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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XVI
Donde Fix simula no comprender nada absolutamente de las cosas que hablan

El Rangoon, uno de los buques que la Compañía Peninsular y Oriental emplea para el servicio del mar de China y del Japón, era un vapor de hierro, de hélice, con el desplazamiento en bruto de mil setecientas setenta toneladas, y la fuerza nominal de cuatrocientos caballos. Igualaba al Mongolia en velocidad, pero no en comodidades. Por eso mistress Auda no estuvo tan bien instalada como hubiera deseado Phileas Fogg. Por otra parte, tratándose sólo de una travesía de tres mil quinientas millas, o sea de once a doce días, la joven no fue viajera de difícil acomodamiento.

Durante los primeros días del viaje, mistress Auda contrajo mayor intimidad con Phileas Fogg. En todas ocasiones le expresaba el más vivo reconocimiento. El flemático caballero la escuchaba, en apariencia al menos, con la mayor frialdad, sin que una entonación ni un ademán revelasen la más ligera emoción. Cuidaba que nada faltase a la joven. A ciertas horas acudía regularmente, si no a hablar, al menos a escucharla. Cumplía con ella los deberes de la más estricta urbanidad, pero con la gracia y la imprevisión de un autómata cuyos movimientos se hubiesen dispuesto para ese fin. Mistress Auda no sabía qué pensar de ello, pero Picaporte le había explicado algo la excéntrica personalidad de su amo. Le había instruido de la apuesta que le hacía dar la vuelta al mundo. Mistress Auda había sonreído; pero al fin le debía la vida, y su salvador no podía salir perdiendo en que ella le viese a través de su reconocimiento.

Mistress Auda confirmó el relato que el guía indio había hecho de su interesante historia. Pertenecía ella, en efecto, a esa raza que ocupa el primer lugar entre los indígenas. Varios negociantes parsi han hecho grandes fortunas en las Indias comerciando con algodones. Uno de ellos, sir James Jejeebloy, había sido ennoblecido por el gobierno inglés, y mistress Auda era pariente de un rico personaje que habitaba en Bombay. Contaba ella con encontrar en Hong-Kong al honorable Jejeeh, primo de sir Jejeebloy. ¿Hallaría allí refugio y protección? No podía asegurarlo, y a esto respondía mister Fogg que no se inquietase, porque todo se arreglaría matemáticamente. Esta fue la palabra que empleó.

¿Comprendía la joven viuda la significación de tan horrible adverbio? No se sabe; pero sus hermosos ojos -límpidos como los sagrados lagos del Himalaya- se fijaban en los de Fogg, quien, tan intratable y tan abotonado como siempre, no parecía dispuesto a arrojarse en el referido lago.

Esta primera parte de la travesía del Rangoon se efectuó con excelentes condiciones. El tiempo era bonancible, y toda la porción de la inmensa bahía que los marinos llaman "los brazos de Bengala", se mostró favorable a la marcha del vapor. El Rangoon no tardó en cruzar por delante del Gran Andaman, principal isla de un grupo que los naveganes divisan desde lejos, por su pintoresca montaña de Saddle Peak, de dos mil cuatrocientos pies de altura.

Se fue siguiendo la costa de bastante cerca. Los salvajes papúes de la isla no se mostraron. Estos son unos seres colocados en el último peldaño de la escala humana, pero que han sido infundadamente considerados como antropófagos.

El desarrollo panorámico de las islas era soberbio. Inmensos bosques de palmeras asiáticas, arecas, bambúes, nueces moscadas, tecks, mimosas gigantescas, helechos arborescentes cubrían el primer plano del país, perfilándose más lejos los elegantes contornos de las montañas. Sobre la costa pululaban a millares esas preciosas salanganas, cuyos nidos comestibles son un manjar muy apreciado en el Celeste Imperio. Pero todo ese espectáculo variado, ofrecido a las miradas por el grupo de Andaman, paso pronto, y el Rangoon se dirigió con rapidez hacia el estrecho de Malaca, que debía darle acceso a los mares de China.

¿Qué hacía durante la travesía el inspector Fix, tan desgraciadamente arrastrado en aquel viaje de circunnavegación? Al salir de Calcuta, después de haber dejado instrucciones para que si le llegaba el mandamiento, le fuese remitido a Hong-Kong, había podido embarcarse a bordo del Rangoon, sin haber sido visto de Picaporte, y confiaba en disimular su presencia hasta la llegada a puerto. En efecto, difícil le hubiera sido explicar por qué se hallaba a bordo sin excitar las sospechas de Picaporte, que debía creerlo en Bombay. Pero la lógica misma de las circunstancias reanudó sus relaciones con el honrado mozo. ¿De qué modo? Vamos a relatarlo.

Todas las esperanzas, todos los deseos del inspector de policía se concentraban entonces en un solo punto del mundo, Hong-Kong, porque el vapor se detenía muy poco tiempo en Singapur para poder obrar en esta ciudad. La prisión debía tener lugar por consiguiente en Hong-Kong, porque, si no, irremisiblemente se le escaparía el ladrón otra vez.

En efecto, Hong-Kong era todavía inglesa, pero la última. Más allá, China, Japón y América ofrecían un refugio casi seguro a mister Fogg. En Hong-Kong no bastaría ya un simple mandamiento de prisión, sino demoras, dilaciones y obstáculos de toda naturaleza, lo que el ladrón aprovecharía para escaparse definitivamente. Si la operación no se podía llevar a cabo en Hong-Kong, sería, si no imposible, mucho más difícil poderla efectuar con alguna probabilidad de éxito.

Por consiguiente -decía Fix durante las dilatadas horas que pasaba en el camarote-, o el mandamiento estará en Hong-Kong y prenderé a mi hombre, o no estará y será preciso retrasar su viaje a toda costa. ¡Fracasado en Bombay y en Calcuta, si no doy el golpe en Hong-Kong, perderé mi reputación! Cueste lo que cueste, es necesario triunfar. ¿Pero qué medio emplearé para demorar, si fuese necesario, la partida de ese maldito Fogg?

Como última solución, Fix estaba decidido a revelárselo todo a Picaporte, dándole a conocer el amo a quien servía y del cual no era cómplice ciertamente. Picaporte, con esta revelación, debería creerse comprometido, y entonces se pondría de parte de Fix. Pero una sola palabra dicha por Picaporte a su amo bastaría para comprometer irremisiblemente el negocio.

El inspector de policía se hallaba, pues, muy apurado, cuando la presencia de Auda a bordo del Rangoon, en compañía de Phileas Fogg, le abrió nuevas perspectivas.

¿Quién era aquella mujer? ¿Qué circunstancias la habían llevado a ser compañera de Fogg? El encuentro había tenido efecto evidentemente entre Bombay y Calcuta. ¿Pero en qué punto de la península? ¿Era él acaso quien había reunido a Phileas Fogg con la joven viajera? ¿Ese viaje a través de la India, por el contrario había sido emprendido con el fin de reunirse con tan linda persona? ¡Porque era lindísima! Bien lo había advertido Fix en la sala de audiencia del tribunal de Calcuta.

Fácil es comprender cuán inquieto debía estar el agente. Ocurriósele la idea de algún rapto criminal. ¡Sí! ¡Eso debía ser! Tal pensamiento se incrustó en el cerebro de Fix, reconociendo todo el partido que de semejante circunstancia podía sacar. Fuese o no casada la joven, había rapto, y era posible suscitar en Hong-Kong tales dificultades al raptor, que no pudiera salir de ellas ni aun a fuerza de dinero.

Pero no había que aguardar la llegada del Rangoon a Hong-Kong. Aquel Fogg tenía la detestable costumbre de saltar de un buque a otro y antes que la denuncia se entablase podía estar ya muy lejos.

Lo que importaba era prevenir a las autoridades inglesas y señalar el paso del Rangoon antes del desembarque. Nada era más fácil, puesto que el vapor hacía escala en Singapur, y esta ciudad estaba unida con la costa de China por un cable telegráfico.

Sin embargo, antes de obrar, y con el fin de proceder con más seguridad, Fix resolvió interrogar a Picaporte. Sabía que no era muy difícil hacerle hablar, y se decidió a romper el disimulo que hasta entonces había guardado. Pero no había tiempo que perder, porque era el 31 de octubre, y al día siguiente el Rangoon debía hacer escala en Singapur.

Saliendo, pues, aquel día de su camarote, Fix subió a cubierta con intento de salir al encuentro de Picaporte dando muestras de la mayor sorpresa. Picaporte se estaba paseando a proa cuando el inspector corrió hacia él, exclamando:

-¿Usted aquí en el Rangoon?

-¡El señor Fix a bordo! -respondió Picaporte, altamente sorprendido al reconocer a su compañero de travesía del Mongolia-. ¡Cómo! ¡Le deje en Bombay y le encuentro en camino de Hong-Kong! Entonces, ¿también da usted la vuelta al mundo?

-No -contestó Fix- y pienso detenerme en Hong-Kong, al menos durante algunos días.

-¡Ah! - exclamó Picaporte, que tuvo un momento de asombro-. ¿Y cómo no le he visto a usted desde la salida de Calcuta?

-Cierto malestar... un poco de mareo... He guardado cama en mi camarote... El golfo de Bengala no me hace tan bien como el mar de las Indias. ¿Y su amo, el señor Fogg?

-Con buena salud y tan puntual como su itinerario. ¡Ni un día de retraso! ¡Ah! Señor Fix, no sabe usted que también está con nosotros una señora joven!

-¿Una señora joven? -dijo el agente, que aparentaba perfectamente no comprender lo que su interlocutor quería decir.

Pero Picaporte le puso pronto al corriente de la historia. Refirió el incidente de la pagoda de Bombay, la adquisición del elefante al precio de dos mil libras, el suceso del sutty, el rapto de Auda, la sentencia del tribunal de Calcuta, la libertad bajo fianza. Fix, que conocía la última parte de estos incidentes, simulaba ignorarlos todos, y Picaporte se dejaba llevar por el encanto de relatar sus aventuras a un oyente que tanto interés demostraba en escucharle.

-Pero en suma -preguntó Fix-, ¿es que su amo intenta llevarse a esa joven a Europa?

-No, señor Fix, no. Vamos a entregarla a uno de sus parientes: rico comerciante de Hong-Kong.

-¡No hay remedio! -exclamó el detective, disimulando su despecho-. ¿Quiere una copa de ginebra, señor Picaporte?

-Con mucho gusto, señor Fix. ¡Nuestro encuentro a bordo del Rangoon bien merece que bebamos!

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