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Una ciudad flotante
Editado
© Ariel Pérez
16 de febrero del 2002
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Una ciudad flotante
Capítulo XXII

En la noche del viernes al sábado, el Great Eastern atravesó las corrientes del Gulfstream, cuyas aguas más azules y menos frías se distinguían sobre las capas adyacentes. La superficie de aquella corriente comprimida entre las olas del Atlántico, es ligeramente convexa.

Es, pues, un verdadero río que corre entre dos riberas líquidas y uno de los más importantes del globo, pues reduce, a simples arroyos el Amazonas y el Mississipi. Los cubos de agua que se sacaron del mar aquella noche demostraban que su temperatura había subido de veinte y siete grados Fahrenheit a cincuenta y un grados, que equivale a doce grados centígrados.

El cinco de abril había comenzado con una salida de Sol magnifica. Las anchas olas del fondo resplandecían. Una templada brisa del Sudoeste soplaba a través del aparejo. Estábamos en los primeros días hermosos del año. Aquel Sol que hubiera reverdecido los campos del continente, hizo brillar en el buque frescos tocados. La vegetación se retrasa algunas veces, la moda jamás. Pronto se llenaron las calles de cubierta de grupos de paseantes, como se ven los Campos Elíseos en un domingo del mes de mayo.

No vi en toda la mañana a Corsican, y deseando tener noticias de Fabián, pasé a su camarote que estaba junto al gran salón; llamé a su puerta pero no me respondió; abrí y no encontré a nadie.

Subí a cubierta; entre los paseantes no se hallaban mis amigos ni el doctor. Entonces se me ocurrió la idea de averiguar en que parte del buque estaría la desventurada Elena. ¿Qué camarote ocuparía? ¿Dónde la tendría encerrada Enrique Drake? ¿A quién estaría confiada aquella infeliz, a la que su marido abandonaba días enteros? ¿Sin duda a alguna camarera o alguna enfermera indiferente? Quise enterarme, y no por curiosidad, sino por el propio interés de Elena y de Fabián, y aunque no fuera más que para evitar un encuentro siempre temible.

Comencé mis pesquisas por los camarotes del gran salón de señoras, y recorrí los pasadizos de los dos pisos que había en aquella parte del buque. Esta averiguación era fácil, porque en la puerta de cada camarote estaban inscritos los nombres de los pasajeros en tarjetones, lo cual simplificaba el servicio de los camareros. No encontré el nombre de Enrique Drake, lo que me causó poca extrañeza pues aquel hombre debía haber preferido los camarotes situados en la popa del Great Eastern, que daban a los salones menos frecuentados. Por lo demás, desde él punto de vista de comodidad no existía la menor diferencia entre los departamentos de proa y los de popa pues la Sociedad de Fletadores no admitía para el embarque sino una sola clase de pasajeros.

Me dirigí hacia los comedores, examinando detenidamente los pasillos laterales colocados entre una doble hilera de camarotes; queriendo Drake aislar a Elena no había podido escoger un lugar más a propósito.

La mayor parte de aquellos camarotes estaban desocupados; recorrí los corredores laterales, puerta por puerta viendo en ellas algunos nombres, pero no el de Enrique Drake. Iba ya a retirarme, desanimado, cuando llegó a mis oídos un vago murmullo, casi imperceptible procedente del fondo del corredor de la izquierda. Me dirigí, hacia aquel lugar. Los sonidos eran más pronunciados y percibí una especie de cántico plañidero, cuyas palabras no llegaban hasta mí. Escuché. Era una mujer que cantaba; pero en aquella voz inconsciente se notaba un profundo dolor. Aquella voz debía ser la de la pobre loca. Mis presentimientos no podían engañarme. Me acerqué muy despacio al camarote, que tenía el número 775; era el último de aquel obscuro corredor, y debía recibir la luz por una de las portillas inferiores abiertas en el casco del Great Eastern. En la puerta de aquel camarote no había nombre alguno; Drake no tenía interés en que se conociese el sitio donde tenía confinada a Elena. La voz de la infortunada llegaba distintamente hasta mí. Su canto era una sucesión de frases incoherentes e interrumpidas a cada instante; una mezcla de tristeza y dulzura. Hubiérase dicho que una persona bajo la influencia de un sueño magnético, recitaba estrofas sin ilación. Aunque no tenía medios para establecer la identidad, no me quedó duda de que la que cantaba de aquel modo era Elena.

Estuve escuchando algunos minutos, e iba ya a retirarme cuando oí pasos en el saloncito. ¿Sería Drake? Por interés de Elena y de Fabián no quería ser sorprendido en aquel lugar. Felizmente el corredor daba vuelta a las dos hileras de camarotes y, me permitía subir a cubierta sin ser visto; pero tenía curiosidad de saber quién venía. La semiobscuridad me favorecía y colocándome en un rincón del corredor pude ver sin ser visto.

El ruido de los pasos había cesado y, ¡extraña coincidencia!, con él el canto de Elena. Pronto volvió a empezar otra vez el canto y el piso volvió a crujir bajo la presión de pasos lentos. Asomé la cabeza y en el fondo del corredor, a la tenue claridad de la imposta de los camarotes, reconocí a Fabián.

¡Era mi desventurado amigo! ¿Qué instinto le conducía a aquel lugar? ¿Había descubierto antes que yo el retiro de la joven? No sabía qué pensar. Fabián se acercaba lentamente, tentando los tabiques, aplicando el oído, siguiendo, como guiado por un hilo, aquella voz que lo atraía a pesar suyo tal vez, y sin saberlo él mismo. Y, sin embargo, me parecía que el canto se iba debilitando a medida que él se acercaba y que aquel hilo iba a romperse. Fabián llegó junto al camarote y se detuvo.

¡Cómo debía palpitar su corazón al escuchar aquellos tristes acentos! ¡Cómo debía estremecerse su ser! ¡Imposible era que aquella voz no despertase en él algún recuerdo! Pero, si ignoraba que Drake estuviese a bordo, ¿cómo había podido sospechar la presencia de Elena?

No; era imposible; sólo le atraían aquellos tristes acentos que correspondían al inmenso dolor que le embargaba.

Fabián continuaba escuchando. ¿Qué iba a hacer?

¿Llamaría a la loca? ¿Y si Elena apareciese de improviso? Todo era posible y peligroso en aquella situación y, sin embargo, Fabián se aproximó más a la puerta. El canto, que languidecía poco a poco, cesó de repente, oyéndose luego un grito desgarrador.

¿Sintió acaso Elena por una comunicación magnética la proximidad de aquel a quien amaba? La actitud de Fabián era espantosa; estaba abismado en sí mismo. ¿Iba a derribar aquella puerta? Así lo creí y me precipité hacia él. Me reconoció; yo tiré de él, y se dejó arrastrar sin oponer resistencia.

-¿Sabe usted quién es esa desgraciada? -me preguntó luego con voz sorda.

-No, Fabián, no lo sé.

-Es la loca -dijo-. Pero esa locura no es incurable. Un poco de amor curaría a esa pobre mujer.

-Vámonos, Fabián, vámonos -le dije.

Llegamos sobre cubierta; Fabián se separó de mí sin decir una palabra, pero no le perdí de vista hasta que entró en su camarote.

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