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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XXVIII

Inutil es decir el estado de alma de Lissy Wag cuando se separó de Max Relal para ir a ocupar su puesto en Richmond. Habiendo partido en la noche del 13, no podía la joven sospechar que al día siguiente, la suerte haría por Max Real lo que por ella había hecho, es decir, darle la libertad y ocasión de “ponerse en línea”, en el extenso campo de carreras de los Estados Unidos de América.

De San Luis a Richmond no hay más que setecientas millas, a través de Missuri, Kentucky, y las dos Virginias. En la mañana del 14 las dos viajeras llegaron a Richmond, donde debían esperar el próximo telegrama del notario Tornbrock, que debía llegar el día 20.

Puede imaginarse fácilmente la alegría de las dos jóvénes -mayor en una de ellas- cuando a su llegada leyeron en los periódicos de Richmond la libertad de Max Real.

Al presente no había más que esperar sin impaciencias hasta la fecha del 20. Durante estos días, seis días, el tiempo transcurría agradablemente, con minuciosas visitas a la ciudad de Richmond. Y sin duda la ciudad les hubiera parecido más hermosa si Max Real las hubiera podido acompañar en aquellos paseos. Por lo menos, así lo declaró Jovita Foley, y es probable que Lissy Wag participara de esta opinión.

Cuando llegó el 16 de junio, no se efectuó jugada alguna, puesto que ésta concernía a Hermann Titbury hundido por un mes en las delicias del Excelsior Hotel, como se sabe.

En fin, el dia 20, antes de las ocho, Jovita Foley había obligado a su amiga a seguirla, y se encontraban en las oficinas del telégrafo de Richmond. Allí, una hora después, el hilo llevó el número doce, seis y seis, el más elevado de todos, que la transportaba a la casilla cincuenta y seis, estado de Indiana.

Las dos amigas volvieron apresuradas al hotel, a fin de escapar de las demostraciones demasiado vivas del público, y Jovita Foley exclamó entonces:

-¡Ah, querida! ¡Indianápolis, Indiana! ¡Qué suerte! ¡Vas a la cabeza, Lissy querida!

Positivamente, Jovita Foley estaba excitadísima. Abrazaba a Lissy, que acogía todas aquellas exclamaciones con una vaga sonrisa. Se trató de la cuestión de si Lissy Wag abandonaría inmediatamente Richmond, puesto que disponía de los días comprendidos hasta el 4 de julio para ir a Indianápolis. Pero como hacía ya seis días que se encontraban en aquella ciudad, Jovita Foley afirmó que lo mejor era partir al día siguiente para su nuevo destino.

Así, pues, el 21 por la mañana, ambas se hicieron conducir a la estación.

El tren, después de atravesar las dos Virginias y Ohio, las dejaría por la noche en la capital de Indiana.

Una vez llegadas a esta ciudad, guardando el incógnito en lo que les fue posible, se dirigieron al Hotel Sherman que les había sido recomendado.

Como siempre, las dos jóvenes se dedicaron a recorrer las bellezas de la ciudad, pero Lissy Wag parecía completamente abstraída.

Y cuando Jovita Folely vio a su compañera, si no triste, pensativa, dijo:

-Lissy, no te comprendo, o, mejor dicho, te comprendo demasiado. Sí, es un joven amable... simpático... reúne todas las cualidades, y entre otras la de agradarte. Pero, puesto que no está aquí, es preciso ser razonable, querida.

-Jovita, no te entiendo.

-Vamos, Lissy, sé franca... Confiesa que lo amas.

La joven no respondió. Y su silencio fue, sin duda, la mejor respuesta.

El día 22, los periódicos publicaron la jugada relativa al comodoro Urrican. El notario había tenido mala mano, pues sacó cinco, por uno y cuatro, lo que envíaba al marino a la casilla treinta y uno, estado de Nevada donde William J. Hypperbone había colocado el pozo, en cuyo fondo el desdichado comodoro permanecería hasta que alguno de los jugadores fuera a sacarlo. Además, veíase en la obligación de pagar una prima triple, tres mil dólares.

-Parece que ese Tornbrock lo hace a propósito -exclamó Hodge Urrican, en el paroxismo de la cólera.

Y como Turk declarara que en la primera ocasión que se le presentara retorcería el pescuezo al notario, su amo esta vez no intentó calmarlo.

Aquel mismo día, al volver de paseo, las dos jóvenes jugadoras tuvieron una gran sorpresa. Lissy Wag no pudo contener un grito:

-¡Usted!

El pintor estaba junto a la puerta del hotel, y cerca de él Tommy. Un poco emocionado, buscaba palabras para explicar su presencia.

-Señoritas -dijo-, me dirigía a Filadelfia, y como Indiana se encontraba en mi camino por casualidad...

-Una casualidad geográfica -respondió riendo Jovita Foley.

-Como esto no alargaba mi viaje. Y dispongo aún de seis días...

-Y cuando se dispone de seis días y no se sabe qué hacer, lo mejor es dedicárselos a las personas por las que se siente interés, un vivísimo interés ...

-Jovita... -dijo Lissy Wag, en voz baja.

-Y la casualidad -continuó Jovita-, siempre, esa feliz casualidad hizo que usted eligiera precisamente el Hotel Sherman.

-Como los periódicos habían dicho que la jugadora número cinco se albergaba en el Hotel Sherman, con su fiel compañera.

-Y -respondió la fiel compañera- si la jugadora número cinco se albergaba en el Hotel Sherman, era natural que el jugador número uno hiciera lo mismo. ¡Oh, si se hubiera tratado del número dos o del número tres! Pero no; era el número cinco precisamente. ¡Y siempre la casualidad en todo!

-Para nada ha intervenido la casualidad... -confesó Max Real.

-Vamos... eso está mejor -exclamó Jovita Foley.

Hablaron como antiguos amigos y se concertaron paseos por la ciudad.

En cuanto a la partida, Lissy Wag iba ahora la prirnera, seguida de X. K. Z., a quien para ganar la partida sólo le faltaban doce puntos... que sólo podían obtenerse por seis y seis, mientras que los siete que le faltaban a Lissy Wag podían ser obtenidos de tres maneras distintas: por dos y cinco, por tres y cuatro, y por seis y uno. De aquí las tres probabilidades contra una, según pretendía Jovita Foley.

Al día siguiente, al despertar, preguntó Jovita:

-¿Qué vamos a hacer hoy? Se anuncia un soberbio día. El aire y el sol invitan a pasear. ¿No vamos a salir de Indianápolis? Podríamos visitar los alrededores.

La proposición merecía ser estudiada. Max Real consultó el indicador y las cosas se arreglaron a gusto de todos. Se convino en que irían por la línea que sube por el White River, hasta Spring Valley, a unas veinte millas de Indíanápolis. El alegre terceto partió, sin advertir que cinco individuos los seguían furtivamente. Estos individuos no solamente los acompañaron hasta la estación, sino que subieron en el mismo tren que ellos, y cuando Max Real y sus dos amigas se apearon en la estación de Spring Valley, dichas gentes hicieron lo mismo.

Max Real, Lissy y Jovita Foley tomaron el camino que conduce a la orilla del White River. Caminaron durante una hora, a través de la fértil campiña regada por el arroyo. La temperatura era agradable y aquel paseo resultó delicioso.

A las tres, una barca los transportó a la otra orilla del White River. Más allá, bajo grandes bosques, se extendía un camino que conducía a la estación. Tras recorrer una media milla por un camino bordeado de hermosos árboles, desierto a la hora en que se efectúa el trabajo de los campos, Jovita Foley, fatigada de tantas idas y venidas, propuso un descanso de algunos minutos. Había tiempo para estar de vuelta al Hotel Sherman antes de la comida.

En este momento, cinco hombres se lanzaron sobre ellos. Eran los mismos que habían bajado del tren en la estación de Spring Valley.

No eran bandidos de profesión. Querían sencillamente apoderarse de Lissy Wag, arrastrarla a algún secreto lugar y secuestrarla allí para impedir que la joven se encontrara en las oficinas de Telégrafos de Indianápolis el 4 de julio, a la llegada del correspondiente telegrarna. De aquí resultaría la exclusión de la partida de la jugadora que iba a la cabeza.

A esto conducía la pasión de aquellos jugadores, que habían apostado en la partida enormes sumas, centenares de miles de dólares,

Tres de los cinco hombres se precipitaron sobre Max Real, a fin de impedirle que pudiera defender a sus compañeras. El cuarto cogió a Jovita Foley, mientras el último procuraba arrastrar a Lissy Wag al fondo del bosque.

Max Real, se defendía, y sacando el revólver, que un americano lleva siempre consigo, hizo fuego.

Uno de los hombres cayó herido.

Jovita y Lissy pedían socorro, sin esperanza de que sus voces fueran oídas.

Lo fueron, sin embargo. Algunos de los colonos de los alrededores, unos doce, se encontraban cazando en el bosque y un providencial azar los llevó al teatro de la agresión.

Los cinco hombres intentaron entonces un último esfuerzo. Por segunda vez Max Real disparó contra el que se llevaba a Lissy, haciendo blanco. Pero el pintor recibió una puñalada en el pecho, lanzó un grito y cayó inanimado al suelo.

Los cazadores aparecieron, y los agresores, dos de los cuales estaban heridos, comprendiendo que el golpe había fallado, huyeron por el bosque.

Más que perseguirlos convenía transportar a Max a la estación próxima, enviar en busca de un médico y llevar después al herido a Indianápolis, si su estado lo permitía.

Lissy Wag, llorando a mares, se arrodilló junto al joven.

Max Real respiraba; sus ojos se abrieron y pudo pronunciar estas palabras:

-Lissy... querida Lissy... esto no será nada, ¿Y usted?

Sus ojos se cerraron de nuevo... Pero vivía... había reconocido a la joven... le había hablado...

Media hora más tarde los cazadores lo depositaban en la estación, donde casi enseguida se presentó un médico, que después de examinar la herida afirmó que no era mortal. Le hizo la primera cura, y aseguró que el herido soportaría sin peligro el traslado a Indianápolis.

Un segundo médico que fue a visitar a Max Real en el hotel confirmó lo dicho por su colega. El pulmón no había sido más que ligeramente tocado por la punta del cuchillo; pero faltó poco para que la herida fuera mortal. Declaró también que Max no estaría en pie antes de quince días.

¡Qué importaba! Ni él pensaba ahora en la fortuna de William J. Hypperbone, ni Lissy Wag dudaba en sacrificar sus posibilidades de triunfo para poder permanecer al lado del herido. Y -confesémoslo en honor suyo, aunque significara el desvanecimiento de todas las esperanzas- Jovita Foley aprobó la conducta de su pobre amiga.

Tras largas y maduras reflexiones, Jovita Foley se había dicho:

“En resumen: puesto que este pobre Real va a permanecer en Indianápolis quince días, Lissy estará aún aquí el 4 de julio, fecha de la próxima jugada, y si por fortuna salieran siete, ella ganaría la partida.”

Pero...

El siguiente día, 24, a las ocho y media, los vendedores de periódicos recorrían las calles de Indianápolis con las copias del telegrama, y proclamaban, o mejor dicho, aullaban el resultado de la jugada efectuada la misma mañana en Chicago, concerniente al jugador número siete.

Este había obtenido doce tantos, por seis doble, y como el jugador ocupaba la casilla cincuenta y uno, estado de Minnesota, ganaba la partida.

El que ganaba no era otro que el enigmático personaje designado con las iniciales X. K. Z.

El pabellón rojo flotaba sobre Illinois.

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