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La vuelta al mundo en 80 días
Editado
© Ariel Pérez
8 de noviembre del 2001
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La vuelta al mundo en ochenta días
Capítulo XI
Donde Phileas Fogg adquiere una cabalgadura por un precio fabuloso

El tren había salido a la hora reglamentaria, llevando cierto número de viajeros, algunos oficiales, funcionarios civiles y comerciantes de opio y de añil a quienes llamaba su tráfico llevaba a la parte oriental de la península.

Picaporte ocupaba el mismo compartimiento que su amo. Un tercer viajero se sentó en el rincón vacío.

Era Sir Francis Cromarty, brigadier general, uno de los compañeros de juego de mister Fogg durante la travesía de Suez a Bombay, que iba a reunirse con sus tropas acantonadas cerca de Benarés.

Sir Francis Cromarty, alto, rubio, de cincuenta años de edad, que se había distinguido grandemente en la guerra de los cipayos, hubiera en verdad merecido la calificación de indígena. Desde su juventud habitaba la India y no había ido sino raras veces a su patria. Era hombre instruido, que de muy buen grado hubiera dado informes sobre los usos, historia y organización del país indio si Phileas Fogg hubiese sido hombre capaz de solicitarlos. Pero este caballero no pedía nada. No viajaba, sino que estaba describendo una circunferencia. Era un cuerpo grave recorriendo una órbita alrededor del globo terráqueo según las leyes de la mecánica racional. En aquel momento rectificaba para sus adentros el cálculo de las horas invertidas desde su salida de Londres, y se hubiera frotado las manos de contento a no ser enemigo de movimientos inútiles.

Sir Francis Cromarty no había dejado de reconocer la originalidad de su compañero de viaje, aunque no le hubiera estudiado sino con los naipes en la mano. Tenía, pues, poderosas razones para indagar si el corazón que latía bajo aquella corteza era humano, si Phileas Fogg poseía un alma sensible a las bellezas de la naturaleza y a las aspiraciones morales. Era esto para él cuestión de ventilar. De todos los seres originales que el brigadier general había encontrado en su vida, ninguno podía compararse con aquel producto de las ciencias exactas.

Phileas Fogg no había ocultado a sir Francis Cromarty su proyecto de viajar alrededor del mundo ni las condiciones en que lo llevaba a cabo. El brigadier general no vio en esta apuesta más que una excentricidad sin objeto útil, y a la cual faltaba, necesariamente, el transire benefaciendo que debe guiar a todo hombre razonable. En el modo de proceder del extravagante caballero, lo pasaría, evidentemente, sin hacer nada ni por sí mismo ni por sus semejantes.

Una hora después de haber salido de Bombay, el tren, salvando los viaductos, había atravesado la isla Salcette y corría sobre el continente. En la estación de Gallyan, dejó a la derecha el ramal que por Kandallah y Punah, desciende al sudoeste de la India, y llegó a la estación de Pauwell. Luego entró en las montañas muy ramificadas de los Ghatos Occidentales, cuyas altas cimas están cubiertas de espeso bosque.

De vez en cuando, sir Francis Cromarty y Phileas Fogg cambiaban algunas palabras, y en aquel momento el brigadier general, procurando animar una conversación que languidecía con frecuencia, dijo:

-Hace algunos años, mister Fogg, hubiera usted tenido aquí un atraso que, sin duda alguna, hubiera comprometido su itinerario.

-¿Por qué, sir Francis?

-Porque el ferrocarril terminaba al pie de esas montañas, que era preciso atravesar en palanquín o a caballo hasta la estación de Kandallah, situada en la vertiente opuesta.

-Esta tardanza no hubiera perjudicado en modo alguno, ni tampoco alterado, el plan de mi programa -respondió mister Fogg-. No he dejado de prever la eventualidad de ciertos obstáculos.

-Sin embargo, mister Fogg -repuso el brigadier general-, ha estado usted a punto de cargar con muy mal negocio por la aventura de ese mozo.

Picaporte, con los pies envueltos en la manta de viaje, dormía profundamente, sin soñar que se hablaba de él.

-El gobernador inglés es muy severo, y con razón, con esa clase de delitos -repuso sir Francis Cromarty-. Atiende más que todo a que se respeten los usos religiosos de los indios, y si hubiese cogido al criado de usted...

-Y bien, cogiéndolo, sir Francis -respondió mister Fogg- le habrían condenado, y después de sufrir su pena hubiera vuelto a Europa, tranquilamente. ¡No veo por qué ese asunto hubiera podido perjudicar a su amo!

Y con esto, la conversación se enfrió de nuevo. Durante la noche, el tren cruzó os Ghatos, pasó por Nasik, y al día siguiente 21 de octubre, corría por un territorio casi llano formado por la comarca del Khandeish. La campiña, bien cultivada, estaba llena de villorrios, sobre los cuales el alminar de la pagoda sustituía al campanario de la iglesia europea. Aquella fértil estaba regada por numerosos arroyuelos, en su mayoría afluentes o subafluentes del Godavery.

Picaporte, despierto ya, miraba y no podía creer que atravesaba el país de los indios en un tren del Great Indian Peninsular Railway. Aquello le parecía inverosímil, y, no obstante, nada era más positivo. La locomotora, dirigida por el brazo de un maquinista inglés y caldeada con hulla inglesa, despedía el humo sobre las plantaciones de algodón, café, moscada, clavillo y pimienta. El vapor se contorneaba en espirales alrededor de los grupos de palmeras, entre las cuales aparecían pintorescos bungalows y algunos viharis, especie de monasterios abandonados, y templos maravillosos, enriquecidos por la inagotable ornamentación de la arquitectura india. Después, habia dilatadas extensiones de tierra que se dibujaban hasta perderse de vista; juncales donde no faltaban ni las serpientes ni los tigres espantados por los silbidos del tren y, finalmente, selvas perdidas por el trazado del camino, frecuentadas aún por elefantes que miraban, con ojo pensativo pasar el disparado convoy.

Durante aquella mañana, más allá de la estación de Malligaum, los viajeros cruzaron este territorio funesto tantas veces ensangrentado por los fieles de la diosa Kali. No lejos se elevaba Elora, con sus pagodas admirables; no lejos, la célebre Aurungabad, capital del indómito Aurengyeb, entonces simple capital de una de las provincias segregadas del reino de Nizam. En aquella región era donde Faringhea, el jefe de los thugs, el rey de los estranguladores, ejercía su dominio. Estos asesinos, unidos por un lazo impalpable, estrangulaban, en honor de la diosa de la Muerte, víctimas de toda edad, sin derramar nunca sangre y hubo un tiempo en que no se pudo recorrer paraje alguno de aquel terreno sin encontrar algún cadáver. El gobierno inglés ha conseguido evitar en gran parte esos asesinatos; pero la espantosa asociación continúa existiendo y funciona todavía.

A las doce y media, el tren se detuvo en la estación de Burhampur, y Picaporte pudo procurarse, a peso de oro, un par de babuchas, adornadas con abalorios, que se puso con un sentimiento de evidente vanidad.

Los viajeros almorzaron rápidamente y salieron hacia la estación de Assurghur, después de haber costeado el río Tapty, que desagua en el golfo de Gambaya, cerca de Surate.

Es conveniente dar a conocer los pensamientos que ocupaban entonces el ánimo de Picaporte. Hasta su llegada a Bombay, había creído y podido creer que las cosas no pasarían de allí. Pero desde que corría a todo vapor a través de la India, había tenido lugar un cambio en su ánimo. Sus inclinaciones naturales reaparecían con celeridad. Volvía a sus caprichosas ideas de la juventud, tomaba por lo serio los proyectos de su amo, creía en la realidad de la apuesta, y, por lo tanto, en la vuelta al mundo y en un máximo de tiempo que no debía excederse. Se inquietaba ya por las tardanzas posibles y por los accidentes que podrían sobrevenir en el camino. Se sentía como interesado en aquella apuesta, y temblaba ante la idea que tenía de haberla podido comprometer la víspera con su imperdonable estupidez. Por eso, siendo mucho menos flemático que mister Fogg, estaba mucho más inquieto. Contaba y volvía a contar los días transcurridos, maldecía las paradas del tren, lo acusaba de lentitud y vituperaba "in mente" a mister Fogg por no haber prometido una recompensa al maquinista. El buen muchacho ignoraba que lo que era posible en un vapor no tenía aplicación en un ferrocarril, cuya velocidad era reglamentaria.

Por la tarde fueron cruzados los desfiladeros de las montañas de Suptur, que separan el territorio de Khandeish del de Bundeikund.

Al día siguiente , 22 de octubre, respondiendo a una pregunta de sir Francis Cromarty, Picaporte, luego de consultar su reloj, dijo que eran las tres de la mañana. Y en efecto, ese famoso reloj, aquel famoso reloj, siempre regulado por el meridiano de Greenwich, que estaba a cerca de setenta grados al oeste, debía atrasar, y atrasaba, en efecto cuatro horas.

Sir Francis recibió, por lo tanto, la hora dada por Picaporte, a quien hizo la misma observacion que ya le había hecho Fix. Trató de hacerle comprender que debía regular su reloj por cada nuevo meridiano, y que caminando constantemente hacia el este, es decir, al encuentro del Sol, los días eran más cortos tantas veces cuatro minutos como grados se recorrían. Todo fue en vano. Hubiese o no comprendido la observación del brigadier general, el testarudo Picaporte no quiso adelantar su reloj, conservando invariablemente la hora de Londres. Manía inocente, por otra parte, y que no perjudicaba a nadie en nada.

A las ocho de la mañana, y a quince millas antes de la estación de Rothal, el tren se detuvo en medio de un extenso claro del bosque, rodeado de bungalows y de cabañas de obreros. El conductor del tren pasó delante de la línea de los vagones diciendo:

-Los viajeros deben apearse aquí.

Phileas Fogg miró a sir Francis Cromarty, quien pareció no comprender nada de aquella detención en medio de un bosque de tamarindos y de khajoures.

No menos sorprendido, Picaporte se lanzó a la vía y volvió casi al punto, exclamando:

-¡Señor, ya no hay ferrocarril!

-¿Qué quiere usted decir? -preguntó sir Francis Cromarty.

-Quiero decir que el tren no continúa.

El brigadier general descendió al instante del vagón. Phileas Fogg la siguió sin apresurarse. Ambos se dirigieron al conductor.

-¿Dónde estamos? -preguntó sir Francis Cro-marty.

-En la aldea de Kholby -dijo el conductor.

-¿Nos detenemos aquí?

-Sin duda. El ferrocarril todavía no está terminado...

-¡Cómo! ¿No está acabado?

-No. Falta un trozo de cincuenta millas entre este punto y Allahabad, donde comienza otra vez el camino de hierro.

-¡Sin embargo, los periódicos han anunciado la apertura completa de la línea férrea!

-¡Qué quiere usted! Los periódicos se han equivocado.

-¿Y despachan billetes desde Bombay a Calcuta? -replicó sir Francis Cromarty, que empezaba a acalorarse.

-Sin duda -replicó el conductor-; pero los viajeros saben muy bien que deben hacerse trasladar de Kholby a Allahabad.

Sir Francis Cromarty estaba encolerizado. Picaporte de buena gana hubiera acogotado al conductor, que ya no podía continuar el viaje. No se atrevió a mirar a su amo.

-Sir Francis -dijo sencillamente mister Fogg-, vamos a discutir, si le parece bien, el medio de llegar a Allahabad.

-Mister Fogg, se trata aquí de una tardanza absolutamente perjudicial a los intereses de usted.

-No, sir Francis; ya estaba prevista.

-¡Cómo! ¿Sabía usted que la vía...?

-De nigún modo; pero sabía que un obstáculo cualquiera surgiría tarde o temprano en el camino. Ahora bien, nada hay comprometido. Tengo dos días de adelanto que sacrificar. Hay un vapor que sale de Calcuta para Hong-Kong el 25 al mediodía. Estamos a 22 y llegaremos a tiempo a Calcuta.

Nada había que oponer a una respuesta dada con tan completa seguridad.

Demasiado cierto era que los trabajos del ferrocarril terminaban allí. Los periódicos son como algunos relojes que tenían la manía de adelantar, y habían anunciado prematuramente la inauguración de la línea. La mayor parte de los viajeros conocía esa interrupción de la vía, y al apearse del tren se habían apresurado a alquilar los vehículos de todo género que había en el villorrio, palkigharis de cuatro ruedas, carretas arrastradas por cebús (especie de bueyes gibosos), carros de viaje semejantes a pagodas ambulantes, palanquines, caballos, etc. Así es que mister Fogg y sir Francis, después de haber registrado toda la aldea, se volvieron sin haber encontrado nada.

-Iré a pie -dijo Phileas Fogg.

Picaporte, que entonces se reunía con su amo, hizo un significativo ademán al considerar sus magníficas babuchas. Por suerte había ido también de descubierta por su parte, y titubeando un poco, dijo:

-Señor, me parece que he encontrado un medio de transporte.

-¿Cuál?

-¡Un elefante! ¡Un elefante que pertenece a un indio que vive a cien pasos de aquí!

-Vamos a ver el elefante -dispuso mister Fogg.

Cinco minutos más tarde, Phileas Fogg, sir Francis Cromarty y Picaporte llegaban cerca de una choza adosada a una cerca formada por altas empalizadas. En la choza habia un indio, y en el cercado un elefante. El indio introdujo a mister Fogg y a sus dos compañeros en él.

Allí se encontraron en presencia de un animal medio domesticado, que su propietario domaba, no para convertirlo en animal de carga, sino de combate. Con este fin había empezado a modificar el carácter naturalmente apacible del elefante, procurando conducirlo poco a poco a ese paroxismo de furor llamado mutsh en lengua india, y esto manteniéndolo durante tres meses con azúcar y manteca. Este tratamiento acaso parezca poco a propósito para obtener semejante resultado, pero no deja de ser empleado con éxito por los criadores. Afortunadamente para Fogg, el elefante en cuestión llevaba poco tiempo de ese régimen, y el mutsh no se había declarado aún.

Kiouni, así se llamaba el animal, podía, como todos sus congéneres, hacer durante mucho tiempo una marcha rápida, y, a falta de otra cabalgadura, Phileas Fogg decidió servirse de él.

Pero los elefantes son caros en la India, ya que comienzan a escasear. Los machos adecuados para las funciones de los circos, son muy solicitados. Estos animales cuando están domesticados, no se reproducen sino raras veces, de tal suerte, que solamente pueden obtenerlos cazándolos. Por eso están muy cuidados; y cuando mister Fogg preguntó al indio si quería alquilarle su elefante, el indio se negó a ello resueltamente.

Fogg insistió y ofreció un precio excesivo por el animal, diez libras por hora. Se negó. ¿Veinte libras? Se negó también. ¿Cuarenta libras? Siempre el mismo resultado. Picaporte brincaba a cada pregunta. Pero el indio no se dejaba tentar.

Era buena suma, sin embargo. Suponiendo que el elefante invirtiese quince horas hasta Allahabad, eran seiscientas libras lo que producía para su dueño.

Phileas Fogg, sin acalorarse, propuso entonces la compra del animal y le ofreció mil libras.

El indio se negaba a vender. Tal vez el perillán olfateaba un buen negocio.

Sir Francis Cromarty llevó a mister Fogg aparte y le recomendó que reflexionase antes de excederse. Phileas Fogg respondió a su compañero que no tenía costumbre de obrar sin reflexionar, que se trataba, en fin de cuentas, de una apuesta de veinte mil libras, que aquel elefante le era necesario, y que aun pagándolo veinte veces más de lo que valía, lo poseería.

Mister Fogg se acercó de nuevo al indio, cuyos ojuelos, encendidos por la codicia, dejaban adivinar que no se trataba para él sino de una cuestión de precio. Phileas Fogg ofreció, sucesivamente, mil quinientas, mil ochocientas, y, por último dos mil. Picaporte, tan coloradote de ordinario, estaba pálido de emoción.

A las dos mil libras el indio se entregó.

-¡Por mil babuchas -exclamó Picaporte-. ¡A buen precio hay quien pone la carne de elefante!

Ultimado el negocio, ya no faltaba más que el guía, lo cual fue más fácil. Un joven parsi, de rostro inteligente, ofreció sus servicios. Mister Fogg aceptó y le prometió una alta remuneración, lo cual no podía menos que contribuir a redoblar su inteligencia. Sin tardanza, sacaron y equiparon el elefante. El parsi conocía muy bien el oficio de mahut o cornac. Cubrió con una especie de hopalanda el lomo del elefante, y dispuso por cada lado dos especies de cuévanos no demasiado confortables.

Phileas Fogg pagó al indio en billetes de Banco que extrajo del famoso saco. Parecía, ciertamente que se sacaban de las entrañas de Picaporte. Después, mister Fogg ofreció a sir Francis Cromarty trasladarlo a la estación de Allahabad. El brigadier general aceptó. Un viajero más no podía fatigar al corpulento elefante.

Compraron víveres en Kholby. Sir Francis Cromarty tomó asiento en uno de los cuévanos, y Phileas Fogg en otro. Picaporte montó a horcajadas sobre la hopalanda, entre su amo y el brigadier general. El parsi se acomodó sobre el cuello del elefante, y a las nueve salían del villorrio y penetraban en la frondosa selva de esas palmeras asiáticas llamadas latuneros.

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