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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo VII
Donde se prueba una vez más la inutilidad de los pasaportes en materia de policía

El inspector volvió al muelle y se dirigió rápidamente al despacho del cónsul; enseguida, por petición suya urgente, fue introducido a presencia de dicho funcionario.

-Señor cónsul -le espetó sin más preámbulo-, tengo poderosas razones para creer que nuestro hombre ha tomado pasaje a bordo del Mongolia.

Y Fix refirió lo ocurrido entre el criado y él con motivo del pasaporte.

-Bien, señor Fix -respondió el cónsul-, no lamentaría ver el rostro de ese bribón. Pero no se presentará si es lo que usted supone. Un ladrón no procura dejar tras de sí rastro de su paso, sobre todo no siendo obligatorio el visado del pasaporte.

-Señor cónsul -respondió el agente-, si como debemos suponerlo, es hombre inteligente, vendrá.

-¿A hacer visar su pasaporte?

-Sí. Los pasaportes nunca sirven más que para molestar a los hombres honrados y facilitar la fuga de los tunantes. Le aseguro que éste estará en regla, pero espero que no lo visará usted.

-¿Y por qué no, si el pasaporte es auténtico? -res-pondió el cónsul-. No tengo derecho a negarme a visarlo.

-A pesar de ello, señor cónsul, es indispensable que yo detenga aquí a ese hombre hasta haber recibido de Londres una orden de arresto.

-¡ Ah! Eso es cuenta de usted, señor Fix -respondió el cónsul-; pero yo no puedo...

El cónsul no terminó su frase. En aquel momento llamaron a la puerta de su gabinete, y el ordenanza de la oficina introdujo a dos extranjeros, uno de los cuales era, precisamente, el criado que había conversado con el agente de policía.

En efecto, eran amo y criado. El primero sacó el pasaporte, rogando lacónicamente al cónsul que se sirviera visarlo. Tomó éste el documento y lo leyó con gran atención, mientras Fix, en un rincón del gabinete, observaba o, más bien, devoraba al extranjero con sus ojos.

Cuando el cónsul acabó su lectura, dijo:

-¿Es usted Phileas Fogg, esquire?

-Sí, señor -respondió el gentleman.

-¿Y ese hombre es su criado?

-Sí. Un francés llamado Picaporte.

-¿Viene usted de Londres?

-Sí.

-¿Y a dónde se dirige?

-A Bombay.

-Bien. Ya sabe que la formalidad del visado no es necesaria, y que ya no exigimos la presentación del pasaporte.

-Lo sé, señor -replicó Phileas Fogg-. Pero deseo conste mi paso por Suez...

-Como desee usted.

Y el cónsul, después de haber firmado y fechado el pasaporte, lo selló. Míster Fogg pagó los derechos; y trás de saludar fríamente al cónsul, salió seguido de su criado.

-¿Y bien? -preguntó el inspector.

-Y bien -respondió el cónsul-; tiene trazas de un perfecto caballero.

-Quizá -respondió Fix-, pero no se trata de esto. ¿No le parece, señor cónsul, que ese flemático caballero se parece, rasgo por rasgo, al ladrón cuyas señas me han sido remitidas?

-Convengo en ello; pero ya sabe usted que todas las señas...

-Estoy harto de saberlo -contestó Fix-. El criado me parece menos impenetrable que el amo. Además, es francés y no podrá abstenerse de hablar. Hasta luego, señor cónsul.

Dicho esto, el agente salió y se fue en busca de Picaporte.

Entretanto, mister Fogg, después de salir del consulado, se había dirigido al muelle. Allí dio algunas órdenes al criado, y después se embarcó en una lancha y regresó a bordo del Mongolia, metiéndose en su camarote. Tomó allí su libro de apuntaciones, que llevaba los notas siguentes:

Salido de Londres, el miércoles, 2 de octubre, a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la noche.
Llegado a París, el jueves, 3 de octubre, a las siete y veinte de la mañana.
Llegado por el Monte Cenis a Turín, el viernes, 4 de octubre, a las seis y treinta y cinco minutos de la mañana.
Salido de Turín, el viernes, a la siete y veinte minutos de la mañana.
Llegado a Brindisi, el sábado, 5 de octubre a las cuatro de la tarde.
Embarcado en el Mongolia, el sábado, a las cinco de la tarde.
Llegado a Suez, el miércoles, 9 de octubre, a las once de la mañana.
Total de horas transcurridas, ciento cincuenta y ocho y media, o sea seis días y medio.

Mister Fogg escribió esta fecha en un itinerario dispuesto por columnas, que indicaba, desde el 2 de octubre hasta el 21 de diciembre, el día de la semana, el del mes, las llegadas reglamentarias y las efectivas en cada punto principal: París, Brindisi, Suez, Bombay, Calcuta, Singapur, Hong-Kong, Yokohama, San Francisco, Nueva York, Liverpool, Londres, y que permitía calcular el adelanto obtenido o el retraso experimentado en cada etapa del viaje.

Este metódico itinerario lo tenía en cuenta todo, y mister Fogg sabía en todo momento si adelantaba o atrasaba.

Por consiguiente, inscribió también aquel día, miércoles, 9 de octubre, su llegada a Suez, que por cuadrar con la llegada reglamentaria no le daba ventaja ni desventaja.

A continuación se hizo servir el desayuno en su camarote. En cuanto a ver la población, ni siquiera pensaba en ello, porque pertenecía a esa raza de ingleses que hacen visitar por sus criados los países por donde viajan.

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