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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XXII
Donde Picaporte se da perfecta cuenta de que aun en las
antípodas es prudente llevar algún dinero en el bolsillo

El Carnatic, salido de Hong-Kong el 7 de noviembre, a las seis y media de la tarde, se dirigía a todo vapor hacia las tierras del Japón. Llevaba cargamento completo de mercancias y pasajeros. Dos cámaras de popa estaban desocupadas; eran las que se habían tomado para Phileas Fogg.

Al día siguiente por la mañana, los hombres de proa pudieron ver, no sin sorpresa, a un pasajero que, con la vista medio desvaída, el andar vacilante, la cabeza inclinada, salía de la carroza de segunda y venía a sentarse, vacilante, sobre una pieza de repuesto.

Ese pasajero era Picaporte en persona. He aquí lo acontecido:

Algunos instantes después que Fix salió del fumadero, dos mozos habían recogido a Picaporte, profundamente dormido, y lo habían trasladado a la tarima reservada a los fumadores. Bo mucho más tarde, Picaporte, perseguido hasta en sus pesadillas por una idea fija, se despertaba y luchaba contra la enervante acción del narcótico. El pensamiento de su deber no cumplido sacudía su entorpecimiento. Bajaba de aquella tarima de ebrios, y apoyándose vacilante en las paredes, cayendo y levantándose, pero siempre impelido por una especie de instinto, salía del fumadero gritando como en sueños: ¡el Carnatic, el Carnatic!

El vapor estaba ya humeando y dispuesto a marchar. Picaporte no tenía más que dar algunos pasos. Se lanzó sobre el puente volante, salvó el espacio y cayó sin aliento a proa, en el momento en que el Carnatic soltaba sus amarras.

Algunos marineros, como gente acostumbrada a esta clase de escenas, descendieron al pobre mozo a una cámara de segunda, y Picaporte no despertó hasta la mañana siguiente, a ciento cincuenta millas de las tierras de China.

Por eso Picaporte se hallaba aquel día sobre la cubierta del Carnatic, viniendo a aspirar, a pleno pulmón las frescas brisas del mar. Este aire puro lo serenó. Comenzó a reunir sus ideas y no lo consiguió sin esfuerzos. Pero, al fin, recordó las escenas de la víspera, las confidencias de Fix, el fumadero, etc.

-¡Es increible -decía para sí-, que haya estado tan ebrio! ¿Qué diría mister Fogg? En todo caso, no he faltado a la salida del buque, que es lo importante.

Y después, acordándose del inspector Fix, añadía:

-En cuanto a ése, espero que ya nos habremos desembarazado de él, y que después de lo que me ha propuesto, no se atreverá a seguirnos sobre el Carnatic. ¡Un inspector de policía, un detective en persecución de mi amo, acusado del robo cometido en el Banco de Inglaterra! ¡Quita allá! ¡Mister Fogg es tan ladrón como yo asesino!

¿Picaporte debería referir todo eso a su amo? ¿Convendría enterarle del papel que desempeñaba Fix en todo aquel asunto? ¿No sería mejor aguardar su llegada a Londres para decirle que un agente de policía metropolitana le había seguido alrededor del mundo, y reírse juntos de él? Indudablemente que sí, y en todo caso, había tiempo de resolver esta cuestión. Lo mas urgente era presentarse a mister Fogg, y darle excusas por lo sucedido.

Sobre cubierta no vio a nadie que se pareciese a mister Fogg, ni a mistress Auda.

-Bueno -se dijo-, mistress Auda estará acostada todavía, y en cuanto a mister Fogg, habrá tropezado con algún jugador de whist, y, según su costumbre...

Diciendo esto, Picaporte bajó al salón. Allí no estaba su amo. Picaporte preguntó al sobrecargo cuál era el camarote que ocupaba mister Fogg. Él le contestó que no conocía a ningún pasajero de este nombre.

-Dispense -dijo Picaporte, insistiendo-. Se trata de un caballero alto, frío, poco comunicativo, acompañado de una joven señora...

-No tenemos señoras jóvenes a bordo -respondió el sobrecargo-. Por lo demás, he aquí la lista de los pasajeros, y puede usted consultarla.

Picaporte la leyó, y allí no figuraba el nombre de su amo.

Tuvo una especie de desvanecimiento. Ni una sola idea cruzó por su cerebro.

-Pero, ¿estoy en el Carnatic? -preguntó.

-Sí.

-¿En rumbo para Yokohama?

-Exactamente.

¡Picaporte había tenido de pronto el temor de haberse equivocado de buque! Pero, si él estaba en el Carnatic, era bien seguro que su amo se había embarcado.

Picaporte se dejó caer sobre un sillón como herido por un rayo. Acababa de ocurrírsele, súbitamente, una idea clara. Recordó que la hora de salida del Carnatic había sido adelantada y que no se lo había avisado a su amo. ¡Culpa suya era, por consiguiente, que mister Fogg y mistress Auda hubiesen perdido el viaje!

¡Culpa suya, sí, pero más aún del traidor que para separarlo de su amo y detener a éste en Hong-Kong, lo había embriagado a él! Porque, al fin, comprendió el ardid del inspector de policía. ¡Y en aquel momento mister Fogg, seguramente arruinado, ya perdida la apuesta, estaría detenido, preso tal vez! Picaporte se mesaba los cabellos. ¡Ah! ¡Si Fix cayese alguna vez entre sus manos, como le ajustaría las cuentas!

En fin, después de los primeros momentos de postración, Picaporte recobró su sangre fría, y estudió la situación, que era poco envidiable. El francés viajaba con rumbo al Japón. Estaba seguro de llegar a este país, pero ¿cómo se marcharía de él? Tenía los bolsillos vacíos. ¡Ni un chelín, ni un penique! Sin embargo, su pasaje y manutención estaban pagados de antemano. Contaba, pues, con cinco o seis días para pensar la solución que había de tomar. Comió y bebió durante la travesía cual no puede describirse. Comió por su amo, por mistress Auda y por sí mismo. Comió como si el Japón, adonde iba a desembarcar, hubiera sido país desierto, desprovisto de toda sustancia comestible.

El 13, a la primera marea, el Carnatic entraba en el puerto de Yokohama.

Este punto es una importante escala del Pacífico, donde se detienen todos los vapores empleados en el servicio de correos y viajeros entre América del Norte, China, Japón y las islas de Malasia. Yokohama está situado en la misma bahía de Yedo1, a corta distancia de esta inmensa ciudad, segunda capital del imperio japonés, antigua residencia del takun, cuando existía este emperador civil y rival de Miako2, la gran ciudad habitada por el mikado, emperador eclesiástico, descendiente, según leyenda, de todos los remotísimos dioses.

El Carnatic atracó al muelle de Yokohama, cerca de las escolleras y de la Aduana, en medio de numerosos buques de todas las naciones.

Picaporte puso el pie, sin entusiasmo ninguno en aquella tierra tan curiosa de los Hijos del Sol. No tuvo mejor cosa que hacer que tomar el azar por guía y andar errante por las calles de la población.

Picaporte se vio al pronto en una ciudad absolutamente europea, con casas de fachadas bajas, adornadas de cancelas, bajo las cuales se desarrollaban elegantes peristilos, y que cubría con sus calles, sus plazas, sus docks y sus depósitos, todo el espacio comprendido desde el promontorio del Tratado hasta el río. Allí, como en Hong-Kong y como en Calcuta, hormigueaba una mezcla de gentes de toda casta, americanos, ingleses, chinos, holandeses, mercaderes dispuestos a comprarlo y a venderlo todo, y entre los cuales el francés era tan extranjero como si hubiese nacido en el país de los hotentotes.

Picaporte tenía un recurso, que era el de recomendarse cerca de los agentes consulares franceses o ingleses, establecidos en Yokohama; pero le repugnaba relatar su historia, tan íntimamente relacionada con la de su amo, y antes de esto quería apurar todos los demás medios.

Después de haber recorrido la parte europea de la ciudad sin que el azar le hubiese servido, entró en la parte japonesa, decidido, si era necesario, a llegar hasta Yedo.

Esta porción indígena de Yokohama se llama Benten, nombre de una diosa del mar, adorada en las islas vecinas. Allí se veían magníficas alamedas de pinos y cedros; puertas sagradas de extraña arquitectura; puentes envueltos entre cañas y bambúes; templos abrigados por una muralla inmensa y melancólica de seculares cedros; conventos de bonzos, donde vegetaban los sacerdotes del budismo y los sectarios de la religión de Confucio; calles interminables, donde había abundante cosecha de chiquillos de tez sonrosada y coloradas mejillas, figuritas que parecían recortadas de algún biombo indígena, y que jugaban en medio de unos perrillos de piernas cortas y de unos gatos amarillentos, sin rabo, muy perezosos y muy cariñosos.

En las calles, todo era movimiento y agitación incesante; bonzos que pasaban en procesión, tocando sus monótonos tamboriles; yakuninos, oficiales de la Aduana o de policía; con sombreros puntiagudos incrustados de laca y dos sables al cinto; soldados vestidos de percalina azul con rayas blancas y armados con fusiles de percusión, hombres de armas del mikado, metidos en su justillo de seda, con loriga y cota de malla, y otros muchos militares de diversas condiciones, porque en el Japón, la profesión de soldado es tan distinguida como despreciada en China. Y asimismo hermanos postulantes, peregrinos de larga vestidura, simples paisanos de cabellera suelta, negra como el ébano, cabeza abultada, busto largo, piernas delgadas, estatura baja, tez teñida desde los sombríos matices cobrizos hasta el blanco mate, pero nunca amarillo como los chinos, de quienes se diferencian los japoneses esencialmente. Y, por último, entre carruajes y palanquines, mozos de cuerda, carretillas de velamen, norimones con caja laqueada, congos3 suaves, verdaderas literas de bambú, se veía circular a cortos pasos y con pie chiquito calzado con zapatos de lienzo, sandalias de paja o zuecos de madera labrada, algunas mujeres poco bonitas, de ojos encogidos, deprimido pecho, dientes ennegrecidos a usanza del día, pero que llevaban con elegancia el traje nacional llamado kirimon, especie de bata cruzada con una banda de seda, cuya ancha cintura formaba atrás un extravagante lazo, que las modernas parisienses han copiado.

Picaporte se entretuvo paseando durante algunas horas entre aquella abigarrada muchedumbre, mirando también las curiosas y opulentas tiendas, los bazares en que se aglomeraba todo el oropel de la bisutería japonesa, los restaurantes adornados con banderolas y banderas, en los cuales le estaba vedado entrar; y las casas de té, en las cuales se bebe a tazas llenas el agua odorífera con el saki, licor sacado del arroz fermentado; y los confortables fumaderos donde se aspira un tabaco muy fino, y no el opio, cuyo uso es apenas conocido en Japón.

Despues Picaporte se encontró en la campiña, en medio de inmensos arrozales. Allí ostentaban sus últimos colores y sus últimos perfumes las brillantes camelias, nacidas, no ya en arbustos, sino en árboles y dentro de las cercas de bambúes se veían cerezos, ciruelos, manzanos, que los indígenas cultivan más bien por sus flores que por sus frutos, y que están defendidos contra los pájaros, palomas, cuervos, y otras aves voraces por medio de maniquíes haciendo muecas o con torniquetes chillones. No había cedro majestuoso que no abrigase algún águila ni sauce bajo el cual no se encontrase alguna garza melancólicamente posada sobre un pie; finalmente, por todas partes había cornejas, patos, gavilanes, gansos silvestres y muchas de esas grullas a las cuales tratan los japoneses de señorís, porque simbolizan, para ellos, la longevidad y la dicha.

Al andar así vagando, Picaporte descubrió algunas violetas entre las hierbas cortas.

-¡Bueno -dijo-, ya tengo cena!

Pero las olió y no tenían perfume alguno.

-¡No tengo suerte! -pensó.

Cierto es que el buen muchacho había almorzado, por previsión, todo lo copiosamente que pudo antes de salir del Carnatic, pero después de un día de paseo se sintió muy vacío el estómago. Bien había observado que en la muestra de los camiceros faltaba el camero, la cabra o el cerdo, y como sabía que es un sacrilegio matar bueyes, únicamente reservados a las necesidades de la agricultura, había deducido que la carne escaseaba en Japón. No se engañaba; pero a falta de todo eso, su estómago se hubiera arreglado con jabalí, gamo, perdices o codornices, aves o pescado con que se alimentan exclusivamente los japoneses, a la par que el producto de suss arrozales. Pero debió hacer de tripas corazón y dejar para el día siguiente el cuidado de proveer a su manutención.

Llegó la noche, y Picaporte regresó a la ciudad indígena, vagando por las calles en medio de faroles multicolores, viendo a los farsantes ejecutar sus maravillosos ejercicios y a los astrólogos que, al aire libre, reunían la gente alrededor de su telescopio. Después volvió al puerto, esmaltado con las luces de los pescadores, que atraían los peces por medio de poderosas antorchas encendidas.

Finalmente, las calles se despoblaron. A la multitud sucedieron las rondas de yakuninos, oficiales que con sus magníficos trajes y en medio de un séquito parecían embajadores, y Picaporte repetía alegremente cada vez que encontraba alguna vistosa patrulla:

-¡Bueno va! ¡Otra embajada japonesa que se dirige a Europa!

Línea divisoria

1. Hoy Tokio.
2. Hoy Kioto.
3. Los norimones y congos son unas sillas de mano que se distinguen en particular por el mayor lujo de aquéllos.

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