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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XIX
Donde Picaporte se toma demasiado interés por su amo, y lo que sigue

Hong-Kong no es más que un islote cuya posesión quedó asegurada para Inglaterra por el Tratado de Nankín después de la guerra de 1842. En algunos años el genio colonizador de la Gran Bretaña había fundado allí una importante ciudad y creado un puerto, el puerto de Victoria. La isla se halla situada en la desembocadura del río Cantón, habiendo solamente sesenta millas hasta la ciudad portuguesa de Macao, construída en la ribera opuesta. Hong-Kong debía necesariamente vencer en la lucha mercantil, y ahora, la mayor parte del tránsito chino se efectúa por la ciudad inglesa. Los docks, los hospitales, los wharfs, los depósitos, una catedral gótica, la casa del gobernador, calles, todo hacía creer que una de las ciudades de los condados de Kent o de Surrey, atravesando la esfera terrestre, se había trasladado a ese punto de la China, casi en los antípodas.

Con las manos metidas en los bolsillos, Picaporte se dirigió hacia el puerto Victoria, mirando los palanquines, las carretillas de vela, todavía usadas en el Celeste Imperio, y toda aquella muchedumbre de chinos, japoneses y europeos que se apiñaban en las calles. Con escasa diferencia, aquello era aún muy parecido a Bombay, Calcuta o Singapur. Hay como un reguero de ciudades inglesas así esparcidas alrededor del mundo.

Picaporte llegó al puerto Victoria. Allí, en la embocadura del río Cantón, había un hormiguero de buques de todas las naciones: ingleses, franceses, americanos y holandeses, navíos de guerra y mercantes, embarcaciones japonesas y chinas, juncos, champanes, tankas y aun barcos-flores que formaban jardines flotantes sobre las aguas. Paseándose, Picaporte observó cierto número de indígenas vestidos de amarillo y de edad muy avanzada. Habiendo entrado en una barbería china para hacerse afeitar a lo chino, supo por el barbero, que hablaba bastante bien el inglés, que aquellos ancianos pasaban de ochenta años, porque al llegar a esta edad tenían el privilegio de vestir de amarillo, que es el color imperial. A Picaporte le pareció esto muy chistoso sin saber por qué.

Después de afeitarse se dirigió al muelle de embarque del Carnatic; y allí vio a Fix, que se paseaba de arriba abajo y viceversa, lo cual no dejo de sorprenderle. Pero el inspector de policía dejaba ver en su semblante muestras de un despecho vivísimo.

-¡Bueno! -dijo entre sí Picaporte-. Esto va mal para los señores del Reform-Club.

Y salió al encuentro de Fix con su alegre sonrisa, sin aparentar que adevertía la inquietud de su compañero.

Ahora bien: el agente tenía poderosas razones para echar pestes contra el infernal azar que le perseguía. ¡No había mandamiento! Era evidente que éste corría tras de él y no podría alcanzarle sino permaneciendo algunos días en la ciudad. Y como Hong-Kong era la última población inglesa del trayecto, mister Fogg se le iba a escapar definitivamente si no conseguía detenerle.

-¿Y bien, señor Fix, está usted decidido a venir con nosotros a América? -preguntó Picaporte.

-Sí -contestó Fix apretando los dientes.

-¡Enhorabuena! -exclamó Picaporte soltando una ruidosa carcajada-. Bien sabía yo que no podría separarse de nosotros. ¡Venga a tomar su pasaje, venga!

Y ambos entraron en el despacho de los transportes marítimos, tomando camarotes para cuatro personas; pero el empleado les advirtió que estando concluidas las reparaciones del Carnatic se marcharía éste aquella misma noche a las ocho, y no al siguiente día, como se había anunciado.

-Muy bien -exclamó Picaporte-; esto no vendrá mal a mi amo. Voy a avisarle.

En aquel momento, Fix tomó una resolución extrema. Resolvió decírselo todo a Picaporte. Era éste el único medio de retener a Phileas Fogg durante algunos días en Hong-Kong.

Al salir del despacho, Fix ofreció a su companero convidarle en una casa de té. Picaporte tenía tiempo, y aceptó el convite.

Había en el muelle una de atractivo aspecto, y en ella entraron ambos. Era una extensa sala bien adornada, en el fondo de la cual había una tarima de campaña, guarnecida de almohadas, y sobre la cual se hallaban cierto número de durmientes.

Unos treinta consumidores ocupaban en la gran sala unas mesitas de junco tejido. Los unos vaciaban pintas de cerveza inglesa, ale o porter; los otros, copas de licores alcohólicos, gin o brandy. Además, la mayor parte de ellos fumaban en largas pipas de barro colorado, llenas de bolitas de opio mezclado con esencia de rosas. Después, de vez en cuando, algún fumador enervado caía bajo la mesa; y los mozos, cogiéndolo por los pies y la cabeza, lo trasladaban al tinglado para que allí durmiera tranquilamente. Estaban colocados en él como treinta de éstos embriagados, unos junto a otros, en el último grado de embrutecimiento.

Fix y Picaporte comprendieron que habían entrado en un fumadero frecuentado por esos miserables alelados, enflaquecidos, idiotas, a quienes la mercantil Inglaterra vende anualmente doscientos sesenta millones de pesetas de esa funesta droga llamada opio. ¡Tristes millones cobrados sobre uno de los vicios más funestos para la salud de los hombres!

Bien ha procurado el gobierno chino remediar este abuso por medio de leyes severas, pero en vano. De la clase rica, a la cual estaba, al principio, formalmente reservado el uso del opio, descendió el vicio hasta las clases inferiores, y ya no fue posible contener sus estragos. Se fuma opio en todas partes, entregándose a esa deplorable pasión hombres y mujeres, que después de acostumbrarse a esta inhalación no pueden pasar sin ella, porque experimentan horribles contracciones en el estómago. Un buen fumador puede aspirar ocho pipas al día, pero se muere en cinco años.

Fix y Picaporte habían entrado, por lo visto, en uno de esos fumaderos que abundan hasta en Hong-Kong. Picaporte no tenía dinero, pero aceptó gustoso la invitación de su compañero, reservándose pagársela en su tiempo y lugar. Fueron pedidas dos botellas de oporto, a las cuales hizo el francés mucho honor; mientras que Fix, más reservado, observaba a su compañero, con gran atención. Hablaron de diferentes cosas, sobre todo de la excelente idea que tuvo Fix al tomar pasaje en el Carnatic. Y a causa de este vapor, cuya salida se anticipaba, Picaporte, después de vaciar las botellas, se levantó para advertir a su amo.

Fix le detuvo.

-Un momento -le dijo.

-¿Qué quiere usted, señor Fix?

-He de hablarle de cosas serias.

-¡De cosas serias! -exclamó Picaporte, vaciando algunas gotas de vino que se habían quedado en el fondo de su vaso-. Pues bien, mañana hablaremos. No tengo tiempo hoy.

-Quédese -insistió Fix-. ¡Se trata de su amo!

Picaporte, al oír esto, miró con fijeza a su interlocutor.

La expresión del semblante de Fix le pareció singular, y se sentó.

-¿Qué tiene usted, pues, que decirme? -preguntó.

Fix apoyó la mano en el brazo de su compañero, y bajando la voz, dijo:

-¿Ha adivinado quién soy?

-¡Caracoles! -soltó Picaporte, sonriendo.

-Entonces voy a confesarlo todo...

-¡Ahora que lo sé todo, compadre! ¡Ah! ¡Eso no tiene chiste! ¡Pero, en fin, siga; mas antes déjeme decirle que esos caballeros hacen gastos bien inútiles!

-¡Inútiles! -dijo Fix-. ¡Habla usted por hablar! ¡Ya se ve que no conoce la importancia de la suma!

-Sí que la conozco perfectamente -respondió Picaporte-. ¡Se trata de veinte mil libras!

-¡Cincuenta y cinco mil! -rectificó Fix, estrechando la mano del francés.

-¡Cómo! -exclamó Picaporte-. Mister Fogg se habrá atrevido... ¡Cincuenta y cinco mil libras!... Pues bien, razón de más para no perder momento -añadió, levantándose otra vez.

-¡Cincuenta y cinco mil libras! -repuso Fix, que hizo sentar de nuevo a Picaporte, después de haber hecho traer un frasco de brandy-, y si salgo bien, me gano una prima de dos mil libras. ¿Quiere quinientas con la condición de ayudarme?

-¿Ayudarle? -exclamó Picaporte, cuyos ojos se abrieron desmesuradamente.

-Sí, ayudarme a detener a mister Fogg durante algunos días en Hong-Kong.

-¿Eh? -exclamó Picaporte-, ¿Qué dice usted? ¡Cómo! ¡No contentos con hacer seguir a mi amo y sospechar de su lealtad, esos caballeros quieren, además, promover obstáculos! ¡Me avergüenzo de ellos!

-¿Qué es eso? ¿Qué quiere decir? -preguntó Fix.

-Quiero decir que es puramente muy poco delicado. Eso equivale a despojar a mister Fogg y cogerle el dinero del bolsillo.

-¡De eso, precisamente, se trata!

-Pero es una asechanza odiosa -exclamó Picaporte, animándose por la influencia del brandy que le servía Fix y que bebía sin advertirlo-, una verdadera asechanza. ¡Unos caballeros! ¡Unos colegas!

Fix empezaba a no comprender.

-¡Unos colegas! -exclamó Picaporte-. ¡Miembros del Reform-Club! ¡Sepa usted, señor Fix, que mi amo es un hombre honrado, y que cuando hace una apuesta siempre trata de ganarla lealmente!

-Pero quién cree usted que soy? -preguntó Fix clavando su mirada en Picaporte.

-¡Pardiez! ¡Un agente de los individuos del Reform-Club, con la única misión de vigilar el itinerario de mi amo, lo cual es altamente humillante! Así es que si bien hace algún tiempo he adivinado su oficio, me he guardado muy bien de revelárselo a mister Fogg.

-¿No sabe nada? -preguntó con viveza Fix.

-Nada -afirmó Picaporte, vaciando otra vez el vaso.

El inspector de policía se pasó la mano por la frente y vaciló antes de tomar la palabra. ¿Qué debería hacer? El error de Picaporte le parecía sincero, pero dificultaba aún más su proyecto. Era evidente que el muchacho hablaba con buena fe y que no era cómplice de su amo.

-Pues bien -dijo-; puesto que no es cómplice suyo, me ayudará.

El agente se había afirmado en su resolución, y por otra parte, no había tiempo que perder. A toda costa era indispensable prender a Fogg en Hong-Kong.

-Escuche -dijo Fix con presteza y escúcheme bien. Yo no soy lo que piensa usted; es decir, un agente de los miembros del Reform-Club...

-¡Bah! -exclamó Picaporte mirándole con aire burlón.

-Soy un inspector de policía, encargado de una misión metropolitana...

-¡Usted... inspector de policía!...

-Sí, y lo pruebo -repuso Fix-. He aquí mi título.

Y el agente, sacando un papel de la cartera, enseñó a su compañero un nombramiento firmado por el director de la policía central. Picaporte miraba atónito a Fix, sin poder articular una sola palabra.

-La apuesta de mister Fogg -prosiguió Fix- no es más que un pretexto del que son juguete usted y sus compañeros del Reform-Club, porque tenía interés en asegurarse su inconsciente complicidad.

-¿Y por qué? -preguntó Picaporte curioso.

-Escuche. El día 28 de septiembre último se cometió en el Banco de Inglaterra un robo de cincuenta y cinco mil libras por un sujeto cuyas señas pudieron recogerse. He aquí las señas, que son, una por una, las de mister Fogg.

-¡Quite allá! -exclamó Picaporte, hiriendo la mesa con su robusto puño-. ¡Mi amo es el hombre más honrado del mundo!

-¿Qué sabe usted, puesto que ni siquiera le conoce? Entró usted a servirle el día de su partida, y se marchó precipitadamente con ese proyecto insensato, sin equipaje y llevándose una gruesa suma de billetes de Banco! ¿Y se atreve usted a sostener que es hombre de bien?

-¡Sí! ¡Si! -repetió maquinalmente el buen mozo.

-¿Quiere, pues, que le prenda a usted como cómplice suyo?

Picaporte se había asido la cabeza con ambas manos. No parecía el mismo. No se atrevía a mirar al inspector de policía. ¡Phileas Fogg, ladrón, el salvador de Auda, el hombre generoso y valiente...! Y, sin embargo, ¡cuántas pruebas contra él! Picaporte trataba de rechazar las sospechas que invadían su entendimiento. No quería creer en la culpabilidad de su amo.

-En fin, ¿qué quiere usted de mí? -preguntó al agente de policía, conteniéndose por un supremo esfuerzo.

-Oiga -respondió Fix-. He seguido a mister Fogg hasta aquí, pero no he recibido aún el mandamiento de prisión que he pedido a Londres y es indispensable que me ayude usted a detenerlo en Hong-Kong...

-¡Yo! ¿Que ayude a ... ?

-¡Y partiremos la prima de dos mil libras prometidas por el Banco de Inglaterra!

-¡Jamás! -respondió Picaporte, que intentó levantarse y volvió a caer, sintiendo que su razón y sus fuerzas le faltaban a un tiempo.

- Señor Fix -dijo tartamudeando-. Aun cuando fuese verdad todo lo que me ha dicho..., aun cuando mi amo fuera el ladrón que busca usted..., lo cual niego..., he estado... estoy a su servcio...; le conozco como bueno y generoso ... Venderlo... jamás..., no, por todo el oro del mundo ... ¡Soy de un lugar donde no se come pan de esa especie!

-¿Se niega usted?

-Me niego.

-Supongamos que nada he dicho -respondió Fix-, y bebamos.

-Sí, bebamos.

Picaporte se sentía cada vez más invadido por la embriaguez. Comprendiendo Fix que era necesario a toda costa separarlo de su amo, quiso rematarlo. Habia sobre la mesa algunas pipas cargadas de opio. Fix puso una en manos de Picaporte, quien la tomó, la llevó a los labios, la encendió, aspiró algunas bocanadas, y cayó con la cabeza aturdida bajo la influencia del narcótico.

-En fin -dijo Fix, al ver a Picaporte anonadado-, mister Fogg no recibirá a tiempo el aviso de la salida del Camatic, y si parte, por lo menos no se irá con este maldito francés.

Y salió después de haber pagado el gasto.

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