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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo V

Aquel día, desde el amanecer, el barrio 19 fue invadido por la multitud. Realmente, el afán del público no parecía que debía ser menor que el día que el interminable cortejo conducía a William J. Hypperbone a su última morada.

Los mil doscientos trenes diarios de Chicago habían vertiod desde la víspera millares de viajeros en la ciudad. El tiempo prometía ser espléndido. Fresca brisa matinal había barrido el cielo de los vapores de la noche.

Entre los principales hoteles el mejor es el Auditorium, cuyos diez pisos se alzan en la esquina de Congress Street y Michigan Avenue, frente a Lake Park. Este inmenso edificio no solamente puede alojar millares de viajeros, sino que también encierra un teatro bastante capaz para recibir ocho mil espectadores.

En aquella mañana iba a rebasar el máximo de su capacidad y la taquilla el de su recaudación, pues despues de la famosa idea de sacar a subasta los nombres de los Seis, el notario Tornbrock había tenido la de hacer pagar su asiento a cuantos quisieron oír la lectura del testamento en el teatro del Auditorium, con los que los necesitados iban aún a beneficiarse con unos 10000 dólares, que se repartirían entre dos hospitales: el Alexian Brothers y el Maurice Porter Memorial for Children.

¿Cómo no iban a acudir los curiosos de la ciudad para disputarse los menores rincones? En el escenario estaban el alcalde y la municipalidad; algo más atrás los socios del Excentric Club, en torno de su presidente, Georges B. Higginbotham; un poco más adelante los Seis en línea, junto a la concha, cada uno en la actitud que convenía a su situación social.

Lissy Wag, verdaderamente avergonzada de exhibirse de aquella manera ante miles de ojos avizores, manteníase en actitud modesta en su sillón, con la cabeza baja.

Harris T. Kymbale se esponjaba entre los brazos del suyo, enviando saludos a numerosos periodistas de todo matiz que se agolpaban en medio del recinto.

El marino Urrican, dirigiendo en torno feroces miradas, parecía dispuesto a buscar querellas al que se permitiera contemplarle de frente.

Max Real observaba aquella multitud agitada, devorada por una curiosidad de la que él no participaba y, fuerza es confesarlo, pareciendo interesarle más la linda joven sentada cerca de él, cuya actitud de modestia lo conmovía.

Hermann Titbury calculaba in mente a qué suma podría elevarse la entrada, una gota de agua comparada con los millones de la herencia.

Tom Crabbe no sabía por qué estaba allí, sentado, no sobre un sillón, que no hubiera podido contener su enorme masa, sino sobre un sofá, cuyas patas crujían bajo su peso.

Claro es que en la primera fila de los espectadúres figuraban John Milner, Kate Titbury, que dirigía a su marido señas completamente incomprensibles, y la nerviosa Jovita Foley, sin cuyas intervención Lissy Wag no hubiera consentido jamás en sentarse ante aquel terrible público.

Después, en el interior de la inmensa sala, en los anfiteatros, en las últimas gradas y en todos los sitios donde el cuerpo humano había podido introducirse, en todos los agujeros por los que la cabeza había podido deslizarse, se apilaban hombres, mujeres y niños pertenecientes a las diversas clases de la población que podían pagar el billete.

Dieron las doce. Del Auditorium se escapó un formidable ¡ah!

En aquel momento el notario Tornbrock acababa de levantarse, y violento soplo agitó, como la brisa que atraviesa espesos bosques, a la multitud del exterior.

Después reinó profundo sílencio, de esos silencios emocionantes que se producen entre el relámpago y el trueno, cuando todos los pechos están penosamente oprimidos,

El notario, en pie ante la mesa que ocupaba el centro del escenario, con los brazos cruzados y el rostro grave, esperaba que sonara el último golpe del reloj indicando el mediodía.

Sobre la mesa había colocado un sobre cerrado con cinco sellos rojos, donde estaban grabadas las iniciales del difunto.

Este sobre contenía el testamento de William J. Hyperbone, y sin duda también, a juzgar por su tamaño, otros papeles relacionados con el asunto. Algunas líneas indicaban que dicho sobre no debía ser abierto hasta transcurridos quince días desde el fallecimiento, y declaraban, además, que la ceremonia de apertura se verificaría en la sala de teatro del Auditorium a la hora del mediodía.

Con mano algo febril el notario Tornbrock rompió los sellos del sobre, y sacó de éste, primero un pergamino sobre el cual aparecía la grosera letra del testador, y luego un mapa doblado en cuatro partes, y, en fin, una cajita de una pulgada de extensión por media de altura.

Y entonces, con voz fuerte, que se extendió hasta los rincones de la sala, el notario, tras pasear sus ojos, armados de anteojos con montura de aluminio, por las primeras líneas del pergamino, leyó lo que sigue:

Este es mi testamento, escrito de mi puño y letra en Chicago, a tres de julio de mil ochocientos noventa y cinco.

Sano de cuerpo y de alma, en la plenitud de mi inteligencia, he redactado la presente acta, donde consta rni última voluntad. El notario Tornbrock, en unión de mi compañero y amigo Georges B. Higginbotham, presidente del Excentric Club, hará cumplir esta mi última voluntad en toda su extensión, así como habrá hecho cuanto concernía a mis funerales.

Al fin, el público y los interesados iban a saber a qué atenerse. Iban a ver resueltas todas las preguntas hechas desde quince días antes, aclaradas las suposiciones e hipótesis que se habían difundido durante aquellas dos semanas de febril curiosidad.

Sin duda, hasta el presente, ningún miembro del. Excentric Club se ha hecho notar por excentricidades dignas de este nombre. El mismo que esto escribe no ha salido de las futilidades insípidas de la existencia. Pero lo que no ha hecho en vida se efectuará después de su muerte.

El auditorio dejó oír un murmullo de satisfacción. El notario esperó que se extinguiera, interrumpiendo la lectura por medio minuto. Después siguió:

No habrán olvidado mis queridos compañeros que si yo he sentido alguna pasión ha sido por el noble juego de la oca, tan conocido en Europa y particularmente en Francia, donde pasa por haber sido copiado y modificado de los griegos. Yo he introducido este juego en nuestro Círculo. Él me ha procurado las emociones más vivas por la variedad de sus detalles, lo imprevisto de sus golpes, el capricho de sus combinaciones, juego en el que sólo el azar dirige a los que luchan sobre este campo de batalla para conseguir la victoria.

¿Por qué motivo el noble juego de la oca intervervía de tan inesperado modo en el testamento de William J. Hypperbone?

El notario continuó:

Nadie ignora en Chicago que este juego se compone de una serie de casillas yuxtapuestas y numeradas desde el uno al sesenta y tres. Catorce de estas casillas están ocupadas por la figura de un ganso, ese animal tan injustamente acusado de imbecilidad, y que debiera haber sido rehabilitado el día que salvó al Capitolio de los ataques de Breno y de sus galos.

Algunos concurrentes, un poco escépticos, empezaron a preguntarse si el difunto William J. Hypperbone, no se burlaba del público con el intempestivo elogio de. aquel ejemplar de la familia de los anséridos.

El testamento continuaba así:

Por consecuencia de dicha disposición, y descontando estas casillas, quedan cuarenta y nueve, de las que únicamente seis obligan al jugador a pagar primas, o sea una prima de la sexta, donde hay un puente para ir a la doce; dos primas a la diecinueve, donde debe esperar en la hostería a que sus contrincantes hayan jugado dos golpes; tres primas a la treinta y uno, donde se encuentra un pozo, en cuyo fondo permanece hasta que otro venga a ocupar su sitio; dos primas a la cuarenta y dos, o sea la del laberinto, que puede abandonar enseguida para volver a la treinta, donde hay un ramo de flores; tres primas a la cincuenta y dos, en la que quedará preso mientras no sea reemplazado; y en fin, tres primas a la cincuenta y ocho, donde hay una cabeza de muerto, con la obligación de recomenzar la partida.

Cuando el notario Tornbrock, tras aquel largo período, se detuvo para tomar aliento, oyéronse varios murmullos, prontamente reprimidos por la mayoría del auditorio, evidentemente favorable al difunto. Y, no obstante, toda aquella gente no se había agolpado en el Auditorium para escuchar una lección sobre el juego de la oca.

El notario continuó en estos términos:

En este sobre se encontrará un plano y una caja. El plano es el del noble juego de la oca, compuesto conforme a una nueva forma de sus casillas que yo ha inventado, y del que deberá darse conocimiento al público. La caja encierra dos dados semejantes. a los que yo tenía costumbre de servirme en mi Círculo. El plano y los dados serán destinados a una partida que será jugada en las condiciones siguientes:

¡Cómo! ¿Se trataba de una partida al noble juego de la oca?

Decididamente, aquello era una broma. El difunto era un humbug, como se dice en América.

Vigorosos "¡silencio!" fueron dirigidos a los descontentos, y el notario prosiguió su lectura:

He aquí ahora lo que he pensado hacer en honor de mi país, al que amo con el ardor de un patriota, y cuyos diversos estados he visitado a medida que su número aumentaba tanto como las nuevas estrellas del pabellón de la República Americana.

Aquí una triple salva de hurras que repercutieron los ecos del Auditorium, y a la que sucedió profunda calma, pues la curiosidad había llegado a su último punto.

Actualmente, sin contar Alaska, situada fuera de su territorio, la Unión posee cincuenta estados, repartidos sobre una extensión de cerca de ocho millones de kilómetros superficiales. Pues bien: colocando estos cincuenta estados por casillas, los unos a continuación de los otros, y repitiendo catorce veces uno de ellos, he obtenido un tablero compuesto de sesenta. y tres casillas, idéntico al juego de la oca, convertido por este hecho en el juego de los Estados Unidos.

El notario Tornbrock continuó leyendo:

Quedaba por determinar cuál de los cincuenta estados debía figurar catorce veces en el tablero.

Tratábase ahora de designar los jugadores que serían llamados a esta partida sobre el inmenso territorio de los Estados Unidos, conforme con el mapa encerrado bajo este sobre, y del que deberán sacarse millones de ejemplares, a fin de que cada ciudadano pueda seguir las peripecias de la partida que se va a jugar. Estos jugadores, en número de seis, han sido elegidos por la suerte entre los habitantes de nuestra ciudad, y deben estar reunidos en este momento en el escenario del Auditorium. Éstos son los que transportarán su persona a cada estado indicado por el número de tantos obtenidos y al sitio que les dará a conocer mi ejecutor testamentario, según nota aquí adjunta y cuidadosamente redactada.

Éste era, pues, el papel reservado a los Seis. El capricho de los dados iba a pasearles por la superficie de la Unión. Serían ellos las piezas del tablero de aquella inverosímil partida.

Si Tom Crabbe no comprendió nada de la idea de William J. Hypperbone, no sucedió así al comodoro Urrican, a Harris T. Kymbale, a Hermann Titbury, a Max Real y a Lissy Wag. Todos se miraban, y por todos eran mirados como extraordinarios seres colocados fuera de la humanidad.

Pero quedaba por saber cuáles eran las últimas disposiciones imaginadas por el difunto.

Pasados quince días después de la lectura de mi testamento, cada dos días, en esta misma sala del Auditorium, y a las ocho de la mañana, el notario M. Tornbrock, en presencia de los socios del Excentric Club, agitará con su mano el cubilete de los dados, proclamará la cifra que salga y comunicará esta cifra por telégrafo al sitio en que cada jugador deberá encontrarse entonces, bajo pena de quedar excluido de la partida. Dadas la facilidad y la rapidez de las comunicaciones a través del territorio, de la que ninguno de los Seis deberá traspasar los límites, bajo pena de perder sus derechos, estimo que quince días bastarán a cada cambio de sitio, por lejano que esté.

Era evidente que si Max Real, Hodge Urrican, Harris T. Kymbale, Hermann Titbury, Tom Crabbe y Lissy Wag aceptaban el papel de contrincantes en aquel noble juego, renovado, no de los griegos, sino de los franceses, por William J. Hypperbone, quedaban obligados a seguir estrictamente las reglas impuestas. ¿Pero en qué condiciones se efectuarían aquellas locas carreras a través de los Estados Unidos?

Estos Seis viajarán a sus expensas -continuó el notario en medio de profundo silencio- y de su bolsillo pagarán las primas exigibles a la llegada a tal o cual estado: el precio de cada prima se fija en mil dólares. Por falta de pago de una sola, el jugador quedará fuera de concurso.

Mil dólarés, y cuando se estaba expuesto a pagarlos varias veces, si la mala suerte se mezclaba en el negocio, ello podía formar una fuerte suma. No es de extrañar, pues, que Hermann Titbury hiciera un gesto, que se reprodujo en el mismo instante en el congestionado rostro de su esposa. No era dudoso que la obligación de pagar esta prima de mil dólares molestara, si no a todos, por lo menos a algunos jugadores. Verdad que se encontrarían personas dispuestas a prestar a los jugadores que tuvieran más probabilidades de buen éxito.

El testamento contenía aún algunas interesantes disposiciones. Y, en primer lugar, esta declaración relativa a la situación financiera de William J. Hypperbone:

Mi fortuna, en propiedades construidas o no construidas, en valores industriales, en acciones de Bancos o de ferrocarriles, cuyos títulos están depositados en el despacho del notario Tornbrock, puede ser estimada en sesenta millones de dólares.

Declaración que fue acogida con un murmullo de satisfacción.

Se agradecía al difunto que hubiera dejado herencia de tal importancia, y aquella cifra pareció respetable aún en el país de los Gould, los Bennett, los Vanderbilt, los Astor, los Bradley-Martin, los Hatty Green, los Hutchinson, los Carroll, los Prior, los Morgan Slade, los Lennox, los Rockefeller, los Schemeorn, los Richard King, los May Gaclet y otros multimillonarios. En todo caso, aquél o aquéllos de los Seis sobre los que recayera esta fortuna, en todo o en parte, podrían contentarse con ella; ¿no es verdad? ¿Pero en qué condiciones la recibirían?

A esta pregunta respondía el testamento en las síguientes líneas:

Se sabe que en el noble juego de la oca gana el que llega primero a la casilla sesenta y tres. Pero esta casilla no es definitivamente adquirida más que cuando el número de tantos obtenidos por el último golpe de dados forma este número justo; pues si pasa de él, el jugador está obligado a volver atrás tantos puntos como los obtenidos de más. Así, pues, conforme a estas reglas, el heredero de toda mi fortuna será aquel de los jugadores que tome posesión de la casilla sesenta y tres, o mejor dicho, del estado sesenta. y tres, que es el de Illinois.

Así es que sólo uno ganaba, el primero que llegara. ¡Nada para sus compañeros de viaje, después de tantas fatigas, de tantas emociones y tantos gastos!

Error... El segundo debía ser premiado y reembolsado en cierta medida.

El segundo -decía el testamento-, es decir, aquél que al fin de la partida esté más próximo a la casilla sesenta y tres, recibirá la suma producida por el pago de las primas de mil dólares, que los azares del juego pueden elevar a una cantidad considerable, y de la que sabrá hacer un uso bueno y provechoso.

Esta cláusula no fue ni bien ni mal recibida por los concurrentes.

Tal como era, no había para qué discutirla.

Después, William J. Hypperbone añadía:

Si por una u otra razón uno o varios de los jugadores se retiraran antes del final de la partida, ésta continuará por aquel o aquéllos que sigan en lucha. Y, en el caso de que todos la abandonen, mi herencia será entregada a la población de Chicago, que será mi heredera universal, para que sea empleada del mejor modo para sus intereses.

En fin, el testamento terminaba con estas líneas:

Tal es mi voluntad formal, por cuya ejecución vigilarán Georges B. Higginbotham, presidente del Excentric Club, y mi notario Tornbrock. Debe ser observada en todo su rigor, como entiendo que lo serán también todas las reglas del noble juego de los Estados Unidos de América.

¡Y ahora, que la suerte los favorezca!

Un último hurra acogió el final del testamento; y los asistentes al acto iban a retirarse, cuando el notario, reclamando silencio con un gesto imperioso, añadió estas palabras:

-Hay un codicilo...

¿Un codicilo? ¿Iba, pues, a destruir todo lo ordenado en el testamento y a hacer ver al cabo la burla que algunos esperaban aún del excentrico difunto?

He aquí lo que leyó el notario:

A los seis jugadores designados por la suerte se unirá un séptimo de mi elección, que figurará en la partida con las iniciales X. K. Z., gozará de los mismos derechos que sus compañeros y deberá someterse a las mismas reglas. Respecto a su nombre verdadero no será revelado más que si gana la partida, y las jugadas de ésta que a él se refieran le serán enviadas bajo dichas iniciales.

Tal es mi voluntad de última hora.

Esto pareció singular. ¿Qué ocultaba aquella cláusula del codicilo? Pero no había por qué discutirla más que las otras, y la multitud, vivamente impresionada, como dicen los cronistas, abandonó el Auditorium.

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