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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXVIII
Donde Picaporte no pudo llegar a hacer entender el lenguaje de la razón

El tren, al salir de Great Salt-Lake y de la estación de Odgen, se elevó durante una hora hacia el norte hasta Weber River, después de recorrer unas novecientas millas desde San Francisco. En esa parte de territorio, comprendida entre aquellos montes y las Montañas Rocosas propiamente dichas, los ingenieros americanos han tenido que vencer las más serias dificultades. Así, pues, en ese trayecto, la subvención del gobierno de la Unión ha ascendido a cuarenta y ocho mil dólares por milla, al paso que no fue más que dieciséis mil en la llanura; pero los ingenieros, como hemos dicho, no violentaron a la naturaleza, sino que emplearon con ella la astucia, sesgando las dificultades, no habiendo tenido necesidad de perforar más que un túnel de catorce mil pies para llegar a la gran cuenca.

En el lago Salado era donde el trazado llegaba a la máxima altura. Desde allí su perfil describía una curva muy prolongada, que bajaba hacia el valle de Bitter-Creek, para remontarse hasta la línea divisoria de las aguas entre las montañas y el Pacífico. Los ríos eran numerosos en esa region montuosa. Hubo que pasar sobre los puentes el Muddy, el Green y otros. Picaporte se había tornado más impaciente a medida que se acercaba el término del viaje, y Fix, a su vez, hubiera querido hallarse ya fuera de aquella región extraña. Temía las tardanzas, recelaba los accidentes, y aún tenía más prisa que el propio Phileas Fogg en poner el pie sobre tierra inglesa.

A las diez de la noche, el tren se detenía en la estación de Fort Bridger, de la cual se separó al punto, y veinte millas más allá entró en el estado de Wyoming, el antiguo Dakota, siguiendo todo el valle de Bitter Creek, de donde surgen parte de las aguas que forman el sistema hidrográfico del Colorado.

Al día diguiente, 7 de diciembre, hubo un cuarto de hora de parada en la estación de Green River. La nieve había caído durante la noche con bastante abundancia; pero, mezclada con lluvia y medio derretida, no podía estorbar la marcha del tren. Sin embargo, ese mal tiempo no dejó de inquietar a Picaporte, porque la acumulación de nieve, entorpeciendo las ruedas de los vagones, hubiera comprometido el viaje seguramente.

-¿Pero qué idea -se decía- habrá tenido mi amo de viajar durante el invierno? ¿No podía aguardar la buena estación para tener mayores probabilidades de éxito?

En aquel momento en que el honrado mozo no se preocupaba más que del estado del cielo y del descenso de la temperatura, mistress Auda experimentaba recelos más vivos, que procedían de otra causa muy diferente.

En efecto, algunos viajeros se habían apeado y se paseaban por el muelle de la estación de Green River, esperando la salida del tren. Ahora bien; a través del cristal reconoció entre ellos al coronel Stamp Proctor, aquel americano que tan groseramente se condujera con Phileas Fogg durante el mitin de San Francisco. Mistress Auda, no queriendo ser visible, se echó para atrás.

Tal circunstancia impresionó vivamente a la joven. Ésta había cobrado afecto al hombre que, por frío que fuera, le daba diariamente muestras de la adhesión más absoluta. No comprendía, sin duda, toda la profundidad del sentimiento que le inspiraba su salvador, y aunque no daba a este sentimiento otro nombre que el de agradecimiento, había más que esto sin sospecharlo ella misma. Por eso su corazón se contrajo cuando reconoció al grosero personaje a quien tarde o temprano mister Fogg quería pedir cuenta de su conducta. Evidentemente, la casualidad había llevado ahí al coronel Proctor; pero, en fin, estaba allí, y era necesario impedir a toda costa que Phileas Fogg se percatase de la presencia de su adversario.

Mistress Auda, cuando el tren echó de nuevo a andar, aprovechó un momento en que mister Fogg dormitaba para poner a Fix y a Picaporte al corriente de lo que ocurría.

-¡Ese Proctor está en el tren! -exclamó Fix-. Pues bien, tranquilícese, señora; antes de entenderse con el llamado... con mister Fogg, ajustará cuentas conmigo. Me parece que en todo caso yo soy quien ha recibido los insultos más graves.

-Y además -añadió Picaporte-, yo me encargo de él por más coronel que sea.

-Señor Fix -repuso mistress Auda-: Mister Fogg no dejará a nadie el cuidado de vengarle. Es hombre, lo ha dicho, capaz de volver a América para buscar a ese insolente. Si ve, por lo tanto, al coronel Proctor, no podremos evitar un encuentro que pudiera tener resultados muy lamentables. Es necesario, pues, que no lo vea.

-Dice usted verdad, señora -respondió Fix-; un encuentro podría perderlo todo. Vencedor o vencido, mister Fogg se vería atrasado, y...

-Y -añadió Picaporte- eso haría ganar a los señores esos del Reform Club. ¡Dentro de cuatro días estaremos en Nueva York! Pues bien; si durante cuatro días mi amo no sale de su vagón, puede esperarse que la casualidad no lo pondrá enfrente de ese maldito americano. Y ya sabremos impedirlo.

La conversacion fue suspendida. Mister Fogg se había despertado y miraba el campo por entre el vidrio manchado de nieve. Pero más tarde, y sin ser oído de su amo ni por mistress Auda, Picaporte dijo al inspector de policía:

-¿De veras se batirá usted con el?

-Todos los medios emplearé para que llegue vivo a Europa -contestó sencillamente Fix con tono que denotaba implacable voluntad.

Picaporte sintió cierto estremecimiento; pero sus convicciones respecto de la no culpabilidad de su amo, siguieron totalmente inalterables.

¿Y podía hallarse algún medio de detener a mister Fogg en el compartimento, evitando todo encuentro con el coronel? No podía ser esto difícil contando con el genio calmoso del gentleman. En todo caso, el inspector de policía creyó haber dado con el medio, porque a los pocos instantes decía a Phileas Fogg:

-Largas y lentas son estas horas que se pasan así en ferrocarril.

-En efecto -contestó Phileas Fogg-; pero van pasando.

-A bordo de los buques -repuso el inspector- acostumbraba usted a jugar su partida de whist

-Sí, pero aquí sería difícil. No hay naipes ni jugadores.

-¡Oh! En cuanto a los naipes, ya los encontraremos, porque se venden en todos los vagones americanos. En cuanto a compañeros de juego, si por casualidad la señora...

-Ciertamente, caballero -respondió con viveza Auda-, sé jugar al whist. Eso forma parte de la educación inglesa.

-Y yo -repuso Fix-, tengo alguna pretensión de jugarlo bien. Por tanto, haremos la partida a tres.

-Como gustée -repuso Fogg, gozoso de dedicarse a su juego favorito aun en ferrocarril.

Picaporte fue en busca del camarero y volvió luego con una tabla forrada de paño. No faltaba nada. El juego comenzó. Mistress Auda conocía bastante bien el whist, y aun recibió algunos cumplidos del severo Phileas Fogg. En cuanto al inspector, era de primera fuerza y capaz de luchar con el gentleman.

-Ahora -dijo para sí Picaporte-, ya es nuestro y no se moverá.

A las once de la mañana, el tren llegó a la línea divisoria de las aguas de ambos océanos. Aquel paraje, llamado Passe Bridger, se hallaba a siete mil quinientos veinticuatro pies ingleses sobre el nivel del mar, y era uno de los puntos más altos del trazado férreo, a través de las Montañas Rocosas. Después de haber recorrido unas doscientas millas, los viajeros se hallaron por fin en una de esas dilatadas llanuras que llegan hasta el Atlántico, y que tan propicias son para el establecimiento de líneas férreas.

Sobre la vertiente de la cuenca atlántica se desarrollaban ya los primeros ríos, afluentes o subafluentes del North Platte River. Todo el horizonte del norte y del este estaba cubierto por una inmensa cortina semicircular que forma la porción septentrional de las Montañas Rocosas, dominada por el pico de Laramie. Entre esa curvatura y la línea férrea se extendían vastas llanuras, abundantemente regadas. A la derecha de la vía aparecían las primeras rampas de la masa montañosa que se redondea al Sur hasta el nacimiento del Arkansas, uno de los grandes tributarios del caudaloso Missouri.

A las doce y media, los viajeros divisaron el fuerte Halleck, que domina aquella comarca. Con algunas horas más, el trayecto de las Montañas Rocosas quedaría hecho, y por lo tanto, podía esperarse que ningún incidente perturbaría el paso del tren por tan áspera región. Ya no nevaba y el frío era seco. A lo lejos unas grandes aves espantadas por la locomotora. Ninguna fiera, ni oso, ni lobo, aparecía en la llanura. Era el desierto con su inmensa desnudez.

Después de un almuerzo bastante confortable, servido en el mismo vagón, mister Fogg y sus compañeros acababan de tomar los naipes nuevamente, cuando se oyeron violentos silbidos. El tren se detuvo.

Picaporte se asomó a la portezuela y no vio nada, ni había estación alguna.

Mistress Auda y Fix pudieron temer por un momento que mister Fogg bajase a la vía, pero se contentó con decir a su criado:

-Vaya a ver que sucede.

Picaporte salió, y unos cuarenta viajeros habían dejado ya sus puestos, entre ellos el coronel Stamp Proctor.

El tren se había detenido ante una señal roja, y el maquinista, así como el conductor, discutían vivamente con un guardavía que había sido enviado al encuentro del tren por el jefe de Medicine Bow, la estación inmediata. Tomaban parte en la discusión algunos viajeros que se habían acercado, y entre otros, se oía el referido coronel Proctor con altaneras palabras e imperiosos ademanes.

Picaporte oyó decir al guardavía:

-¡No! ¡No hay medio de pasar! El puente de Medicine Bow está resentido y no aguantaría el peso del tren.

El puente de que se trataba era colgante, y cruzaba sobre un torrente a una milla del sitio donde se había detenido el tren. Según el guardavía, muchos tirantes estaban rotos, y el puente amenazaba ruina, y era imposible arriesgarse y pasarlo. El guadavía no exageraba al decirlo así, y debe tenerse en cuenta que con los hábitos de los americanos, cuando ellos son prudentes, sería locura no serlo.

Picaporte, que no se atrevía a contárselo a su amo, oía el relato, quieto como una estatua y apretando los dientes.

-¡Me parece -exclamó el coronel Proctor- que no iremos a quedarnos aquí criando raíces en la nieve!

-Coronel -exclamó el conductor-, hemos telegrafiado a la estación de Omaha para pedir un tren, pero es probable que no llegue a Medicine Bow antes de seis horas.

-¡Seis horas! -dijo Picaporte.

-Sin duda. Además, bien necesitaremos ese tiempo para llegar a pie a la estación.

-¡Pero si no está más que a una milla de aquí! -dijo un viajero.

-En efecto; pero cae al otro lado del río.

-Y no puede pasarse con barca?

-Imposible. El torrente viene crecido por las lluvias. Es un rápido y nos veremos obligados a dar un rodeo de diez millas al norte para hallar un vado.

El coronel soltó una serie de tacos, contra la Compañía y el conductor, mientras Picaporte, furioso, no andaba muy lejos de hacer coro con él. Había un obstáculo material, contra el cual habían de estrellarse esta vez todos los billetes de Banco de su amo.

Además, el descontento era general entre los viajeros, quienes, sin contar con el retraso, se veían obligados a andar unas quince millas por la nevada llanura. Hubo, pues, alboroto, vociferaciones, gritería, lo que hubiera debido llamar la atención de Phileas Fogg a no estar absorto en el juego.

Sin embargo, Picaporte tenía que darle parte de lo que pasaba, y se dirigía al vagón con la cabeza baja, cuando el maquinista, verdadero yankee llamado Foster, dijo, levantando la voz:

-Señores, quizá haya medio de pasar.

-¿Por el puente? -preguntó un viajero.

-Por el puente.

-¿Con nuestro tren? -inquirió el coronel.

-Con nuestro tren.

Picaporte se detuvo y devoraba las palabras del maquinista.

-¡Pero el puente amenaza ruina! -dijo el conductor.

-No importa -repuso Foster-. Creo que lanzando el tren a toda velocidad, hay probabilidad de cruzarlo.

-¡Caracoles! -exclamó Picaporte.

Pero cierto número de viajeros fueron inmediatamente seducidos por la proposición, que gustaba en especial al coronel Proctor. Aquel cerebro descompuesto consideraba la cosa comoo muy practicable. Recordó de que unos ingenieros habían concebido la idea de pasar los ríos sin puentes con trenes rígidos lanzados a toda velocidad. Y en fin de cuentas todos los interesados en la cuestión se pusieron de parte del maquinista.

-Tenemos cincuenta probabilidades de pasar -decía uno.

-Sesenta -decía otro.

-Ochenta... ¡Noventa por ciento!

Picaporte estaba asustado, si bien se hallaba dispuesto a intentarlo todo para cruzar el Medicine Creek; pero la tentativa le parecía demasiado americana.

-Por otra parte -pensó-, hay otra cosa más sencilla que ni siquiera se le ocurre a esa gente. Caballero -dijo a uno de los viajeros-, el medio propuesto por el maquinista me parece algo aventurado, pero...

-¡Ochenta probabilidades! -contestó el viajero, que le volvió la espalda.

-Bien lo sé -respondió Picaporte, dirigiéndose a otro-; pero permítame una simple reflexión.

-No hay reflexión, es inútil -respondió el americano encogiéndose de hombros-, puesto que el maquinista asegura que pasaremos.

-Sin duda pasaremos, pero sería tal vezmás prudente...

-¡Cómo prudente! -exclamó el coronel Proctor, a quien hizo dar un salto esa palabra-. ¡Le dicen que a toda velocidad! ¿Comprende? ¡A toda velocidad!

-Ya sé, ya comprendo -repetía Picaporte, a quien nadie dejaba acabar-. Pero sería, si no más prudente, puesto que la palabra le choca, al menos más natural...

-¿Quién? ¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué tiene que decir ése con su natural?... -gritaron todos.

El pobre mozo ya no sabía de quién hacerse oír.

-¿Acaso tiene usted miedo? -le preguntó el coronel Proctor.

¡Yo miedo! -exclamó Picaporte-. Pues bien, sea. ¡Les enseñaré que un francés puede ser tan americano como ellos!

-¡Al tren, al tren! -gritaba el conductor.

-¡Sí, al tren! -repetía Picaporte-. ¡Al tren! ¡Y al instante! Pero nadie me impedirá pensar que hubiera sido más natural pasar primero el puente a pie, y luego el tren.

Nadie oyó tan cuerda reflexión, ni nadie hubiera querido reconocer su conveniencia.

Los viajeros regresaron a los coches: Picaporte ocupó su asiento sin decir nada de lo ocurrido. Los jugadores estaban absortos en su partida de whist.

La locomotora silbó vigorosamente. El maquinista, invirtiendo el vapor, hizo retoroceder el tren cerca de una milla, como un acrobata que va a coger impulso.

Después de otro silbido, comenzó la marcha hacia delante; se fue acelerando, y en pocos instantes la velocidad fue espantosa. No se oía ya la repercusión de los jadeos de la locomotora, sino una aspiración seguida; los pistones daban veinte golpes por segundo; los ejes humeaban entre las cajas de grasa. Se sentía, por decirlo así, que el tren entero, marchando con una rapidez de cien millas por hora, no gravitaba ya sobre los raíles. La velocidad anulaba el peso.

Y pasaron como un relámpago. Nadie vio el puente. El tren saltó, por decirlo así, de una orilla a otra, y el conductor no pudo detener su máquina desbocada sino a cinco millas más allá de la estación.

Pero apenas había pasado el convoy, cuando el puente, definitivamente arruinado, se desplomó con estrépito sobre el torrente de Medicine Bow.

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