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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XVI

Al entrar en el gran salón, vi el siguiente programa fijado en la puerta:

ESTA NOCHE

PRIMERA PARTE
Ocean Time, por Mr. Mac Alpine.
Canción: Beautiful isle of the sea,por Mr. Ewing.
Lectura: Mr. Affleet.
Solo de piano: Chant du berger, por Mrs. Alloway.
Canción: Doctor T...
Intermedio de diez minutos.

SEGUNDA PARTE
Solo de piano: Mr. Paul V...
Representación: Lady of Lyon por Doctor T...
Entretenimiento: Sir James Anderson.
Canción: Happy moment, por Mr. Norville.
Canción: You remember, por Mr. Ewing.

FINAL
God save the Queen

Como se ve, era un concierto completo: primera parte, intermedio y final. Sin embargo, al parecer faltaba algo en aquel programa pues oí murmurar detrás de mí:

-¡Cómo! ¡No hay nada de Mendelsohn!

Me volví, y vi un simple camarero que protestaba de la omisión de su música favorita.

Volví a subir a cubierta y me puse a buscar a Mac Elwin; Corsican acababa de decirme que Fabián había salido de su camarote, y yo deseaba aunque sin importunarle sacarlo de su aislamiento. Le encontré a proa y hablamos un rato, pero él no hizo ninguna alusión a su pasado. A veces se quedaba callado, pensativo, absorto; parecía no oírme, y se apretaba el pecho para reprimir una sensación dolorosa.

Mientras nos paseábamos los dos, Enrique Drake pasó por nuestro lado varias veces. Siempre era el mismo hombre, bullicioso, gesticulador, tan molesto como lo sería un molino en un salón de baile. ¿Me engañé? No sabría decirlo, pues estaba preocupado; pero me pareció que Enrique Drake observaba a Fabián con cierta insistencia. Mi amigo debió notario, pues me dijo:

-¿Quién es este hombre?

-No lo sé -respondí.

-¡Me es muy antipático! -añadió Fabián.

Déjense dos buques en alta mar, sin viento, sin corrientes, y acabarán por aproximarse. Pónganse dos planetas inmóviles en el espacio y acabarán por chocar. Colóquense dos enemigos en medio de una muchedumbre y se encontrarán inevitablemente. Eso es fatal: todo es cuestión de tiempo.

Llegada la noche, el concierto se celebró con arreglo al programa. El salón, lleno de espectadores, estaba espléndidamente iluminado.

A través de las escotillas entreabiertas, se veían los anchos y atezados rostros de los marineros y sus encallecidas manos; parecían mascarones incrustados en las volutas del techo. En la puerta se apiñaban los camareros. La mayor parte de los espectadores estaban sentados en divanes, sofás, butacas, sillas y taburetes, arrimados a las paredes y frente al piano, que se hallaba perfectamente atornillado entre las dos puertas que daban al salón de las señoras. De vez en cuando el balance del buque agitaba a la concurrencia. Los sillones y las sillas de tijera resbalaban; una especie de oleada imprimía una misma ondulación a todas aquellas cabezas. Agarrábanse unos a otros sin decir una palabra y sin permitirse la menor chanza; pero, gracias a lo arrimados que estaban, ninguno podía caer.

Empezó el concierto con la lectura del Ocean Time. El Ocean Time era un diario político, comercial y literario, que algunos pasajeros habían fundado, para satisfacer las necesidades de a bordo.

Americanos e ingleses acogieron con entusiasmo aquella especie de entretenimiento y pasaban el día escribiendo su periódico. Debemos consignar que si los redactores no eran muy listos, tampoco eran exigentes sus lectores que se contentaban con bien poca cosa. El número primero de abril contenía un primer Great Eastern bastante pesado sobre política general, sección de gacetillas que hubieran aburrido a un francés, cotizaciones de bolsa imaginarias, telegramas inocentes, alguno que otro suelto insulso y unas cuantas críticas que no invierten sino al que las escribe. El honorable Mac Alpine, que era un americano dogmático, leyó en alta voz aquellas insípidas elucubraciones, que aplaudieron sus oyentes, y terminó con los siguientes sueltos:

"Se dice que el presidente Johnson ha renunciado el cargo en favor del general Grant"
"Se asegura que el papa Pío IX ha designado para sucederle al príncipe imperial"
"Parece que Hernán Cortés ha acusado de plagio al emperador Napoleón III, por su conquista de Méjico"

Después de haber sido muy aplaudida la lectura del Ocean Time, el honorable mister Ewing, un tenor muy guapo, suspiró la Beautiful isle of the sea con toda la aspereza de una garganta inglesa.

La lectura me pareció que tenía algún atractivo: pero se redujo a que un digno hijo de Tejas leyó dos o tres páginas de un libro, empezando en voz baja, y continuando en alta voz. Fue muy aplaudido.

El Chant du berger, un solo de piano, por mistress Alloway, inglesa que cantó un rubio menor, corno diría Teófilo Gauthier, y una pantomima escocesa del doctor T... terminaron la primera parte del programa.

Después de un intermedio de diez minutos, durante el cual, nadie abandonó su asiento, principió la segunda parte del concierto. El francés Paul V... tocó dos valses preciosos, inéditos, que fueron ruidosamente aplaudidos. El médico de a bordo, un joven moreno muy presumido, recitó una escena burlesca, especie de parodia de The lady of Lyon, drama muy popular en Inglaterra. A lo burlesco sucedió el entretenimiento. ¿Qué nos preparaba con este nombre sir James Anderson ¿Una conferencia o un sermón? Ni una cosa ni otra. Sir James Anderson, sonriendo, sacó una baraja de su bolsillo, se arremangó los puños de la camisa e hizo juegos de manos tan sencillos como bonitos, y que merecieron muchos aplausos.

Después de Happy moment, de mister Norville y del You remember, de mister Ewing, el programa anunciaba el God save the Queen.

Pero algunos americanos rogaron a Paul V... que en su calidad de francés, cantara el himno nacional de Francia. Al instante mi dócil compatriota empezó el inevitable Partant pour la Syrie, suscitando enérgicas reclamaciones por parte de un grupo de norteamericanos que querían oír la Marsellesa. Entonces, sin hacerse de rogar, el obediente pianista con una condescendencia que demostraba mayor facilidad musical que convicciones políticas, atacó vigorosamente el canto, de Rouget de l'Isle. Aquel fue el mayor éxito del concierto.

Después, los espectadores, en pie, entonaron lentamente, ese canto nacional en que se ruega a Dios "que guarde a la reina".

En resumen, aquella velada valió tanto como todos los conciertos de aficionados, es decir, que tuvo un éxito para los autores y para sus amigos. Fabián no asistió a ella.

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