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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXV

Si los esposos Titbury y el comodoro Urrican se quejaban con razón de su mala suerte, parece que el redactor jefe del Tribune tenía también derecho a quejarse. Una jugada le había obligado a ir al Niágara, estado de Nueva York, y pagar una prima; después de allí, a Santa Fe, capital de Nuevo México. Y ahora la nueva jugada lo ponía en camino de Nebraska y después del estado de Washington.

Efectivamente, en Charleston, Carolina del Sur, donde acababa de ser tan calurosamente acogido, Harris T. Kymbale había recibido, el 4 de junio, el telegrama correspondiente, El punto de diez, por seis y cuatro, lo enviaba de la casilla veintidós a la cuarenta y dos. Era ésta la de Nebraska, elegida por el difunto para el Laberinto del noble juego de la oca. Esto no dejaba de ser grave, pues el jugador, después de ir al sitio indicado y pagar una prima doble, debía retroceder a la casilla treinta, ocupada por el estado de Washington.

Como se comprenderá, al anuncio de esta jugada, sus partidarios, reunidos en gran número en las oficinas del telégrafo de Charleston, quedaron aterrados, y el periodista se vio muy cerca de perder su situación de favorito, que la mayor parte de la gente le atribuía, algo ligeramente, sin duda alguna.

Pero aquel hombre, tan aturdido como resuelto, tranquilizó bien pronto a sus partidarios

-¡Eh, amigos, no hay que desesperarse! -exclamó-. Ya saben que los largos viajes no me causan miedo. De Charleston a Nebraska, y de Nebraska a Washington ¡bah!, cuestión de un par de saltos. En cuanto a la prima que tengo que pagar, esto es cosa que interesa al cajero del Tribune.

¡Cómo no tener confianza absoluta en aquel hombre que tan confiado se mostraba! Y continuaron teniéndosela.

Sin embargo, Harris T. Kymbale se engañaba si creía que todo era tan fácil. Sólo existía una solución de continuidad, y ésta debía serle indicada por el secretario de redacción, por el siguiente telegrama, recibido el mismo día, donde se especificaba día por día, la manera de poder estar en el estado de Washington, precisamente la ciudad de Olimpia, el 18 al mediodía:

“1° Abandonar Omaha City en la mañana del 7 por el tren de la U.P. de las ocho y treinta y cinco, para llegar a Julesburg Junction por la noche, a las seis y treinta.

“2° Tomar allí el coche, que al efecto estará dispuesto, para recorrer el camino de cien millas que conduce a las Tierras Malas de Nebraska. Llegar allí al siguiente día por la mañana, y hacer constar su presencia, regresando en el coche a Julesburg.

“3° Tomar de nuevo en Julesburg, la tarde del 10, el tren que se dirige a California, que dejaría a Harris T. Kymbale en la estación de Sacramento, pues los trabajos de reparación interrumpían la circulación hasta la estación de Roseburg, Oregón.

“4° En este país montañoso, por el que sólo con gran lentitud pueden circular carruajes, hacer a caballo el trayecto de doscientas cuarenta millas, a fin de llegar más tarde el día 17 a la estación de Roseburg.

“5° Tomar, la tarde del 17, en Roseburg, el tren para Olimpia, que llega por la mañana a esta ciudad.

“Nota. Se ruega a Harris T. Kymbale no pierda absolutamente ringún tiempo, y que no se olvide de que el periódico tiene comprometidas grandes sumas sobre las probabilidades de triunfo del pabellón verde.”

El telegrama era extenso, pero claro y explícito.

Era de esperar que no habría ningún retraso, pues la mitad de una jornada bastaría ya para comprometer el resultado del viaje.

La primera parte de su viaje, hasta Julesburg Junction, transcurrió sin ninguna novedad, salvo las repetidas muestras de simpatía a su paso por los diferentes puntos donde se detuvo, pero esto en realidad no podía consíderarse ya como novedad. Nuevamente, en Julesburg lo rodearon sus partidarios, algunos de ellos dispuestos a acompañarlo en su viaje hasta las Tierras Malas.

Este viaje lo debía efectuar en una diligencia transcontinental de la Wells y Frago, pintada de rojo, de las que en otras épocas recorrían el territorio federal. No tenía más que un compartimento para nueve plazas, tres en las banquetas de delante, tres en las de en medio, y tres en las de atrás, con correas para que los vacilantes viajeros pudieran sostenerse.

El jugador número cuatro ocupó el interior con ocho de sus partidarios. El viaje fue malo, y después de cuarenta horas infernales encerrados en aquel cajón, llegaron la noche del 8 al distrito de las Tierras Malas. Allí no había pueblos, sólo inmensas praderas donde los caballos podían pastar a su gusto.

Después de una noche pasada en el bosque, quedó el carruaje al cuidado del conductor, y se empezó a descender por el salvaje valle.

¡Qué razón había tenido William J. Hypperbone al elegir la región de Nebraska para hacer de ella el laberinto de la casilla cuarenta y dos! La región de las Bad-Lands es un verdadero laberinto y de los más intrincados, toda ella llena de cañones y desfiladeros estrechos, del mismo color rojizo y grisáceo, que le dan un aspecto desolador pero hermoso.

Por suerte no le era preciso a Harris T. Kymbale penetrar en las sinuosidades de las Tierras Malas. Bastaba con que el jugador número cuatro se presentara en persona a la entrada del laberinto, y que su presencia se hiciera constar en un acta. El acta fue redactada por Kymbale y firmada por todos sus acompañantes. Esto sería suficiente para probar su llegada a aquella región, Acto seguido volvieron a tomar el carruaje y a las diez de la mañana estaban de regreso en Julesburg Junction. Una hora después, llegaba el tren de la Union Pacific.

El periodista atravesó los estados de Wyoming, Utah y Nevada y parte del de California, para llegar a la capital de ésta, Sacramento, la noche del 11 al 12 de junio.

Un excelente recibimiento esperaba al periodista. Sus partidarios, en gran numero, lo aclamaron; pero no pensaron en detenerlo, pues el tren partía pronto de Sacramento. También lo esperaba la buena noticia, dada por el corresponsal del Tribune en aquella población, que podría recorrer parte de su camino, hasta Shasta, en tren y que en aquella población lo esperaban las caballerías que, con un buen guía conocedor de la región, lo conducirían hasta Roseburg.

Poco debería ganar, sin embargo, en tiempo, puesto que el tren marchaba con fastidiosa calma, deteniéndose además, en todas las estaciones. Hay que decir en favor suyo que el camino no cesaba de subir, a fin de ganar la región de la Alta California, a considerable altura sobre el nivel del mar.

Así, pues, hasta las ocho de la mañana del día 13, no llegó el tren a Shasta, estación en la cual, como se recordará, la vía estaba interrumpida. Antes de tomar el tren en Roseburg, Harris T. Kymbale tenía que recorrer unas cien leguas en dirección norte, con el guía y los caballos que habían sido pedidos por el corresponsal del Tribune.

No quedaban más que cinco días para llegar a Olimpia, cuatro de los cuales debían ser empleados en el víaje a caballo. Esto no era cosa imposible, pero sí fatigosa para caballos y jinetes.

En la estadón lo esperaban el guia, un hombre de unos cuarenta años, llamados Fred Wilmot, y un mozo de cuadra, con tres caballos.

-¿Dispuesto? -preguntó el guía.

-¡Dispuesto! -contestó el periodista.

-Pues en marcha.

Los caballos partieron al trote largo. De la cuestión de la alimentación no había que preocuparse, puesto que por el camino encontrarían gran número de pueblos y aldeas.

El camino seguía la ribera derecha del Sacramento, y después de una parada para comer en una granja, Fred Wilmot se detuvo en Butter, para pasar la noche.

Siete horas de sueño profundo en una posada, y los viajeros volvieron a partir, cruzando al cabo de unas horas la frontera de Oregón. Por la noche descansaron en la aldea de Jackson.

Al siguiente día, el 16, después de una última jornada que los caballos recorrieron sin gran trabajo, el guía señaló las luces de Roseburg.

Después de despedirse calurosamente del guía, el periodista se fue a descansar, y al día siguiente, al alba, saltó (éste fue el término empleado por el señor Kymbale) al primer tren que partía para Olimpia.

Este tren atravesó, raudo, todo el estado de Oregón, para penetrar en el de Washington por Vancouver, el día 18, a las ocho de la mañana.

Harris T. Kymbale no disponía mas que de seis horas; pero sólo le faltaban ciento veinte millas para llegar a Olimpia.

De Vancouver partió Harris T. Kymbale a las ocho y diez de la mañana, a fin de realizar la última jornada de su viaje. El tren corría raudo por aquella región regada por los afluentes del Columbia, dejando atrás pueblo tras pueblo y ciudad tras ciudad.

A las once y tres minutos se detuvieron en el pueblo de Tenino, donde esperaba al periodista una noticia catástrófica: era imposible que el tren siguiera adelante. A diez millas de Tenino, una hora antes se había hundido un puente, y la circulación era imposible por aquella parte de la línea.

Golpe mortal como ninguno, del que el jugador número cuatro jamás se levantaría.

-¡Ah! -exclamó lanzándose fuera del vagón-. ¡Naufragaré a la vista del puerto!

Pero no... Tres jóvenes, que se habían apeado del tren, se acercaron al periodista.

-Señor Kymbale -le dijo uno de ellos-, ¿sabe usted montar en bicicleta?

-Sí.

-Pues venga usted.

No hubo más palabras, como conviene entre gentes prácticas en los Estados Unidos.

Del furgón de equipajes fue retirada una bicicleta triple y depositada en el andén.

-Señor Kymbale -dijo el joven-, uno de nosotros le cederá el asiento de en medio, el otro se pondrá atrás, y yo delante, y hay probabilidades de llegar a Olimpia al mediodía.

-Caballeros, muchísimas gracias. ¡En marcha!

¡Cuarenta millas en menos de una hora! Este record no había sido batido por ningún ciclista.

Antes de emprender la marcha dijo el periodista:

-No sé cómo demostrar a ustedes mi agradecimiento.

-Ganando -contestó uno de ellos.

-Hemos apostado por usted -dijo el otro.

Algunas personas, mientras montaban los ciclistas, sostuvieron la máquina, dándole después un vigoroso impulso, y lanzándola al camino, entre grandes hurras.

El comienzo fue magnífico. La bicicleta triple iba como un rayo por el bien cuidado camino, verdadera pista, y muy plano en la parte de Washington vecina al litoral.

Recorridas unas quince millas, que tardaron en ser ganadas un cuarto de hora, los ciclistas veían segura su llegada a la capital minutos antes del mediodía, cuando un poco después de las once, y al atravesar el aparato una extensa llanura, oyéronse fuertes aullidos.

-¡Coyotes!

¡Sí! Se trataba de una veintena de estos terribles lobos de la pradera. Rabiosos de hambre, aquellos feroces animales se aproximaban con velecidad superior a la de los ciclistas.

-¿Lleva usted un revólver? -preguntó el ciclista delantero al periodista.

-Sí -respondió éste.

-Pues dispóngase usted a hacer fuego... Y tú también, Flock. Yo no dejo la dirección.

Los coyotes saltaban ya a los flancos del aparato, prestos a precipitarse sobre el periodiota y sus amigos, que estarían perdidos si eran derribados.

Estallaron dos detonaciones, y dos coyotes mortalmente heridos rodaron por el camino.

-¡Pedaleemos! -gritó el de atrás.

Otras quince millas habían sido franqueadas, pero la situación se hacía cada vez más acuciante. La banda, reducida a la mitad, intentaba saltar una y otra vez sobre la bicicleta.

Por suerte, Harris T. Kymbale consiguió cargar de nuevo su revólver, y disparados sus seis tiros puso a la banda en huida.

Eran las doce menos diez. A unas cinco millas aparecieron las primeras casas de Olimpia.

La bicicleta devoró esta distancia con la velocidad de un expreso, y llegó a la ciudad. Allí, sin hacer caso de los reglamentos de policía y con riesgo de aplastar a alguno de sus pacíficos ciudadanos, se detuvo en las oficinas del Telégrafo, cuando sonaban las doce.

Harris T. Kymbale echó pie a tierra. Muerto de fatiga, respirando apenas, se precipitó en la sala en el momento en que el reloj lanzaba su duodécima campanada.

-Hay un telegrama para Harris T. Kymbale -gritó el empleado de telégrafo.

-¡Presente! -respondió el redactor del Tribune, y cayó sin conocimiento sobre un banco.

Llegó a tiempo gracias al sacrificio y energía de sus partidarios, que al recorrer en cuarenta y seis minutos las cuarenta millas que separaban Vancouver de Olimpia, habían batido el record mundial.

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