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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XIV

Durante el desayuno, me dijo Dean Pitferge que el reverendo había desarrollado admirablemente su tema. Los monitores, los arietes de guerra los fuertes acorazados, los torpedos submarinos, todas aquellas máquinas habían figurado en su discurso. El mismo se había engrandecido con toda la grandeza de América. Si a la América le halaga ser ensalzada de ese modo, no tengo nada que decir.

Al entrar en el gran salón principal, leí lo siguiente:

Latitud: 50º 8' N.
Longitud: 30º 44' O.
Carrera: 225 millas.

¡Siempre el mismo resultado! No habíamos andado más que cien millas, comprendiendo las trescientas diez que separan a Fastenet de Liverpool, apróximadamente la tercera parte del viaje.

Durante todo el día los oficiales, los marineros, los pasajeros y pasajeras, continuaron descansando como el Señor después de crear la América. Ni un piano resonó en los salones silenciosos; los juegos de ajedrez descansaron en sus cajas, y los naipes en su envoltura. Aquel día tuve ocasión de presentar al doctor Pitferge el capitán Corsican. Mi original amigo logró distraer al capitán, a quien contó la crónica secreta del Great Eastern, para probarle que era un buque maldecido, embrujado, al que debía ocurrir fatalmente una desgracia. La leyenda del mecánico soldado en una caldera, hizo mucha gracia a Corsican, que, como buen escocés, era muy aficionado a lo maravilloso. Sin embargo, no pudo reprimir una sonrisa de incredulidad.

-Me parece -dijo el doctor-, que el capitán no da mucho crédito a mis leyendas.

-¡Mucho!... ¡es mucho decir! -replicó Corsican.

-Pero ¿me creerá en adelante, capitán -preguntó con tono muy serio-, si le aseguro que todas las noches aparecen fantasmas en este buque?

-¡Fantasmas! -exclamó el capitán-. ¿También hay aparecidos?

-Creo -respondió Pitferge- todo lo que cuentan las personas serias.

Pues bien, sé por los oficiales de cuarto y por algunos marineros, acordes todos sobre este punto, que una forma vaga se pasea por el buque. ¿Cómo viene? No se sabe. ¿Cómo desaparece? No se sabe tampoco.

-¡Por San Dustan! -exclamó Corsican-, ¡hemos de acecharla!

-¿Esta noche? -preguntó el doctor.

-Esta noche, si le parece. ¿Usted, amigo - añadió el capitán volviéndose a mí-, nos acompañará?

-No -dije-; no quiero turbar el incógnito del fantasma. Además, prefiero creer que nuestro doctor se chancea.

-No me chanceo -respondió el obstinado Pitferge.

-Vamos a ver, doctor -le dije- ¿Cree usted formalmente que los muertos vienen a pasearse por las cubiertas de los buques?

-Creo en los muertos que resucitan, y esto es, tanto más extraño, cuanto que soy médico.

-¿Médico? -preguntó el capitán Corsican, retrocediendo como si aquella palabra le asustase.

-Tranquilícese usted, capitán -respondió el doctor sonriendo amistosamente -; cuando viajo no ejerzo mi profesión.

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