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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
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Las indias negras
Capítulo VII
Un experimento de Simon Ford

Daba la hora del medio día en el antiguo reloj de madera de la sala, cuando Jacobo Starr y sus dos compañeros salían de la choza.

La luz que penetraba por el pozo de ventilación iluminaba vagamente la rotonda. La lámpara de Harry hubiese sido inútil entonces; pero no debía tardar en servir, porque el viejo capataz iba a conducir al ingeniero al mismo extremo de la mina Dochart.

Después de haber seguido por espacio de dos millas la galería principal, los tres exploradores -ya se verá que se trataba de una exploración- llegaron a la entrada de un estrecho túnel; era como una nave de menor altura, cuya bóveda descansaba sobre una armadura de madera tapizada de una especie de musgo blanquecino. Seguía, sobre poco mas o menos, la línea que trazaba a mil quinientos pies de altura el curso del Forth.

Por si Jacobo Starr hubiese olvidado algún detalle del dédalo de la mina Dochart, Simon Ford tenía cuidado de irle explicando la disposicion del plano general, comparándole con el trazado geográfico del suelo.

Jacobo Starr y Simon Ford iban, pues, andando y hablando.

Delante iba Harry alumbrando el camino, trataba de descubrir alguna sombra sospechosa, proyectando bruscamente los vivos resplandores de la lámpara sobre las oscuras sinuosiuades de la pared.

-¿Vamos muy lejos? -preguntó a Simon el ingeniero.

-Nos falta aún media milla, señor Starr. ¡En otro tiempo habríamos recorrido este camino en carruaje por los tranvías mecánicos! ¡Pero cuán lejos están aquellos tiempos!

-¿Nos dirigimos hacia el extremo del último filón? -preguntó Jacobo Starr.

-Sí; veo que aún conoce muy bien la mina.

-¡Oh! Simon, sería difícil ir más lejos, si no me equivoco.

-En efecto, señor Starr. ¡Allí es donde nuestros azadones arrancaron el último pedazo de hulla del depósito! ¡Lo recuerdo como si fuese ahora mismo! ¡Yo fui quien dio este último golpe, que resonó en mi pecho más violentamente que en la roca! ¡Ya no había más que arena o esquistos a nuestro alrededor; y cuando el vagón de cargo rodó hacia el pozo de extracción le seguí con el corazón conmovido, como se sigue el entierro de un pobre! ¡Me parecía que se iba con él el alma de la mina!

La gravedad con que el viejo capataz pronunció estas palabras, impresionó al ingeniero, que estaba dispuesto a participar de tales sentimientos. Los mismos que los del marino queabandona su buque desamparado, los del noble que ve arruinarse la casa de sus antepasados, Jacobo Starr estrechó la mano de Simon Ford. Pero a su vez éste tomó la mano del ingeniero, y oprimiéndolá fuertemente, dijo:

-¡Ese día nos equivocamos todos! No. ¡La mina no estaba muerta! ¡No era un cadáver que los mineros abandonaban! ¡Me atrevo a asegurárselo, señor Starr, que su corazón late todavía!

-¡Hable, Simon! ¿Ha descubierto usted un nuevo filón? -preguntó el ingeniero, que no fue dueño de contenerse. ¡Ya lo sabía! ¡Su carta no podía significar otra cosa! ¡Una noticia que darme, y en la mina Dochart! ¿Qué hubiera podido interesarme más que el descubrimiento de una capa carbonífera?...

-Señor Starr -respondió Simon Ford, no he querido indicárselo a nadie más que a usted...

-Ha hecho usted muy bien, Simon, pero dígame, ¿cómo? ¿por qué medios ha adquirido la seguridad?...

-Escúcheme, señor Starr -respondió Simon Ford. No es un depósito lo que yo he encontrado...

-¿Pues qué es?

-Es solamente la prueba de que ese depósito...

-¿Y es prueba? ...

-¿Puede creer que se desprende el carburo de hidrógeno de las entrañas del suelo, si no hay hulla que lo produzca?

-No, ciertamente -respondió el ingeniero. Sin carbono no hay carburos. No hay efecto sin causa...

-Como no hay humo sin fuego.

-¿Y ha demostrado usted de nuevo la presencia del hidrógeno protocarbonado?...

-Un minero veterano no se dejaría engañar -respondió Simon Ford. ¡He reconocido a nuestro antiguo enemigo: el carburo!

-¡Pero, y si fuese otro gas! -dijo Jacobo Starr. El carburo es casi inodoro, incoloro. Su presencia le vende casi sólo por la explosión...

-Señor Starr -respondió Simon Ford, ¿quiere permitirme que le cuente lo que he hecho... y cómo lo he hecho..., a mi manera, evitándome rodeos?

Jacobo Starr conocía al ex capataz y sabía que lo mejor era dejarle hablar.

-Señor Starr -continuó Simon Ford, en diez años no se ha pasado un sólo día en que Harry y yo no hayamos pensado en volver a la mina su antigua prosperidad. ¡no! ¡ni un día! Si existiera un nuevo depósito estábamos decididos a descubrirle. ¿Qué medios emplear? ¿La sonda? No nos era posible. Pero teníamos el instinto del minero; y muchas veces se va más derecho al fin por el instinto que por la razón. A lo menos ésta es mi creencia...

-Que yo no contradigo -respondió el ingeniero.

-Harry había observado una o dos veces durante sus excursiones en el occidente de la mina resplandores que se apagaban en seguida, y que aparecían algunas veces a través del esquisto o del piso de las galerías extremas. ¿Qué causa encendía estos resplandores? No podía, ni puedo decirlo aún. Pero seguramente estos fuegos no eran producidos sino por la presencia del hidrógeno carbonado, y para mí el hidrógeno carbonado es el filón de hulla.

-¿Y no producían ninguna explosión? -preguntó vivamente el ingeniero.

-Sí; pequeñas explosiones parciales -respondió Simon Ford-, que he provocado yo mismo cuando he querido cerciorarme de la presencia de este gas. ¿Se acuerda de qué modo se evitaba antiguamente la explosión en las minas antes que nuestro buen genio, Humphy Davy, inventase su lámpara de seguridad?

-Sí -respondió Jacobo Starr. ¿Quiere hablar del "penitente"? Pero yo no lo he visto practicar nunca.

-En efecto, señor Starr, usted es demasiado joven, a pesar de sus cincuenta y cinco años, para haberlo visto. Pero yo, con diez años más que usted, he visto funcionar al último penitente de la mina. Se le llamaba así porque llevaba un largo hábito de fraile. Su verdadero nombre era fireman o sea hombre de fuego. En aquella época no había otro medio de destruir el gas maléfico que descomponiéndole por medio de pequeñas explosiones, antes de que su ligereza le condenase en grandes cantidades en lo alto de las galerías. He aquí por qué el penitente, con el rostro enmascarado, la cabeza cubierta con un capuchón y el cuerpo envuelto en su sayal, iba arrastrándose por el suelo. Respiraba en las capas inferiores cuyo aire es puro, y en la mano derecha llevaba, elevándola por encima de su cabeza, una antorcha encendida. Cuando el carburo se encontraba mezclado con el aire formando una mezcla detonante, se producía la explosión sin ser funesta; y renovando varias veces esta operación, se conseguía evitar las catástrofes. Alguna vez el penitente, herido por la explosión, moría. Otro le reemplazaba.

Así se hacía hasta que la lámpara de Davy fue adoptada en todas las minas. Pero yo conocía este procedimiento, y es el que he empleado y el que me ha hecho conocer la presencia del carburo de hidrógeno, y por consiguiente la de un nuevo depósito carbonífero en la mina Dochart.

Todo lo que el capataz había dicho respecto del penitente era rigurosamente exacto. Así se hacía antiguamente en las minas de carbón para purificar el aire de las galerías.

El hidrógeno protocarbonado o gas de los pantanos incoloro, casi inodoro, con un poder poco iluminante, es impropio para la respiración. El minero no podría vivir en una atmósfera de este gas maléfico, del mismo modo que no podría vivir en un gasómetro lleno de gas del alumbrado.

Además lo mismo que éste, que es el hidrógeno bicarbonado, el grisu forma una mezcla detonante así que se une al aire en una proporción de ocho y aún de cinco por ciento. La inflamación se produce por una causa cualquiera, y se origina una explosión casi siempre acompañada de catástrofes espantosas.

Para evitar este peligro se usa la lámpara de Davy, en que oscilando la llama de la luz en un tubo de tela metálica, quema el gas en el interior del tubo, sin dejar que la inflamación se propague al exterior. Esta lámpara de seguridad ha sido modificada de mil maneras. Si llega a romperse, se apaga. Si a pesar de la prohibición formal que se ordena siempre, el minero quiere abrirla, se apaga también. ¿Por que, pues, hay todavía explosiones? Porque nada puede evitar la imprudencia del obrero que quiere encender su pipa, ni el choque de una herramienta que puede producir una chispa.

No todas las minas están infectadas por este gas. En aquellas en que no se produce, está autorizado el uso de la lámpara ordinaria. Tal es entre otras la mina Thiers en la cuenca de Anzin. Pero cuando la hulla del depósito es grasa, contiene cierta cantidad de materias volátiles, y el carburo se forma en gran abundancia.

La lámpara de seguridad está hecha de manera que impide siempre las explosiones, que son tanto más terribles, cuanto que los mineros que no han sido directamente atacados por ella, corren también el peligro de quedar asfixiados instantáneamente en las galerías por el gas deletéreo que se forma después de la explosión; es decir, por el ácido carbónico.

Siguiendo el camino Simon Ford explicó al ingeniero lo que había hecho para llegar a su objeto, y cómo se había cerciorado de que el desprendimiento del hidrógeno protocarbonado se verificaba en el fondo mismo del extremo de la galería, en la parte occidental; de qué manera había conseguido, con la aproximación de la llama a las láminas de esquisto, algunas explosiones parciales o más bien ciertas inflamaciones, que no dejaban duda alguna sobre la naturaleza del gas, cuya fuga se verificaba en pequeñas dosis; pero de una manera constante.

Una hora después de haber abandonado la choza, Jacobo Starr y sus dos compañeros habían recorrido una distancia de cuatro millas. El ingeniero impulsado por el deseo y la esperanza había andado este camino, sin pensar remotamente en su extensión.

Reflexionaba sobre todo lo que le decía el minero veterano. Pesaba mentalmente los argumentos que éste le daba en favor de su tesis. Creía como él que esta emisión continua de hidrógeno protocarbonado, indicaba con certidumbre la existencia de un depósito de hulla. Si no hubiese habido más que una especie de balsa llena de gas, como sucede algunas veces entre los esquistos, se habría vaciado prontamente y el fenómeno habría desaparecido. Pero lejos de suceder esto, según decía Simon Ford, el hidrógeno se desprendía sin cesar, y por lo lanto podía deducirse de aquí la existencia de un importante filón carbonífero. En consecuencia las riquezas de la mina Dochart, podían no haberse agotado completamente. Pero ¿se trataba de una capa cuyo producto sería poco importante, o de un depósito que ocuparía una gran extensión del piso del terreno carbonífero? Aquí estaba verdaderamente la cuestión principal.

Harry que precedía a su padre y al ingeniero, se detuvo.

-Ya hemos llegado -dijo el viejo. Gracias a Dios, señor Starr, usted está aquí y vamos a saber...

La voz firme del pobre hombre temblaba ligeramente.

-Mi querido Simon -le dijo el ingeniero-, ¡cálmese! ¡Estoy tan conmovido como usted; pero no conviene perder el tiempo!

El extremo de la galería formaba ensanchándose una especie de caverna oscura. En aquel sitio no se había hecho ningún pozo y la galería profundamente excavada en las entrañas de la tierra, no tenía comunicación directa con la superficie del condado de Stirling.

Jacobo Starr, profundamente interesado, examinaba seriamente el sitio en que se encontraba.

Aún se veía sobre la pared, que terminaba esta caverna, la señal de los últimos azadonazos y los agujeros de algunos barrenos, que habían producido la rotura de la roca, en los últimos días de la explotación.

Esta materia esquistosa era muy dura; y no había habido necesidad de igualar los salientes de la piedra de este último callejón, donde debían detenerse los trabajos. Allí, en efecto, acababa el filón carbonífero, entre los estratos y la arenisca del terreno terciario.

Allí, en aquel mismo sitio había sido extraido el último pedazo de combustible de la mina Dochart.

-Aquí es, señor Starr -dijo Simon levantando su pico-; aquí fue donde encontramos ya el esquisto y la arenisca, donde terminaba el carbón. Pero detrás de esta pared, a una profundidad mayor o menor está seguramente el filón cuya existencia le aseguro.

-¿Y es aquí, en la superficie de estas rocas donde ha encontrado el carburo?

-Aquí mismo, señor Starr -respondió Simon Ford-, y he podido inflamarle sólo con acercar mi lampara a las capas de los esquistos.

Harry lo ha hecho también como yo.

-¿A qué altura? -preguntó Starr.

-A diez pies sobre el suelo -respondió Harry.

Jacobo Starr se había sentado sobre una roca.

Parecía que después de haber olfateado el aire de la caverna, miraba a los dos mineros como si estuviese dispuesto a dudar de sus palabras, por terminantes que fuesen.

En efecto, el hidrógeno protocarbonado no es completamente inodoro; y el ingeniero estaba asombrado de que su olfato, que era muy delicado, no le revelase la presencia de gas explosivo.

En todo caso, si este gas estaba mezclado al aire ambiente era en una dosis muy pequeña. No había, pues, explosión que temer y se podía sin peligro abrir la lámpara de seguridad para hacer el experimento como lo había hecho el minero.

Lo que inquietaba a Jacobo Starr no era que hubiese demasiada cantidad de gas, sino que no hubiera bastante, o que no hubiese ninguna.

-¡Se habrán engañado! -murmuró. ¡No! No son hombres para eso. Y sin embargo...

Esperaba, pues, no sin cierta ansiedad que se realizase en su presencia el fenómeno señalado por Simon Ford. Pero en este momento le pareció que lo que él acababa de observar, es decir, la ausencia del olor característico del carburo era notado por Harry porque éste, con voz alterada, dijo:

-Padre, parece que la fuga del gas no es por las hojas del esquisto.

-¿Que no es? -exclamó el anciano.

Y Simon Ford cerrando herméticamente sus labios, aspiró fuertemente por las narices varias veces.

Después, de pronto, y haciendo un brusco movimiento, dijo:

-Dame tu lámpara, Harry.

Simon Ford cogió la lámpara con mano agitada. Febrilmente, separó la cubierta de tela metálica que rodeaba la mecha, y la llama empezó a arder en el aire libre.

Como se había temido no se produjo ninguna explosión; pero lo que es más grave, ni siquiera se produjo ese ligero ruido que indica la presencia del carburo en pequeñas dosis.

Simon Ford cogió el bastón que tenía Harry y fijando la lámpara a su extremo, la elevó hacia las capas de aire superiores, a donde el gas, en razón de su ligereza específica, debería acumularse por pequeña que fuera la dosis en que existiera.

La llama de la lámpara recta y blanca no manifestó ninguna señal del hidrógeno protocarbonado.

-¡A la pared! -dijo el ingeniero.

-Sí -añadió Simon Ford llevando la lámpara pegada a la pared, a través de la cual su hijo y él también, habían notado el día anterior la fuga de gas.

El brazo del viejo temblaba, tratando de llevar la lámpara a la altura de las grietas del ojoso esquisto.

-¡Hazlo tú Harry! -dijo.

Harry cogió el palo y presentó sucesivamente la lámpara a los puntos, de la pared en que las hojas parecían abrirse... pero, sacudía la cabeza tristemente, porque sus oídos no percibían ese ruido especial del carburo que se escapa.

No hubo pues, inflamación. Era evidente que no pasaba un átomo de gas por aquella pared.

-¡Nada! -exclamó Simon Ford, cerrando el puño, más bien con una expresión de cólera, que de disgusto.

Entonces Harry dio un grito.

-¿Qué tienes? -preguntó rápidamente Jacobo Starr.

-¡Han tapado las grietas del esquisto!

-¡De veras! exclamó el minero.

-¡Mire, padre!

Harry no se había engañado. La obstrucción de las grietas era visible a la luz de la lámpara. Se veía claramente una mezcla de cal reciente, que se extendía como una larga capa blanquecina mal cubierta con polvo de carbón.

-¡Él! -exclamó Harry-, no puede ser más que él.

-¡Él! -repitió Jacobo Starr.

-Sí -continuó el joven-, ese ser misterioso que vaga por nuestra mina, y a quien he seguido los pasos cien veces sin poder alcanzarle; el autor indudable, desde ahora, de esa carta que quería impedir que usted viniera a la cita dada por mi padre, señor Starr; en fin el que nos ha arrojado aquella piedra en la galería del pozo Yarow. ¡Ah! no hay duda posible. En todo esto anda la mano de un hombre.

Harry había hablado con tal energía, que su convicción penetró completa e instantáneamente en el ánimo del ingeniero. En cuanto al viejo no había ya que convencerle, veía un hecho innegable, la obturación de las grietas por donde se escapaba el gas la víspera.

-Coge el pico Harry -dijo Simon Ford-, súbete sobre mis hombros, hijo mío. Aún estoy bastante fuerte para sostenerte.

Harry comprendió en seguida. Su padre se arrimó a la pared. Harry se subió sobre sus hombros, de modo que su pico pudiese llegar a la señal bastante visible de la cal. En seguida descubrió con unos cuantos golpes la parte de roca esquitosa que había sido tapada y se produjo un pequeño ruido semejante al del vino de Champagne cuando se escapa de una botella, ruido que en las minas inglesas se conoce con el nombre onomatopéyico da puf.

Harry cogió entonces su lámpara, y la aproximó a la grieta...

Se oyó una ligera detonación y brotó una llamita roja, azulada en su contorno, que vagó por la pared, como un fuego de San Telmo.

Harry saltó a tierra y el viejo, no pudiendo contener su alegría, cogió las manos del ingeniero gritando:

-¡Hurra! ¡hurra! ¡hurra! señor Starr. ¡El gas arde; luego el filón está ahí!

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