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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXX
En el cual Phileas Fogg cumple simplemente con su deber

Tres viajeros, incluyendo a Picaporte, habían desaparecido. ¿Los habrían muerto en la lucha? ¿Estarían prisioneros de los sioux? Era muy pronto para saberlo.

Los heridos eran bastantes numerosos, pero se comprobó que ninguno lo estaba mortalmente. Uno de los más graves era el coronel Proctor, quien se había batido valerosamente, recibiendo un balazo en la ingle. Fue trasladado a la estación con otros viajeros, cuyo estado reclamaba inmediatos cuidados.

Mistress Auda estaba a salvo, Phileas Fogg no había recibido ni un rasguño. Fix estaba herido en el brazo levemente. Pero Picaporte faltaba, y los ojos de la joven Auda vertían lágrimas.

Entretanto, todos los viajeros habían abandonado el tren. Las ruedas de los vagones estaban manchadas de sangre. De los cubos y de los ejes colgaban informes despojos de carne. Por las llanuras, hasta perderse de vista, se veían largos rastros encarnados. Los últimos indios desaparecían entonces por el sur, hacia Republican River.

Mister Fogg permanecía quieto y cruzado de brazos. Tenía que adoptar una grave resolución. Mistress Auda le miraba sin pronunciar palabra. Comprendió él esta mirada. Si su criado estaba prisionero, ¿no debería intentarlo todo para librarlo de los indios?

-Lo encontraré muerto o vivo -dijo, sencillamente, a mistress Auda.

-¡Ah, mister Fogg! -exclamó la joven, asiendo las manos de su compañero y bañándose de lágrimas.

-¡Vivo -añadió mister Fogg-, si no perdemos un minuto!

Con esta resolución, Phileas Fogg se sacrificaba por entero. Acababa de sentenciar su ruina. Un día tan sólo de retraso, le haría faltar a la salida del vapor en Nueva York, y perdería la apuesta irremisiblemente; pero no vaciló ante la idea de cumplir con su deber.

El capitán que mandaba el fuerte Kearney estaba allí. Sus soldados, un centenar de hombres, se habían puesto a la defensiva para el caso en que los sioux hubieran dirigido un ataque directo contra la estación.

-Señor -dijo mister Fogg al capitán-, tres viajeros han desaparecido.

-¿Muertos? -preguntó el capitán.

-Muertos o prisioneros -repuso Phileas Fogg-. Ésta es una incertidumbre que debemos aclarar. ¿Tiene usted intención de perseguir a los sioux?

-Eso es grave -dijo el capitán-. ¡Esos indios pueden huir hasta más allá de Arkansas! No me es posible abandonar el fuerte que me está confiado.

-¡Señor! -exclamó Phileas Fogg-, se trata de la vida de tres hombres.

-Sin duda.... ¿Pero, puedo arriesgar la de cincuenta para salvar a tres?

-Yo no sé si puede usted, pero debe hacerlo.

-Caballero -replicó el capitán-, nadie tiene que enseñarme cuál es mi deber.

-Sea -dijo fríamente Phileas Fogg-: ¡iré solo!

-¡Usted, señor! -exclamó Fix-. ¿Irá solo en persecución de los sioux?

-¿Quiere, entonces, que deje perecer a ese infeliz a quienes todos los que están aquí deben la vida? Iré.

-Pues bien; ¡no irá solo! -exclamó el capitán, conmovido, a su pesar-. ¡No! Tiene usted un corazón valiente. ¡Treinta hombres de buena voluntad! -añadió, volvíendose a los soldados.

Toda la compañía avanzó en masa. El capitán tuvo que elegir treinta soldados, y los puso a las órdenes de un viejo sargento.

-¡Gracias, capitán! -dijo mister Fogg.

-¿Me permitirá acompañarle? -preguntó Fix al gentleman.

-Como guste usted, caballero -le respondió Phileas Fogg-; pero si desea prestarme un servicio, quédese junto a mistress Auda; y en el caso de que me suceda algo...

Una súbita palidez invadió el rostro del inspector de policía. ¡Separarse del hombre a quien había seguido paso a paso y con tanta insistencia! ¡Dejarle aventurarse así en el desierto! Fix miró con atención al impasible caballero, y a pesar de sus prevenciones bajó la vista ante aquella mirada franca y serena.

-Me quedaré -dijo.

Algunos instantes después, mister Fogg, después de estrechar la mano de la joven y de entregarle su precioso saco de viaje, partió con el sargento y su reducida tropa, diciendo a los soldados:

-¡Amigos míos, hay mil libras para ustedes si salvan a los prisioneros!

Eran las doce y algunos minutos.

Mistress Auda se había retirado a un cuarto de la estación, y allí sola aguardó, pensando en Phileas Fogg, en su sencilla y graciosa generosidad y en su sereno valor. Mister Fogg había sacrificado su fortuna y en aquel momento se jugaba su vida, todo sin vacilación, por deber y sin alarde. Phileas era un héroe ante ella.

El inspector Fix no pensaba de la misma manera, y no podía contener su agitación. Se paseaba calenturiento por el andén de la estación. Estaba arrepentido de haberse dejado subyugar en el primer momento por mister Fogg y comprendía la necedad en que había incurrido permitiéndole marchar. ¡Cómo! ¿Había podido consentir en separarse de aquel hombre a quien acababa de seguir alrededor del mundo? Se reconvenía, se acusaba, se trataba como si hubiera sido director de la policía metropolitana, amonestando a un agente cogido en flagrante delito de candidez.

-¡He sido inepto! -decía para sí-. ¡El otro le habrá dicho quién era yo! ¡Ha partido y no volverá! ¿Dónde cogerlo ahora? ¿Pero cómo he podido dejarme fascinar así, yo, Fix, yo, que llevo en el bolsillo la orden de arresto? ¡Decididamente soy un imbécil!

Así razonaba el inspector de policía, mientras las horas transcurrían lentamente. No sabía qué hacer. Algunas veces estaba a punto de decírselo todo a mistress Auda, pero comprendía de qué modo serían acogidas sus palabras por la joven. ¿Qué partido tomar? Estaba tentado por irse a través de las llanuras en seguimiento de Fogg. No le parecía imposible volver a dar con él. ¡Las huellas del destacamento estaban impresas aún en el nevado suelo! Pero sin tardar mucho, todo vestigio quedaría borrado bajo una nueva capa de nieve.

Entonces el desaliento se apoderó de Fix. Experimentó un insuperable deseo de abandonar la partida, y precisamente se le ofreció ocasión de seguir el viaje partiendo de la estación de Kearney.

En efecto, a las dos de la tarde, mientras la nieve caía a grandes copos, se oyeron unos silbidos procedentes del este. Una enorme sombra, precedida de rojizo resplandor, avanzaba con lentitud, considerablemente oculta por las brumas, que le daban un fantástico aspecto.

Sin embargo, ningún tren de la parte del este era esperado todavía. El auxilio pedido por telégrafo fono no podía llegar con tanta rapidez, y el tren de Omaba a San Francisco no debía pasar hasta el día siguiente.

No tardó en saberse lo que era. La locomotora, que andaba a corto vapor y dando grandes silbidos, era la que, después de haberse separado del tren, había continuado su marcha con tan espantosa velocidad, llevando al maquinista y fogonero inanimados. Había corrido muchas millas, y después, apagándose el fuego por falta de combustible, la velocidad fue disminuyendo, hasta que la máquina se detuvo veinte millas más allá de la estación de Kearney.

Ni el maquinista ni el fogonero habían sucumbido, y después de un desmayo bastante prolongado recobraron los sentidos.

La máquina estaba entonces parada y cuando el maquinista se vio en el desierto con la locomotora sola, comprendió lo ocurrido, y sin que pudiera atinar como se había efectuado la separación, no dudaba que el tren estaba atrás esperando auxilio.

No vaciló el maquinista acerca de la resolucion que debía adoptar. Proseguir el camino en dirección a Omaha era prudente; volver hacia el tren, en cuyo saqueo estarían, quizá, ocupados los indios, era peligroso... ¡No importa! Se rellenó la hornilla de combustible, el fuego se reanimó, la presión volvió a subir, y hacia las dos de la tarde, la máquina regresaba a la estación de Kearney, siendo ella la que silbaba entre la bruma.

Fue para los viajeros gran satisfacción el ver que la locomotora se ponía a la cabeza del tren. Iban a poder continuar su viaje, tan desgraciadamente interrumpido.

Al llegar la máquina, mistress Auda preguntó al conductor:

-¿Van a marchar enseguida?

-Al momento, señora.

-Pero esos prisioneros... nuestros desventurados compañeros...

-No puedo interrumpir el servicio -contestó el conductor-. Ya llevamos tres horas de retraso.

-¿Y cuándo pasa el otro tren procedente de San Francisco?

-Mañana por la tarde, señora.

-¡Mañana por la tarde! Pero ya no será tiempo. Es necesario aguardar.

-Imposible. Si quiere partir, suba al coche.

-No marcharé -respondió la joven.

Fix había oído la conversación. Algunos momentos antes, cuando todo medio de locomoción le faltaba, estaba decidido a marchar; y entonces, cuando el tren estaba allí y no tenía más que ocupar su asiento, le retenía un irresistible impulso. El andén de la estación le quemaba los pies y no podía desprenderse de allí. Volvía a las luchas de sus encontradas ideas, y la cólera del mal éxito le ahogaba. Quería luchar hasta el fin.

Entretanto, los viajeros y algunos heridos, entre ellos el coronel Proctor, cuyo estado era grave, habían tomado asiento en los vagones. Se oía el zumbido de la caldera y el vapor se desprendía por las válvulas. El maquinista silbó, el tren se puso en marcha, y desapareció luego, mezclando su blanco humo con el torbellino de la nieve.

El inspector Fix se quedó.

Ttranscurrieron algunas horas. El tiempo era muy malo y el frío excesivo. Fix, sentado en un banco, en la estación, permanecía inmóvil, hasta el punto de parecer dormido. Mistress Auda, a pesar de la nevada, salía a cada instante del cuarto que estaba a su disposición. Llegaba hasta lo último del andén queriendo penetrar la bruma con la mirada y procurando escuchar sí se percibía algún ruido. Pero nada. Aterida por el frío volvía a su aposento para volver a salir algunos momentos más tarde, siempre con idéntico resultado.

Llegó la noche, y el destacamento aún no había regresado. ¿Dónde estaría? ¿Habría alcanzado a los indios? ¿Habría habido lucha, o tal vez los soldados, perdidos en medio de la nieve, andarían a la aventura? El capitán del fuerte Kearney estaba muy inquieto, si bien procuraba disimularlo.

Por la noche, la nieve no cayó en tanta abundancia, pero el frío se intensificó. La mirada más intrépida no hubiera considerado sin espanto aquella oscura inmensidad. Reinaba un silencio absoluto, cuya infinita calma no era turbada ni por el vuelo de las aves ni por el paso de las fieras.

Durante toda aquella noche, mistress Auda, con el ánimo entregado a siniestros pensamientos, con el corazón lleno de angustias, anduvo errando por los linderos de la pradera. Su imaginación la llevaba a lo lejos, mostrándole mil peligros; es imposible expresar con palabras lo que sufrió durante tan largas horas.

Fix permanecía quieto en el mismo sitio, pero tampoco dormía. En cierto momento se le acercó un hombre y le habló, pero el agente lo despidió, después de haber respondido negativamente.

Así transcurrió la noche. Al alba, el disco medio apagado del Sol se levantó sobre un horizonte nublado, pero se podía, no obstante, extenderse la mirada hasta dos millas de distancia. Phileas Fogg y el destacamento se habían dirigido hacia el sur, y por ese lado no se divisaba más que el desierto. Eran entonces las siete de la mañana.

El capitán, muy caviloso, no sabía qué determinación tomar. ¿Debía enviar otro destacamento en busca del primero? ¿Debía sacrificar más hombres ante la escasa posibilidad de salvar a los que, sin duda alguna, había sacrificado primero? Pero su vacilación no duró mucho, y al fin llamó con una seña a uno de sus tenientes y le dio la orden de hacer un reconocimiento por el sur. Pero en ese momento sonaron unos disparos. ¿Era esto una señal? Los soldados salieron fuera del fuerte, y a media milla vieron una pequena partida que venía en buen orden.

Mister Fogg iba a la cabeza, y junto a él estaba Picaporte y los otros dos viajeros librados de las manos de los sioux.

Había habido combate a diez millas al sur de Kearney. Pocos momentos antes de la llegada del destacamento, Picaporte y los dos compañeros comenzaron a luchar con sus guardianes, y el francés acababa de derribar su tercer adversario a puñetazos, cuando su amo y los soldados se precipitaron en su auxilio.

Todos, salvadores y salvados, fueron acogidos con gritos de alegría, y Phileas Fogg distribuyó a los soldados la prima que les había prometido, mientras Picaporte repetía, no sin algún fundamento:

-¡Decididamente, se ha de convenir que cuesto muy caro a mi amo!

Fix, sin pronunciar una palabra, miraba a mister Fogg, y hubiera sido difícil analizar las impresiones que luchaban en su interior. En cuanto a mistress Auda, había tomado la mano del gentleman y la estrechaba con las suyas sin poder pronunciar una palabra.

Entretanto, Picaporte, tan pronto como llegó, buscó el tren en la estación, creyendo encontrarle allí dispuesto a correr hacia Omaba, y esperando que se podría ganar el tiempo perdido.

-¡El tren, el tren! -gritaba.

-Se marchó -respondió Fix.

-¿Y el tren siguiente, cuándo pasa? -preguntó mister Fogg.

-Esta noche.

-¡Ah! -contestó simplemente el impasible gentleman.

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