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Las indias negras
Editado
© Ariel Pérez
9 de febrero del 2002
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Las indias negras
Capítulo XIX
La última amenza

Aquel día en la Nueva Aberfoyle se trabajaba como siempre; se oían desde lejos los barrenos de dinamita, que hacían saltar el filón carbonífero. Aquí resonaban los golpes del pico y la palanca; allí el ruido de los perforadores, que atravesaban la arenisca y el esquisto; ruidos todos cavernosos. El aire aspirado por las máquinas corría por los pozos de ventilación; y las puertas de madera se cerraban bruscamente por estas corrientes. En los túneles inferiores los vagones mecánicos pasaban con una velocidad de quince millas por hora; y los timbres automáticos avisaban a los trabajadores que se alejasen de la vía.

Las cargas subían y bajaban sin descanso, movidas por las inmensas máquinas de la superficie del suelo. Los discos iluminaban con luz de fuego a Villa Carbón. La explotación se hacía, pues, con la mayor actividad. El filón se desgranaba en los vagones, que se vaciaban a cientos en las cajas que subían por los pozos de extracción.

Una parte de los mineros descansaha del trabajo de la noche, y los demás no perdían un momento.

Simon Ford y Margarita habían acabado de comer, y se habían sentado en el patio de la casa. El viejo iba a dormir su siesta, y fumaba una pipa de tabaco francés. Cuando los dos esposos hablaban, no tenían más que una conversación; Elena, su hijo, el ingeniero y la excursión a la superficie de la tierra. ¿Dónde estarían? ¿Qué harían en aquel momento? ¿Cómo podían estar tanto tiempo fuera, sin sentir la nostalgia de la mina?

En aquel momento se oyó un mugido extraordinario. Parecía que una catarata se precipitaba en la mina.

Simon y Margarita se levantaron rápidamente.

Casi al mismo tiempo las aguas del lago Malcolm se hincharon. Una ola semejante a la de la marea creciente, invadió las orillas y fue a romperse contra la casa.

Simon, cogiendo a Margarita, la subió rápidamente al piso principal. Por todas partes se oían gritos en la mina, amenazada por esta inundación repentina.

Sus habitantes buscaban un refugio hasta en las altas rocas esquistosas que rodeaban el lago.

El terror llegaba al colmo. Algunas familias, medio locas, se precipitaban hacia el túnel para ganar los pisos superiores. Podía temerse que el mar hubiese entrado en la mina, porque las últimas galerías llegaban al canal del norte. Y en este caso la cripta habría sido inundada, y no se hubiera escapado ni uno sólo de los habitantes de Aberfoyle.

Pero en el momento en que los primeros fugitivos llegaban a la entrada del túnel, se encontraron enfrente de Simon, que había salido de la choza.

-¡Deténganse, deténganse! -les gritó-; si fuese una inundación del mar correría más de prisa que ustedes. Ninguno se escaparía. Pero las aguas no crecen; el peligro parece que ha pasado.

-¿Y nuestros compañeros que estaban trabajando abajo? -dijeron algunos mineros.

-No tienen nada que temer -contestó Simon. La explotación se hace en un sitio más alto que el nivel del lago.

Los hechos debían darle la razón. La invasión del agua se había verifícado súbitamente, pero repartida en el fondo de la mina, no había producido más efecto que elevar algunos pies las aguas del lago. La población no estaba pues, en peligro, y era de esperar que el agua arrastrada a las profundidades inferiores de la mina, que no estaban aún explotadas, no hubiese causado ninguna víctima.

En cuanto a si la inundación había sido producida por la elevación de una capa inferior, a través de las grietas de la roca, o por alguna corriente de agua del suelo que se había precipitado perdiendo su fondo, ni Simon Ford ni sus compañeros podían decirlo. Por lo demás, no cabía duda de que se trataba de un simple accidente, como otros muchos que suceden en la explotación minera.

Pero aquella misma tarde ya sabían a qué atenerse. Los periódicos del condado publicaban la descripción de este curioso fenómeno. Elena, Harry, Starr y Jack Ryan, que habían vuelto apresuradamente a la mina, confirmaron la noticia, y supieron con gran satisfacción que todo estaba reducido a algunas pérdidas materiales en la Nueva Aberfoyle.

El lago Katrine se había, pues, desfondado. Sus aguas habían entrado a la mina por un gran agujero.

Al lago favorito del novelista escocés, no le quedaba ya agua para que pudiese mojar sus lindos pies la Dama del Lago... a lo menos en la parte meridional. Todo había quedado reducido a un estanque de algunas hectáreas, donde el lecho era más elevado que la parte del Sur.

¡Qué ruido causó este extremo acontecimiento! Era sin duda la priniera vez que un lago se vaciaba en un instante en las entrañas de la tierra. Había que borrarle de los mapas del Reino Unido, hasta que volviese a llenarse -por una suscripción nacional,- después de haber cerrado el agujero. Walter Scott se hubiese muerto de pena si hubiese vivido aún. Después de todo, el accidente era explicable. En efecto, los terrenos secundarios que servían de bóveda a la mina y de lecho al lago, se habían reducido a una capa delgada por su disposición geológica.

Pero aunque este suceso parecía debido a una causa natural, Starr, Simon y Jack se preguntaron si podía atribuirse a la malevolencia. Las sospechas volvieron a inquietarles con mayor fuerza. ¿Volverían a empezar las persecuciones del genio malhechor contra la explotación de la rica mina?

Algunos días después, Jacobo Starr hablaba con el viejo y su hijo de este suceso.

-Simon -decía-, aunque el hecho puede explicarse por sí mismo, yo tengo como un presentimiento de que pertenece a esos cuya causa buscamos.

-Pienso lo mismo, señor Starr -respondió Simon-; pero si quiere creerme, callémonos, e investiguemos por nosotros mismos.

-¡Oh! -dijo el ingeniero; sé desde luego el resultado.

-¿Cuál?

-Hallaremos la prueba de la maldad, pero no al criminal.

-Pero si existe ¿dónde se oculta? Un sólo ser, por perverso que sea, ¿puede tener una idea tan infernal como provocar el desfondamiento de un lago? Concluiré por creer, como Jack, que hay algún duende en la mina, que nos odia por invadir sus dominios.

No hay para qué decir que Elena había permanecido alejada de estos conciliábulos. Ella, por su parte, ayudaba a los que guardaban este silencio; pero su actitud demostraba que tenía los mismos temores que su familia adoptiva. En su rastro se pintaban las huellas de los combates interiores que sufría.

Resolvióse, pues, que Starr, Símon y Harry fuesen al lugar de la irrupción del agua, y buscasen la causa A nadie hablaron de su proyecto; porque quien no conociese los antecedentes del hecho, tendría por admisible la opinión del ingeniero y de sus amigos.

Algunos días después, los tres en una ligera canoa que dirigía Harry, fueron a examinar los pilares que sostenían la bóveda en que reposába el lago Katrine.

Este examen les dio la razón. Los pilares habían sido minados. Aún eran visibles las manchas negruzcas, porque las aguas habían ya bajado a consecuencia de las filtraciones, y se podía llegar a descubrir hasta la base de la cripta.

La caída de una parte de la bóveda había sido premeditada y ejecutada por la mano de un hombre.

-Ya no hay duda -dijo Starr. ¡Y quién sabe lo que habría sucedido, si en vez de este pequeño lago hubiese dado paso a las aguas del mar!

-¡Sí! -exclamó Simon con cierta presunción-, se necesita un mar para llenar nuestra Aberfoyle. ¿Pero qué interés puede tener nadie en la ruina de nuestra explotación?

-Esto es incomprensible -respondió Jacobo Starr. No se trata de una partida de malhechores vulgares, que desde el antro en que se refugian, se extiende por el país para robar y saquear. Sus crímenes en tres años habrían descubierto su existencia. No se trata tampoco, como he pensado, de algunos monederos falsos, ocultos en algún ignorado rincón de estas cavernas, para ejercer su culpable industria e interesados por lo tanto en expulsarnos. No se hace contrabando, ni moneda falsa para guardarlo. Y sin embargo, hay un enemigo implacable que ha jurado la pérdida de la Nueva Aberfolyle, y que tiene un gran interés en realizar su odio. Es débil, sin duda, para obrar abiertamente; y por eso prepara en la sombra sus emboscadas, pero la inteligencia que ha desplegado, hace de él un ser temible. Posee mejor que nosotros los secretos de nuestra casa; porque desde hace mucho tiempo se escapa a nuestras pesquisas. Es un hombre del oficio, hábil entre los hábiles seguramente, Simon. Lo prueba evidentemente cuanto hemos descubierto de sus obras. Vamos a ver. ¿Tiene usted algún enemigo personal de quién sospechar? ¡Mírelo bien! Hay monomanías de odio que el tiempo no borra nunca. Recuerde toda su vida, si es preciso. Todo esto parece obra de una locura fría y paciente, que exige que usted recuerde hasta los menores recuerdos.

Simon no respondió. El pobre capataz, antes de hablar, examinaba con candor todo su pasado. Por fin levantando la cabeza, dijo:

-¡No! Creo ante Dios que ni Margarita ni yo hemos hecho mal a nadie. No podemos tener un enemigo, ¡ni uno sólo!

-¡Ah! -dijo el ingeniero-, si Elena quisiese hablar...

-Señor Starr, y usted, padre mío -dijo Harry-, les ruego que conservemos aún el secreto de nuestras pesquisas. ¡No interroguen a mi pobre Nell! La veo ya inquieta y angustiada. Creo que hay en su pecho una pena que la ahoga. Si se calla es porque no tiene nada que decir, o porque no cree conveniente hablar. No podemos dudar de su cariño a todos nosotros; pero si más adelante me dijese algo, yo se los comunicaría en seguida.

-Sea Harry -dijo el ingeniero-; y sin embargo ese silencio es inexplicable, si Elena sabe algo.

Y como Harry se dispusiese a replicar, añadió:

-Ten tranquilidad. No diremos nada a la que ha de ser tu mujer.

-Y que lo será sin esperar más, si usted quiere, padre mío.

-Hijo -contestó Simon-, dentro de un mes te casarás. Usted hará de padre de Elena, señor Starr.

-Cuente conmigo, Simon -respondió el ingeniero.

Starr y sus compañeros volvieron a la choza. Nada dijeron del resultado de su exploración; por consiguiente para todo el mundo la inundación fue un simple accidente, sin más consecuencia que haber un lago menos en Escocia.

Elena había vuelto a sus ocupaciones habituales. De su visita al condado conservaba recuerdos imperecederos, que Harry utilizaba para su instrucción, pero no le había quedado ninguna pena; amaba como antes su sombría morada, en que pensaba vivir siendo mujer, como había vivido siendo niña y joven.

El próximo matrimonio de Elena y Harry hacía gran ruido en la mina. Los obsequios y felicitaciones llovían sobre la choza. Jack Ryan no fue el último en llevar los suyos. Muchas veces lo sorprendieron retirado, ensayando sus mejores canciones para una fiesta en que debía tomar parte toda la población minera.

Pero durante el mes que precedió al matrimonio, la nueva Aberfoyle sufrió mayores pruebas que nunca. Parecía que la aproximación de este acto provocaba catástrofes. Los accidentes se verificaban principalmente en los trabajos más profundos, sin que se supiese su causa.

Un incendio devoró todo el maderaje de una galería inferior; y se encontró la lámpara que había usado el incendiario.

Harry y sus compañeros tuvieron que arriesgar su vida para apagar aquel fuego que amenazaba destruir el depósito; y no lo consiguieron sino empleando bombas llenas de agua con ácido carbónico, de que la mina estaba prudentemente provista.

Otra vez hubo un desprendimiento, debido a la ruptura de los puntales de un pozo; y Starr hizo ver que habían sido cortados por una sierra. Harry, que estaba vigilando estos trabajos, fue sepultado entre los escombros, y escapó milagrosamente de la muerte.

Algunos días después los vagones del tranvía mecánico, en que iba Harry, tropezaron en un obstáculo, y volcaron. En la vía se encontró una viga colocada intencionalmente. Estos hechos se multiplicaron de modo que se declaró el pánico en la mina. Sólo la presencia de los jefes contenía en el trabajo a los mineros.

"Sin duda es una cuadrilla de malhechores", decía Simon, "y ¡no podemos coger a uno sólo!."

Volvieron a las investigaciones. La policía del condado vigiló noche y día; pero nada descubrió. Starr prohibió a Harry, que parecía ser el objeto principal de la malevolencia, aventurarse sólo fuera, del centro de los trabajos.

Se tomó la misma precaución con Elena, a quien ocultaban, sin embargo, todas estas tentativas criminales, que podían recordarle su pasado. Simon y Margarita las guardaban constantemente con cierta severidad o más bien con cierta solicitud terrible. La pobre niña lo observaba; pero jamás salió de sus labios ni una palabra, ni una queja. ¿Comprendería que esto se hacía en interés suyo? Es probable que sí. Sin embargo, ella también, a su manera parecía velar por los demás; y sólo estaba tranquila cuando sus amigos estaban reunidos en la choza. Por la noche, cuando volvía Harry no podía contener un movimiento de loca alegría, pero conforme con su genio ordinariamente más reservado que expansivo por la mañana se levantaba antes que los demás. Su inquietud empezaba así que llegaba la hora del trabajo.

Harry hubiese querido, para tranquilizarla, estar ya casado. Le parecía que ante ese acto irrevocable la enemistad, siendo inútil, cedería. Starr sentía la misma impaciencia, lo mismo que Simon y Margarita. Cada uno contaba los días que faltaban.

La verdad era que todos tenían siniestros presentimientos. Comprendían que nada de lo que se refería a Elena era indiferente a aquel enemigo oculto invisible e inatacable. El matrimonio de Harry, podía ser, pues, ocasion de alguna nueva maquinación de su odio.

Una mañana, ocho días antes de la época convenida para este acto, Elena prevenida sin duda por algún presentimiento, había salido la primera de la casa para observar los alrededores.

Al llegar a la puerta, se escapó de su boca un grito de indecible angustia.

Este grito resonó en toda la casa, y atrajo a Simon, a Margarita y a Harry.

Elena estaba pálida como la muerte, desfigurada, con el espanto en el rostro. Sin poder hablar, fijaba la vista en la puerta que acababa de abrir. Su mano crispada señalaba las siguientes líneas, que habían sido trazadas durante la noche, y cuya lectura la aterraba.

"Simon Ford: me has robado el último filón de nuestra antigua mina ¡Harry tu hijo, me ha robado a Elena! ¡Malditos sean! ¡Malditos todos! ¡Maldita la Nueva Aberfoyle!

SILFAX."

-¡Silfax! -dijeron a un tiempo Simon y Margarita.

-¿Quién es ese hombre? -preguntó Harry, cuyas miradas iban alternativamente de su padre a la joven.

-¡Silfax! -dijo Elena con desesperación-, ¡Silfax!

Y temblaba de pies a cabeza, al pronunciar este nombre, mientras que Margarita, cogiéndola en brazos, la entraba en la casa.

Starr, que acudió en seguida, después de leer varias veces la frase amenazadora exclamó:

-La mano que ha trazado esas líneas es la misma que me escribió la carta contraria a la suya. Simon, ¡ese hombre se llama Silfax! ¡Conozco en su turbación que usted lo conoce! ¿Quién es ese Silfax?

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