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El testamento de un excéntrico
Editado
© Ariel Pérez
9 de diciembre del 2003
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El testamento de un excéntrico
Capítulo XX

Se recordará que Lissy Wag y Jovita Foley se apresuraron a abandonar Milwaukee el día 28, a fin de que el misterioso X. K. Z. no las hallara en este punto.

Las dos amigas volvieron a Chicago, y quizás lo más juicioso hubiera sido no abandonar éste hasta la víspera del día que el telegrama del notario Tornbrock llegara a Kentucky, puesto que solamente los separaba algunos cientos de millas de ese estado. Pero el día 27, Jo. vita Foley, sin poder contenerse, dijo:

-¿Cuándo partimos?

-Tenemos tiempo -respondió Lissy-. Calcula... hasta el 6 de junio, y estamos a 27 de mayo, o sea diez días, y ya sabes que el viaje a Kentucky podemos efectuarlo en veinticuatro horas

-Sin duda, Lissy; pero no vamos únicamente a Kentucky, sino a Francfort, su capital, donde existen las cuevas de Mammoth una de las maravillas de los Estados Unidos y hasta del mundo, según se dice. ¡Qué ocasión para visitar esas grutas! En fin, ¿cuándo partimos?

-Tan pronto como quieras.

-Entonces, mañana por la mañana.

-Sea -concedió Lissy Wag.

Al día siguiente, el expreso llevaba a las dos viajeras durante ciento treinta millas a través de Illinois, hasta Danville, cerca de la frontera de Indiana. Por la tarde franquearon esta frontera y se apearon para comer en Indianápolis, que es la capital de este estado.

El día 29, a las ocho y quince, partieron en el primer tren para Luisville y a las once y cincuenta y nueve el viaje había terminado.

Durante todo el día se dedicaron a visitar Luisville bañada por el,Ohio, atravesaron este río por el largo puente que une dicha ciudad con New Albany y Jefferson, y por fin, a las nueve de la noche, en extremo fatigadas, estaban de vuelta en el hotel.

-¿Cuándo partimos? -preguntó Líssy.

-Mañana por la mañana.

-¿Tan pronto, cuando bastarán algunas horas para llegar al término de nuestro viaje? Tenemos tiempo.

-¡Nunca hay tiempo suficiente, cuando se trata visitar las cuevas de Mammoth! -.respondió Jovita Foley-. Duerme, querida, ya te despertaré.

Al día siguiente, el tren conducía a las dos jóvenes en dirección sur, un trayecto de ciento cinetienta millas, hasta las célebres grutas.

Antes del mediodía, las dos amigas penetraban en el Mammoth-Hotel, establecimiento de primer orden, situado cerca de la entrada de las grutas, en un sitio encantador.

A pesar de la curiosidad que la devoraba, Jovita Foley tuvo que dejar para el día siguiente su visita a las cuevas, pues a la hora indicada todos los guías habían partido ya. Así que pasó su tiempo paseando por los alrededores de aquel valle encantador, y subiendo por las sombrías orillas del río, que en mil cascadas va a precipitarse al Green River.

-Quisiera estar ya en el día de mañana -no pudo dejar de decir Jovita Foley, antes de dar las buenas noches a su amiga, cuando se retiraron a dormir.

Al amanecer no pudo resistirse Lissy Wag al imperioso llamamiento de su amiga, que le decía que abandonara el lecho y se vistiera, con lo que a las ocho las dos amigas encontrábanse dispuestas a abandor el hotel.

La exploración de las grutas del Kentucky, en parte conocida, exige de siete a ocho días. La principal arteria mide de tres a cuatro leguas, y la inmensa excavación, once mil millones de metros cúbicos. Está escalonada en todos los sentidos por centenares de paseos, corredores, galerías y pasos, y bueno es repetirlo todo esto constituye solamente la parte actualmente descubierta.

Era el día 31 de mayo, y hasta el 6 de junio por la mañana en que debían partir las dos viajeras, tenían seis días, que bien empleados, debían bastar para satisfacer a la más curiosa de las visitantes, aunque ésta Jovita Foley.

Las dos amigas realizaron esta excursión en numerosa companía, y en excursiones sucesivas, organizadas bajo la dirección de los mejores guías al servicio de las grutas de Kentucky.

Con trajes de abrigo, pues la temperattura es baja en el fondo de aquellas cuevas, los turistas tomaron, a las nueve en punto, el sendero que serpentea por entre las rocas y conduce a las grutas. Llegaron ante la abertura de un macizo, simple orificio de corredor, que ha quedado tal como la naturaleza lo formó, y por el que los hombres de alta estatura no pueden pasar sin inclinar la cabeza.

Delante iban los guías con linternas y antorchas encendidas. A poco, los excursionistas llegaron a una escalera tallada en la roca. Esta escalera, a la que sigue una galería de mayor anchura, conduce directamente a la vasta sala de la Rotonda.

En este punto se ramifican múltiples pasos, cuyas sinuosidades es conveniente conocer si no se quiere correr el riesgo de extraviarse. Por un largo corredor los turistas llegaron a una de las más espaciosas cavernas de Mammoth, a la que se ha dado el nombre de Iglesia Gótica, caverna de una belleza y grandiosidad absolutas, donde las estalactitas y estalagmitas parecen imitar órganos y altares.

-Vamos, Lissy, ¿lamentas haber hecho el viaje? -preguntó Jovita, llena de entusiasmo.

-No, Jovita. Todo esto es muy hermoso. Pero, me espanto ante la idea de que pudiera una extraviarse aquí.

-Cierto. Calcula si nos viéramos perdidas en las Mammoth Caves, faltando a la llegada del telegrama del señor Turnbrock.

Continuando la expedición, fue preciso, varias veces, encorvarse y hasta gatear por. los estrechos conductos para llegar a la sala de los Revenants. Allí tuvo un gran desencanto Jovita Foley, ante la que no se apareció ninguno de los fantasmas que soñaba evocar en aquellas subterráneas cavidades.

En realidad, la sala de los Revenants es un sitio de descanso; alumbrado con la luz de las antorchas, y en que se veía un mostrador donde estaba preparado el almuerzo, servido por el personal de Mammoth Hotel.

A esta parte de las grutas se limitó la primera visita, que sería seguida de varias otras.

Una excelente comida y una noche de reposo devolvieron a las dos amigas las fuerzas necesarias para la exploración del siguiente día.

Recorriendo estas maravillosas cuevas -un paseo por el mundo encantado de Las mil y una noches-, quedaban generosamente pagadas las fatigas, y Jovita Foley convenía en que tal espectáculo superaba los límites de la imaginación humana. Por eso, durante cinco días, la enérgica joven, demostrando una energía que rindió a la mayor parte del resto de los excursionistas y aun a los mismos guías, se impuso la tarea de explorar todo lo que se conocía de las célebres grutas, aunque disgustada por no poderse lanzar a lo desconocido. Pero su amiga no podía hacer lo mismo y tuvo que pedir gracia después de la tercera jornada. No hay que olvidar la enfermedad pasada, y era preciso que no se fatigara para continuar el viaje.

Así es que Lissy Wag no acompañó a Jovita Foley en las últimas excursiones, perdiéndose las innumerables bellezas que aún aguardaban al resto de los excursionistas, como la Cámara Estrellada, la Cúpula Gigante, el Salón de Baile, y el emotivo paseo en barca por el río subterráneo Styk, que como un Jordán de las entrañas terrestres va a precipitarse en un Mar Muerto.

Tales son las incomparables maravillas de estas grutas que aún no han entregado más que una parte sus secretos.

Al fin terminaron los cinco días de que Jovita Foley y su compañera podían disponer para permanecer en Marnmoth Caves. El 6 de junio el telegrama debía llegar al despacho mismo del hotel. Debido al interés que los muchos turistas que allí habían sentían por la jugadora número cinco, la mañana del siguiente día se pasó en febril ansiedad, impaciencia que solamente Lissy Wag tal vez no sentía, Desde las ocho, los huéspedes del hotel se amontonaban frente al despacho del Telégrafo esperando el telegrama expedido desde Chicago por el notario Tornbrock.

Difícil sería pintar la emoción del público que rodeaba a las dos amigas. ¿Dónde las dirigiría el azar? ¿Serían enviadas al límite de América? ¿Alcanzarían gran ventaja sobre los demás jugadores?

Media hora después sonó el timbre del aparato, Un telegrama llegaba a nombre de Lissy Wag, Mammoth Hotel, Mammoth Caves, Kentucky.

Reinó un profundo silencio, tanto dentro como fuera de la oficina.

Y cuales no serían el estupor, el descorazonamiento, hasta la desesperación, cuando Jovita Foley leyó con voz temblorosa:

“Catorce, por siete doble, casilla cincuenta y dos, San Luis, estado de Missuri.”

Era ésta la casilla correspondiente a la prisión, donde después de haber pagado una triple prima, la desdichada Lissy Wag tenía que permanecer hasta el momento en que un no menos desdichado jugador fuera a libertarla, ocupando su sitio.

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