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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXIII

Si alguien parecía menos indicado que nadie para la casilla cuarenta y siete, estado de Pensilvania, para Filadelfia, éste era seguramente Tom Crabbe, bruto por naturaleza y boxeador por oficio. Pero la fortuna es ciega, y en vez de Max Real, de Harris T. Kymbale, de Lissy Wag, tan capaces para admirar las magnificencias de aquella ciudad, enviaba a ella al estúpido boxeador, acompañado de John Milner.

Además, nada se podía contra eso. En la mañana del 31 de mayo, los dados habian hablado. El punto doce por seis y seis, había sido transmitido desde Chicago a Cincinnati, y el jugador número dos había tomado sus medidas para abandonar inmediatamente a la antigua Porcópolis.

-¡Sí, Porcópolis! -dijo al partir John Milner, con despectivo acento-. ¡El mismo día en que el célebre Tom Crabbe la honraba con su presencia, la población se lanzaba a ese estúpido concurso de cerdos! ¡Esa bestia atrajo la atención pública, y no se lanzó un hurra en honor del campeón del Nuevo Mundo!

Partieron aquel mismo día hacia Filadelfia. Sí, a John Milner no le agradaba permanecer un día más en aquella ciudad tan aficionada a las curiosidades del ganado porcino. Cuando pusiera el pie en la plataforrna del vagón no dejaría de sacudir el polvo de sus zapatos. Nadie se había ocupado de la presencia de Tom Crabbe en Cincinnati; los apostadores no habían acudido como los de Austin de Texas, y la sala de telégrafo estuvo desierta el día que él se presentó para recibir el telegrama del notario Tornbrock. Pero, en fin, merced a su punto doce, Tom Crabbe avanzaba en tres casillas a Max Real y en una al hombre enmascarado.

John Milner, herido en su amor propio, ultrajado por la actitud de la población de Cincinnati, furioso por tal indiferencia, abandonó el hotel a las doce y treinta, y seguido de Tom Crabbe, que acababa de terminar su segundo almuerzo, se dirigió a la estación. Partió el tren, y después de haber bifurcado en Columbus, franqueó la frontera oriental, formada por el curso del río Ohio.

Mientras, John Milner iba pensando en Filadelfia. Su héroe iba destinado a esta ciudad, y aquella vez, la atención pública no se desviaría de él. Sería el hombre del día. En caso de necesidad, John Milner sabría ponerlo a la luz y forzar a la gran ciudad a que se ocupara de un personaje que tan importante lugar ocupaba en el mundo pugilista de Norteamérica.

A las diez de la noche del 31 de mayo, Tom Crabbe hizo su entrada en la “Ciudad del Amor Fraternal”, donde su representante y él mismo pasaron de incógnito la primera noche.

Al día siguiente, John Milner quiso saber qué vientos corrían, ¿Soplaban de buena parte y habían llevado el nombre del ilustre boxeador hasta las orillas del Delaware? Según su costumbre, John Milner había dejado a Tom Crabbe en el hotel, después de dar las oportunas órdenes para sus dos almuerzos.

Un paseo por la ciudad le parecía lo más indicado. Puesto que el resultado de la última jugada debía ser conocido desde el día anterior, él sabría si la población se ocupaba de la llegada de Tom Crabbe.

Durante aquel primer día John Milner no pudo visitar más que la parte de la ciudad situada en la orilla izquierda del Delaware, y subió hacia el barrio del oeste. Al otro lado del Delaware se extiende Nueva Jersey, uno de los estados más pequeños de la Unión, al que pertenecen los anexos de Camden y Gloucester, que por falta de puentes no comunican con la metrópoli más que por ferry boats.

No pudo, pues, aquel día John Milner atravesar el centro de la ciudad, del que parten las principales arterias, en torno del Hotel de Ville, vasto edificio de mármol blanco, construído a fuerza de millones, y cuya torre cuando esté acabada, elevará a seiscientos pies en el aire la enorme estatua de William Penn, el cuáquero fundador del estado de Pensilvania.

Los aficionados a este deporte, que constituía la especialidod de Tom Crabbe, no debían faltar en Filadelfía, donde abundan los obreros por centenares de miles, y también los trabajadores del puerto. Sí, Tom Crabbe, tenía que ser apreciado en su justo valor entre aquellas gentes, en las que las cualidades físicas tienen más importancia que las intelectuales. Y hasta en otras clases, llamadas superiores, se encontraban muchos gentlemen que sabían apreciar un puñetazo aplicado en pleno rostro, o la rotura de una mandíbula según las reglas del arte.

John Milner pudo notar con verdadera satisfacción que el mercado de Fifiadelfia, que pasa por ser uno de los mejores de las cinco partes del mundo, no estaba entonces afecto a ningún concurso regional de bestias. Así es que su compañero no tenía que temer a ningún rival, como en aquel abominable Cincinnati, y el pabellón añil no se bajaría por esta vez ante la majestad de un cerdo fenomenal.

Respecto a este punto, John Milner quedó tranquilo desde el principio.

Por otra parte, los periódicos de Filadelfia habían anunciado aparatosamente que el estado de Pennsilvanía esperaba la llegada del jugador número dos, en los quince días comprendidos entre el 31 de mayo y el 14 de junio.

¡Quá satisfecho hubiera quedado Tom Crabbe, de haber sabido leer, cuando al día siguiente su representante lo paseó por la ciudad!

Por todas partes colosales anuncios -aunque a decir verdad, del mismo estilo que los dedicados al cerdo en Cincinnati-, con el nombre del jugador número dos en letras de un pie de altura, sin contar con los prospectos repartidos.

¡TOM CRABBE! ¡TOM CRABBE!
¡TOM CRABBE!
¡¡¡El ilustre Tom Crabbe, campeón del Nuevo Mundo!!!
¡¡¡El gran favorito de la partida Hypperbone!!!
¡¡¡Tom Crabbe, vencedor de Fitzsimmons y Corbett!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que vence a Real, Kymbale, Titbury, Lissy Wag, Hodge Urrican y X.K.Z!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que va delante de todos!!!
¡¡¡Tom Crabbe, que está a dieciséis casillas del final!!!
¡¡¡ Tom Crabbe, que que va a colocar el pabellón añil a las alturas de Illinois!!!
¡¡¡Tom Crabbe está entre nosotros!!! ¡Hurra! ¡Hurra!
¡¡¡Hurra por Tom Crabbe!!!

Compréndase, pues, qué orgulloso iría John Milner a exhibir al coloso por las calles de Filadelfia, por las principales plazas, por Fairmount Park, y también por el mercado de Market Street. ¡Qué desquite de la derrota de Cincinnati! ¡Qué éxito!

No obstante, el día 7, en medio de aquella delirante alegría, John Miler experimentó gran angustia, provocada por el inesperado suceso siguiente: un cartel, no menos colosal que los otros, acababa de ser colocado por un rival. Decía así:

¡CAVANAUGH CONTRA CRABBE!

El nombre de Cavanaugh les era bien conocido. Era un boxeador de gran fama, que tres meses antes había sido vencido en memorable lucha por el propio Tom Crabbe, sin que hasta entonces hubiera podido tomar desquite, a pesar de sus muchas reclamaciones. Ahora, puesto que Tom Crabbe se encontraba en Filadelfia, lo desaba, y al efecto al nombre de Cavanaugh seguían estas palabras:

¡DESAFÍO PARA EL CAMPEONATO!

¡DESAFÍO!

¡DESAFÍO!

Se cornprenderá que Tom Crabbe tenía algo mejor que hacer que responder a tal provocación: esperar tranquilamente la fecha de la próxima jugada. Pero Cavanaugh, o por mejor decir, los que lo lanzaban contra el campeón del Nuevo Mundo, no lo entendían de este modo.

John Milner debiera haberse encogido de hombros. Los mismos partidarios de Tom Crabbe intervinieron para decirle que desdeñara aquellos retos.

Pero, por una parte, John Milner conocía la indiscutible superioridad de Tom Crabbe sobre Cavanaugh en materia de boxeo, y, por otra, se hizo la siguiente reflexión: si Tom Crabbe no ganaba la partida, le sería preciso seguir boxeando en público, y tal vez sufriría su reputación si rechazaba aquel desquite solicitado en tan solemne circunstancia.

Así es que, tras nuevos carteles más provocativos que tendían a empañar la honra del campeón del Nuevo Mundo, se pudo leer al siguiente día en todas las paredes de Filadelfia:

¡RESPUESTA AL DESAFÍO!

¡¡CRABBE CONTRA CAVANAUGH!!

¡Júzguese el efecto!

¿Cómo? ¿Tom Crabbe aceptaba la lucha? ¿Tom Crabhe, que iba a la cabeza de los “Siete”, arriesgaba su situación por un desquite de pugilato? Y bien... sí. Además, como pensaba John Milner una mandíbula rota o un ojo aplastado no impedirían a Tom Crabbe ponerse en camino y desempeñar un buen papel en la partida Hypperbone.

Así pues, la lucha se efectuaría, y cuanto antes mejor. Pero había una dificultad: como los combates de este género hasta en América están prohibidos, la policía de Filadelfia prohibió a los dos héroes que se encontraran, bajo pena de prisión y multa. Verdad es que estar preso en el Penitentiary Western, donde los presos están obligados a aprender un instrumento y a tocarlo todo el día -grotesco concierto, en el que domina el lamentable acordeón-, no constituye pena muy severa. Pero la detención era la imposibilidad de partir el día indicado. Quedaba un medio de lograr el objeto sin temor a intervención del sheriff. Bastaba trasladarse a un pueblo vecino, mantener el secreto del día y de la hora del encuentro, y resolver fuera de Filadelfia la gran cuestión del campeonato.

Eso era lo que se iba a hacer. Así pues, el día 9, a las ocho de la mañana, en el pueblecito de Arondale, a unas treinta millas de Filadelfia, cierto número de gentlemen se encontraron reunidos en un salón secretamente alquilado para que se celebrara tan interesante lucha.

Pero cuando los dos luchadores estaban a punto de empezar el combate, apareció el sheriff de Arondale. Prevenido por una indiscreción, corrió al lugar para evitar aquel encuentro inmoral y de degradante, en nombre de las leyes de Pensilvania.

No extrañará que fuera mal recibido por los dos campeones, por los representantes y por los espectadores, engolosinados por aquel deporte, sobre cuyo resultado habían apostado sumas considerables.

El sheriff quiso hablar y rehusaron oírlo.

En el momento en que Tom Crabbe y Cavanaugh iban a dar comienzo a la lucha, vociferó:

-¡Deténganse! -dijo el sheriff-. ¡Terminen con la lucha!

No le hicieron caso, y fueron lanzados varios puñetazos.

Entonces ocurrió una escena digna de provocar la sorpresa y la admiración de los que fueron testigos de ella.

El sheriff no era muy alto, ni muy grueso; pero, a falta de vigor, poseía ligereza, buen tino y agilidad. Se lanzó sobre los dos boxeadores. Quiso John Milner sujetarlo, y recibió una bofetada que lo hizo caer al suelo, donde permaneció medio desvanecido.

Un momento después el sheriff obsequió a Cavanaugh con un puñetazo en el ojo izquierdo y aplastó el ojo derecho a Tom Crabbe. Los dos boxeadores se revolvieron contra el que así los maltrataba; pero éste evitaba el ataque por medio de saltos y cabriolas con ligereza de un mono.

Después de este momento, los aplausos, hurras y vítores del entendido público iban dirigidos al sheriff.

Al fin aparecieron algunos agentes de policia. Lo mejor era huir, y así se hizo.

Así terminó aquel memorable combate, con ventaja y honor para el sheriff que había combatido por la ley.

John Milner, con una mejilla hinchada y un ojo amoratado, arrastró a Tom Crabbe a Filadelfia, donde ambos, encerrados en su habitación, en la que ocultaron su vergüenza, esperaron la llegada del próxirno telegrama.

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