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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XIV

El tiempo era inseguro. El viento soplaba del este. La mar, resguardada por la península de Florida no se resentía aun del movimiento del Atlántico, y la "Chicola" navegaba bien.

El viento del este se mantuvo durante todo el día y toda la noche, con tendencia a calmarse. Por desgracia, al día siguiente cayó gradualmente, y la "Chicola" tuvo que navegar a fuerza de remos para no ser llevada a alta mar. Durante cuarenta y ocho horas la navegación fue casi nula. El comodoro, devorado por la impaciencia se mordía los puños, sin dirigir la palabra a nadie, ni aun a Turk.

No obstante, el día 22 amaneció con esperanzas de modificación en el estado atmosférico.

-El tiempo va a cambiar -dijo aquella mañana el comodoro Urrican.

-Sí -contestó el patrón Huelcar-. Pero no me gusta cuando el viento sopla de esta parte.

Hodge Urrican permaneció silencioso, visiblemente inquieto por los síntomas que se acentuaban entre el oeste y el suroeste.

Por la tarde empezó a soplar el viento en forma de huracán, con breves pausas de calma. Fue preciso quitar las velas altas, y sobre aquella mar dura y soberbia, la goleta marchaba como una pluma entre las olas.

La noche fue mala. La "Chicola" era empujada hasta la costa más de lo que convenía. El patrón maniobró como marino experto, mientras Turk, al timón, sostenía el barco en lo que era posible, contra las olas.

Los tripulantes rivalizaron en audacia y destreza a fin de sostener el barco contra la borrasca que venía de alta mar, a riesgo de naufragar. La goleta perdió tres o cuatro millas durante el día y la noche siguientes. Si el viento no soplaba por norte o sur, no podría resistir, y al día siguiente estaría junto a la costa.

Así sucedió: al alba el día 24, la tierra, erizada de rocas mostró a cinco millas las terribles puntas del cabo Sable. Algunas horas más, y la "Chicola" sería arrastrada a través del estrecho de Florida.

Sin embargo, con nuevos esfuerzos y aprovechando la marea ascendente, hubiera sido posible ir a pasar a alguna bahía cercana.

-Es preciso -declaró Huelcar.

-¡No! -respondió Hodge Urrican.

-Yo no puedo arriesgarme a perder mi barco, y con él nosotros...

-Te compro el barco.

-No está en venta.

-Un barco está siempre en venta cuando se da por él más de lo que vale.

-¿Cuánto da usted por él?

-Dos mil dólares.

-Convenido -respondió Huelcar, encantado de tan beneficiosa venta.

-Es el doble de su valor -añadió el comodoro Urrican-. Mil dólares por el casco del buque... y mil más por el tuyo y el de tus hombres.

-Y el pago, ¿cuándo?

-Al contado... Con un cheque que te entregaré en Key West.

-Trato hecho, mi comodoro.

-Y ahora... Huelcar, ¡la proa a alta mar!

Durante todo el día, la "Chicola" luchó valientemente, alguna vez cubierta en gran parte por las olas. Sin embargo, Turk la mantenía con mano firme, y la tripulación maniobraba con tanto valor como pericia.

La goleta había logrado separarse de la costa, gracias sobre todo a un ligero cambio de viento del Norte. Pero al llegar la noche atenuóse el viento y el espacio se llenó de opacas nubes.

Entonces hubo un apuro extraordinario. Había sido imposible durante el día calcular la posición. ¿Se encontraban a la altura de Key West, o bien la habían sobrepasado?

A juicio del patrón Huelcar, la "Chicola" se encontraba muy cerca del rosario de islotes, que continúan la peninsula de Florida, y donde está situada Key West.

-De no haber brumas, seguramente veríamos el faro de Key West -dijo-. A mi juicio, lo más acertado sería esperar el día, y si la niebla se disipa...

-No esperaré -respondió el comodoro.

Y en realidad no podía esperar, si pretendía estar en Key West al siguiente día, antes de las doce.

La "Chicola" continuaba manteniéndose proa al sur cuando hacia las cinco de la mañana se produjo un choque... y después otro.

La goleta había chocado contra un escollo, y con el casco hundido por la proa, naufragó sobre el flanco de babor.

En aquel momento se oyó un grito.

Turk reconoció la voz del comodoro. Lo llamó, pero no obtuvo respuesta.

El patrón y sus hombres pudieron asentar el pie sobre el escollo, contra el que habían chocado. Con ellos, Turk, desesperado, buscaba y llamaba al comodoro, infructuosamente.

A las siete, las brumas comenzaron a aclararse y se inició la búsqueda. Poco después, uno de los marineros descubrió el cuerpo del comodoro, sujeto entre dos puntas del escollo.

Acudió allí Turk y, sollozando, abrazó el cuerpo de su jefe, hablándole sin obtener respuesta.

Sin embargo, aún se escapaba un ligero soplo de los labios de Hodge Urrican, y su corazón latía.

-¡Vive! ¡Vive! -exclamó Turk.

Realmente, el comodoro estaba en lamentable situación. Al caer, su cabeza había chocado contra un ángulo de la roca. Le vendaron la herida. Luego, sin recobrar el conocimiento, fue trasladado a una parte alta del islote.

El cielo estaba entonces libre de nieblas, y la mirada podía abarcar gran extensión. Eran las nueve y veinte. Huelcar, tendiendo el brazo hacia el oeste, exclamó:

-¡El faro de Key West!

En efecto, Key West se encontraba a cuatro millas en la dirección indicada. Si la noche hubiera sido clara, se hubiera podido ver la luz del faro y la goleta no hubiera zozobrado sobre los peligrosos escollos.

En resumen, en lo que concernía al jugador número seis de la partida Hypperbone, podía darse por fuera de combate. No tenía medio para franquear la distancia que separaba el islote en que se hallaba, puesto que la "Chicolá" había quedado completamente inservible. Sería preciso que permanecieran en este pedazo de roca, en espera de que pasara un barco y los recogiera.

No hay que decir que Turk no se hacía ilusiones sobre el resultado de la partida Hypperbone. Para Hodge Urrican la partida estaba perdida. ¡Qué acceso de cólera cuando el comodoro volviera en sí!

Serían poco más de las diez cuando uno de los marineros de la "Chicola" grito:

-¡Una barca!

En efecto, una chalupa de pesca, impulsada por una ligera brisa, se aproximaba al islote.

Apresuróse Huelcar a hacer señales, que fueron vistas por la gente de la chalupa, y media hora después recogidos los náufragos, la embarcación ponía rumbo hacia Key West.

Empujada por la brisa, la barca franqueó rápidamente la distancia de cuatro millas, y a las once y quince anclaba en el puerto.

La chalupa fondeó, y al momento centenares de habitantes rodearon a los náufragos. Esperaban al comodoro Urrican. ¡Y en qué estado se presentaba a sus ojos! Decididamente, la mar no se mostraba propicia a los jugadores de la partida Hypperbone... Crabbe llegaba a Texas como una masa inerte, y el comodoro en estado de cadáver, o poco menos. Lo condujeron a las oficinas del puerto, donde el médico acudió enseguida. Respiraba aún, y aunque su corazón latía débilmente, no parecía que ninguno de sus órganos estuviera lesionado, no obstante, cuando fue lanzado fuera de la goleta, su cabeza chocó con el ángulo de una roca., la sangre había corrido en abundancia y siempre había temor de alguna lesión en el cerebro.

En suma, no obstante los cuidados y los vigorosos masajes a que lo sometieron, el comodoro, aunque lanzó dos o tres suspiros no recobró el conocimiento.

El médico propuso entonces transportarle a un cómodo hotel, a menos que no se creyera preferible conducirlo al hospital de Key West, donde estaría mejor cuidado que en otra parte.

-No -respondió Turk-; ni al hospital ni al hotel.

-¿Dónde, entonces?

-¡A las oficinas del Telégrafo!

Turk tenía una idea, que comprendieron y secundaron todos los que estuvieron presentes en aquella escena. Puesto que Hodge Urrican había llegado antes del mediodía a Key West el 25 de mayo -y contra viento y marea, bien puede afirmarse-, ¿por qué su presencia no había de constar oficialmente en el sitio que en dicha fecha debía encontrarse?

Tendieron en una camilla al comodoro, y entre una multitud creciente se dirigieron todos al despacho del Telégrafo.

Vivo asombro de los empleados, que sospecharon un error. ¿Se tomaba la oficina por el depósito de cadáveres?

Pero cuando supieron que el cuerpo allí conducido era el del comodoro Urrican, uno de los jugadores de la partida Hypperbone, su asombro se trocó en emoción. Estaba allí ante la ventanilla del Telégrafo; allí, donde el golpe de dados cinco y cuatro lo había enviado... muy lejos... ¡y en qué estado!

Turk avanzó, y con voz fuerte preguntó:

-¿Hay un telegrama para el comodoro Urrican?

-Aún no -respondió el empleado.

-Pues entonces, caballero -replicó Turk-, certifique usted que estamos aquí antes que él... -y el hecho se consignó en un registro ante numerosos testigos.

Eran las once y cuarenta y cinco, y no había más que esperar el telegrama que, sin duda, aquella mañana debía haber sido expedido en Chicago.

No se esperó mucho tiempo.

A las once y cincuenta y tres sonó el timbre del aparato; funcionó el mecanismo y se desenvolvió la banda de papel.

Cuando el empleado la retiró, leyó la dirección y dijo:

-Un telegrama para el comodoro Hodge Urrican...

-Presente -respondió Turk por su amo, en el que el médico no pudo, ni aun en aquel instante, sorprender la menor señal de inteligencia.

El telegrama estaba redactado en estos términos:

Chicago, Illinois, 8 horas, 13 mañana, 25 mayo. - Cinco, por tres y dos, casilla cincuenta y ocho, estado de California, Death Valley.- TORNBROCK

¡Estado de California! ¡Al otro extremo del territorio federal, que era preciso atravesar del sudeste al noroeste!

Y no solamente una distancia de más de dos mil millas separa California de Florida, sino que, además, la casilla cincuenta y ocho era la que en el juego de la oca figura con la cabeza de muerto. Y después de llegar a esa casilla el jugador está obligado a volver a la primera para comenzar la partida.

-Vamos -se dijo Turk-. ¡Vale más que mi pobre jefe no recobre el sentido... pues nada lo levantaría de semejante golpe!

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