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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XII
Donde Phileas Fogg y sus compañeros se adentran por las selvas de la India,
y lo que de esto se sigue

Con objeto de abreviar la distancia, el guía dejó a la derecha el trazado de la vía, cuyos trabajos se estaban llevando a cabo. El ferrocarril, debido a los obstáculos que ofrecían las caprichosas ramificaciones de los montes Vindhias, no seguía el camino más corto, que era el que convenía tomar. El parsi, muy familiarizado con las veredas de su país, pretendía ganar unas veinte millas atajando por la selva, y confiaron en esto.

Phileas Fogg y Francis Cromarty, metidos hasta el cuello en sus cuévanos, iban muy traqueteados por el rudo trote del elefante, a quien imprimía su conductor una rápida marcha. Pero soportaban la situación con la peculiar flema británica, hablando por otra parte poco y viéndose apenas uno a otro.

En cuanto a Picaporte, apostado sobre el lomo del animal y directamente sometido a los vaivenes, cuidaba muy bien, según le recomendara su amo, de no tener la lengua entre los dientes, porque se la podía cortar estúpidamente. El buen muchacho, unas veces despedido hacia el cuello del elefante, otras hacia las ancas, daba volteretas como un payaso sobre el trampolín; pero en medio de sus saltos de carpa se reía y bromeaba, sacando de vez en cuando un terrón de azúcar, que el inteligente Kiouni tomaba con la trompa, sin interrumpir un solo momento su trote regular.

Tras dos horas de marcha, el guía detuvo el elefante y le concedió una hora de descanso. El animal devoró ramas y arbustos después de haber bebido en una charca inmediata. Sir Francis Cromarty no se quejó de esta detención, pues estaba molido. Mister Fogg parecía estar tan descansado como si acabara de salir de su cama.

-¡Pero usted es de hierro! -exclamó el brigadier general, contemplándole con admiración.

-De hierro forjado -contestó Picaporte, que se ocupó en preparar un almuerzo breve.

A las doce, el guía dio señal de marcha. El país ofreció de pronto un aspecto muy agreste. A las grandes selvas sucedieron los bosques de tamarindos y de palmeras enanas, y luego dilatadas llanuras áridas, erizadas de árboles raquíticos y sembradas de grandes pedruscos de sienita. Toda aquella parte del alto Bundelkund, poco frecuentada por los viajeros, está habitada por una población fanática, endurecida en las prácticas más terribles de la religión india. La dominación de la Gran Bretaña no ha podido establecerse regularmente sobre un territorio sometido a la influencia de los rajahs, a quienes hubiera sido difícil de dar alcance en sus inaccesibles retiros de los Vindhias.

Varias veces divisaron bandas de indios feroces que hacían un ademán de cólera al observar el rápido paso del elefante. Por otra parte, el parsi los evitaba en lo posible, por considerarlos como gente indeseable. Durante aquellas jornada, los animales se ofrecieron a sus miaradas en escaso número; apenas algunos monos que huían haciendo mil contorsiones y muecas que divertían mucho a Picaporte.

Entre otras ideas una inquietaba grandemente al animoso y fiel muchacho. ¿Qué haría mister Fogg del elefante cuando hubiese llegado a la estación del Allahabad? ¿Se lo llevaría? ¡Imposible! El precio del transporte añadido al de compra, sería una ruinoso. ¿Lo vendería o lo dejaría en libertad? Aquel apreciable animal bien merecía que se le tuviese consideración. Si por casualidad mister Fogg se lo regalase, muy apurado se vería él, Picaporte, y esto no dejaba de inquietarle.

A las ocho de la noche ya había traspuesto la principal cadena de los Vindhias, y los viajeros hicieron alto al pie de la falda septentrional, en un bungalow ruinoso.

La distancia recorrida durante la jornada era de veinticinco millas, y les faltaba por recorrer otras tantas para llegar a la estación de Allahabad.

La noche era fría. El parsi encendió dentro del bungalow una hoguera de ramas secas, cuyo calor fue acogido alegremente. La cena se compuso con las provisiones compradas en Kholby. Los viajeros comieron cual gente rendida y cansada. La conversación, que empezó con algunas frases entrecortadas, se terminó con sonoros ronquidos. El guía estuvo vigilando junto a Kiouni, que se durmió de pie, apoyado en el tronco de un árbol gigantesco.

Ningún incidente ocurrió aquella noche. Algunos rugidos de lobos, de tigres y de panteras perturbaron de cuando en cuando el silencio, mezclados con los agudos chillidos de los monos. Pero los carnívoros se contentaron con gritar y no hicieron ninguna demostración hostil contra los huéspedes del bungalow.

Sir Francis Cromarty dormía pesadamente, como un bravo militar curtido en las fatigas. Picaporte, durante un sueño agitado, repitió las volteretas del día anterior. En cuanto a mister Fogg, descansó tan apaciblemente como si se estuviese en el confortable dormitorio de su tranquila casa de Saville-Row.

A las seis de la mañana fue emprendida la marcha nuevamente. El guía confiaba en llegar a la estación de Allahabad aquella misma tarde. De este modo, mister Fogg no perdería sino una parte de las cuarenta y ocho horas economizadas desde el principio del viaje.

Descendieron por las últimas cuestas de los Vindhias. Kiouni proseguía su marcha rápida, y hacia mediodía el guía dio vuelta al villorrio de Kallenger, situado junto al Gani, uno de los afluentes del Ganges. Siempre que podía evitaba los parajes habitados, creyéndose más seguro en el campo desierto, donde se encuentran las primeras depresiones de la cuenca del gran río. La estación de Allahabad no estaba ya a más de doce millas al nordeste. Hicieron alto bajo un bosquecillo de bananos, cuya fruta, tan sana como el pan y tan suculenta como la crema, según afirman los viajeros, fue muy apreciada.

A las dos, el guía penetró en la espesura de una selva inmensa, que debía atravesar por espacio de muchas millas. Prefería viajar así, a cubierto de los bosques. En todo caso, hasta entonces no había tenido ningún encuentro desagradable, y el viaje acabaría, al parecer, sin accidentes, cuando el elefante, dando algunas señales de inquietud, se paró de repente.

Eran entonces las cuatro.

-¿Qué sucede? -preguntó sir Francis Cromarty, sacando la cabeza fuera de su cuévano.

-Lo ignoro -contestó el parsi prestando oído a un murmullo confuso que pasaba por la espesa enramada.

Pocos momentos después el murmullo fue mas perceptible. Parecía un concierto, distante aún, de voces humanas y de instrumentos de cobre.

Picaporte se volvió todo ojos y orejas. Mister Fogg aguardaba pacientemente sin pronunciar una sola palabra. El parsi saltó a tierra, ató el elefante a un árbol y se adentró en lo más espeso del bosque. Algunos minutos después regresó diciendo:

-Una procesión de brahmanes viene hacia aquí. Si es posible, procuraremos pasar inadvertidos.

El guía desató el elefante y lo condujo a una espesura, recomendando a los viajeros que no se apeasen, mientras él mismo estaba apercibido para montar rápidamente en caso de hacerse necesaria la fuga. Suponía que la comitiva de fieles pasaría sin descubrir su presencia, porque lo tupido de la enramada los ocultaba completamente.

Se acercaba el discordante ruido de las voces e instrumentos metálicos. Unos cantos monótonos se mezclaban con el toque de tambores y timbales. Pronto apareció bajo los árboles la cabeza de la procesión, a unos cincuenta pasos del lugar que ocupaban mister Fogg y sus compañeros. Distinguían con facilidad, a través de las ramas, el curioso conjunto de aquella ceremonia religiosa.

En primera línea avanzaban unos sacerdotes cubiertos de mitras y vestidos con largos y abigarrados trajes. Estaban rodeados de hombres, mujeres y niños, que cantaban una especie de salmodia fúnebre, interrumpida en intervalos iguales por golpes de tantán y de timbales. Detrás de ellos, sobre un carro de ruedas anchas, cuyos radios figuraban con las llantas un ensortijamiento de serpientes, apareció una estatua horrorosa, tirada por dos pares de cebús ricamente enjaezados. La estatua tenía cuatro brazos, el cuerpo teñido de rojo sombrío, los ojos extraviados, el pelo enredado, la lengua colgante y los labios teñidos de alheña y betel. En su cuello se arrollaba un collar de cabezas de muerto y sobre su caderas veíase un cinturón de manos cortadas. Estaba de pie sobre un gigante derribado, al cual le faltaba la cabeza.

Sir Francis Cromarty reconoció aquella estatua.

-La diosa Kali -dijo en voz baja-; la diosa del amor y de la muerte.

-De la muerte, consiento -dijo Picaporte-; pero del amor, jamás. ¡Que mujer tan horrible!

El parsi le hizo seña de que callara.

Alrededor de la estatua se movía y agitaba en convulsiones un grupo de ancianos faquires, listados con bandas de ocre, cubiertos de incisiones cruciales que goteaban sangre, estúpidos energúmenos que en las ceremonias indias se precipitan todavía bajo las ruedas del carro de Jaggernaut.

Detrás de ellos algunos brahmanes, en toda la suntuosidad de sus trajes originales, arrastraban a una mujer que apenas podía sostenerse por sus propios pies.

Aquella mujer era joven, y blanca como una europea. Su cabeza, cuello, hombros, orejas, brazos, manos y pulgares, estaban sobrecargados de joyas, collares, brazaletes, pendientes y sortijas. Una túnica recamada de oro y recubierta de una ligera muselina dibujaba los contornos de su talle.

Detrás de esa joven -contraste violento a la vista- unos guardias, armados de sables desnudos que llevaban en el cinto y largas pistolas adamasquinadas, conducían un cadáver sobre un palanquín.

Era el cuerpo de un anciano cubierto de sus opulentas vestiduras de rajah, llevando, como en vida, el turbante bordado de perlas, el vestido tejido de seda y oro, la cintura de casimir adiamantado y sus magníficas armas de príncipe indio.

A continuación venían unos músicos y una retaguardia de fanáticos, cuyos gritos cubrían a veces el atronador estruendo de los instrumentos, los cuales cerraban el cortejo.

Sir Francis miraba toda aquella pompa con aire singularmente triste, y volviéndose hacia el guía le dijo:

-¿Un sutty?

El parsi hizo una seña afirmativa y se puso un dedo en los labios. La larga procesión desplegóse lentamente bajo los árboles, y no tradaron en desaparecer en la profundidad de la selva.

Poco a poco, los cantos se amortiguaron. Hubo todavía algunas ráfagas de lejanos gritos, y a todo aquel tumulto sucedió un profundo silencio.

Phileas Fogg había oído la palabra pronunciada por sir Francis Cromarty, y tan pronto como la procesión desapareció, preguntó:

-¿Qué es sutty?

-Un sutty, mister Fogg -contestó el brigadier general-, es un sacrificio humano, pero voluntario. Esa mujer que acaba usted de ver será quemada mañana en las primeras horas del día.

-¡Ah, pillos! -exclamó Picaporte, que no pudo contener este grito de indignación.

-¿Y el cadáver? -preguntó el señor Fogg.

-Es el del príncipe, su marido -explicó el guía-, un rajah independiente de Bundelkund.

-¿Cómo? -exclamó Phileas Fogg, sin que su voz revelase la menor emoción-. ¿Esas bárbaras costumbres subsisten aún en la India, y los ingleses no han podido destruirlas?

-En la mayor parte de esta península -continuó sir Francis Cromarty- esos sacrificios no se cumplen ya; pero no tenemos ninguna influencia sobre esas comarcas salvajes, y especialmente sobre el territorio de Bundelkund. Toda la falda septentrional de los Vindhias es el teatro de incesantes muertes y saqueos.

-¡Desdichada! -comentaba Picaporte-. ¡Quemada viva!

-Sí -repuso el brigadier general-, quemada; y si no lo fuera, no pueden ustedes imaginar siquiera a qué miserable condición se vería reducida por sus mismos deudos. Le afeitarían la cabeza, le darían por alimentos algunos puñados de arroz, la rechazarían, sería considerada como una criatura inmunda, y moriría en algún rincón como un perro sarnoso. Por eso, la perspectiva de esa horrible existencia impele frecuentemente a esas infortunadas criaturas al suplicio mucho más que el amor o el fanatismo religioso. No obstante, en algunas ocasiones, el sacrificio es realmente voluntario, y se necesita la enérgica intervencion del gobierno para impedirlo. Así fue como hace algunos años, residiendo en Bombay, una joven viuda pidió al gobierno autorizacion para quemarse con el cuerpo del mando. Como pueden ustedes suponer, el gobierno lo negó. Entonces la viuda corrió a refugiarse en el territorio de un rajah independiente, donde consumó su sacrificio.

Durante la relación del brigadier general, el guía movía la cabeza, y cuando aquél concluyó de hablar, éste último dijo:

-El sacrificio que ha de celebrarse mañana al amanecer no es voluntario.

-¿Cómo lo sabe usted?

-Es una historia conocida por todos los habitantes del territorio de Bundelkund -respondió el guía.

-Sin embargo, esa desventurada no parecía ofrecer resistencia alguna -observó sir Francis Cromarty.

-Porque la han embriagado con zumo de cáñamo y de opio.

-¿Pero adónde la conducen?

-A la pagoda de Pillaji, a dos millas de aquí. Allí pasará la noche esperando la hora del sacrificio.

-¿Y ese sacrificio se celebrará?

-Mañana, con los primeros albores del día.

Después de esta contestación, el guía hizo salir de la espesura el elefante y montó sobre su cuello. Pero en el momento en que iba a excitarle con un silbido particular, mister Fogg lo detuvo, y dirigiéndose a sir Francis Cromarty, le dijo:

-¿Y si salvásemos a esa mujer?

-¡Salvar a esa mujer, señor Fogg! -exclamó el brigadier general.

-Cuento aún con doce horas de adelanto y puedo dedicarlas a rescatarla.

-¡Es usted entonces hombre de corazón! -dijo sir Francis Cromarty.

-Algunas veces -contestó, sencillamente Phileas Fogg-; cuando me sobra tiempo.

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