encuentros, imposibles de prever y de evitar.

Después volvieron a la memoria ciertas particularidades: el edicto de la boda arrancado en la catedral, y cuando el registro en la casa del bulevar Tekeli, el ruido de pasos percibido en las habitaciones, y aquella redomita caída y hecha pedazos inopinadamente y con tanta oportunidad.

Pues bien; él se encontraba entonces allí y, muy verosímilmente, estaba también su criado; no habían salido de la ciudad, como nosotros supusimos, en seguida de la velada de esponsales, y esto explicaba el agua jabonosa de la alcoba y el fuego en el hornillo de la cocina.

Sí; ambos asistían a las pesquisas en el patio, en el jardín de la casa, y al huir, fue precisamente cuando derribaron al agente de policía que estaba de guardia al pie de la escalera.

Si habíamos nosotros encontrado la corona nupcial en la terraza, fue porque Wilhelm Storitz, sorprendido por el registro, no tuvo tiempo de deshacerse de ella.

En lo que me concernía, los incidentes que habían señalado mi viaje por el Danubio se explicaban ahora suficientemente. ¡El pasajero que yo creía desembarcado en Vukovar, continuó invisible a bordo!

«Así, pues -pensaba yo-, él sabe producir esa invisibilidad de un modo instantáneo; aparece o desaparece a su sabor, como los magos, y al propio tiempo que a sí mismo sabe hacer invisibles los vestidos que le cubren, si bien no los objetos que tiene en la mano, ya que nosotros pudimos ver el contrato desgarrado, el ramo destrozado, la corona robada y las alianzas lanzadas a través de la nave de la catedral.

»Aquí, sin embargo, no se trata de magia, de palabras cabalísticas, de encantamientos ni de brujerías. Permanecemos en los dominios de los hechos naturales.

»Es evidente que Wilhelm Storitz posee la fórmula de una composición determinada, y que basta absorber esa composición...

»Pero, ¿cuál es esa composición?

»Indudablemente, la que se hallaba encerrada en aquella redoma que se rompió, y cuyo contenido vimos evaporarse tan rápidamente.

»Lo que ignoramos es la fórmula de esa composición.

»¿La conoceremos alguna vez? Mucho nos importaría, pero debemos desesperar de conseguir conocerla.

»En cuanto a la persona misma de Wilhelm Storitz, dado que se haga completamente invisible, ¿no será posible tampoco apoderarse de ella? Si escapa al sentido de la vista, no escapará, a lo que yo imagino, al sentido del tacto. Su envoltura material no pierde ninguna de las tres dimensiones comunes a los cuerpos, longitud, latitud y profundidad; allí está siempre, en carne y hueso, como suele decirse.

«Invisible, sea; pero intangible, no; eso está bien para los fantasmas y aquí no se trata de ningún fantasma.

»Que la casualidad haga que se le pueda coger por los brazos o por las piernas o la cabeza y se le podrá sujetar, aunque no se le vea. Y por admirable y sorprendente que sea la facultad de que dispone, no le permitirá pasar a través de las paredes de una cárcel.»

Eran éstos, razonamientos y suposiciones, más o menos aceptables, pero que no hacían que la situación fuera menos inquietante, y menos comprometida la seguridad pública y la tranquilidad de todos.

Nadie se consideraba seguro ni dentro ni fuera de las casas, ni de día ni de noche. El menor ruido en las habitaciones, un chasquido en el pavimento, una persiana agitada por el viento, el zumbido de un insecto en las orejas, el soplo de la brisa por una puerta, o una ventana mal cerrada, todo absolutamente parecía sospechoso.

Durante el trajín de las faenas domésticas, las comidas y las veladas, en la noche, durante el sueño, admitiendo que el sueño fuese entonces posible, jamás se sabía si algún intruso había penetrado en la habitación. Si Wilhelm Storitz u otro se encontrarían allí, espiando nuestros pasos, escuchando nuestras palabras, penetrando, en suma, los más íntimos secretos de las familias.

Podía, sin duda, ocurrir que aquel alemán hubiese salido de Raab y regresado a Spremberg. Sin embargo, reflexionando sobre ello (tal era la opinión del doctor Roderich y del capitán Haralan, así como la del gobernador y del jefe de policía), ¿podía razonablemente admitirse que Wilhelm Storitz hubiese puesto fin a sus deplorables ataques?

Si había dejado que la concesión de la licencia tuviera lugar, era indudablemente porque a la sazón no había regresado de Spremberg; pero había interrumpido la boda, y ¿no era de presumir que intentase hacer de nuevo lo mismo si Myra llegaba a recobrar la razón? ¿Por qué había de haberse extinguido el odio que experimentaba hacia la familia Roderich antes de satisfacerlo por completo? ¿No respondían bastante elocuentemente a estas preguntas las amenazas que resonaron en las naves de la catedral?

No, no se había dicho aún la última palabra de aquel triste asunto, y estaba uno en su derecho al temerlo todo, pensando en los medios de que disponía aquel hombre para la realización de sus designios y proyectos de venganza.

En efecto: por vigilada que estuviese noche y día la casa de Roderich, ¿no llegaría a introducirse en ella? Y una vez dentro, ¿no obraría como mejor le conviniese?

Puede juzgarse, en vista de esto, la obsesión de los espíritus, lo mismo de aquellos hechos positivos, que de aquellos otros que se entregaban a las exageraciones de una imaginación calenturienta.

Pero, en fin, ¿existía un remedio a aquella situación?

Yo no veía ninguno, lo confieso.

La marcha de Marcos y Myra no hubiese cambiado la situación. ¿No tenía Wilhelm Storitz el poder de seguirles con toda libertad? Esto sin contar con que el estado en que se encontraba Myra apenas le permitiría salir de Raab.

Por el momento, ¿dónde se encontraba nuestro inapresable enemigo?

Nadie habría sido capaz de decirlo con certeza, si una serie de acontecimientos no hubieran venido a demostrarnos, golpe tras golpe, que se obstinaba en permanecer en medio de una población a la que desafiaba y aterrorizaba impunemente.

El primero de estos acontecimientos hubo de llevar al colmo nuestra desesperación.

Dos días justos habían transcurrido desde la terrible escena de la iglesia de San Miguel, sin que ninguna mejoría se hubiese manifestado en la salud de Myra, siempre privada de razón, y que continuaba entre la vida y la muerte; estábamos a 3 de junio. Después del almuerzo, toda la familia Roderich, incluso mi hermano y yo, se hallaba reunida en la galería, y discutíamos, cuando una carcajada verdaderamente satánica resonó en nuestros oídos.

Nos levantamos dominados por el espanto; Marcos y el capitán Haralan, arrastrados por una especie de frenesí, se lanzaron, con un mismo impulso, hacia la parte de la galería de donde parecía venir aquella espantosa carcajada, pero a los pocos pasos se detuvieron. Todo ocurrió en dos segundos.

En dos segundos vi fulgurar una hoja brillante, describiendo en la luz su curva homicida; vi vacilar a mi hermano, y al capitán Haralan recibirle en sus brazos.

Me precipité en su socorro en el momento mismo en que una voz (aquella voz que al presente todos nosotros conocíamos tan bien) pronunciaba, con el acento de una indomable energía:

-¡Jamás Myra Roderich será la mujer de Marcos Vidal, jamás!

En seguida, un violento soplo de aire hizo vacilar las arañas, se abrió y volvió a cerrarse rápidamente con gran estrépito la puerta del jardín, y comprendimos que nuestro implacable adversario se nos escapaba una vez más.

El capitán Haralan y yo extendimos a mi hermano sobre un diván, y el doctor Roderich examinó la herida; por fortuna, no era grave; la hoja del puñal había resbalado sobre el omoplato izquierdo, de arriba abajo, y todo se reducía a una espectacular herida que, a pesar de su aspecto, estaría curada en un par de días; por esta vez, el asesino se había visto defraudado en sus intentos, pero ¿ocurriría siempre lo mismo?

Marcos fue curado y transportado al hotel Temesvar, instalándome yo a su cabecera, donde, sin dejar de velarle, me absorbí en el examen del problema puesto a mi sagacidad, y que era preciso resolver, costara lo que costase, pues corrían peligro de muerte los seres que me eran más queridos.

No había dado aún, lo confieso, ni el primer paso en el camino de la solución anhelada, cuando sobrevinieron otros acontecimientos, nada dramáticos en verdad, pero extraños e incomprensibles, y que me dieron mucho que pensar.

La noche de aquel mismo día 3 de junio, una luz potente, que fue vista desde la plaza Kurtz y desde el mercado Coloman, apareció en la ventana más alta de la torrecilla del reloj del ayuntamiento. Una mecha ardiendo se bajaba, se alzaba, se agitaba, como si algún incendiario hubiese pretendido prender fuego al edificio.

El jefe de policía y sus agentes, lanzándose fuera del puesto central, llegaron rápidamente al final de la torrecilla.

La luz había desaparecido y, como ya se figuraba el señor Stepark, no se encontró a nadie. El individuo digamos Wilhelm Storitz, había tenido tiempo de huir, o permanecer oculto en algún rincón.

Al día siguiente por la mañana, nuevo desafío lanzado a la ciudad entera, presa ya de una verdadera locura.

Acababan de dar las diez y media cuando resonó un siniestro campaneo, una especie de toque a rebato.

Aquella vez no era un hombre solo, pues era imposible que un hombre pusiese en movimiento tantas campanas. Era preciso que Wilhelm Storitz estuviese ayudado por muchos cómplices, o, cuando menos, por su criado Hermann.

Los habitantes, aun de los barrios más apartados, corrieron espantados a la plaza de San Miguel; de nuevo se presentó la policía y subió a lo más alto de la torre...

Pero en vano la recorrieron y husmearon en todos sentidos. ¡Nadie! ¡Nadie!

Cuando los agentes habían llegado a la escalera, las campanas enmudecieron y no se halló ni rastro de los invisibles campaneros autores de aquella alarma.

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