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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo V

Se reanudó la operación. Con la ayuda del anchor boat se aminoró el peso de las cadenas, y las áncoras se desprendieron de su tenaz fondo. La una y cuarto daba en los relojes de Birkenhead; la salida no podía retrasarse si había de aprovecharse la marea para que zarpara el steam ship. El capitán y el práctico subieron al puente, se colocó un piloto junto al aparato de señales de hélice y otro junto al de las ruedas; el timonel se situó entre ambos y cerca de la pequeña rueda destinada a mover el gobernalle. Por prudencia y por si fallaba la máquina de vapor, otros cuatro timoneles vigilaban en la popa dispuestos a hacer maniobrar la rueda situada sobre los enjaretados. El Great Eastern estaba de proa a la corriente, de modo que sólo necesitaba ir contra las aguas para descender por el río.

Se dio la señal de partir. Las paletas azotaron lentamente las primeras capas de agua. La hélice giraba a la popa y el enorme buque empezó a moverse.

Casi todos los viajeros contemplaban desde la toldilla el doble paisaje erizado de chimeneas de fábricas, que presentaban a la derecha a Liverpool y a la izquierda a Birkenhead. El Mersey, lleno de buques, los unos amarrados, los otros bajando o subiendo por él, sólo ofrecía a nuestro steam ship pasos sinuosos. Pero obediente al práctico, sensible a los menores movimientos del timón, se deslizaba por los pasos más estrechos, evolucionando como una ballenera a impulso del remo de un vigoroso timonel. Hubo un momento en que creí que íbamos a embestir a un velero de tres palos que navegaba a través de la corriente y cuyo bauprés rozó el casco del Great Eastern, pero se evitó el choque; y cuando desde la cubierta de nuestro steam ship contemplé aquel buque que no tendría menos de setecientas u ochocientas toneladas, me pareció uno de esos barquitos que los niños arrojan a los estanques del Green Park o de la Serpentine River.

Poco después el Great Eastern llegaba a los muelles de embarco de Liverpool. Los cuatro cañones que debían saludar a la ciudad enmudecieron por respeto a los muertos que el tender desembarcaba en aquel momento; pero ¡vivas! formidables substituyeron a las detonaciones, que son la última expresión de la cortesía nacional. Resonaron aplausos, se levantaron los brazos, se agitaron pañuelos, con ese entusiasmo que los ingleses prodigan tanto a la partida de todo buque aunque sólo sea una simple canoa que salga a pasear por la bahía. ¡Y cómo respondían a aquellos saludos! ¡Cuántos ecos hallaron en los muelles! Millares de curiosos coronaban las murallas de Liverpool y de Birkenhead. Innumerables botes cargados de espectadores hormigueaban por el Mersey.

La tripulación del Lord Clyde, buque de guerra fondeado en la dársena se encaramó a las vergas, saludando al gigante con sus aclamaciones.

Desde lo alto de las toldillas de los buques fondeados en el río, las músicas nos enviaban terribles armonías que el ruido de los hurras no podían dominar. Izábanse y arriábanse incesantemente las banderas en honor del Great Eastern; pero bien pronto los gritos empezaron a perderse en lontananza; nuestro steam ship pasó junto al Trípoli, paquebote de la línea de Cunard, destinado al transporte de emigrantes, y que a pesar de sus dos mil toneladas, parecía una lancha.

Las casas hacíanse poco a poco más raras a ambas orillas del río, y las chimeneas cesaron de obscurecer el paisaje. El campo aparecía cortado por paredes de ladrillos, y se veían largas y uniformes hileras de viviendas de obreros. Por último aparecieron las quintas, y en la margen izquierda del Mersey, desde la plataforma del faro y los flancos del bastión, algunos postreros hurras nos saludaron por última vez.

A las tres el Great Eastern había franqueado los canales del Mersey y entrado en el de San Jorge.

El viento del sudoeste soplaba con violencia; nuestro pabellón, rígidamente extendido, no presentaba ni un pliegue; el mar hinchaba ya sus olas, pero el buque no lo sentía.

A las cuatro el capitán Anderson mandó parar el buque en vista de que el tender forzaba su máquina para alcanzarnos. Volvía a su bordo el segundo médico del steam ship. En cuanto el tender atracó al Great Eastern arrojaron desde éste una escala de cuerda por la cual subió el médico, no sin gran trabajo. Nuestro práctico, más ágil que él, se deslizó por el mismo camino hasta su canoa que lo esperaba llevando cada remero un salvavidas. Y pocos momentos después llegó a una pequeña y preciosa goleta que le aguardaba a sotavento.

Se emprendió de nuevo la marcha. Al empuje de sus ruedas y de su hélice se aceleró la velocidad del Great Eastern y, a pesar de ser el viento contrario, el buque no daba balances ni cabeceaba. Pronto las sombras cubrieron el mar, y las costas del condado de Gales, limitadas por la punta de Holy Head, se perdieron en la noche.

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