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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXXIII
En el cual Phileas Fogg se muestra a la altura de las circunstancias

Una hora después, el vapor Enriqueta trasponía el barco faro que marca la entrada del Hudson, doblaba la punta de Sandy Hook y salía al mar libre. Durante el día costeó Long lsland, pasó por delante de Fire lsland y corrió rápidamente hacia el este.

Al día siguiente, 13 de diciembre, a mediodía, subió un hombre al puentecillo para tomar la altura. ¡Pudiera creerse que era el capitán Speedy! Nada de eso. Era Phileas Fogg.

En cuanto al capitán Speedy, estaba buenamente encerrado con llave en su cámara, y prorrumpía en alaridos que denotaban una cólera muy perdonable, llevada hasta el paroxismo.

Lo que había ocurrido era muy sencillo. Phileas Fogg quería ir a Liverpool y el capitán accedíaa llevarle. Entonces había aceptado el pasaje para Burdeos, y a las treinta horas de estar a bordo, había maniobrado tan bien a golpes de a golpes de billetes de Banco, que la tripulación, marineros y fogoneros, tripulación algo pirata, que estaba bastante disgustada con el capitán, le pertenecía. Por eso Phileas Fogg mandaba en lugar del capitán Speedy, que estaba encerrado en su cámara, mientras el Enriqueta se dirigía a Liverpool. Y al ver maniobara a Phileas Fogg, bien se descubría que había sido marino.

Ahora bien: más tarde se sabrá de qué modo había de terminarse la aventura. Entretanto, mistress Auda no dejaba de estar inquieta, y Fix quedó de pronto aturdido. En cuanto a Picaporte, aquello le pareció simplemente maravilloso.

Entre once y doce nudos, había dicho el capitán Speedy, y en efecto, el Enriqueta se mantenía en este promedio de velocidad.

Por consiguiente, no alterándose el mar, ni saltando el viento al este, ni sobreviniendo ninguna avería al buque, ni ningún accidente a la máquina, el Enriqueta, en los nueve días, contados desde el 12 de diciembre al 21, podía salvar las tres mil millas que separan Nueva York de Liverpool. Es verdad que una vez llegados allí, lo ocurrido en el Enriqueta, combinado con el asunto del Banco, podía llevar al caballero un poco más lejos de lo que quisiera.

Durante los primeros días la navegación se hizo en excelentes condiciones. El mar no estaba muy duro, y el viento parecía fijado al nordeste, las velas fueron izadas y el Enriqueta marchaba como un verdadero transatlántico.

Picaporte estaba encantado. La última hazaña de su amo, cuyas consecuencias se negaba a entrever, le entusiasmaba. Nunca había la tripulación visto a un muchacho más alegre y más ágil. Hacía muchos obsequios a los marineros y los asombraba con sus juegos gimnásticos. Les prodigaba los mejores calificativos y las bebidas más fuertes. Para él, maniobraban como caballeros, y los fogoneros se conducían como héroes. Su buen humor, muy comunicativo, se impregnaba en todos. Había olvidado el pasado, los disgustos, los peligros, y no pensaba más que en el término del viaje, tan próximo ya, hirviendo de impaciencia, como si le hubieran caldeado las hornillas del Enriqueta. A veces también, el digno muchacho daba vueltas alrededor de Fix y le miraba con ojos que decían mucho; pero no le hablaba, pues no existía ya intimidad alguna entre los dos antiguos amigos.

Por otro lado, Fix, preciso es decirlo, no comprendía nada. La conquista del Enriqueta, la compra de su tripulación, aquel Fogg maniobrando como un marino consumado, todo ese conjunto de cosas, lo aturdía. ¡Ya no sabía qué pensar! Pero después de todo, un caballero que empezaba por robar cincuenta y cinco mil libras, bien podía acabar robando un buque. Y Fix concluyó por creer naturalmente que el Enriqueta, dirigido por Fogg, no iba a Liverpool, sino a algún punto del mundo donde el ladrón convertido en pirata se pondría tranquilamente en seguridad. Preciso es confesar que semejante hipótesis era muy posible, y por esa razón comenzaba el agente de policía a estar seriamente pesaroso de haberse metido en aquel negocio.

En cuanto al capitán Speedy, seguía bramando en su cámara; y Picaporte, encargado de proveer a su sustento, no lo hacía sin tomar las mayores precauciones. Respecto a mister Fogg, ni aun tenía trazas de recordar que hubiese un capitán a bordo.

El 13 doblaron la punta del banco de Terranova, paraje muy malo en invierno, sobre todo cuando las brumas son frecuentes y los chubascos temibles. Desde la víspera, el barómetro, que bajó bruscamente, daba indicios de un próximo cambio en la atmósfera. Durante la noche, la temperatura se modificó y el frío fue más intenso, y saltó al propio tiempo el viento al sudeste.

Era un contratiempo. Mister Fogg, para no apartarse de su rumbo, recogió velas y forzó vapor, pero, a pesar de todo, la marcha disminuyó a consecuencia de la marejada, que comunicaba al buque movimientos muy violentos de cabeceo en detrimento de la velocidad. La brisa se iba convirtiendo en huracan, y ya se preveía el caso de que el Enriqueta no pudiera aguantar. Ahora bien; si era necesario huir, no quedaba otro arbitrio que lo desconocido con toda su mala suerte.

El semblante de Picaporte se nubló al mismo tiempo que el cielo, y durante dos días el honrado muchacho sufrió mortales angustias; pero Phileas Fogg era audaz marino, y como sabía hacer frente al mar, no perdió rumbo, ni aun disminuyó la fuerza del vapor. El Enriqueta, cuando no podía elevarse sobre la ola, la atravesaba, y su puente quedaba barrido, pero el barco pasaba. Algunas veces, también la hélice salía fuera de las aguas, batiendo el aire con sus enloquecidas palas cuando alguna montaña de agua levantaba la popa, pero el buque avanzaba siempre.

El viento, sin embargo, no arreció todo lo que hubiera podido temerse. No fue uno de esos huracanes que pasan con velocidad de noventa millas por hora. No pasó de una fuerza regular; mas por desgracia sopló con obstinación por el sudeste, no permitiendo utilizar el velamen, y eso que, como vamos a verlo, hubiera sido muy conveniente acudir en ayuda del vapor.

El 16 de diciembre no había todavía retraso de cuidado, porque era el día septuaesimoquinto desde la salida de Londres. La mitad de la travesía estaba hecha ya y ya habían quedado atrás los peores parajes. En verano se hubiera podido responder del éxito, pero en invierno se estaba a merced de los temporales. Picaporte abrigaba alguna esperanza, y si el viento faltaba, al menos contaba con el vapor.

Precisamente aquel día el maquinista tuvo sobre cubierta una conversación algo viva con mister Fogg.

Sin saber por qué, y por presentimiento, Picaporte experimentó vaga inquietud. Hubiera dado una de sus orejas para oír con la otra lo que decían. Pudo al fin coger algunas palabras, y entre otras las siguientes, pronunciadas por su amo:

-¿Esta seguro de lo que dice?

-Seguro, señor. No olvide que desde nuestra salida estamos caldeando con todas las hornillas encendidas, y si tenemos bastante carbón para ir a poco vapor de Nueva York a Burdeos, no lo hay para ir a todo vapor de Nueva York a Liverpool.

-Resolveré -respondió mister Fogg.

Picaporte había comprendido, y se apoderó de él una inquietud mortal.

Iba a faltar carbón.

-¡Ah! -decía-. Será hombre famoso mi amo si vence esta dificultad.

Y habiendo encontrado a Fix, no pudo menos de ponerle al corriente de la situación, pero el inspector le contestó con los dientes del todo apretados:

-¿Entonces cree usted que vamos a Liverpool?

-¡Caracoles!

-¡Imbécil! -respondió el agente, encogiéndose de hombros.

Picaporte estuvo a punto de contestar cual se merecía a tal calificativo, cuya verdadera significación no podía comprender; pero al considerar que Fix debía estar muy mohíno y humillado en su amor propio por haber seguido una pista equivocada alrededor del mundo, no hizo caso.

Y ahora, ¿qué partido iba a tomar Phileas Fogg? Era difícil imaginarlo. Parece, sin embargo, que el flemático caballero había adoptado una resolución, porque aquella misma tarde hizo venir al maquinista y le dijo:

-Activen los fuegos haciendo rumbo hasta agotar el combustible por completo.

Algunos momentos más tarde, la chimenea del Enriqueta vomitaba torrenes de humo.

Siguió, pues, el buque marchando a todo vapor; pero dos días más tarde, el 18, el maquinista dio parte, según había anunciado, de que aquel día faltaría el carbón.

-Que no amortigüen los fuegos -ordenó Fogg-. Al contrario. Cárguense las válvulas.

Aquel día, hacia las doce de la mañana, y después de haber tomado la altura y calculado la posición del buque, Phileas Fogg llamó a Picaporte y le dio orden de ir en busca del capitán Speedy. Era esto como mandarle soltar un tigre, y bajó por la escotilla diciendo:

-Indudablemente estará hidrófobo.

En efecto, algunos minutos más tarde llegaba a la toldilla una bomba cargada de gritos e imprecaciones. Esa bomba era el capitán Speedy, y se advertía bien que estaba a punto de estallar.

-¿Dónde estamos?

Tales fueron las primeras palabras que pronunció entre la sofocación de la cólera, y ciertamente que no lo habría contado, por poco propenso que hubiera sido a la apoplejía.

-¿Donde estamos? -repitió con el rostro congestionado.

-A setecientas setenta millas de Liverpool -contestó mister Fogg, con imperturbable calma.

-¡Pirata! -exclamó Andrés Speedy.

-Le he hecho venir a usted para...

-¡Filibustero!

-Para rogarle que me venda su buque.

-¡No, por mil pares de demonios, no y no!

-¡Es que voy a tener que quemarlo!

-¡Quemar mi buque!

-Sí, porque estamos sin combustible.

-¡Quemar mi buque! ¡Un buque que vale cincuenta mil dólares!

-Aquí tiene sesenta mil -contestó Phileas Fogg, ofreciendo al capitán un paquete de billetes.

Esto hizo un efecto prodigioso sobre Andrés Speedy. No se puede ser americano sin que la vista de sesenta mil dólares cause alguna sensación. El capitán olvidó por un momento su cólera, su encierro, todas las quejas contra el pasajero. ¡Su buque tenía veinte años, y aquel negocio podía hacerle de oro! La bomba ya no podía estallar, porque mister Fogg le había quitado la mecha.

-¿Y me quedará el casco de hierro? -preguntó el capitán con tono singularmente suavizado.

-El caso de hierro y la máquina. ¿Es cosa concluida?

-Concluida.

Y Andrés Speedy, tomando el paquete de billetes, los contó, haciéndoles desaparecer luego en el bolsillo.

Durante esta escena, Picaporte estaba pálido. En cuanto a Fix, por poco le da un ataque. ¡Cerca de veinte mil libras gastadas, y aún dejaba Fogg al vendedor el casco y la máquina, es decir, casi el valor total del buque! Verdad es que la suma robada al Banco ascendía a cincuenta y cinco mil libras.

Después de haberse metido el capitán el dinero en el bolsillo, le dijo mister Fogg:

-No se asombre de todo esto, porque debe saber que pierdo veinte mil libras si no estoy en Londres el 21 a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la noche. No llegué a tiempo al vapor de Nueva York, y como se negaba usted a llevarme a Liverpool...

-Y bien hecho, por los cincuenta mil diablos del infierno -exclamó Andrés Speedy-, porque salgo ganando lo menos cuarenta mil dólares. -y luego añadió con más formalidad-: ¿Sabe usted una cosa, capitán ... ?

-Fogg.

-Capitán Fogg, y es hay que mucho de americano en usted.

Y después de haber tributado a mister Fogg lo que para él era una lisonja, se marchaba, cuando Phileas Fogg le dijo:

-¿Ahora, este buque me pertenece?

-Indudablemente, desde la quilla a la punta de los palos; pero todo lo que es madera, se entiende.

-Bien, que se arranquen todos los aprestos interiores, y que se vayan echando a la hornilla.

Júzguese la mucha leña que debió gastarse para conservar el vapor con suficiente presión. Aquel día, la toldilla, la carroza, los camarotes, el entrepuente, todo fue a la hornilla.

Al día siguiente, 19, fueron quemados los palos, las piezas de respeto, las berlingas. La tripulación empleaba un celo increíble en hacer leña. Picaporte, rajando, cortando y aserrando hacía el trabajo de diez hombres. Era un furor de demolición.

Al día siguiente, 20, los parapetos, los empavesados, la obra muerta, la mayor parte del puente fueron devorados. El Enriqueta sólo era ya un barco raso como un pontón.

Pero aquel día se divisó la costa irlandesa y el faro de Falsenet.

Sin embargo, a las diez de la noche, el buque no se encontraba aún más que enfrente de Queenstown. ¡Faltaban veinticuatro horas para el plazo, y era precisamente el tiempo que se necesitaba para llegar a Liverpool, aun marchando a todo vapor, el cual iba a faltar también!

-Señor -le dijo entonces el capitán Speedy, que había acabado por interesarse en sus proyectos-, lamento lo que le sucede. Todo conspira contra usted. Todavía no estamos más que a la altura de Queenstown.

-¡Ah! -dijo mister Fogg-. ¿Es Queenstown esa población que divisamos?

-Sí.

-¿Podemos entrar en el puerto?

-Antes de tres horas no. Sólo en pleamar.

-¡Aguardemos! -contestó tranquilamente Phileas Fogg, sin dejar de ver en su semblante que por una suprema inspiración iba a procurar vencer la última probabilidad contraria.

En efecto, Queenstown es un puerto de la costa irlandesa, en el cual los trasatlánticos de los Estados Unidos dejan al pasar la valija del correo. Las cartas se llevan a Dublín por un expreso siempre dispuesto, y de Dublín llegan a Liverpool por vapores de gran velocidad, adelantando doce horas a los rápidos buques de las compañías marítimas.

Phileas Fogg pretendía ganar también las doce horas que sacaba de ventaja al correo de América. En lugar de llegar al día siguiente por la tarde, con el Enriqueta a Liverpool, llegaría a mediodía, y le quedaría tiempo para estar en Londres a los ocho y cuarenta cinco minutos de la noche.

A la una de la mañana, el Enriqueta estaba con la pleamar en el puerto de Queenstown, y Phileas Fogg, después de haber recibido un apretón de manos del capitán Speedy, le dejaba en el casco raso de su buque, que aún valía la mitad de lo recibido.

Los pasajeros desembarcaron al punto. Fix tuvo entonces intención decidida de prender a mister Fogg y, sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? ¿Existían agunas dudas en su ánimo? ¿Había reformado su opinión? ¿Reconocía al fin que se había engañado?

Sin embargo, Fix no abandonó a mister Fogg. Con él, con mistress Auda, con Picaporte, que no tenía tiempo de respirar, subió al tren de Queenstown a la una y media de la mañana, llegó a Dublín al amanecer, y se embarcó en uno de esos vapores fusiformes de acero, todo máquina, que desdeñándose de subir con las olas pasan invariablemente a través de ellas.

A las doce menos veinte, el 21 de diciembre, Phileas Fogg desembarcaba por fin en el muelle de Liverpool. Ya no estaba más que a seis horas de Londres.

Pero en aquel momento, Fix se acercó, le puso la mano en el hombro, y exhibiendo su mandamiento, le dijo:

-¿Es usted mister Fogg?

-Sí, señor.

-¡En nombre de la Reina, le arresto!

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