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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXXV
En el cual Picaporte no se hace repetir dos veces la orden que le da su amo

Al siguiente día, los habitantes de Saville Row se hubieran sorprendido mucho si les hubiesen asegurado que mister Fogg había vuelto a su domicilio. Puertas y ventanas estaban cerradas, y ningún cambio se había notado en el exterior.

Efectivamente, poco después de haber salido de la estación, Phileas Fogg dio a Picaporte la orden de comprar algunas provisiones y había entrado en su casa.

El impasible caballero había recibido con su habitual indiferencia el golpe que le hería. ¡Arruinado! ¡Y por culpa de aquel torpe inspector de policía! ¡Después de haber seguido con pie certero todo el viaje; después de haber salvado mil obstáculos y arrostrado mil peligros; después de haber tenido hasta la ocasión de hacer algunos beneficios, fracasar en el puerto mismo ante un hecho brutal, era cosa terrible! De la considerable suma que se había llevado, no le quedaba más que una suma insignificante. Su fortuna estaba reducida a las veinte mil libras depositadas en casa de Baring y Hermanos, y las debía a sus colegas del Reform Club. Después de tanto gasto, aun en el caso de ganar la apuesta, no se hubiera enriquecido ni es probable que hubiese tratado de hacerlo, siendo hombre que apostaba por pundonor; pero perdiéndola se arruinaba completamente. Además, el gentleman había tomado ya su resolución y sabía lo que le quedaba por hacer.

Había sido dispuesto un cuarto para mistress Auda en la casa de Saville Row. La joven estaba desesperada; y por ciertas palabras que mister Fogg había pronunciado, había comprendido que éste meditaba algún funesto propósito.

Sabido es, en efecto, a qué deplorable desesperación se entregan los ingleses monomaníacos cuando les domina una idea fija. Por eso Picaporte vigilaba a su amo con disimulo.

Pero antes que todo, el buen muchacho subió a su cuarto y apagó el gas que había estado ardiendo durante ochenta días. Había encontrado en el buzón una cuenta de la Compañía del gas, y creyó que ya era tiempo de suprimir aquellos gastos de que era responsable.

Transcurrió la noche. Mister Fogg se había acostado, pero es dudoso que durmiera. En cuanto a mistress Auda, no pudo descansar ni un solo instante. Picaporte había velado fielmente a la puerta de la habitación de su amo.

Al día siguiente, mister Fogg lo llamó y le recomendó en breves palabras que se cuidase del almuerzo de Auda, pues él tendría bastante con una taza de té y una tostada, y que la joven le dispensara por no poderla acompañar tampoco a la comida, pues tenía que consagrar todo su tiempo a ordenar sus asuntos. Sólo por la noche tendría un rato de conversación con mistress Auda.

Enterado Picaporte del programa de aquel día, no tenía otra cosa que hacer sino conformarse. Contemplaba a su amo siempre impasible, y no podía decidirse a marcharse de allí. Su corazón estaba apesadumbrado, y su conciencia llena de remordimientos, porque se acusaba más que nunca de aquel irreparable desastre. Si hubiera avisado a mister Fogg, si le hubiera descubierto los proyectos del agente Fix, aquél no hubiera, quizá llevado a éste a Liverpool, y entonces...

Picaporte no pudo contenerse.

-¡Amo mío! ¡Mister Fogg! ¡Maldígame! Yo tengo la culpa de...

-A nadie culpo -contestó Phileas Fogg, con el tono más calmoso-. Déjeme solo.

Picaporte salió del cuarto y se reunió con Auda, a quien dio a conocer las instrucciones de su amo.

-¡Señora! -añadió- ¡Yo nada puedo! No tengo influencia alguna sobre mi amo. Usted quizá...

-¿Y qué influencia puedo yo tener? -contestó Auda-. ¡Mister Fogg no se somete a ninguna! ¿Ha comprendido siquiera que mi reconocimiento ha estado a punto de desbordarse? ¿Ha leído alguna vez en mi corazón? Amigo mío, es preciso no dejarle solo ni un momento. ¿Dice usted que ha manifestado intenciones de hablarme esta noche?

-Sí, señora. Se trata, sin duda, de regularizar la situación de usted en Inglaterra.

-Aguardemos -dijo la joven quedándose pensativa.

Así es que durante aquel día, que era domingo, la casa de Saville Row parecía deshabitada, y por vez primera desde que vivía allí, Phileas Fogg no se fue al club cuando daban las once y media en la torre del Parlamento.

¿Y por qué se había de presentar en el Reform Club? Sus colegas no le esperaban, puesto que la víspera, sábado, fecha fatal del 21 de diciembre a las ocho y cuarenta y cinco minutos, Phileas Fogg no se había presentado en el salón del Reform Club, y tenía la apuesta perdida. Ni era siquiera necesario ir a casa de su banquero para entregarla, puesto que sus adversarios tenían un talón firmado por él, bastando un simple asiento en casa de Baring y Hermanos para transferir el crédito.

No tenía, pues, mister Fogg necesidad de salir, y no salió. Estuvo en su cuarto ordenando sus asuntos. Picaporte no cesó de subir y bajar la escalera de la casa de Saville Row, yendo a escuchar, a la puerta de su amo, con lo cual no creía ser indiscreto. Miraba por el ojo de la cerradura, imaginándose que tenía este derecho, porque temía a cada momento una catástrofe. A veces se acordaba de Fix, pero sin encono, porque, al fin, equivocado el agente, como todo el mundo, respecto de Phileas Fogg, no había hecho otra cosa que cumplir con su deber siguiéndole hasta prenderle, mientras que él... Esta idea le abrumaba y se consideraba como el último de los miserables.

Cuando estas reflexiones le hacían insoportable la soledad, llamaba a la puerta del cuarto de Auda, entraba y se sentaba en un rincón sin pronunciar palabra, mirando a la joven, que seguía pensativa.

Serían las siete y media de la tarde cuando mister Fogg hizo preguntar a mistress Auda si le podía recibir, y algunos instantes después, la joven y él estaban solos en la habitación de ésta.

Phileas Fogg tomó una silla y se sentó junto a la chimenea, enfrente de Auda, sin descubrir por su semblante emoción alguna. El Fogg de regreso era exactamente igual al Fogg de partida. Igual calma e idéntica impasibilidad.

Estuvo sin hablar cinco minutos, y luego, elevando la vista hacia Auda, le dijo:

-Señora, ¿me perdonará usted el haberla traído a Inglaterra?

-¡Yo, mister Fogg! -respondió Auda, comprimiendo los latidos de su corazón.

-Permítame acabar. Cuando tuve la idea de llevarla lejos de aquella región tan peligrosa para usted, yo era rico, y esperaba poner una parte de mi fortuna a su disposición. Su existencia hubiera sido feliz y libre. Ahora estoy arruinado.

-Lo sé, mister Fogg, y a mi vez le pregunto si me perdona el haberle seguido a usted y, ¿quién sabe?, el haber contribuido, quizás, a su ruina, retrasando el viaje que usted hacía.

-Señora, usted no podía permanecer en la India, y su salvación no quedaba asegurada sino alejándose bastante para que aquellos fanáticos no pudiesen apresarla de nuevo.

-¿Así, pues, mister Fogg, no satisfecho de librarme de una muerte horrible, se creía usted obligado, además, a asegurarme una posición en el extranjero?

-Sí, señora; pero los sucesos me han sido contrarios. Sin embargo, le ruego que me permita disponer en su favor de lo poco que nos queda.

-¿Y qué va usted a hacer?

-Yo, señora, no necesito nada -dijo con frialdad el caballero.

-¿Pero de qué modo considera la suerte que le aguarda?

-Como conviene hacerlo.

-En todo caso, la miseria no puede cebarse en un hombre como usted. Sus amigos...

-No tengo amigos, señora.

-Sus parientes...

-No tengo parientes.

-Entonces, le compadezco, mister Fogg, porque el aislamiento es cosa bien triste. ¡Cómo! ¿No hay un solo corazón con quien desahogar sus pesadumbres? Sin embargo, se dice que la miseria entre dos es soportable.

-Así lo dicen, señora.

-Mister Fogg -dijo entonces Auda, levantándose y dando su mano al caballero-, ¿quiere usted tener a un tiempo pariente y amiga? ¿Me quiere como esposa?

Mister Fogg, al oír esto, se levantó. Había en sus ojos un reflejo insólito y una especie de temblor en los labios. Auda le miraba. La sinceridad, la rectitud, la firmeza y suavidad de la mirada de una noble mujer que se atreve a todo para salvar a quien se lo ha dado todo, le admiraron primero y le cautivaron después. Cerró un momento los ojos como queriendo evitar que aquella mirada no le penetrase todavía más, y cuando los abrió, dijo sencillamente:

-La amo; por todo lo más sagrado del mundo, la amo y soy todo suyo.

-¡Ah! -exclamó mistress Auda llevando la mano al corazón.

Llamaron a Picaporte, y cuando se presentó, mister Fogg tenía aún entre sus manos la de mistress Auda. Picaporte comprendió, y su ancho rostro se tornó radiante como el Sol en el cenit de las regiones tropicales.

Mister Fogg le preguntó si no sería tarde para avisar al reverendo Samuel Wilson de la parroquia de Marylebone.

Picaporte, con la mejor sonrisa del mundo, dijo:

-Nunca es tarde.

Eran las ocho y cino minutos.

-¿Será para mañana lunes? -preguntó Picaporte.

-¿Para mañana, lunes? -dijo Fogg, mirando a la joven Auda.

-Para mañana lunes -contestó la joven.

Y Picaporte echó a correr.

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