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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
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Las indias negras
Capítulo IV
La mina Dochart

Harry Ford era un joven alto de veinticinco años, vigoroso y de sueltos ademanes. Su fisonomía un poco seria, y su aspecto habitualmente pensativo, le habían distinguido desde la infancia entre sus compañeros en la mina. Sus facciones regulares, sus ojos profundos y dulces, sus cabellos fuertes, más bien castaños que rubios, el encanto natural de su persona, contribuía a darle el aspecto completo del lowlander, es decir, del escocés de la llanura. Endurecido desde su infancia en el trabajo de la mina, era al mismo tiempo que un seguro compañero, una naturaleza fuerte y buena. Guiado por su padre y llevado por sus instintos, había trabajado y se había instruido muy pronto; y en la edad en que los demás apenas son aprendices, él era ya alguien -uno de los primeros de su condición- en un país que tiene pocos ignorantes, porque hace todo lo posible para suprimir la ignorancia.

Y aunque en los primeros años de su vida no dejó de la mano el pico, no tardó en adquirir los conocimientos suficientes para elevarse en la jerarquía de la mina; y seguramente habría sucedido a su padre en el cargo de capataz, si la mina no hubiera sido abandonada. Jacobo Starr era un buen andarín todavía; y sin embargo, no habría podido seguir fácilmente a su guía si éste no hubiéra moderado el paso.

La lluvia caía ya con menos violencia. Sus anchas gotas se pulverizaban antes de llegar al suelo. Eran más bien ráfagas húmedas, que atravesaban la atmósfera, llevadas por una fresca brisa.

Harry Ford y Jacobo Starr -el joven llevaba el ligero equipaje del ingeniero-, siguieron la orilla izquierda del río, apróximadamente una milla. Después de haber recorrido su playa sinuosa, tomaron una senda que se perdía en las tierras, bajo grandes árboles que goteaban el agua de la lluvia. Extensos pastos se extendían a uno y otro lado, alrededor de casas de campo aisladas. Algunos rebaños pacian tranquilamente la yerba, siempre verde de aquellas praderas de Escocia. Eran vacas sin cuernos, o pequeños carneros de lana sedosa, que se asemejaban a los de los juegos de niños. No se veía ningún castor, por que estaban, sin duda, refugiados, en el hueco de algún árbol; pero el colley, perro particular de esta región del Reino Unido, tan afamado por su vigilancia, rondaba alrededor del rebaño.

El pozo Yarow estaba situado cerca de cuatro millas de Callander. Jacobo Starr no dejaba de ir muy impresionado. No había vuelto a ver aquel país desde el día en que la última tonelada de la mina de Aberfoyle había sido cargada en el ferrocarril de Glasgow.

La vida agrícola reemplazaba ahora a la vida industrial, siempre más bulliciosa más activa. Y el contraste era tan lo más notable, cuanto que durante el invierno los trabajos del campo tienen una especie de descanso. Era otro tiempo, en todas las estaciones la población minera animaba aquel territorio por encima y por debajo del suelo. Los grandes carros de carbón pasaban constantemente noche y día. Los rails, ahora enterrados en sus traviesas podridas, se estremecían bajo el peso de los vagones. Ahora el camino de piedra y de tierra sustituia poco a poco a los tranvías de explotación. Jacobo Starr creía atravesar un desierto.

El ingeniero miraba, pues, en su derredor con tristes ojos. Se detenía con frecuencia para tomar aliento. Escuchaba. El aire no transmitía ya lejanos silbidos, ni el ruido anhelante de las maquinarias. En el horizonte no se veía ni uno de esos vapores negruzcos, que el industrial ve con placer mezclados con grandes nubes. Ninguna chimenea cilíndrica o prismática arrojaba humo, después de haberse alimentado en el depósito mismo; ningún tubo de escape arrojaba su vapor blanco, como el soplo de sus pulmones. El suelo, ennegrecido en otro tiempo por el polvo del carbón, tenía una limpieza a que no estaba acostumbrada la vida de Jacobo Starr.

Cuando el ingeniero se detenía, Harry Ford se detenía también. El joven minero esperaba en silencio. Conocía muy bien lo que pasaba en el alma de su compañero, y particapaba de su emoción. El hijo de la mina, cuya vida había transcurrido en las profundidades de aquel suelo.

-¡Sí, Harry, todo está cambiado! -dijo Jacobo Starr. ¡Pero a fuerza de sacarlos, preciso era que los tesoros de hulla se agotasen alguna vez! ¡Tú te acuerdas con pena de ese tiempo!

-Sí, señor Starr -respondió Harry. El trabajo era duro, ¡pero interesaba como toda lucha!

-Sin duda, hijo mío. La lucha constante, el peligro de los desprendimientos, de los incendios, de las inundaciones, del grisu, que hieren como el rayo. ¡Era preciso estar preparado y combatir estos peligros! Dices bien. ¡Era la lucha, y por consiguiente la vida de emociones!

-Los mineros de Alloa han tenido más fortuna que los de Aberfoyle, señor Starr.

-Sí, Harry -respondió el ingeniero.

-En verdad -exclamó el joven-, es sensible que todo el globo terráqueo no esté únicamente compuesto de carbón. ¡Habría habido para millones de años!

-Sin duda, Harry, pero es preciso confesar que la naturaleza ha sido previsora, formando nuestro esferoide más principalmente de gres, de calcáreas, de granito, que no puede consumir el fuego...

-¿Quiere decir que los hombres hubiesen concluido por quemar todo el globo?

-Sí, entero, hijo mío -respondió el ingeniero. La tierra habría pasado hasta el último átomo a los hornos de las locomotoras, de las locomóviles, de los buques de vapor, de las máquinas de gas; ¡y así habría concluido nuestro mundo un día!

-¡Ya no hay ese temor, señor Starr! ¡Pero también las minas se acabarán, sin duda, más rápidamente de lo que creen los estadísticos!

-Sí, sucederá, Harry, y en mi opinión Inglaterra hace mal en cambiar su combustible por el oro de las demás naciones.

-En efecto -respondió Harry.

-Yo sé muy bien -contestó el ingeniero-, que ni la hidráulica ni la electricidad han dicho aún su últirna palabra, y que llegará un día en que estas fuerzas se utilicen más completamente. Pero no importa. ¡La hulla es de un uso tan práctico, y se presta tan fácilmiente a las necesidades variadas de la industria! ¡Desgraciadamente los hombres no pueden producirla a voluntad! Si los bosques de la superficie de la tierra crecen incesantemente por la influencia del calor y del agua, los bosques interiores no se reproducen, y el globo no se encontrará ya nunca en las condiciones necesarias para volverlos a crear.

Jacobo Starr y su guía, hablando siempre, seguían su marcha con paso rápido. Una hora después de haber salido de Callander llegaban a la boca Dochart.

La persona más indiferente se hubiese impresionado ante el triste aspecto que presentaba aquella industria abandonada. Era como el esqueleto de lo que había tenido tanta vida.

En un extenso cuadro sembrado de algunos secos árboles, el suelo desaparecía aún bajo el negro polvo del combustible mineral; pero no se veían ni escorias, ni residuos ni un sólo fragmento de hulla; todo había sido recogido y consumido hacía mucho tiempo.

Sobre una colina poco elevada se destacaba el perfil de una enorme obra de madera consumida lentamente por el sol y la lluvia. En la parte superior se descubría una gran rueda, y más abajo se veían los grandes tornos en que se arrollaban los cables que subían los cajones de combustible a la superficie del suelo.

En el piso inferior se descubría el salón arruinado de las máquinas, que en otro tiempo brillaban en las partes de su mecanismo, que eran de acero o de bronce; algunos trozos de tabique yacían en tierra en medio de vigas rotas y enverdecidas por la humedad. Restos de las palancas que movían las barras de las bombas de extracción; cojinetes rotos o aplastados, ruedas desdentadas, aparatos basculares derribados, algunos escalones fijos en los caballetes, que parecían colosales espinas de ictiosaurios, rieles unidos a alguna traviesa rota, que sostenían aún dos o tres maderos vacilantes de los tranvías, que no hubieran podido resistir el peso del más pequeño vagón vacío. Tal era el aspecto desolado de la mina Dochart.

Las bocas de los pozos con las piedras desunidas desaparecían bajo el espeso musgo. Aquí se veían restos de un cajón, allá vestigios del sitio donde se almacenaba el carbón, que se clasificaba según su calidad o su magnitud. En fin, restos de cubas de que pendía un pedazo de cadena, fragmentos de caballetes gigantescos, planchas de alguna caldera rota, pistones torcidos, grandes palancas que se inclinaban sobre el agujero del pozo de las bombas, toldos que temblaban con el viento, paredes verdosas, techos agrietados que cubrían chimeneas de ladrillos desunidos, y parecian esos cañones modernos cuya culata está cubierta de anillos cilíndricos ... y de todo ésto resultaba una impresión, de abandono, de miseria, de tristeza, que no tienen las ruinas de un antiguo castillo de piedra, ni los restos de una fortaleza desmantelada.

-¡Esto es una desolación! -dijo Jacobo Starr mirando al joven, que no respondió.

Ambos penetraron entonces bajo la techumbre que cubría el orificio del pozo Yarow, cuyas escalas daban a un acceso a las galerías inferiores de aquella boca.

El ingeniero se inclinó sobre el pozo; desde allí se oía en otro tiempo el soplo poderoso del aire aspirado por los ventiladores. Ahora era un abismo silencioso. Parecía que se asomaba al cráter de un volcán apagado.

Jacobo Starr y Harry pusieron el pie en el primer peldaño.

En la época de los trabajos había ingeniosos aparatos en algunos pozos de las minas de Aberfoyle, que bajo este punto de vista estaban perfectamente explotadas, cajones provistos de paracaídas automáticos que se deslizaban suavemente; escalas oscilantes llamadas engine-men, que por un simple movimiento de oscilación permitían a los mineros bajar sin peligro o subir sin cansancio.

Pero estos aparatos perfeccionados habían desaparecido después de la cesación de los trabajos. No quedaba en el pozo Yarow más que una larga sucesión de escalas separadas por mesetas estrechas, de cincuenta en cincuenta pies. Treinta de estas escalas colocadas así, una después de otra, permitían bajar hasta la base de la galería inferior, a una profundidad de mil quinientos pies. Era la única vía de comunicación que existía entre el fondo de la boca Dochart y el suelo. En cuanto a la ventilación se verificaba por el pozo Yarow, que comunicaba por medio de las galerías con otro pozo, cuyo extremo se abría a un nivel superior, saliendo naturalmente el aire caliente por esta especie de sifón invertido.

-Te sigo -dijo el ingeniero, haciendo una seña al joven para que le precediera.

-Estoy a susórdenes, señor Starr.

-¿Llevas lámpara?

-Sí y ojalá fuese la lámpara de seguridad de que nos servíamos en otro tiempo.

-¡En efecto -dijo Starr-, la formación de grisu no es ahora temible!

Harry llevaba solamente una lámpara de aceite, cuya mecha encendió.

En la mina, vacía de carbón, no podían ya producirse las fugas de gas hidrógeno carbonado. No habiendo, pues, ninguna explosión que, temer, y ninguna necesidad de interponer entre la llama y el aire ambiente, la tela metálica que impide a este gas inflamarse, la lámpara de Davy, tan perfeccionada entonces, no tenía en este momento aplicación.

Pero si el peligro no existía, era porque había desaparecido su causa, y con su causa el combustible, que era la riqueza de la mina Dochart.

Harry bajó los primeros peldaños de la escala superior. Jacobo Starr le siguió.

Bien pronto se encontraron ambas en una oscuridad profunda, que sólo rompía la luz de la lámpara. El joven la elevaba por encima de su cabeza, a fin de iluminar mejor a su compañero.

Bájaron diez escalas con ese paso mesurado habitual al minero. Las escalas estaban aún en muy buen estado.

Jacobo Starr, observaba curiosamente lo que la insuficiente luz de la lámpara le dejaba ver de las paredes del sombrío pozo, que conservában aún medio podrido el revestimiento de madera.

Cuando llegaron a la quinta meseta, es decir, a la mitad del camino, se pararon algunos instantes.

-¡Decididamente, yo no tengo tus piernas, hijo mío -dijo el ingeniero, respirando largamente; pero en fin todavía puedo!

-Usted es muy fuerte, señor Starr -respondió Harry-; de algo sirve, ya lo verá, haber vivido tanto tiempo en la mina.

-Tienes razón, Harry. Cuando yo tenía veinte años, habría bajado sin respirar. ¡Vamos, en marcha!

Pero en el momento, en que ambos iban a abandonar la meseta, oyeron una voz, aunque lejana, en las profundidades de la mina.

-¡Eh! ¡Quién está ahí! -preguntó el ingeniero deteniendo a Harry.

-No puedo decirlo -contestó el joven minero.

-¿No es tu anciano padre?

-¡Él! No, señor Starr.

-¿Algún vecino, entonces?...

-No tenemos vecinos en el fondo de la mina -respondió Harry. Estamos solos, completamente solos.

-¡Bueno, dejemos pasar a este intruso! -dijo Jacobo Starr. Los que bajan deben ceder el paso a los que suben.

Ambos esperaron.

La voz resonaba en aquel momento con un magnífico timbre, como si fuese conducida por un gran pabellón acústico; y pronto llegaron a los oídos del joven minero algunas palabras de una canción escocesa.

-¡La canción de los lagos! -exclamó Harry. Me asombraría si saliera de otros labios que no fueran los de Jack Ryan.

-¿Y quién es ese Jack Ryan, que canta de un modo tan soberbio? -preguntó Jacobo Starr.

-Un antiguo camarada de la mina -respondió Harry.

Después inclinándose fuera de la meseta gritó:

-¡Eh! ¡Jack!

-¿Eres tú Harry? -contestó la voz. Espérame que subo.

Y siguió la canción perfectamente.

Algunos instantes después, aparecía en el fondo del cono luminoso que proyectaba su linterna, y ponía el pie en el descanso de la décima quinta escala, un joven alto de veinticinco años, de cara alegre, ojos risueños, boca sonriente, y cabellos de un rubio subido. Lo primero que hizo fue estrechar fuertemente la mano que le tendía Harry.

-¡Cuánto me alegro de encontrarte! -exclamó. Sí yo hubiese sabido que subirías a la tierra hoy, me habría evitado haber bajado al pozo Yarow.

-El señor Jacobo Starr -dijo entonces Harry, dirigiendo su lámpara hacia el ingeniero, que se había quedado en la sombra.

-¡El señor Starr! -respondió Jack Ryan. ¡Ah! señor ingeniero, no lo hubiera conocido. ¡Desde que dejé la mina, mis ojos no están ya acostumbrados como antes a ver en la oscuridad!

-Y yo, me acuerdo de un picarillo que estaba cantando siempre hace ya diez años, hijo mío. Sin duda eras tú.

-Yo mismo, señor Starr; y al cambiar de oficio no he cambiado de humor. Ya lo ve. ¡Bah! Reír y cantar, creo que vale más que llorar y gemir.

-Sin duda, Jack Ryan. ¿Y qué haces desde que dejaste la mina?

-Trabajo en la hacienda de Melrose, cerca de Invine, en el condado de Renfrew, a cuarenta millas de aquí. ¡Ah! Pero eso no vale lo que nuestra mina de Aberfoyle. ¡Mi mano manejaba mejor el pico que la pala o la ahijada! Además, en la vieja mina había rincones sonoros, ecos alegres, que volvían caprichosamente las canciones, mientras que allá arriba... Pero, ¿va usted a visitar al viejo Simon, señor Starr?

-Sí, Jack -respondió el ingeniero. No quiero detenerte...

-Dime Jack -le preguntó Harry-, ¿qué te ha traído hoy a nuestra choza?

-Quería verte, camarada -respondió Jack Ryan-, e invitarte a la fiesta del clan de Irvine. Ya sabes que yo soy el piper de la comarca; ¡cantaremos, bailaremos!

-Gracias, Jack, pero me es ímposible.

-¿Imposible?

-Sí; la visita del señor Starr puede prolongarse, y yo debo acompañarle a Callander.

-¡Bah! Harry, la fiesta del clan de Irvine no es hasta dentro de ocho días. De aquí a entonces habrá terminado la visita del señor Starr, según creo, y nada te detendrá en tu choza.

-En efecto Harry -respondió Jacobo Starr. Es necesario aprovechar la invitación que te hace tu camarada Jack.

-Pues bien, acepto -dijo Harry. Dentro de ocho días nos encontraremos en la fiesta de Irvine.

-Dentro de ocho días; convenido -respondió Jack Ryan. Adios Harry. ¡Soy su servidor señor Starr! Estoy muy contento de haber vuelto a verlo. Podré dar noticias de usted a los amigos. Nadie lo ha olvidado, señor ingeniero.

-Yo tampoco he olvidado a nadie -dijo Jacobo Starr.

-Gracias, en nombre de todos, señor -respondió Jack Ryan.

-Adiós, Jack -dijo Harry, apretando por última vez la mano de su camarada.

Y Jack Ryan, volviendo a su canción, desapareció en seguida en las alturas del pozo, vagamente iluminada por la lámpara.

Un cuarto de hora después, Jacobo Starr y Harry bajaban la última escala y ponían el pie en el suelo del último piso de la mina.

Alrededor de la rotonda, que formaba el fondo del pozo Yarow, radiaban diversas galerías, que habían servido para la explotación del último filón carbonífero de la mina.

Penetraban en la masa de los esquistos y de los gres; la mayor parte estaban apuntalados por trapecios de gruesos maderos apenas escuadrados, y las otras cubiertas de un espeso revestimiento de piedra. Por todas partes reemplazaban las explanadas a las venas de combustible devorados por la explotación. Los pilares artificiales estaban hechos de piedras arrancadas en las canteras de las cercanías; y ahora sostenían el suelo, es decir, el doble piso de los terrenos terciarios y cuaternarios, que antes descansaban sobre el mismo depósito.

La oscuridad llenaba entonces estas galerías que antes iluminaba la lámpara de los mineros, o la luz eléctrica, cuyo uso se había introducido en la mina en los últimos años de su explotación. Pero los sombríos túneles no resonaban ya con el chirrido de los vagones, rodando sobre sus rieles, ni con el ruido de los ventiladores que se cerraban bruscamente ni con las voces de los maquinistas, ni con los relinchos de los caballos, ni de las mulas, ni con los golpes del pico del obrero, ni con las detonaciones de los barrenos que hacían estallar las rocas.

-¿Quiere descansar un instante, señor Starr? -preguntó el joven.

-No -respondió el ingeniero-, porque tengo prisa por llegar a la choza del viejo Simon.

-Pues sígame, señor Starr. Lo voy a guiar; y sin embargo, estoy seguro de que usted reconocería el camino en este oscuro dédalo de galerías.

-¡Sí, ciertamente! Tengo aún en la cabeza el plano de toda mi antigua mina.

Harry, seguido del ingeniero y levantando su lámpara para alumbrar mejor, penetró en una alta galería semejante a una nave de una catedral. Sus pies tropezaban aún en las traviesas de madera que sostenían los rieles en el tiempo de la explotación. Pero apenas habían andado cincuenta pasos cuando una enorme piedra vino a caer a los pies de Jacobo Starr.

-Tenga cuidado, señor Starr! -exclamó Harry cogiendo del brazo al ingeniero.

-¡Una piedra, Harry! ¡Ah! estas viejas bóvedas no están ya bastante seguras sin duda, y...

-¡Señor Starr! -respondió Harry Ford-, ¡me parece que la piedra ha sido arrojada... y arrojada por la mano de un hombre! ...

-¡Arrojada! -exclamó Jacobo Starr. ¿Qué quieres decir?

-Nada, nada, señor Starr... -respondió evasivamente Harry, cuya mirada severa habría querido atravesar aquellos espesos muros. Sigamos nuestro camino. Agárrese de mi brazo, se lo ruego, y no tenga miedo de dar un paso en falso.

-¡Ya estoy, Harry!

Y siguieron caminando, mientras que Harry miraba hacia atrás, proyectando el resplandor de su lámpara en las profundidades de la galería.

-¿Llegaremos pronto? preguntó el ingeniero.

-En diez minutos a lo más.

-Bien.

-Pero -murmuró Harry-¡qué extraño es esto! es la primera vez que me sucede semejante cosa. ¡Ha sido preciso que esta piedra cayese en el momento mismo en que pasábamos!...

-¡Harry, no hay en eso más que una casualidad!

-¡Casualidad! ... -respondió el joven meneando la cabeza. ¡Sí... una casualidad! ...

Al decir esto se detuvo y escuchó.

-¿Qué hay? -preguntó el ingeniero.

-He creído oír pasos detrás de nosotros -respondió el joven minero, que prestó el oído más atentamente.

Después añadió:

-No, me habré equivocado. Apóyese bien en mi brazo, señor Starr. Sírvase de mí como de un báculo...

-Un robusto báculo.. Harry -respondió Jacobo Starr. ¡No hay mejor báculo que un joven como tú!

Y continuaron caminando silenciosamente por la sombría nave.

Con frecuencia Harry, que iba preocupado evidentemente, se volvía tratando de sorprender algún ruido lejano o alguna lejana luz.

Pero delante y detrás de él no había más que silencio y tinieblas.

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