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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXXII
Donde Phileas Fogg empeña una lucha directa contra la mala suerte

Al zarpar, el China se llevó, al parecer, la última esperanza de Phileas Fogg.

En efecto, ninguno de los otros vapores que hacen el servicio directo entre América y Europa, ni los transatlánticos franceses, ni los buques de la White Star Line, ni los de la Compañía Imman, ni los de la Línea Hamburguesa, ni otros podían responder a los proyectos del caballero inglés.

El Péreire de la Compañía Transatlántica Francesa, cuyos admirables buques igualan en velocidad y sobrepujan en comodidades a los de las demás líneas sin excepción, no partía hasta tres días más tarde, el 14 de diciembre, y además no iba directamente a Liverpool o Londres, sino al Havre, y lo mismo sucedía con los de la Compañía Hamburguesa; así es que la travesía suplementaria del Havre a Southampton hubiera anulado los últimos esfuerzos de Phileas Fogg.

En cuanto a los vapores Imman, uno de los cuales, el City of Paris, se daba a la mar al día siguiente, no debía pensarse en ellos, porque estando dedicados al transporte de emigrantes, son de máquinas poco potentes, navegan lo mismo a vela que a vapor y su velocidad es mediana. Invertían en la travesía de Nueva York a Inglaterra más tiempo del que necesitaba mister Fogg para ganar su apuesta.

De todo esto se informó el gentleman consultando su Bradshaw, que le reseñaba, día por día, los movimientos de la navegación transoceánica.

Picaporte estaba anonadado. Después de haber perdido la salida por cuarenta y cinco minutos le abrumaba, porque tenía la culpa él; que en vez de ayudar a su amo no había cesado de crearle obstáculos por el camino. Y cuando repasaba en su mente todos los incidentes del viaje; cuando calculaba las sumas gastadas en pura pérdida y sólo en interés suyo; cuando pensaba que aquella apuesta, con los gastos considerables de tan inútil viaje, arruinaba a mister Fogg, se llenaba a sí mismo de injurias.

Sin embargo, mister Fogg no le dirigió reconvención alguna, y al abandonar el muelle de los vapores transatlánticos, no dijo más que estas palabras:

-Mañana veremos lo que se hace. Acompañame.

Mister Fogg, mistress Auda, Fix y Picaporte, atravesaron el Hudson en el ferry boat Jersey City y subieron a un coche, que los condujo a la fonda de San Nicolás, en Broadway. Alquilaron unos cuartos, y la noche transcurrió con profundo sueño para Phileas Fogg, pero muy larga para mistress Auda y sus compañeros, a quienes la agitación no permitió descansar.

La fecha del día siguiente era el 12 de diciembre. Desde el 12, a las siete de la mañana, hasta el 21, a las ocho y cuarenta y cinco minutos de la noche, quedaban nueve días, trece horas y cuarenta y cinco minu tos. Si Phileas Fogg hubiera salido la víspera en el China, uno de los mejores andadores de la Línea Cunard, habría llegado a Liverpool, y luego a Londres en el tiempo estipulado.

Mister Fogg abandonó el hotel solo, después de haber recomendado a su criado que le esperase y de haber prevenido a mistress Auda que estuviese dispuesta.

Después se dirigió al Hudson, y entre los buques amarrados al muelle o anclados en el río, buscó detenidamente los que estaban listos para salir. Muchos tenían la señal de partida y se disponían a tomar la mar aprovechando la marea de la mañana, porque en ese inmenso y admirable puerto de Nueva York no hay dia en que cien embarcaciones no salgan con rumbo a los distintos puntos del orbe, pero casi todos eran de vela y no convenían a Phileas Fogg.

Este caballero se estrellaba, al parecer, en su última tentativa, cuando vio a gran distancia, un buque mercante de hélice, de formas delgadas, cuya chimenea, dejando escapar grandes bocanadas de humo, indicaba que se preparaba para aparejar.

Phileas Fogg alquiló un bote, se embarcó, y a poco se encontraba en la escala del Enriqueta, vapor de hierro con los altos de madera.

El capitán del Enriqueta estaba a bordo. Phileas Fogg subió a cubierta y preguntó por él. El capitán se presentó enseguida.

Era hombre de unos cuarenta años, especie de lobo de mar, con trazas de regañón y poco sociable. Tenía ojos grandes, tez de cobre oxidado, pelo rojo, ancho de cuerpo y nada del aspecto de hombre de mundo.

-¿El capitán? - preguntó mister Fogg.

-Soy yo.

-Soy Phileas Fogg, de Londres

-Y yo, Andrés Speedy, de Cardiff.

-¿Va usted a zarpar?

-Dentro de una hora.

-¿Para dónde?

-Para Burdeos.

-¿Qué cargamento lleva?

-Piedras en la cala. No hay flete y me voy en lastre.

-¿Tienes pasajeros?

-No hay pasajeros. Nunca pasajeros. Es una mercancía voluminosa y razonadora.

-¿Tiene buena marcha su buque?

-Entre once y doce nudos. El Enriqueta es muy conocido.

-¿Quiere llevarme a Liverpool, a mí y a tres personas más?

-¡A Liverpool! ¿Y por qué no a China?

-Digo a Liverpool.

-No.

-¿No?

-No. Estoy en ruta hacia Burdeos, y voy a Burdeos.

-¿No importa a qué precio?

-No importa el precio.

El capitán había hablado en un tono que no admitía réplica.

-Pero los armadores del Enriqueta... -repuso Phileas Fogg.

-No hay más armadores que yo -contestó el capitán-. El buque es mío.

-Lo fleto.

-No.

-Lo compro.

-No.

Phileas Fogg no pestañeó. Sin embargo, la situación era grave. No sucedía en Nueva York lo que en Hong-Kong, ni con el capitán del Enriqueta lo que con el patrón de la Tankadera. Hasta entonces el dinero del obstinado caballero había vencido todos los obstáculos. En esta ocasión el dinero no daba resultado.

Era necesario, sin embargo, hallar el medio de atravesar el Atlántico en barco, o cruzarlo en globo, lo cual hubiera sido muy aventurado y nada realizable.

A pesar de todo, parece que a Phileas Fogg se le ocurrió una idea, puesto que dijo al capitán:

-Pues bien; ¿quiere usted llevarme a Burdeos?

-No, aun cuando me diera doscientos dólares.

-Le ofrezco dos mil.

-¿Por persona?

-Por persona.

-¿Y son ustedes cuatro?

-Cuatro.

El capitán Speedy comenzó a rascarse la frente como si hubiera querido arrancarse la epidermis. Ocho mil dólares que ganar sin modificar el viaje valían bien la pena de dejar a un lado sus antipatías hacia todo pasajero. Por otra parte, pasajeros a dos mil dólares no son ya pasajeros, sino mercancía preciosa.

-Parto a las nueve -dijo tan solo el capitán Speedy-; ¿y si usted y los suyos no están aquí?

-¡A las nueve estaremos a bordo! -respondió con no menos laconismo mister Fogg.

Eran las ocho y media. Desembarcar del Enriqueta, subir a un coche, dirigirse al hotel de San Nicolás, traer a Auda, Picaporte y al inseparable Fix a quien ofreció pasaje gratis,todo lo hizo el caballero inglés con la calma que no le abandonaba nunca.

En el momento en que el Enriqueta aparejaba, los cuatro personajes estaban a bordo.

Cuando Picaporte supo lo que costaría aquella última travesía, lanzó un prolongado ¡oh! de esos que recorren todas las notas de la escala cromática descendente.

En cuanto al inspector Fix, pensó que el Banco de Inglaterra no saldría indemnizado de aquel negocio. En efecto, al llegar, y admitiendo que mister Fogg no echase todavía algunos puñados de billetes al mar, faltarían más de siete mil libras en el saco, donde según Fix estaba lo robado.

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