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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo I
De cómo Phileas Fogg y Picaporte se reciben mutuamente en calidad de amo
el uno y criado el otro

En el año 1872, la casa número 7 de Saville-Row, Burlington Gardens -donde murió Sheridan en 1814-, estaba habitada por Phileas Fogg, esq.1, quien a pesar de que había tomado, al parecer, el partido de no hacer nada que pudiese llamar la atención, era uno de los más notables y singulares miembros del Reform-Club de Londres.

Por lo tanto, Phileas Fogg, personaje enigmático y del cual sólo se sabía que era un hombre muy galante y uno de los más cumplidos caballeros de la aristocracia inglesa, sucedía a uno de los más grandes oradores que honran a Inglaterra.

Decíase que tenía cierto parecido con Byron -su cabeza, se entiende, porque, en cuanto a los pies, no tenía ningún defecto en ellos-, pero a un Byron de bigote y patillas, a un Byron impasible, que hubiera vivido mil años sin envejecer.

Phileas Fogg era inglés, ciertamente, pero acaso no había nacido en Londres. Nunca se le había visto en la Bolsa ni en el Banco, ni en ninguno de los despachos comerciales de la "City". Ni las dársenas ni los docks de Londres habían recibido jamás un navío cuyo armador fuese Phileas Fogg. Este caballero no figuraba en ningún Consejo de Administración. Su nombre nunca había sonado en un colegio de abogados, ni en el Temple, ni en Lincoln's Inn, ni en Gray's Inn. Nunca informó en la Audiencia del Canciller, ni en el Banco de la Reina, ni en el Echiquer, ni en los Tribunales Eclesiásticos. No era ni industrial, ni negociante, ni mercader, ni agricultor. No era miembro del Instituto Real de la Gran Bretaña, ni del Instituto de Londres, ni del Instituto de los Artistas, ni del Instituto Russell, ni del Instituto Literario del Oeste, ni del Instituto de Derecho, ni de ese Instituto de las Ciencias y las Artes reunidas que se halla bajo la protección de Su Graciosa Majestad. En fin, no pertenecía a ninguna de las numerosas sociedades que desarrollan sus actividades en la capital de Inglaterra, desde la Sociedad de la Armónica hasta la Sociedad Entomológica, fundada principalmente para destruir los insectos nocivos.

Phileas Fogg era miembro del Reform-Club, y nada más.

A quien se hubiese extrañado de que un caballero tan misterioso alternase con los miembros de tan digna asociación, se le podría haber respondido que entró en ella recomendado por los señores Baring y Hermanos. De aquí cierta reputación debida a la regularidad con que sus cheques eran pagados a la vista por el saldo de su cuenta corriente, invariablemente acreedor.

¿Era rico Phileas Fogg? Sin duda alguna. Cómo había realizado su fortuna, es lo que no podían decir los mejor informados, y para saberlo, el último a quien convenía dirigirse era al propio mister Fogg. En todo caso, aun cuando no prodigaba mucho, tampoco era avaro, porque en cualquier lugar donde faltase auxilio para una empresa noble, útil o generosa, solía prestarlo con sigilo y aún con el velo del anónimo.

Resumiendo: encontrar algo que fuese menos comunicativo que este caballero, era muy difícil. Hablaba lo menos posible y parecía tanto más misterioso cuanto silencioso era. Llevaba su vida al día; pero siempre hacía lo mismo, de tan matemático modo, que la imaginación descontenta buscaba algo más allá.

¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera estar, del que no pareciese tener un conocimiento especial. A veces, pero siempre en pocas, breves y claras palabras, rectificaba las mil versiones que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que ofrecían mayores visos de realidad, y a menudo sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal modo el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de memoria.

Lo cierto era que desde hacía largos años Phileas Fogg no había salido de Londres. Los que tenían el honor de conocerle más a fondo que los demás, atestiguaban que -excepción hecha del camino recorrido por él diariamente desde su casa al club- nadie podía pretender haberlo visto en otra parte. Su único pasatiempo era leer los periódicos y jugar al whist. Solía ganar en este silencioso juego, tan apropiado a su natural, pero sus beneficios jamás entraban en su bolsillo, y figuraban por una respetable suma en su presupuesto de beneficiencia. Por lo demás -bueno es consignarlo-, mister Fogg, evidentemente jugaba por jugar, no por ganar. Para él, el juego era un combate, una lucha contra una dificultad; pero lucha sin movimiento y sin fatigas, condiciones ambas que convenían mucho a su carácter.

Nadie sabía que tuviese mujer ni hijos -cosa que puede suceder a la persona más decente del mundo-, ni parientes ni amigos -lo cual era en verdad algo más extraño-. Phileas Fogg vivía solo en su casa de Saville-Row, donde nadie penetraba. Apenas se ocupaba en las interioridades de su casa. Un solo criado le bastaba para su servicio. Almorzaba y comía en el club a horas cronométricamente fijas, en el mismo comedor, en la misma mesa, sin tratarse nunca con sus colegas, sin convidar jamás a ningún extraño, sólo iba a su casa para acostarse a las doce en punto de la noche, sin hacer uso en ninguna ocasión de los cómodos dormitorios que el Reform-Club pone a disposición de los miembros del círculo. De las veinticuatro horas del día, pasaba diez en su casa, dedicadas al sueño o al tocador. Cuando paseaba, era invariablemente con paso igual, por el vestíbulo que tenía mosaicos de madera en el pavimento, o por la galería circular coronada por una claraboya con vidrieras azules que sostenían veinte columnas jónicas de pórfido rosa, Cuando almorzaba o comía, las cocinas, la repostería, la despensa, la pescadería y la lechería del club eran las que con sus suculentas reservas proveían su mesa; los camareros del club, graves personas vestidas de negro y calzados con zapatos de suela de fieltro, eran quienes le servían en una vajilla especial y sobre admirables manteles de lienzo sajón; la cristalería o molde perdido del club era la que contenía su sherry, su oporto o su clarete mezclado con canela, capilaria o cinamomo; en fin, el hielo del club -hielo traído de los lagos de América a costa de enormes desembolsos-, conservaba sus bebidas en un satisfactorio estado de frialdad.

Si vivir en tales condiciones es lo que se llama ser excéntrico, preciso es convenir que algo tiene de bueno la excentricidad.

La casa de Saville-Row, sin ser suntuosa, se recomendaba por su gran comodidad. Por lo demás, con los invariables hábitos del inquilino, el servicio resultaba fácil. No obstante, Phileas Fogg exigía de su único criado una regularidad y una puntualidad extraordinarias. Aquel mismo día, dos de octubre, Phileas Fogg había despedido a James Foster -por el enorme delito de haberle llevado el agua para afeitarse a ochenta y cuatro grados Fahrenheit en vez de ochenta y seis-, y esperaba a su sucesor, que debía presentarse entre las once y once y media de aquella mañana.

Phileas Fogg, rectamente sentado en su butaca, los pies juntos como los de los soldados en posición de firmes, las manos sobre las rodillas, el cuerpo rígido, la cabeza erguida, veía girar el minutero del reloj, complicado aparato que marcaba las horas, los minutos, los segundos, los días y los años. Al dar las once y media, mister Fogg, según su costumbre cotidiana debía abandonar su casa para dirigirse al Reform-Club.

En aquel preciso instante llamaron a la puerta de la habitación que ocupaba Phileas Fogg.

El despedido James Foster apareció y dijo:

-El nuevo criado.

Un mozo de unos treinta años se dejó ver y saludó.

-¿Es usted francés y se llama John? -le preguntó Phileas Fogg.

-Juan, si el señor no lo lleva a mal -respondió el recién llegado-. Juan Picaporte, apodo que me ha quedado y que justificaba mi natural aptitud para salir de todo apuro, Creo ser honrado, aunque, a decir verdad, he tenido varios oficios. He sido cantor ambulante, artista de circo, donde daba el salto como Leotard y bailaba en la cuerda como Blondín; luego, para hacer más útiles mis servicios, llegué a profesor de gimnasia, y por último, era sargento de bomberos en París, y tengo en mi hoja de servicios algunos incendios notables. Pero hace cinco años abandoné Francia, y queriendo experimentar la vida doméstica soy ayuda de cámara en Inglaterra. Estaba sin colocación y habiendo sabido que el señor Phileas Fogg era el hombre más exacto y sedentario del Reino Unido, he venido a casa del señor, esperando vivir con alguna tranquilidad y olvidar hasta el apodo de Picaporte.

-Picaporte me conviene -respondió mister Fogg-. Me ha sido usted recomendado. Poseo buenos informes sobre su conducta. ¿Conoce mis condiciones?

-Sí, señor.

-Bien. ¿Qué hora tiene?

-Las once y veintidós -respondió Picaporte, sacando de las profundidades del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de plata.

-Va usted retrasado.

-Perdóneme el señor, pero es imposible.

-Va retrasado cuatro minutos. No importa. Basta con hacer constar la diferencia. Desde este momento, las once y veintinueve de la mañana, hoy miércoles 2 de octubre de 1872, entra usted a mi servicio.

Dicho esto, Phileas Fogg se levantó, tomó su sombrero con la mano izquierda, lo colocó en su cabeza mediante un movimiento automático, y desapareció sin pronunciar una palabra más.

Por primera vez, Picaporte oyó el ruido de la puerta que se cerraba; era su nuevo amo que salía; luego, escuchó el mismo ruido por segunda vez; era James Foster que salía también.

Picaporte se quedó solo en la casa de Saville-Row.

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1. Abreviatura de esquire, que significa caballero.

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