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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXVII

Harris T. Kymbale aún se encontraha sobre el banco de la estación de Telégrafos de Olimpia, medio desvanecido, lo que no es de extrañar, después del duro recorrido en bicieleta.

Algunos minutos después, se recobró del síncope, gracias a una enérgica mezcla de whisky y ginebra, pudiendo conocer el texto del telegrama, que decía asi.

Kymbale, Olimpia, Washington.
Nueve, por cinco y cuatro, Dakota del Sur, Yankton. TORNBROCK.

El periodista del Tribune no tenía motivos para quejarse del resultado de la jugada. Tomando posesión de la casilla treinta y nueve, no tenía delante más que a X. K. Z., primero, en Minnesota; a Max Real, a quien la desgraciada jugada de Tom Crabbe había enviado a Pennsilvanla, para ocupar el lugar del boxeador, segundo; y a Lissy Wag, tercera, en Virginia. Ocupaba el cuarto lugar, pues, delante del comodoro Urrican, que esperaba en Wisconsin su próxima partida. Hermann Titbury estaba clavado por veinte días aún en Luisiana, y Tom Crabbe se veía condenado a la prisión de San Luis hasta el final de la partida, si alguno de los jugadores no lo reemplazaba.

Aunque dispusiera de quince días, del 18 de junio al 2 de julio, para hacer el viaje a Dakota del Sur, Harris T. Kymbale no quiso perder uno solo. Sin esperar esta vez el itinerario que le iba a enviar el secretario del Tribune, él mismo se lo combinó de manera satisfactoria.

La distancia total entre los dos puntos, Olimpia y Yankton, era de mil setecientas millas, y aunque este trayecto ordinariamente podía ser recorrido en treinta y dos horas, ha de tenerse en cuenta el paso de las Montañas Rocosas y admitir la posibilidad de bastantes retrasos. Prudente resolución fue, pues, la que decidió al periodista a partir de Olimpia al día siguiente.

El ferrocarril, al salir de Olimpia, se dirigió primero hacia el noreste, hacia Tacorna, para tomar después el sureste y, atravesando el maravilloso estado de Washington se adentró en el de Idaho y más tarde en el de Montana, a través de la indescriptible región de las Rocosas.

Por desgracia, el tiempo no era bueno y el cielo presentaba un aspecto amenazador. La tensión eléctrica no había cesado de aumentar desde veinticuatro horas antes. Pesadas y tormentosas nubes se levantaban en el horizonte, y Harris T. Kymbale pudo asistir al desencadenamiento de una de estas grandes tormentas, que son grandiosas en el país de las montañas.

La tempestad no tardó en tomar proporciones espantosas. Los viajeros experimentaban natural temor, por más que los trenes en plena marcha estén, por regla general, poco expuestos. Sin embargo, la frecuencia de los relámpagos, que se sucedían de segundo en segundo, los estallidos de los truenos, cuyos ecos repercutían de manera interminable, los rayos cayendo sobre los árboles y las rocas, los animales asustados, gamos, antílopes, osos negros, que huían de todas partes, todo reunido formaba incomparable espectáculo que los viajeros pudieron observar en la tarde del 20.

Por fin dejaron atrás la tormenta, así como el estado de Montana, después de multitud de paradas, entrando en el estado de Dakota del Norte, llegando a Fargo, en la frontera occidental de Minnesota, el 23 por la mañana. Harris T. Kymbale pasó en Fargo todo el día 23 sin darse a conocer.

Al día siguiente 24, el periodista montaba en el tren que se dirigía a Dakota del Sur. Por suerte, la última sección del ferrocarril de Medary a Sioux Falls City acababa de ser construida, y aquel mismo día iba a ser entregada a la circulación, de modo que el periodista no se vería obligado a hacer una parte del recorrido en carruaje.

Franqueó, pues, la línea convencional que separa las dos Dakotas, y eran las once cuando el tren se detuvo cerca del pueblecito de Madery. Harris vio apearse a todos los pasajeros.

Dirigiéndose entonces a un empleado de la vía, preguntó:

-¿El tren se detiene aquí?

-Aquí mismo.

-¿No se inaugura hoy la linea entre Medary y Sioux Falls City?

-No, señor.

-¿Cuándo, pues?

-Mañana.

Era una gran contrariedad.

Pero en aquel momento vio que un tren se disponía a marchar de la estación de Medary, en dirección a Yankton.

-¿Y ese tren? -preguntó.

-Oh, ese tren... -respondió el empleado con tono extraño.

-¿No va a partir?

-Sí, a las doce y trece.

-¿Para Yankton?

-Oh, Yankton. -respondió con el mismo tono singular.

El tren no era de viajeros, y sólo se componía de dos furgones de equipajes unidos a la locomotora, que parecía estar a plena presión.

-Ésta es la mía -se dijo Harris T. Kymbale-. Puesto que hasta mañana no se inaugura la vía, para ir de Medary a Sioux Falls City, bueno es un tren de mercancías.

La estación estaba desierta en aquel momento. Todos los viajeros parecían terer prisa en abandonarla. Ni un empleado en el andén; únicamente el maquinista y el fogonero se encargaban de cargar el hogar de la locomotora. Sin ser visto, el periodista pudo penetrar en un furgón, esconderse en un rincón y esperar la partida.

A las doce y trece, el tren partió con brusquedad extraordinaria. Transcurrieron diez minutos, durante los cuales aumentó la velocidad del tren hasta ser excesiva.

Circunstancia extraña: cuando el tren pasaba ante las estaciones, el maquinista no hacía silbar la locomotora.

Harris T. Kymbale se levantó y miró por una ventanilla situada en la parte delantera del furgón.

¡No había nadie en la locomotora, ni maquinista, ni fogonero! De pronto lanzó un grito de terror...

Por la misma vía, a medio cuarto de milla, aparecía otro tren que venía en sentido contrario, animado también de velocidad vertiginosa.

Algunos segundos después se produjo el espantoso choque. Las dos locomotoras se habían hundido la una en la otra con indescriptible violencia, rompiendo los furgones unos contra otros. Luego, tras formidable explosión, los restos de las dos calderas volaron por el espacio.

Y entonces, al estrépito de la explosión, se unieron los hurras de miles de personas, agrupadas al lado de la vía, a suficiente distancia para no tener que temer del tremendo choque.

Eran los curiosos que habían presenciado el organizado espectáculo del choque de dos trenes a toda marcha.

Y de este modo fue inaugurada la línea de ferrocarril entre Medary y Sioux Falls City.

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