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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXII

El primero de junio la puerta de la casa de South Halstedt Street, número 3997, en Chicago, se abría a las ocho de la mañana ante un joven que llevaba a la espalda sus aparejos de pintor, y al que seguía un negro conduciendo una maleta.

Calcúlese cuál sería la sorpresa y también la alegría de Mme. Real cuando su hijo entró en su aposento y pudo estrecharlo entre sus brazos.

-¿Tú, Max? ¿Cómo? ¿Eres, tú?

-En persona, mamá.

-¿Tú, en Chicago, en vez de estar en Richmond?

-Tranquilízate, mamá. Tengo tiempo sobrado para ir a Richmond; y como Chicago se encontraba en mi itinerario, tenía el derecho de detenerme aquí algunos días y pasarlos contigo.

-¡Ay, Max, qué deseos tengo de que termine esta partida!

-¡Y yo también!

-En provecho tuyo, ¡claro está!

-No te inquietes. Piensa que poseo la palabra que abrirá el arca de ese digno Hypperbone.

-En fin, ¡qué alegría me causa verte, hijo mío!

Max Real estaba en Cheyenne, Wyoming, cuando el 29 de mayo, al regreso de su excursion por el Parque Nacional de Yellowstone recibió el telegrama relativo a su tercera jugada: ocho, por cinco y tres. La casilia ocho, después del veintiocho que ocupaba en aquellos momentos, era el Illinois. Era pues, preciso doblar el punto ocho, y el número dieciséis conducía al pintor a la casilla número cuarenta y cuatro, Virginia, Richmond City.

Entre Chicago y Richomond circulan gran número de trenes, lo que permite franquear en veinticuatro horas la distancia que separaba las dos metrópolis. Asi, pues, Max Real disponía de quince días -del 29 de mayo al 12 de junio- y le pareció lo más conveniente descansar durante una semana en casa de su madre.

Aunque había escrito varias veces a su madre, tuvo que contarle todo lo que le había acontecido en sus viajes y aventuras por Kansas y Wyoming.

-Y, ahora -preguntó a su madre- ¿en qué situación está la partida?

Para hacérsela conocer, Madame Real condujo a su hijo a su habitación y le mostró un mapa extendido sobre una mesa, señalado con banderitas de diferentes colores. La madre de Max Real había seguido fielmente todas las incidencias de la partida de Hypperbone.

-¿A quién pertenece el pabellón azul que va a la cabeza? -preguntó Max.

-A Tom Crabbe, hijo mío, a quien la jugada de ayer, 31 de mayo, envía a la casilla cuarenta y siete, estado de Pensilvania.

-He aquí algo que llenará de gozo a John Milner.En cuánto a ese estúpido boxeador, ese fabricante de puñetazos, que el amarillo se transforme en encarnado en mi paleta si comprerde algo de esto. ¿Y el pabellón rojo?

-El pabellón X. K. Z., colocado sobre la casilla cuarenta y seis, distrito de Columbia.

Efectivamente, gracias al punto diez doble, o sea veinte, el hombre enmascarado había dado un salto de veinte casillas desde Milwaukee, Wisconsin, hasta Washington, capital de los Estados Unidos de América.

-¿No se sospecha quién es este desconocido? -preguntó Max Real.

-No, hijo mío, nada se sabe.

-Seguro que tendrá muchos partidarios entre los que apuestan.

-Sí, muchos son los que creen en su fortuna.

-He aquí lo que vale ser un misterioso personaje -declaró Max Real-. ¿Y este pabellón amarillo?

-Es el pabellón de Lissy Wag.

Sí; este pabellón flotaba aún sobre la casilla correspondiente a Kentucky, porque en aquella fecha, primero de junio, no se había efectuado todavía la funesta jugada que enviaba a Lissy Wag a la prisión de Missuri.

-¡Ah, encantadora joven! -exclamó Max Real-. Te aseguro que de haberla encontrado en mi camino, le hubiera renovado mis deseos de su buen éxito final.

-¿Y el tuyo, Max?

-¡También el mío, mamá! ¿Te imaginas? ¡Ambos ganando la partida! ¿No estaría esto bien?

-Pero, ¿puede ser?

-No, no puede ser. Pero suceden en este mundo cosas tan extraordinarias.... ¿Y cuándo va a efectuarse la próxima jugada a favor de Lissy Wag?

-Dentro de cinco días, el 6 de junio.

-Confiemos en que mi linda compañera sabrá evitar los peligros del camino, el laberinto de Nebraska, la prisión de Missuri, el Valle de la Muerte californiano. ¡Buena suerte! ¡Sí, de todo corazón se la deseo!

Decididamente, Max Real pensaba alguna vez en Lissy Wag. Hasta con frecuencia, podía decirse -con demasiada frecuencia, pensó la señora Real-, algo sorprendida del entusiasmo con que su hijo hablaba de la joven.

-¿Y a quién pertenece este pabellón verde que campea sobre la casilla veintidós?

-Es el pabellón del señor Kymbale.

-Un simpático joven -dijo Max Real-. Y que según oí decir, aprovecha bien sus visitas al país.

-Así es, en efecto, y el Tribune publica sus crónicas casi diariamente. Va bastante atrás, a pesar de todo.

-Eso no importa en esta partida, pues un buen golpe nos pone enseguida delante de los demás.

-Tienes razón, hijo mío.

-Y dime, ¿de quién es este pabellón que parece tan triste por estar enarbolado sobre la casilla cuatro?

-El de Hermann Titbury.

-¡Ah, execrable sujeto! -exclamó Max Real-. ¡Qué rabia debe sentir al verse el último!

-Es para quejarse, Max, pues en dos jugadas no andado más que cuatro pasos, y después de haber permanecido en Maine ha tenido que partir para el estado de Utah.

-Sin embargo, yo no lo lamento -declaró Max Real-. Esa pareja de ladrones se merece lo peor, y siento que no haya tenido que desembolsar alguna fuerte prima.

-No olvides que ha tenido que pagar una multa en Calais -hizo observar Mme. Real.

-Tanto mejor. Lo que ahora le deseo es que saque el mínimo de puntos: uno y uno. ¡Calla! ¡Esto lo conduciría al Niágara! ¡Lo que le costaría mil dólares!

-Eres cruel con esos Titbury, Max.

-Son gente abominable, enriquecidos por la usura y que no merecen compasión. No faltaría más sino que la suerte les hiciera herederos del generoso Hypperbone.

-Todo es posible -respondió Mme. Real.

-Pero no veo el pabellón del famoso Hodge Urrican.

-¿El pabellón anaranjado? No, no flota en ninguna parte desde que la mala suerte envió al comodoro al Valle de la Muerte, desde donde tiene que volver a Chicago, para recomenzar la partida.

-Duro es para un oficial de la marina arriar su pabellón -exclamó Max Real-. ¡Cómo habrá hecho temblar su barco desde la quilla a la punta de los mástiles! ¿Cuándo debe ser efectuada la jugada a favor de X. K. Z.?

-Dentro de nueve días.

-¡Qué rara idea del difunto, la de ocultar el nombre del último de los Siete!

En estos momentos, Max Real estaba al corriente de la situación de la partida. Después de la jugada que lo enviaba a Virginia, sabía que ocupaba el tercer lugar, correspondiendo el primero a Tom Crabbe y el segundo a X. K. Z., para los cuales no se había efectuado aún la tercera jugada.

El tiempo que pasó Max Real en Chicago lo dedicó a terminar dos de sus paisajes, cuyo valor debía aumentar a los ojos de los aficionados americanos, dadas las condiciones en las que habían sido pintados.

Resulta, pues, que en espera de su próximo viaje, Max no se inquietó, ni de la partida, ni de aquellos a quien ésta hacía correr por todos los Estados Unidos.

En realidad él no desempeñaba allí un papel más que por no disgustar a su buena madre; no menos indiferente que Lissy Wag, la que, por su parte, se prestaba a ello por no contrariar a Jovita Foley.

Durante su estancia tuvo conocimiento del resultado de las tres jugadas efectuadas en el Auditorium. La del día 2 fue deplorable para Hermann Titbury, puesto que lo obligaba a ir a la casilla número diecinueve, estado de Luisiana, donde estaba situada la hostería, y donde debía permanecer sin jugar durante dos veces. Respecto a la jugada del día 4, fue muy bien acogida por Harris T. Kymbale, pues aunque no lo conducía más que a la casilla treinta y tres, Dakota del Norte, le aseguraba un curioso viaie.

En fin, el día 6 Tornbrock procedió a efectuar la jugada que concernía a Lissy Wag. Aquella mañana, Max Real fue al Auditorium, de donde salió muy desolado. De la casilla treinta y ocho, Kentucky, Lissy Wag, por el punto catorce, por siete dobles era enviada a la casilla cincuenta y dos, estado de Missuri, donde la desdichada jugadora debía permanecer en prisión hasta que otro jugador fuera a ocupar su plaza.

Como se comprenderá, estos tres golpes causaron considerable efecto en los mercados y entre los que apostaban. El papel Tom Crabbe y Max Real fue solicitado más que nunca.

Al día siguiente, 7 de junio, Max Real se dispuso a abandonar Chicago. Su madre, tras renovar sus recomendaciones, le hizo prometer que no se retrasaría en el camino.

-¡Con tal que el telegrama que vas a recibir en Richmond no te envíe al fin del rnundo! -comentó la vieja dama.

-De allí se vuelve, mamá, ¡mientras que de la prisión ... ! En fin, confiesa que todo esto es ridículo. ¡Parece uno un vulgar caballo de carreras!

-No, no, hijo. Parte, y ¡que tengas suerte!

Cuatro días más tarde de la partida de Max Real, la señora Real recibió la siguiente carta de su hijo -carta fechada el 11 de junio- que contenía ciertos datos propios para hacer reflexionar a la buena señora, y que no dejaron de causarle alguna inquietud por lo que concernía al estado de espíritu de su hijo:

“Richmond, 11 de junio.

Mi buena y querida madre: He llegado al fin, no de esta bestial partida, sino al que me imponía mi tercera jugada. Después de Fort Riley de Kansas, y Cheyenne de Wyoming, Richmond de Virginia. Pero nada temas, pues el ser a quien quieres más en el mundo, está en estos momentos sano y salvo. Otro tanto querría yo decir de esa pobre Lissy Wag, a la que en Missuri le espera la húmeda paja del calabozo. Aunque no deba ver en ella más que a una rival, me parece tan encantadora, tan interesante, que no te oculto lo mucho que me apena su desdichada suerte.

¡Ah, si en la próxima jugada un Titbury, un Crabbe o un Urrican tuvieran que liberarla! ¿Te imaginas a nuestro terrible comodoro, después de tantos trabajos, cayendo en la casilla cincuenta y dos? Capaz sería de abandonar a su Turk a sus feroces instintos de tigre.

En un anuncio de Richmond acabo de leer el resultado de la jugada del día 10 de junio. Nuestro famoso desconocido X. K. Z. obtuvo el número cinco, por tres y dos. Debe, pues, ir a Minnesota. Desde la casilla cuarenta y seis salta a la cincuenta y uno... y queda en cabeza. Pero, ¿quién diablos es ese hombre? Me parece persona de suerte, y temo que mi jugada de mañana no me haga avanzar ante él.

Aquí termino esta larga carta, que sólo puede interesarte por ser tu hijo quien la escribe, y te abraza de corazón quien no es más en la actualidad que un caballo de carreras inscrito para el turf Hypperbone.

MAX REAL.”

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