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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XIII

A las ocho de la mañana del 11 de mayo, el comodoro Urrican había tenido la noticia del número de puntos de la jugada sexta que le concernía, y a las nueve y veinticinco había abandonado Chicago.

Como se ve, no había perdido el tiempo, y debía no perderlo dada la obligación de encontrarse antes de quince días en el extremo de la península de Florida.

Nueve, por cuatro y cinco, era uno de los mejores golpes de la partida. De un salto el afortunado era enviado a la casilla cincuenta y tres, aunque esta casilla la ocupaba en el mapa el estado de Florida, el más alejado en el sureste de la República norteamericana.

Los amigos de Hodge Urrican, sus partidarios, mejor dicho, pues él no tenía amigos, quisieron felicitarlo a su salida del Auditorium; el comodoro contestó con aquel tono agrio que daba tanto encanto a sus palabras.

-Comodoro -se le repetía- cinco y cuatro es un magnífico comienzo.

-Soberbio... sobre todo para el que tiene que ir a Florida.

-Ha de convenir que con eso adelanta en mucho a los demás jugadores.

-Creo que esto es justo, puesto que la suerte me hace salir el último.

-Seguramente, señor Urrican, y bastaría ahora obtener el número diez para triunfar, y habría usted ganado la partida en dos jugadas.

-Es verdad, señores. Y si obtuviera el nueve no podría ganar la jugada siguiente. Y si obtengo más del diez, sería preciso retroceder no se sabe dónde.

-No importa, comodoro. En su lugar, otro estaría satisfecho.

-¡Bien, pues yo no lo estoy!

Gruñendo y de mal hunior, el comodoro Urrican regresó a su casa de Randolph Street, con Turk, cuyas quejas eran tan violentas que su amo tuvo que ordenarle formalmente que se callara.

¿Su amo? ¿Era su criado? Sí y no.

En primer lugar, aunque estuviera al servicio del comodoro, no recibía sueldo alguno, y cuando tenía necesidad de dinero -siempre muy poco- lo pedía, y aquél se lo daba. Turk era un antiguo marinero de la marina federal, que no había navegado más que a bordo de los mismos barcos que Hodge Urrican. Así es que ambos se conocían bien, y Turk era la única persona con la que el irascible oficial podía entenderse. Cuando fue jubilado, abandonó la marina, se reunió con el comodoro y se unió a él en las condiciones que se han indicado ya. De esto hacía ya tres años.

Pero lo que nadie sospechaba era que Turk era el más inofensivo y menos matón de los hombres. Turk experimentaba verdadero afecto por el comodoro, a despecho de su insociabilidad. Era como uno de esos perros fieles que, cuando su amo se enfada con alguien, ladra con furor. Pero la costumbre de gritar por cualquier cosa y más alto que Urrican, no había alterado la dulzura de su carácter. Su cólera era fingida, y representaba maravillosamente una comedia.

Por puro afecto hacia su jefe, y con el objeto de contener a éste espantándolo por las consecuencias de su furor, hacía lo que hacía. Y, en efecto, cuando Turk intervenía, Hodge Urrican acababa por tranquilizarse.

Cuando uno hablaba de ir a pedir cuentas a algún sinvergüenza, el otro hablaba de romperle las narices, y cuando el comodoro hablaba de romper narices, el otro hablaba de dar muerte; entonces el comodoro procuraba hacer entrar en razón a Turk. De esa manera éste ponía fin con frecuencia a cuestiones de las que el comodoro tal vez hubiera salido mal librado.

Tal era el hombre original -bastante diestro para no haber dejado adivinar su juego- que aquella mañana acompañaba al comodoro Urrican a la estación central de Chicago.

Y ¿cuál sería el itinerario adoptado por el comodoro? Seguramente el que ofreciera menos peligros de retrasos.

-Escucha, Turk -había dicho así que entró en su casa-. Escucha y mira.

-Escucho y miro, jefe.

-Este mapa que tienes delante es el de los Estados Unidos. Aquí está Illinois. Aquí la Florida. Comprenderás, Turk, que si no se tratara de ir más de Tallahassee, la capital de Florida, o de Pensacola, o hasta Jacksonville, el viaje hubiera sido fácil y rápido, combinando los diversos trenes que llevan a esos puntos.

-Fácil y rápido -repitió Turk.

-¡Cuando pienso que esa señoritinga de Lissy Wag va a trasladarse sólo de Chicago a Milwaukee!

-¡La miserable! -gruñó Turk.

-Y que ese Hipperbone...

-¡Oh, si no estuviera muerto, mi comodoro! -exclamó Turk, levantando el puño, como si hubiera querido acogotar al difunto.

-Cálmate, Turk. Está muerto. Pero, qué idea tuvo de elegir en toda la Florida, el punto más alejado del estado, el final de esa cola de la península que se remoja en el golfo de México.

-Una cola con la que merecía ser azotado hasta sacarle sangre -declaró Turk.

-En fin, el hecho es que tenemos que ir a Key West, a este islote de los Pine Island.

-Mal sitio, comodoro -respondió Turk.

-Pues bien: yo creo que lo mejor y lo más corto será efectuar la primera mitad del viaje por tierra, y la segunda por mar, o sea novecientas millas para llegar a Mobile, Alabama, y de quinientas a seiscientas para llegar a Key West.

Turk no hizo objeción alguna a tan razonable proyecto.

En treinta y seis horas de tren, Hodge Urrican estaría en Mobile, y le quedarían doce días para efectuar la travesía de Mobile a Key West.

-Y si no llegamos -declaró el comodoro- será que no navegarán los barcos.

-O que no habrá agua en el mar -respondió con tono amenazador para el golfo de México.

Se convendrá en que no eran de temer estas dos eventualidades.

Tampoco habría dificultad de encontrar en Mobile un barco dispuesto a partir para la Florida. Este puerto no es muy frecuentado por ser su movimiento de navegación muy considerable.

Ningún incidente ocurrió a su partida, en la que se lanzaron los hurras de costumbre. Únicamente el comodoro tuvo unas palabras muy vivas con el jefe de estación por motivo de un retraso de tres minutos y medio.

El tren partió a gran velocidad, y así atravesaron Illinois.

La tarde del día 12 el tren franqueaba el límite de Alabama, y a las diez de la noche se detenía en la estación de Mobile.

El comodoro se hizo conducir a un hotel situado cerca del puerto. Al amanecer, Hodge Urrican y Turk abandonarían sus respectivos cuartos, y si había un barco presto a darse a la vela en dirección al estrecho de Florida, se embarcarían aquel mismo día.

Pero hay personas de mala suerte, y esta vez Hodge Urrican tuvo motivo para encolerizarse. Había llegado a Mobile en plena huelga general de cargadores, que amenazaba durar varios días. Y de los barcos dispuestos para darse a la mar, ninguno podría hacerlo sin previo acuerdo de los armadores, resueltos a resistir a las pretensiones de los huelguistas.

De aquí que en vano esperó el comodoro durante los días 13, 14 y 15 a que un navío acabara su cargamento y partiera. Hodge Urrican, preciso es reconocerlo, era hombre decidido y sabía tomar su partido sin vacilaciones. Así es que el día 16, por la mañana, cogió de nuevo el tren y, la misma noche de aquel día, llegó a Pensacola, ya en Florida.

Quedábanle aún nueve días y, en realidad, este tiempo era mayor que el que exige la travesía de Pensacola a Key West, aún a bordo de un velero.

Pero... La mala suerte continuaba. En Pensacola no había huelga, pero tampoco había ningún barco dispuesto a zarpar, al menos en dirección a Key West.

-Decididamente -dijo Urrican, mordiéndose los labios- esto va mal.

-Y ¡sin nadie a quien poderle hacer pagar las culpas! -respondió su compañero, arrojando en torno una feroz mirada.

-No podemos, sin embargo, permanecer aquí durante una semana sobre nuestra ancla.

-No. .. Es menester aparejar, cueste lo que cueste, mi comodoro -declaró Turk.

-Conformes... Pero, ¿cómo vamos a trasladarnos de Pensacola a Key West?

Transcurrieron dos días, y ya no quedaba más recurso que intentar por tierra lo que por mar no era posible.

¡Cuántas fatigas y retrasos habría que temer!

Júzguese. .. Era menester atravesar en ferrocarril la Florida en toda su latitud. Un recorrido de seiscientas millas con trenes que no empalmaban. Y esto hubiera sido aún aceptable si, a partir de allí la red de vías férreas sirviera por completo la parte meridional de la Península. Pero no era así, y si no encontraban un barco dispuesto a partir, tendrían que recorrer un largo camino en las más deplorables condiciones.

Esta parte de Florida, el país de los Everglades, tenía pocos medios de comunicación, y difíciles todos ellos. Había que penetrar en bosques inmensos y en regiones de aguas pantanosas, deshabitadas por completo, o habitadas por indios de la tribu de los seminolas. El clima allí es húmedo y cálido, propicio al desarrollo de las fiebres palúdicas, que en algunas horas matan a los hombres de más recia constitución.

Era el 19 de mayo. No quedaban más que seis días... Y el camino por tierra era imposible.

Aquella mañana, el comodoro fue abordado en el muelle por uno de esos patronos, mitad americanos, mitad españoles, que hacen el cabotaje en pequeña escala a lo largo de las costas de Florida.

El patrón, llamado Huelcar, le dirigió la palabra llevándose la mano a la gorra.

-¿No hay barco para la Florida, mi comodoro?

-No -respondió Urrican-, y si me indica usted alguno, le daré diez dólares.

-Conozco uno.

-¿Cuál?

-El mío.

-¿El de usted?

-Sí, la "Chicola", una linda goleta de cuarenta y cinco toneladas, tres hombres de tripulación y que con un buen viento hace sus buenos seis nudos.

-¿Cuánto me costará la travesía? -preguntó el comodoro.

-Cien dólares por día.

-¿Con alimentación?

-Con alimentación.

Era caro. Huelcar abusaba de su situación; pero no importaba.

-Partiremos al instante -ordenó Hodge Urrican.

Embarcarse en la "Chicola" era el único medio de llegar a Key West, antes del mediodía del día 25.

A las ocho pagaban ya la cuenta del hotel, y cincuenta minutos después la goleta salía de la bahía y ponía la proa hacia alta mar.

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