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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
Indicador Dos cartas contradictorias
Indicador Por el camino
Indicador El subsuelo del Reino...
Indicador La mina Dochart
Indicador La familia Ford
Indicador Algunos fenómenos...
Indicador Un experimento de...
Indicador Una explosión de...
Indicador La nueva Aberfoyle
Indicador La ida y la vuelta
Indicador Los fantasmas de fuego
Indicador Las investigaciones de...
Indicador Villa Carbón
Indicador Pendiente de un hilo
Indicador Elena en la choza
Indicador La escala oscilante
Indicador La salida del sol
Indicador Del lago Lomond al lago...
Indicador La última amenaza
Indicador El penitente
Indicador El casamiento de Elena
Indicador La leyenda del viejo Silfax

Las indias negras
Capítulo XXI
El casamiento de Elena

Se separaron después de haber convenido en que los huéspedes de la choza tendrían la mayor vigilancia. La amenaza de Silfax era demasido directa, para despreciarla; y estaban en el caso de preguntarse si el antiguo penitente dispondría de algún medio terrible para aniquilar la Nueva Aberfoyle.

Pusieron guardias armados en las varias salidas de la mina, con orden de vigilar noche y día. Todo extraño debía ser llevado ante el ingeniero para identificar su persona. No creyeron conveniente decir a los habitantes de Villa Carbón las amenazas de que eran objeto; porque no teniendo Silfax inteligencias en la plaza, no podía haber traición.

Dieron cuenta a Elena de todas las medidas tomadas, y aunque no se tranquilizó por completo, se quedó más serena. Sin embargo nada contribuyó a hacerla abandonar la idea de huir, como la promesa de Harry de seguirla adonde fuese.

En la semana que precedió al casamiento no hubo ningún accidente que turbara la paz de la mina; de modo que sus habitantes, sin abandonar la vigilancia, perdieron el pánico que había puesto en peligro la explotación.

Mientras tanto Starr continuaba buscando a Silfax. El vengativo anciano había declarado que Elena no se casaría con Harry, y era de sospechar que no retrocedería ante nada para impedirlo. Lo mejor hubiese sido apoderarse de su persona, respetando su vida.

Se empezó, pues, de nuevo el registro de la mina. Se recorrieron las galerías hasta los pisos superiores, que llegaban a las ruinas del castillo de Dundonald, pues se sospechaba con razón que por allí se comunicaba con el exterior, y que entraría los alimentos necesarios para su pobre existencia, comprándolos o cogiéndolos. En cuanto a los fantasmas de fuego, Starr creyó que Silfax había podido encender algún escape de carburo en aquella parte de la mina. No se engañaba; pero sus investigaciones fueron inútiles.

Jacobo Starr, en esta lucha continua contra un ser invisible, fue, sin dejarlo conocer, el más desgraciado de los hombres. A medida que se aproximaba el día del matrimonio, se aumentaban sus temores, y había creído conveniente hablar de ello, por una excepción, al capataz, que llegó a estar más intranquilo que él.

Por fin llegó el día.

Silfax no había dado señales de vida.

Desde por la mañana todos los habitantes de Villa Carbón estaban de pie. Se habían suspendido los trabajos; porque maestros y obreros querían hacer un homenaje al capataz y a su hijo, pagando una deuda de gratitud a los dos hombres atrevidos y perseverantes, que habían vuelto a la mina su prosperidad.

La ceremonia debía verificarse a las once en la capilla de San Gil, elevada a orillas del lago Malcolm.

A esta hora salieron de la casa, Harry dando el brazo a su madre, y Simon a Elena.

Seguían el ingeniero, impasible en apariencia, pero en el fondo esperindolo todo, y Jack Ryan, soberbio con su traje de piper.

Después iban los demás ingenieros de la mina, los notables de Villa Carbón, los amigos, los compeñeros del capataz, los miembros de aquella gran familia de mineros, que formaba la población especial de la Nueva Aberfoyle.

Era uno de esos días calurosos de agosto, que son tan fatigosos en los países del norte.

El aire tempestuoso penetraba hasta las profundidades de la mina, donde se había elevado la temperatura de un modo anormal. La atmósfera se saturaba de electricidad, a través de los pozos de ventilación y del vasto túnel de Malcolm.

El barómetro había bajado considerablemente, fenómeno muy raro en Villa Carbón, y era cosa de preguntarse si iba a estallar una tempestad bajo la bóveda de esquisto, que formaba el cielo de la inmensa cripta.

Pero la verdad es que allí nadie pensaba en las amenazas atmosféricas de fuera.

Todos se habían puesto sus mejores trajes.

Margarita llevaba uno que recordaba los pasados tiempos; llevaba en la cabeza un toy, como las antiguas matronas, y en sus hombros flotaba el rokelay, especie de mantilla de cuadros, que las escocesas llevan con cierta gracia.

Elena se había propuesto no dejar conocer la agitación de su pensamiento. Prohibió latir a su corazón, y venderla a sus secretas angustias, y consiguió mostrar a todos un rostro tranquilo.

Iba vestida sencillamente; y esta sencillez, que había preferido a trajes más ricos, daba más encanto a su persona. En la cabeza llevaba solamente un snood, cinta de varios colores con que se adornan las jóvenes de Caledonia.

Simon llevaba un traje que no hubiera despreciado el digno alcalde Nicolás Jarvie de Walter Scott.

Todos se dirigieron hacia la capilla, que estaba lujosamente decorada.

En el cielo de Villa Carbón, los discos eléctricos, reavivados por corrientes intensas, resplandecían como otros tantos soles. Una atmósfera luminosa llenaba toda la Nueva Aberfoyle.

En la capilla, las lámparas eléctricas proyectaban tan viva luz, que los vidrios de colores brillaban como caleidoscopios de fuego.

Iba a oficiar el reverendo Guillermo Hobson, que esperaba a los esposos en la puerta de San Gil.

El acompañamiento se aproximaba siguiendo la orilla del lago.

En aquel momento resonó el órgano, y las dos parejas, precedidas del reverendo Hobson, se dirigieron hacia el crucero de San Gil.

Ante todo, pidieron la bendición del cielo; después Harry y Elena quedaron solos ante el ministro, que tenía el libro sagrado en la mano.

-Harry -preguntó el reverendo Hobson-, ¿quiere a Elena por esposa y jurá amarla siempre?

-Lo juro -respondió el joven con voz fuerte.

-Y usted, Elena -añadió el ministro-, ¿quiere a Harry Ford por esposo y...

La joven no pudo responder porque un inmenso clamor resonó afuera.

Una de aquellas enormes rocas que había a orillas del lago, a cien pasos de la capilla, se desplomó súbitamente, sin explosión, como si su caída hubiese estado preparada de antemano. Las aguas se precipitaron por debajo, en una excavación profunda, que nadie sabía que existiese.

Después, de pronto, por entre las rocas desplomadas apareció una canoa, que con un impulso vigoroso se lanzó a la superficie del lago.

En aquella canoa iba de pie un anciano, vestido con un hábito sombrío con los cabellos erizados y una larga barba, que caía sobre su pecho. Llevaba en la mano una lámpara de Davy, en la cual brillaba una llama, protegida por la tela metálica del aparato.

Al mismo tiempo gritó con una voz fuerte:

-¡El carburo! ¡El carburo! ¡Maldición sobre todos! ¡Maldición!

En aquel momento, el ligero olor que caracteriza al hidrógeno protocarbonado, se extendió por la atmósfera.

La caída de la roca había dado paso a una enorme cantidad de gas explosivo, encerrado en grandes depósitos, cerrados por los esquistos. La corriente de carburo subía a las bóvedas, con una presión de cinco o seis atmósferas.

El viejo conocía la existencia de esos depósitos y los había abierto bruscamente para hacer detonante la atmósfera de la cripta.

Jacobo Starr y algunos otros salieron precipitadamente de la capilla.

-¡Fuera de la mina! ¡Fuera de la mina! -gritó el ingeniero, que habiendo comprendido todo el peligro, fue a dar el grito de alarma a la puerta de la capilla.

-¡El carburo! ¡El carburo! -gritaba el viejo, adelantando en su canoa por el lago.

Harry, arrastrando a su novia, a su padre y a su madre, había salido precipitadamente de la capilla.

-¡Fuera de la mina! ¡Fuera de la mina! -repetía Starr.

¡Era tarde para huir!

Silfax estaba allí dispuesto a cumplir su última amenaza, y a impedir el casamiento de Elena, sepultando a todos los habitantes de la mina entre sus ruinas.

Por encima de su cabeza volaba el enorme buho con sus manchas negras en las plumas.

Pero entonces se precipitó un hombre, en el agua del lago, nadando vigorosamente hacia la canoa.

Era Jack Ryan, que se esforzaba por llegar hasta el loco, antes de que cumpliese su obra de destrucción.

Silfax le vio. Rompió el vidrio de su lámpara, y arrancando la mecha encendida, la paseó por el aire.

Un silencio de muerte sucedió en toda aquella gente aterrada. Jacobo Starr, resignado, se asombraba de que ya la explosión no hubiese destruido la Nueva Aberfoyle. Silfax comprendía que el carburo por su ligereza se había acumulado en las capas elevadas del aire.

Pero entonces el buho obedeciendo a un gesto de Silfax, cogió con la pata la mecha incendiaria, como hacía en otro tiempo en las galerías de la mina Dochart, y empezo a elevarse hacia la bóveda, que el viejo le señalaba con la mano.

Unos cuantos segundos más, y la Nueva Aberfoyle habría sido destruida.

En aquel momento Elena se escapó de los brazos de Harry.

Serena e inspirada a la vez, corrió hasta la orilla del agua y desde allí llamó al pajaro con voz clara, diciendo: ¡Ven, ven a mí! El fiel pájaro, asombrado, dudó un instante. Pero de pronto, recordando la voz de Elena, dejó caer la mecha encendida en el agua del lago, y describiendo un ancho círculo vino a posarse a los pies de la joven.

La llama no llegó a las altas capas, donde se había acumulado el carburo.

Entonces se oyó un grito terrible, que resonó en la bóveda. Fue el último grito de Silfax.

En el momento en que Jack Ryan iba a poner la mano sobre la canoa, el viejo, viendo que se le escapaba la venganza, se arrojó al lago.

-¡Sálvenlo! ¡Sálvenlo! -gritó Élena con voz conmovida.

Harry lo oyó, y arrojándose a su vez al lago, se unió a Jack y se sumergió varias veces. Pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Las aguas del lago Malcolm no devolvieron a su presa y se cerraron para siempre sobre el viejo Silfax.

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