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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo III

En efecto, el Great Eastern se preparaba a zarpar. De sus cinco chimeneas se escapaban ya algunas espirales de humo negro. Un vaho caliente salía a través de los profundos pozos que daban paso a la máquina.

Algunos marineros bruñían los cuatro gruesos cañones que debían saludar a Liverpool a nuestro paso. Los gavieros corrían por las vergas, o tesaban los obenques en sus vigotas, amarrando en el interior de las mesas de guarnición. A eso de las once, los tapiceros acabaron de remachar los últimos clavos y los pintores de dar la última mano de pintura. Después, todos embarcaron en el tender que los aguardaba. Cuando la presión fue suficiente dirigióse el vapor a los cilindros de la máquina motora del timón, y entonces pudieron cerciorarse los mecánicos que aquel ingenioso aparato funcionaría con regularidad.

El tiempo era bueno; el sol rasgaba con sus rayos las nubes que se disipaban rápidamente, y aunque en él mar el viento debía ser muy fuerte y soplar con violencia la brisa esto no debía importarle al Great Eastern.

Todos los oficiales estaban a bordo, y repartidos en distintos puntos del buque para preparar el aparejo. El estado mayor se componía de un capitán, un segundo, dos oficiales segundos, cinco tenientes, de los cuales uno era francés M. H. y un voluntario, también francés.

El capitán Anderson era un marino de gran reputación entre el comercio inglés. A él se debió la colocación del cable transatlántico.

Es verdad que si tuvo mayor éxito que sus antecesores, fue porque trabajó en condiciones mucho más favorables, pues tenía a su disposición el Great Eastern. Pero, sea lo que fuere, este éxito le valió el título de sir que le otorgó la reina. A mí me pareció un comandante muy amable.

Era un hombre de cincuenta años, de cabello rubio leonado, de ese color cuyo matiz se conserva a despecho del tiempo y de la edad, de elevada estatura, cara ancha y risueña fisonomía tranquila y aire muy inglés; su paso era lento y uniforme; su voz firme; guiñaba un poco los ojos, nunca llevaba las manos metidas en los bolsillos, calzaba siempre guantes y vestía con suma elegancia con la particularidad de que llevaba siempre, la punta del pañuelo fuera del bolsillo de su levita azul adornada con tres galones de oro.

El segundo del buque contrastaba singularmente con el capitán Anderson. Es fácil describirlo: era un hombre pequeño y vivo, de rostro atezado, ojos inyectados de sangre, barba negra y muy espesa y piernas arqueadas que desafiaban todas las sorpresas de los balances.

Marino activo, vigilante, fuerte, en todo lo relativo a detalles, daba sus órdenes con voz breve, órdenes que repetía el contramaestre con ese rugido de león resfriado, que es peculiar a la marina inglesa. Este piloto se llamaba W... y, según creo, era un oficial de la armada destacado, con permiso especial, a bordo del Great Eastern. En fin, tenía todo el aire de un "lobo de mar" y debía ser de la escuela o aquel almirante francés, un valiente a toda prueba que en el momento del combate, decía invariablemente a sus hombres: "¡Animo, muchachos, y cuidado con tropezar, pues ya saben que tengo la costumbre de hacerme ascender"

Aparte de este estado mayor, las máquinas estaban bajo la dirección de un jefe, auxiliado por ocho o diez ingenieros1, bajo cuyas órdenes maniobraba un batallón de doscientos cincuenta hombres, tanto carboneros como fogoneros y engrasadores, que no salían de las profundidades del buque.

Por otra parte, con diez calderas, de diez hornos cada una formando un total de cien fuegos, aquel batallón estaba ocupado día y noche en alimentarlos.

Todos estaban en su puesto. El práctico que debía dar salida al Great Eastern, a través de los canales del Mersey, estaba a bordo desde la víspera. Yo había visto también un práctico francés, de la isla Moléne, cerca de Ouessant, que debía hacer con nosotros la travesía de Liverpool a Nueva York, y al retorno dar entrada al buque en la rada de Brest.

-Empiezo a creer que saldremos hoy -dije al teniente H.

-Sólo esperamos a nuestros viajeros -me respondió mi compatriota.

-¿Son muchos?

-Mil doscientos o mil trescientos.

Esto es la población de una gran aldea.

A las once y media se divisó el tender lleno de pasajeros, hacinados en las cámaras, apiñados en los puentes, tendidos sobre los tambores, y subidos en los montones de equipajes que había sobre cubierta.

Eran, como supe después, californianos, canadienses, peruanos, americanos del sur, ingleses, alemanes y dos o tres franceses. Entre todos se distinguían el célebre Cyrus Field, de Nueva York; el honorable John Rose del Canadá; el honorable Mac Alpine, de Nueva York; mister y mistress Witney, de Mont Real; el capitán Mac Ph... y su mujer. Entre los franceses se encontraba el fundador de la Sociedad de Fletadores del Great Eastern, M. Julio D... representante de aquel Telegraph Construction and Maitenance Company, que había contribuido al negocio con veinte mil libras.

El tender atracó al pie de la escalera de estribor. Entonces empezó la interminable ascensión de equipajes y pasajeros; pero sin precipitación, sin gritos, como si todo el mundo llegase tranquilamente a su casa. En cuanto a los franceses, creyeron deber subir como por asalto y se portaron como verdaderos zuavos.

Desde el momento en que cada pasajero puso el pie sobre la cubierta del steam ship, su primer cuidado fue bajar a los comedores y señalar el lugar de su cubierto. Su tarjeta o su nombre, escrito con lápiz en un pedazo de papel bastaba para asegurarles su toma de posesión.

Por otra parte, en aquel momento se servía un lunch, y en pocos instantes las mesas se llenaron de comensales, que como buenos anglosajones, sabían luchar perfectamente, esgrimiendo el tenedor contra el fastidio de una travesía.

Yo me había quedado sobre cubierta a fin de observar los detalles del embarco. A las doce y media, estaban ya transbordados los equipajes.

Allí vi mezclados mil bultos de todas las formas y tamaños; cajas enormes como vagones, que podían contener un mobiliario entero; pequeñas maletas de viaje de suma elegancia; sacos de formas caprichosas, y maletas inglesas o americanas, notables por el lujo de sus correas con múltiples hebillas, por el brillo de sus adornos de cobre, y por sus gruesas fundas de tela sobre las cuales se destacaban dos o tres grandes iniciales, hechas con abecedarios de hoja de lata. Pronto desapareció todo aquello en los almacenes, es decir, en los depósitos del entre puente, y los últimos obreros, conductores o guías, descendieron al tender que se alejó después de haber ensuciado los costados del Great Eastern con las escorias de su humo.

Me volví a proa y de pronto me encontré frente a frente con el joven que había visto en el muelle de New Prince. Al verme se detuvo y me tendió la mano, que estrechó al instante, con efusión.

-¡Usted aquí, Fabián! - exclamé.

-En persona amigo mío.

-¿No me había equivocado? ¿Era pues, usted, el que vi hace algunos días en el muelle?

-Tal vez, pero no recuerdo haberle visto.

-¿Va usted a América?

-Sí, ¿ Se pueden disfrutar algunos meses de licencia mejor que corriendo el mundo?

-¡Qué feliz casualidad lo ha hecho escoger el Great Eastern para dar ese paseo de turista!

-No ha sido una casualidad, querido, amigo. Leí en un periódico que iba usted a tomar pasaje a bordo del Great Eastern, y como no nos habíamos visto hacía algunos años, he embarcado en este buque para hacer el viaje juntos.

-¿Ha llegado usted de la India?

-En el Godavery, que me dejó anteayer en Liverpool.

-¿Y viaja usted, Fabián...? -le pregunté observando su pálido y triste semblante.

-Para distraerme, si puedo -respondió el capitán Fabián Mac Elwin, estrechándome la mano con emoción.

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1. Nombre que dan en la marina inglesa a los maquinistas.

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