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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
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Las indias negras
Capítulo XIII
Villa Carbón

Tres años después de los sucesos que acabamos de referir, las guías de viajeros recomendaban como una cosa de gran atractivo a los viajeros que recorrían el condado de Stirling, una visita de algunas horas a las minas de la Nueva Aberfoyle.

En ningún país del antiguo ni del Nuevo Mundo, había una mina de más curioso aspecto.

Desde luego el huésped era transportado sin peligro ni cansancio, hasta el mismo suelo de la explotación, a mil quinientos pies debajo de la superficie del condado.

En efecto, a siete millas de distancia, en el sudoeste de Callander, perforaba el suelo un túnel oblicuo, adornado con una entrada monumental con sus almenas y torrecillas. Aquel túnel, de una pendiente muy suave, terminaba directamente en la cripta, tan maravillosamente excavada bajo el suelo escocés.

Un doble ferrocarril, cuyos vagones eran movidos por una fuerza hidráulica, salía de hora en hora del pueblo que se había fundado en el subsuelo del condado, con el nombre un poco ambicioso tal vez de Coal-City, esto es, Villa Carbón.

El viajero que llegaba a Villa Carbón se encontraba en un recinto en que la electricidad representaba un papel de primer orden, como agente calorífico y luminoso.

En efecto, los pozos de ventilación, aunque eran muchos, no podían comunicar bastante luz a la oscuridad profunda de la Nueva Aberfoyle; pero se había iluminado intensamente aquella sombría atmósfera por medio de discos eléctricos que reemplazaban al disco solar. Suspendidos en las entradas de las bóvedas o adosados a pilares naturales, y alimentados por corrientes continuas que producían máquinas electromagnéticas -soles unos, estrellas otros- iluminaban perfectamente aquel espacio. Cuando llegaba la hora del descanso, un sólo aislador servía para producir artificialmente la noche en los profundos abismos de la mina.

Todos aquellos aparatos, grandes o pequeños, funcionaban en el vacío; es decir, que los arcos luminosos no se comunicaban de ningún modo con el aire atmosférico. Así, aunque en el aire hubiese habido una cantidad de hidrógeno protocarbonado bastante para producir una mezcla detonante, no habría habido que temer ninguna explosión.

El agente eléctrico se empleaba también invariablemente en todas las necesidades de la vida industrial y de la vida doméstca; lo mismo en las casas de Villa Carbón que en las galerías en explotación de la Nueva Aberfoyle.

Preciso es decir, ante todo, que las previsiones del ingeniero Jacobo Starr -en lo que se refería a la explotación de la nueva mina- no habían salido fallidas. La riqueza de los filones carboníferos era incalculable. Los trabajos habían empezado al occidente de la cripta, a un cuarto de milla de Villa Carbón. La ciudad obrera no ocupaba, pues, el centro de explotación. Los trabajos interiores se relacionaban directamente con los del exterior por medio de los pozos de ventilación y de extracción, que ponían los diversos pisos de la mina en comunicación con el suelo. El gran túnel en que funcionaba el ferrocarril de tracción mecánica, sólo servía para uso de los habitantes de Villa Carbón.

Debe recordarse la singular estructura de aquella vasta caverna, en que el viejo capataz y sus compañeros se habían detenido en la primera explotación. Allí por encima de su cabeza se extendía una cúpula de forma ojival. Las columnas naturales que la sostenían iban a perderse en la bóveda de esquisto a una altura de trescientos pies -altura casi igual a la de la gruta de Mammuth en Kentucky.

Se sabe que esta gran bóveda -la mayor de todo el hipogeo americano, puede contener cómodamente cinco mil personas. Esta parte de la Nueva Aberfoyle tenía la misma proporción, y aun la misma disposición. Pero en vez de las afamadas estalactitas de la célebre gruta, la vista se detenía aquí en masas carboníferas, que parecían salir de todas las paredes, bajo el mismo peso del esquisto, como colosales adornos de azabache, cuyos reflejos se encendían con la luz eléctrica.

En esta cripta se extendía un lago comparable por su magnitud con el Mar Muerto de la gruta del Mammuth, lago profundo cuyas transparentes aguas abundaban en peces sin ojos, y que fue bautizado por el ingeniero con el nombre de lago Malcolm.

Allí mismo, en aquella inmensa excavación natural, fue donde Simon Ford construyó su nueva choza, que no hubiese cambiado por el más hermoso hotel de la calle del Príncipe en Edimburgo. La casa estaba situada a orillas del lago. Sus cinco ventanas se abrían sobre aquellas aguas sombrías, que se extendían más allá del alcance de la vista.

Dos meses después se construyó una nueva casa al lado de la de Simon Ford para Jacobo Starr. El ingeniero vivía, pues, en cuerpo y alma en la Nueva Alberfoyle. Había resuelto vivir allí con sus amigos, Y sólo necesidades imperiosas lo obligaban a subir a tierra. Allí, en efecto, vivía en su mundo de mineros.

Desde el descubrimiento de los nuevos depósitos todos los obreros de la antigua mina abandonaron el carretón y el rastrillo para tomar de nuevo el pico o la azada. Atraídos por la certidumbre de que el trabajo no les faltaría ya, halagados por el alto premio que la prosperidad de la explotación podría dar a la mano de obra, habían abandonado el suelo por las entrañas de la tierra, y se habían alojado en la mina, que por su disposición particular se prestaba a su instalación.

Aquellas casas de mineros, construidas de ladrillo, se habían dispuesto de una manera pintoresca, unas a orillas del lago Malcolm, otras bajo las bóvedas que parecían hechas para resistir el peso de la tierra como los contrafuertes de una catedral. Así fijaron su domicilio en la Nueva Aberfoyle, y fundaron poco a poco a Villa Carbón, situada bajo la punta oriental del lago Katrine, en el Norte del condado de Stirling, todos los obreros empleados especialmente en el fondo de la mina; cavadores que iban derribando la roca; arrastradores que conducían el carbón; conductores, carpinteros que revestían las galerías; canteros que cuidaban de la reparación de las vías; pisoneros que reemplazaban con la piedra la hulla en los sitios explotados ya.

Era, pues, aquella una especie de aldea flamenca, elevada a orillas del lago Malcolm. Una capilla, bajo la advocación de San Gil, dominaba aquel conjunto desde lo alto de una enorme roca, cuyo pie se bañaba en las aguas de aquel mar subterráneo.

Cuando aquel pueblo recibía los vivos rayos de la luz eléctrica proyectada por los discos, suspendidos a los pilares o a los arcos, se presentaba bajo un aspecto fantástico, de un efecto extraño, que justificaba la recomendación hecha en las Guías de viajeros.

Por esta razón afluían los visitantes.

No hay para qué decir si los habitantes de Villa Carbon estaban orgullosos de su instalación. No la abandonaban sino rara vez, imitando en esto a Simon Ford, que no quiso salir de ella nunca. El viejo pretendía que allá arriba llovía siempre. Y en efecto, teniendo en cuenta lo que es el clima de Inglaterra hay que confesar que casi tenía razón.

Las familias de la Nueva Aberfoyle iban, pues, en aumento. En tres años habían adquirido un bienestar, al que no habrían llegado en la superficie de la tierra. Muchos niños que habían nacido después de la época en que empezaron los trabajos, no habían respirado aún el aire exterior; la cual hacía decir a Jack Ryan:

-¡Hace dieciocho meses que han dejado de mamar de sus madres, y aún no han salido a luz!

Conviene hacer constar que uno de los primeros que acudieron al llamamiento del ingeniero fue Jack Ryan, el cual había creído un deber tomar de nuevo su antiguo oficio. La hacienda de Metrose había pues, perdido su cantor y su músico; lo cual no quiere decir que Jack Ryan no cantaba; al contrario los sonoros ecos de la Nueva Aberfoyle empleaban en contestarle sus pulmones de piedra.

Jack Ryan se había instalado de nuevo en la choza de Simon Ford; porque éste le había ofrecido una habitación que él había aceptado francamente. La vieja Margarita le quería por su buen carácter y su alegría constante. Participaba un poco de sus creencias en punto a los seres fantásticos que debían habitar la mina; y cuando estaban solos se contaban historias, capaces de hacer temblar a cualquiera, y dignas de enriquecer el tesoro mitológico.

Jack Ryan llegó a ser así la alegría de la choza. Por lo demás era un buen hombre y un laborioso obrero. Seis meses después de haber empezado la explotación, era jefe de una brigada de los trabajos de extracción.

-Todo está bien hecho, señor Ford -decía algunos días después de su instalación. Usted ha encontrado un nuevo filón; y si ha estado a punto de pagar el hallazgo con su vida, ¡creáme que no ha sido muy caro!

-No, Jack, al contrario, hemos comprado muy barato -respondió el viejo. Pero ni el señor Starr ni yo olvidaremos que te debemos la vida.

-¡Ah! ¡no! -contestaba Ryan.. Se la debe a Harry, que tuvo la buena idea de aceptar mi invitación para la fiesta de Irvine.

-Y de no ir, ¿no es eso? -continuaba Harry estrechando la mano desu amigo.

-¡No, Jack, a ti, apenas repuesto de tus heridas, a ti que no has perdido ni un día, ni una hora, es a quien debemos el haber sido encontrados vivos aún!

-Pues bien, tampoco -contestaba el testarudo joven. No permitiré que se diga lo que no es exacto. Yo no hice más que lo posible para saber qué había sido de Harry; nada más. Pero, para dar a cada uno lo suyo es preciso añadir que sin ese duende.

-¡Ah! ¡Ya apareció aquello! ¡El duende! ... -dijo Simon Ford.

-Un duende, un fantasma, un hada -repitió Jack Ryan-, un hijo de los fantasmas de fuego, un Urisk, lo que quiera. No es menos cierto que sin él no hubiésemos penetrado en la galería de la que no podían salir.

-Sin duda, Jack -respondió Harry-, pero falta saber si ese ser es tan sobrenatural como parece.

-¡Sobrenatural! -exclamó Jack Ryan. Es tan sobrenatural como un espíritu a quien se viese correr con una luz en la mano, queriendo alcanzarle y escapándose como un silfo, o desvaneciéndose como una sombra. Ten confianza en que le volveremos a ver un día u otro.

-Pues bien -dijo Simon Ford-, espíritu o no, hay que buscarle, y tú nos ayudarás a ello.

-Se meterá en un mal negocio, señor Ford -respondió Jack Ryan.

-¡Bueno! Déjalo venir, Jack.

Fácil es comprender cuán familiar llegó a se la Nueva Aberfoyle a la familia Ford; y particularmente a Harry, que estudió sus más secretos escondrijos; y llegó a poder decir a qué punto de la superficie del suelo correspondía tal o cual punto de la mina. Sabía que por encima de aquella capa de carbón se extendía el golfo de Clyde, el lago Lomond y el lago Katrine. Aquellas columnas naturales eran un apoyo de los montes Grampianes, y aquella bóveda era el cimiento de Dumbarton. Por encima del estanque pasaba el ferrocarril de Balloch. Allí acababa el litoral escocés, y empezaba el mar, cuyo ruido se oía distintamente en las grandes tormentas del equinoccio. Harry había sido un admirable guía en aquellas catacumbas naturales; y había podido hacer en la mina, en plena sombra, con incomparable seguridad de instinto, lo que hacen los guías de los Alpes en plena luz, sobre aquellas cumbres cubiertas de nieve.

¡Así quería a la Nueva Aberfoyle! ¡Cuántas veces con su lámpara sobre la cabeza se aventuraba en las más extremas profundidades! Exploraba los estanques en una canoa que dirigía hábilmente. Cazaba también, porque se habían introducido en la cripta aves salvajes que se alimentaban de los peces que abundaban en las aguas muertas. Parecía que la vista de Harry se había hecho ya a los espacios sombríos, como la vista de los marinos se hace a las distancias lejanas.

Harry, en todo esto, iba como irresistiblemente atraído por la esperanza de encontrar a aquel ser misterioso, cuya intervención más que ninguna otra, a decir verdad había salvado a él y a los suyos. ¿Lo conseguiría? Sí, a no dudarlo, si creía en sus presentimientos. No, si atendía al ningún resultado que había obtenido hasta entonces.

En cuanto a los ataques dirigidos a la familia del antiguo capataz, antes del descubrimiento de la Nueva Aberfoyle, no se habían reproducido.

Así iban las cosas en aquella extraña región.

Pero no hay que creer que aun en la época en que apenas, se distinguían los lineamientos de Villa Carbón no había distracciones en la vida subterránea y que la existencia era allí monótona. Nada de eso. Aquella población que tenía los mismos intereses, los mismos gustos, y próximamente la suma de bienestar, constituía verdaderamente una gran familia. Todos se conocían, se trataban, y apenas sentían la necesidad de ir a buscar algunos placeres en el exterior.

Además los domingos había paseos por la mina, excursiones agradables por los lagos y los estanques.

Con frecuencia también se oían resonar los ecos de la cornamusa en las orillas del lago Malcolm. Los escoceses acudían al llamamiento de su instrumento nacional. Solían bailar, y aquel día Jack Ryan, vestido con su traje de Highlander, era el rey de la fiesta.

En fin, de todo esto resultaba, según decía Simon Ford, que Villa Carbón podía ya ser rival de la capital de Escocia; de esa ciudad sujeta a los fríos del invierno, a la interperie de un clima detestable, y que en una atmósfera saturada del humo de sus máquinas, justificaba el nombre de la "Vieja ahumada".

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