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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XI

A las doce y media de aquella mañana fijó un timonel la siguiente nota a la puerta del gran salón:

Latitud: 51º 15' N.
Longitud: 18º 13' O.
Distancia: Fastenet, 323 millas.

Lo que indicaba que al mediodía estábamos a trescientas veintitrés millas del faro de Fastenet, el último que vimos en la costa de Irlanda y a los 51º 15' de latitud Norte y 18º 13' de longitud Oeste del meridiano de Greenwich. El capitán hacía conocer así diariamente a los pasajeros el sitio en que nos encontrábamos; de modo que consultando aquellas notas y refiriendo sus indicaciones a un mapa se podía seguir el rumbo del Great Eastern. Hasta entonces el steam ship sólo había navegado trescientas veintitrés millas en treinta y seis horas horas. Aquello era insuficiente, pues un paquebote que se estime en algo, debe navegar lo menos trescientas millas en veinticuatro horas.

Me separé del doctor, y pasé el resto del día con Fabián. Nos habíamos retirado a la popa a lo cual llamaba Pitferge "ir a pasearse por el campo". Allí, aislados y apoyados en la borda contemplábamos el mar inmenso. Las olas exhalaban penetrantes olores que llegaban hasta nosotros, y los rayos de luz refractados producían pequeños arcos iris que jugueteaban entre la espuma. La hélice hervía a cuarenta pies bajo nuestros ojos, y cuando se sumergían sus ramas azotaban las olas con más furia, haciendo centellear su cobre. El mar parecía una vasta aglomeración de esmeraldas líquidas. La vedijosa estela del buque se prolongaba hasta perderse de vista confundiéndose en una misma vía láctea los remolinos de las ruedas y los de la hélice. Aquella blancura sobre la cual se distinguían caprichosos dibujos, me parecía un inmenso encaje de punto de Inglaterra tendido sobre un fondo azul. Cuando las gaviotas de alas blancas festoneadas de negro volaban por encima de las aguas, su plumaje relucía y se iluminaba con rápidos reflejos.

Fabián contemplaba silencioso la magia de las olas. ¿Qué veía en aquel líquido espejo que se prestaba a los más extraños caprichos de la imaginación? ¿Pasaba por delante de sus ojos alguna fugitiva imagen que le dirigía un adiós supremo? ¿Distinguía alguna sombra sumergida en aquellos remolinos? Me parecía más triste que de costumbre y no me atrevía a preguntarle la causa de su tristeza.

Después de nuestra larga ausencia a él le tocaba confiarme sus penas y a mí esperar sus confidencias. No me dijo acerca de su existencia pasada sino lo que quiso que yo conociese; su vida de guarnición en las Indias, sus cacerías, sus aventuras; pero respecto a las impresiones de su corazón, a la causa de aquellos suspiros que hinchaban su pecho, ni una palabra. Sin duda Fabián no era de esos que buscan un lenitivo a sus dolores, confiándolos a un amigo, y se resignaba a padecer.

Ambos permanecíamos asomados al mar, y cuando me volví observé que las dos enormes ruedas emergían alternativamente a impulso de los balances del buque.

De pronto, Fabián me dijo:

-Esa estela es verdaderamente magnífica; dijérase que sus ondulaciones se complacen en trazar letras. ¡Mire usted cuántas y cuántas! ¿ Me equivoco acaso? ¡No! ¡no! son letras. ¡Siempre las mismas!

La imaginación sobreexcitada de Fabián veía en aquellos remolinos lo que él quería ver. Pero, ¿qué significaban aquellas letras?

¿Qué recuerdo evocaban en el corazón de Fabián? Este se había sumido de nuevo en su contemplación silenciosa hasta que me dijo bruscamente:

-¡Vámonos! ¡Ese abismo me atrae!

-¿Qué tiene usted, Fabián? -le pregunté estrechando sus dos manos-, ¿qué tiene, amigo mío?

-Tengo -dijo oprimiéndose el pecho-, tengo aquí un mal que ha de matarme...

-¿Un mal? -le dije-, ¿un mal incurable?

-Sí. ¡Oh, sí!

Y sin añadir más, Fabián bajó al salón, y entró en su camarote.

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