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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XVII
En el cual se trata de una y otras cosas durante la travesía de Singapur a Hong-Kong

Desde aquel momento, Picaporte y el agente se encontraron con frecuencia; pero Fix estuvo muy reservado con su compañero y no trató de hacerle hablar. Sólo vio una o dos veces a mister Fogg, quien permanecía en el salón del Rangoon, ora haciendo compañía a Auda, ora jugando al whist, según su invariable costumbre.

En cuanto a Picaporte, comenzó a pensar formalmente sobre la extraña casualidad que traía otra vez a Fix al mismo camino que su amo. Y en efecto, con menos había para sorprenderse. Un caballero muy amable y a la verdad muy complaciente, que aparece primero en Suez, que se embarca en el Mongolia, que desembarca en Bombay, donde dice que debe quedarse; que se encuentra luego en el Rangoon en dirección de Hong-Kong; en una palabra, siguiendo paso a paso el itinerario de mister Fogg, tenía que inducir a meditación más o menos profunda. Había en ello sus coincidencias. ¿Tras de quién iba Fix? Picaporte estaba dispuesto a apostar sus babuchas, las había precisamente conservado, a que Fix saldría de Hong-Kong al mismo tiempo que ellos; y casi con toda seguridad en el mismo vapor.

Aun cuando Picaporte hubiera estado discurriendo durante un siglo, nunca hubiera acertado con la misión de que estaba encargado el agente. Jamás se hubiera imaginado que Phileas Fogg fuera seguido como un ladrón vulgar alrededor del globo terrestre. Pero como la condición humana quiere explicarlo todo, he aquí cómo Picaporte, por una repentina inspiración, interpretó la presencia permanente de Fix, y en verdad, que no dejaba de ser plausible su ocurrencia. En efecto, según él, Fix no era ni podía ser más que un agente enviado en seguimiento de Phileas Fogg por sus compañeros del Reform-Club, con objeto de comprobar si el viaje se hacía efectivamente alrededor del mundo según el itinerario convenido.

-¡Es evidente, es evidente! -decía para sí el honrado mozo, ufano de su perspicacia-. ¡Es un espía que esos caballeros han enviado tras nosotros! ¡Eso no es digno! ¡Mister Fogg, tan probo, tan hombre de bien! ¡Hacerle espiar por un agente! ¡Ah! ¡Señores del Reform-Club, caro les costará!

Encantado Picaporte de su descubrimiento, resolvió, sin embargo, no decir nada a su amo por temor a que éste se resintiese con razón ante la desconfianza que manifestaban sus adversarios. Pero se propuso embromar a Fix con este motivo, mediante palabras embozadas y sin comprometerse.

El miércoles, 30 de octubre, por la tarde, el Rangoon entraba en el estrecho de Malaca, que separa la peínsula de este nombre de las tierras de Sumatra. Unos islotes montuosos, muy escarpados y pintorescos, ocultaban a los pasajeros la vista de la gran isla.

Al día siguiente, a las cuatro de la mañana, habiendo el Rangoon ganado media jornada sobre la travesía reglametaria, anclaba en Singapur con objeto de renovar su provisión de carbón.

Phileas Fogg inscribió este adelanto en la columna de beneficios, y esta vez bajó a tierra, acompañando a Auda, que había manifestado deseos de pasearse durante algunas horas.

Fix, a quien parecía sospechosa toda acción de Fogg, les siguió con disimulo. En cuanto a Picaporte, que se reía in petto al ver la maniobra de Fix, fue a hacer sus compras habituales.

La isla de Singapur no es grande ni de respetable aspecto. Carece de montañas, y por lo tanto, de perfiles; pero en su pequeñez es encantadora. Es un parque cortado por magníficas carreteras. Un bonito tren, tirado por esos elegantes caballos importados de Nueva Holanda, transportó a mistress Auda y a Phileas Fogg al centro de unos grupos de palmeras de brillante hoja y de esos árboles que producen el clavo de especia, formado con el capullo mismo de la flor entreabierta. Allí los setos de arbustos de la pimienta sustituían las cambroneras de las campiñas europeas; los saguteros, los grandes helechos con su soberbio follaje, variaban el aspecto de aquella región tropical; los árboles de nuez moscada con sus barnizadas hojas saturaban el aire de penetrante perfume. Los monos, en tropeles, ostentando su viveza y sus muecas, no faltaban en los bosques, ni los tigres en los juncales. A quien se asombre de que en tan reducida isla no hayan sido destruidos tan terribles carnívoros, les responderemos que vienen de Malaca atravesando el estrecho a nado.

Luego de haber recorrido la campiña durante dos horas, mistress Auda y su compañero -que miraban un poco sin ver- regresaron a la ciudad, extensa aglomeración de casas pesadas y bajas rodeadas de lindos jardines donde se hallaban los mangostanes, piñas y las mejores frutas del mundo.

A las diez volvían al vapor, después de haber sido seguidos, sin sospecharlo, por el inspector, que también había tenido que hacer gasto de coche.

Picaporte los esperaba en el puente del Rangoon. El buen muchacho había comprado algunas docenas de mangostanes, tan grandes como manzanas medianas, de color pardo oscuro por fuera, rojo subido por dentro, y cuya pulpa blanca, al fundirse entre los labios, procura a los verdaderamente golosos un goce sin igual. Picaporte tuvo una gran satisfacción en ofrecerlos a mistress Auda quien se lo agradeció con suma gracia.

A las doce, el Rangoon, después de carbonear, largaba sus amarras; y algunas horas más tarde los pasajeros perdían de vista las altas montañas de Malaca, cuyas selvas abrigan los más hermosos tigres de la tierra.

Singapur dista mil trescientas millas de la isla de Hong-Kong, pequeño territorio inglés separado de la costa de China. Phileas Fogg tenía interés en recorrerlas en seis días a lo sumo, con objeto de tomar en Hong-Kong el vapor que partia el 6 de noviembre para Yokohama, uno de los principales puertos de Japón.

El Rangoon iba muy cargado. Se habían embarcado en Singapur numerosos pasajeros, indios, ceilaneses, chinos, malayos, portugueses, la mayor parte de los cuales iban en las clases inferiores.

El tiempo, bastante bueno hasta entonces, cambió con el último cuarto de luna. La mar se puso gruesa. El viento arreció, pero felizmente por el sudeste, lo cual favorecía la marcha del vapor. En esos momentos el capitán hacía desplegar velas. El Rangoon, aparejado en bergantín, navegó a menudo con sus dos gavias y trinquete, aumentando su velocidad bajo la doble acción del vapor y del viento. Así fueron recorridas, sobre una zona estrecha y a veces muy penosa, las costas de Anam y Cochinchina.

Pero la culpa la tenía más bien el Rangoon que el mar; y los pasajeros, que se sintieron indispuestos en su mayor parte, debieron achacar su malestar al buque.

En efecto, los vapores de la Compañía Peninsular que hacen el servicio de los mares de China tienen un defecto de construcción muy grave. La relación del calado en carga con la cabida ha sido mal calculada, y por lo tanto, ofrecen al mar muy débil resistencia. Su volumen cerrado, impenetrable al agua, es insuficiente. Están anegados, y a consecuencia de esta disposición bastaban algunos bultos echados a bordo para modificar su marcha. Son, por consiguiente, esos buques muy inferiores, si no por el motor y el aparato evaporatorio, a los tipos de las mensajerías francesas, tales como la Emperatriz y el Cambodge. Mientras, según los cálculos de los ingenieros, estos buques pueden embarcar una cantidad de agua igual a su propio peso antes de sumergirse, los de la Compañía Peninsular, el Golconda, el Corea y el Rangoon no podrían recibir el sexto de su peso sin naufragar.

Convenía, pues, tomar grandes precauciones durante el mal tiempo. Era menester algunas veces estar a la capa con poco vapor, lo cual era una pérdida de tiempo que no parecía afectar a Phileas Fogg en modo alguno, pero que irritaba sumamente a Picaporte. Acusaba entonces al capitán, al maquinista, a la Compañía, y enviaba al diantre a todos los que se dedicaban al transporte de viajeros. Tal vez también la idea de aquel mechero de gas que seguía ardiendo por su cuenta en la casa de Saville-Row, constituía una gran parte de su impaciencia.

-¿Parece que tiene usted mucha prisa en llegar a Hong-Kong? -le dijo un día el detective.

-¡Mucha prisa! -contestó Picaporte, absorto.

-¿Supone usted que mister Fogg tiene también mucha prisa en tomar el vapor de Yokohama?

-¡Una prisa espantosa!

-¿Luego ahora cree en ese extraño y fantástico viaje alrededor del mundo?

-Absolutamete. ¿Y usted, señor Fix?

-¿Yo? No creo en él.

-¡Truhán! -replicó Picaporte, guiñando el ojo.

Tal palabra dejó pensativo al agente. El calificativo le inquietó mucho sin saber por qué. ¿Le había descubierto el francés? No sabía que pensar. ¿Cómo podría Picaporte haberse enterado de su condición de detective, cuyo secreto de nadie podía ser sabido? Y no obstante, al hablar así, Picaporte lo había hecho con segunda intención.

Aconteció también que el buen muchacho se propasó aún más otro día, sin poder contener la lengua.

-Vamos, señor Fix -preguntó a su compañero con malicia-, ¿acaso una vez llegados a Hong-Kong tendremos el sentimiento de dejarle allí?

-No lo sé -respondió Fix bastante desconcertado- ¡No lo sé!... ¡Tal vez!...

-¡Ah! -exclamó Picaporte-. Si nos acompañase sería una dicha para mí. ¡Vamos! ¡Un agente de la Compañía Peninsular no debe quedarse en el camino! ¡Iba usted sólo a Bombay, y ya pronto estaremos en China! ¡América no está lejos, y de América a Europa sólo hay un paso!

Fix miraba con atención a su interlocutor, que le mostraba el semblante más afable del mundo, y adoptó el partido de reirse con él. Pero éste, que estaba de broma, le preguntó si su oficio le producía mucho.

-Sí y no -contestó Fix sin pestañear-. Hay negocios buenos y malos. ¡Pero bien comprenderá usted que no viajo a mis expensas!

-¡Oh! ¡En cuanto a eso, estoy seguro de ello! -exclamó Picaporte riéndose más y con complacencia.

Terminada la conversación, Fix entró en su camarote y se entregó a la meditación. Estaba a todas luces descubierto. De un modo o de otro, el francés había reconocido su cualidad de agente de policía. ¿Pero se lo habría revelado al amo? ¿Qué papel hacía en todo aquello? ¿Era cómplice o no? ¿El negocio estaba descubierto y, por lo tanto, fallido? El agente pasó algunas horas angustiosas, creyéndolo unas veces perdido todo, esperando en otras que Fogg ignorase la situación, y, por último, no sabiendo qué partido tomar.

Entretanto, se estableció la calma en su cerebro y resolvió obrar francamente con Picaporte. Si no se enconraba en las condiciones apetecidas para prender a Fogg en Hong-Kong, y si Fogg se preparaba para salir del territorio inglés definitivamente, él, Fix, se lo revelaría todo a Picaporte. O el criado era cómplice de su amo -y éste lo sabía todo, en cuyo caso el negocio estaba definitivamente comprometido-, o el criado no tenía parte alguna en el robo, y entoces su interés estaba en separarse del ladrón.

Tal era, pues, la situación respectiva de aquellos dos hombres, mientras que Phileas Fogg se distinguía por su magnífica indiferencia. Cumplía racionalmente su órbita alrededor del mundo, sin inquietarse de los asteroides que giraban a su alrededor.

Y no obstante, había en las cercanías, segun expresión de los astrónomos, un astro perturbador que hubiera debido producir algunas alteraciones en el corazón del caballero. ¡Pero no! El encanto de mistress Auda no tenía influencia alguna, con gran sorpresa de Picaporte, y las perturbaciones, si existían, hubieran sido más difíciles de calcular que las de Urano, que han ocasionado el descubrimiento de Neptuno.

¡Sí! ¡Era una sorpresa diaria para Picaporte, que leía tanto agradecimiento hacia su amo en los ojos de la hermosa joven! ¡Decididamente, Phileas Fogg sólo tenía corazón bastante para conducirse con heroísmo, pero no con amor, no! En cuanto a las perturbaciones que los azares del viaje podían causarle, no daba indicio alguno de ellos. Pero Picaporte vivía en continua angustia. Apoyado un día en el pasamano de la máquina, contemplaba cómo a intervalos precipitaba ésta su movimiento, cuando la hélice salió de pronto fuera de las olas por un violento cabeceo, escapándose el vapor por las válvulas, lo cual provocó las iras de tan digno mozo.

-¡No están bastante cargadas esas vávulas -exclamó-. ¡Eso no es andar! ¡Al fin, ingleses! ¡Ah! Si fuese un buque americano, quizá saltaríamos, pero iríamos más aprisa.

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